Disclaimer: Anne es mía, Tom es de Leeh; pero ambos personajes pertenecen a The Madness RPG.

Fandom: The Madness RPG.

Pairing: Tom/Anne, ofc.

Summary: "Felicidades, señorita Chevalier. Tiene usted cinco semanas de embarazo."

Le blablablá: Hola, tengo una obsesión por los bebés y/o embarazos, así que esto surgió y ajá, hola. Esto va para Leeh, ofc, porque qué sería del Tonne sin ella, a ver, qué. Jamás habría imaginado a una Anne embarazada pero hey, aquí esta; y cómo va a adorar a Jared, enserio. However, yo te amo, sweetheart, y gracias por betearlo, too.

Music Inspiration: Sparks » Coldplay.

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Sparks.

«My heart is yours,it's you that I hold on to.»

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Anne no estuvo segura hasta después de tres semanas. Durante veinte días estuvo convenciéndose a sí misma de que las náuseas matutinas y el cansancio permanente era producto de algo que había comido. Durante veinte días inventó excusa tras excusa para no tomar ni una sola gota de alcohol (y se merecía un premio por hacer las dos cosas más difíciles: mentir con facilidad y evitar día con día la cerveza que se tomaba llegando a casa). No fue hasta que cuatro pruebas de fertilidad caseras dieron un resultado positivo y su periodo estaba más retrasado que la tecnología en Ciudad Gris, que se decidió a tomar el coche de Antoinne y manejar hasta Ciudad Oscura.

El viaje de ida fue lo de menos (sudor fluyendo por cada poro de su piel debido a los nervios, sus labios completamente mordisqueados por no saber qué esperar cuando arribara al ginecólogo y el teléfono móvil en el regazo, lista para llamar a Tom en caso de arrepentirse y no querer tener la cita sola). Nada pasó. Se mantuvo serena (já, no) hasta que estacionó el coche en la clínica privada a la que había llamado hacía unos días y bajó, arreglando la chamarra sobre sus hombros.

Al entrar, la recepcionista la saludó con una sonrisa amable y un «buenos días, bienvenida; tu nombre, por favor» que jamás habría recibido de haber ido al Hospital Central. Aparte, ahí corría el riesgo de encontrarse con Danielle Anderson y uh, ¿no, gracias? Aquel podría ser el día más importante de su vida (sólo que no se lo menciones a Tom porque preguntaría «¿nuestra boda no fue el día más importante de tu vida?» y en serio, no necesitaba algo así en ese momento), y no quería que fuera en un hospital lleno de gente que sólo le haría sentir incómoda. En esa privada sala de espera llena de colores mate se estaba bien. Suspiró al reclinarse en el sofá mientras la recepcionista seguía en lo suyo, y no fue hasta que una enfermera salió de los cuartos traseros que Anne se desperezó.

Detrás de la enfermera salió una mujer con un vientre de embarazo enorme, sosteniendo la fotografía de un ultrasonido que no podía dejar de observar. Una sonrisa se pintó en los labios de Anne, levantándose después de que la recepcionista le llamó con el tradicional «puede pasar, el doctor Karls le está esperando» para seguirla por los pasillos llenos de pinturas clásicas ambientales.

La sala del doctor constaba de un escritorio, una báscula, diversos posters con mujeres embarazadas, bebés y el proceso de gestación. Anne sintió la urgencia de salir corriendo. Afortunadamente el hombre al otro lado de la mesa le recordaba a su antiguo vecino en París y la cosa ya no fue tan mala. Se sentó frente a él y, después de las presentaciones de rigor, comenzó a hablar.

El hombre en la bata blanca escuchó pacientemente y asintió, diciendo que harían unos exámenes de orina para obtener resultados precisos. Anne estuvo de acuerdo con llenar un pequeño bote con sus fluidos y tomó una revista cuando le dijeron que debía esperar un rato más en la sala de afuera. Para cuando volvieron a llamarla, había hojeado tres veces la revista Vogue de principio a fin, y seguía sin entender por qué las mujeres no usaban jeans, botas y camisas de franela como ella y se ahorraban del virus mundial (también conocido como moda).

Frente al doctor había un sobre blanco cerrado y sus manos reposaban sobre el escritorio. La sonrisa amable permanecía sobre sus labios, indefinida, como si supiera la noticia pero no supiera si sería buena o mala. Después de todo sólo tenía 19 años. Resistió la urgencia de restregarle su anillo de matrimonio en la cara al tipo y cruzó los dedos sobre la rodilla.

—Señorita Chevalier —comenzó, jugando con el sobre entre los dedos—. Hicimos los exámenes pertinentes y todos dieron positivo. Tiene usted cinco semanas de embarazo. Felicidades.

Las manos de Anne volaron en automático a su vientre. Bajó la mirada para clavarla en algo más interesante como el borde de la mesa y procesó lo que de alguna manera ya sabía. El doctor le dejó que se tomara su tiempo. Para cuando finalmente pudo levantarse de la silla y recibir el sobre que el doctor le entregaba, habían pasado treinta minutos. Dios, qué fácil era ser ginecólogo. Agradeció las atenciones, pagó los honorarios en la entrada y salió del lugar, volviendo a ajustarse la chamarra, pero esta vez intentando cubrir su vientre.

El viaje de regreso no fue tan divertidocomo el de ida. Todo inició con un «así que sí hay alguien viviendo dentro de mí» en voz alta y terminó con una conversación que no estaba en sus planes mantener.

«¿En qué momento…? No es por ofender, pequeñín, pero mamá se ha estado cuidando. Ah, Jesucristo, mamá. Ni se te ocurra llamarme así, soy demasiado joven para eso. Aunque no es como si pudieras llamarme de otra manera..., sí, tienes razón: supongo que tendrás que llamarme mamá. Excelente, aún no naces y ya tienes la razón. Como si pudiera haber una duda de que eres hijo de Alexander, decides demostrármelo desde el primer momento. Deberías llamarte como él. Prue estará encantada. A menos que te llamáramos Gregory. Entonces tu padre estaría encantado. Pero primero tendremos que informarle de tu existencia y después decidiremos nombres, ¿estás de acuerdo? Excelente. Apoya a mamá, debemos estar unidos en esto, bebé. Por cierto, sabes que seré una madre terrible, ¿no? Intenta no culparme demasiado. Ni tu papá ni yo tuvimos una mamá cerca mientras crecíamos. Haremos nuestro mejor intento por criarte bien, pero va a ser difícil para los tres. Somos una familia. Dios santo, somos una familia. Esto es demasiado por procesar. ¿Al menos podrías decirme si eres niño o niña? Eso de tener que esperar hasta el cuarto mes es completamente estúpido y no puedo esperar tanto, necesito saber qué es lo que hay dentro de mí. Aunque, seas lo que seas, te amaré hasta que el infierno se congele. Eres mi bebé y eso es lo que importa. Ahora dejaré de hablar porque probablemente me estoy volviendo loca con tantas hormonas.»

Para cuando estacionó el coche frente a la residencia Hawkins, sus manos habían dejado de temblar. La sala estaba vacía, como siempre, y desde la carpintería podían escucharse los acordes de Frank Sinatra salir por el estéreo. Subió las escaleras de dos en dos, deteniéndose en el pasillo antes de entrar a la habitación de Tom. Después de haberse casado habían conseguido un pequeño departamento al centro de la ciudad, pero la mayor parte de las veces pasaban el tiempo en la casa de Greg mientras Tom ensayaba con los chicos en el garaje. Desde el pasillo podía escuchar los acordes de guitarra detenerse y reanudarse mientras Tom intentaba diversas melodías. Seguramente estaba componiendo. No podía interrumpirlo, por supuesto que no.

Dio media vuelta para bajar a tomar una cerveza de la nevera cuando recordó el por qué estaba ahí siquiera. Regresó al frente de la puerta, girando el pomo antes de que la cobardía le abrumara de nuevo. Bien, sí podía hacerlo. Debía hacerlo. No había otra opción. Tendría que decirle que había un Alexander tercero creciendo en su vientre y que tenía miedo y nervios y que sólo quería llorar y comer pudin de chocolate. Ni siquiera sabía en qué momento había decidido que la criatura era un niño, pero ahora estaba bastante segura de ello.

Al abrir la puerta, la vista de Tom se alzó hacia ella, y sonrió para levantarse por un segundo y besar sus labios castamente antes de volver a ver las hojas pautadas regadas por todo el colchón, el piso y el escritorio.

—Hola, linda. ¿Dónde estabas?

—Fui a Ciudad Oscura —murmuró, sintiendo que el sobre blanco pesaba el triple en su bolso—. Acabo de regresar.

—Hmm, excelente —contestó él, escribiendo algunas notas en una hoja—. ¿A qué fuiste?

—Al ginecólogo.

Fue ahí cuando obtuvo toda su atención. Thomas dejó la guitarra a un lado, frunciendo el ceño un tanto divertido, con esa cara de «no lo dices por lo que creo que lo dices, ¿cierto?» que Anne Marie adoraba.

—¿Chequeo general?

—No. Fui a hacerme unos estudios —rebuscó en su bolsa mientras Tom se levantaba para quedar frente a ella. Sus manos volvían a temblar cuando finalmente pudo extraer el sobre blanco que le había entregado el médico hacía unas horas—. Estoy embarazada.

Ésta vez no había diversión en su voz. Había dicho esas dos mismas palabras tantas veces, que dudaba que Tom la tomara enserio ahora que realmente había una criatura creciendo en su vientre, pero cuando lo vio volver a sentarse sobre la cama con los codos en las rodillas y la mirada perdida en la alfombra, supo que para él todo era seriedad también.

Tragó en seco y se propuso comenzar a explicar que se había estado cuidando y que no tenía ni idea de cómo es que todo eso había sucedido, pero las palabras no lograban salir de su boca. Escuchó como Tom murmuraba un «¿estás segura?» pero ella sólo pudo asentir con la cabeza, sintiendo que el tiempo se ralentizaba. No fue hasta que los brazos de su esposo rodearon su cintura y la atrajo hacia sí, que su respiración volvió a su ritmo normal y de pronto nada parecía tan malo.

—Marie —susurró con una sonrisa—. Acabas de darme el tercer mejor día de mi vida.

—Más vale que los otros dos sean el día en que me conociste y nuestra boda, Alexander —masculló bajito.

Hasta ese momento, Anne dejó de temblar y colocó las manos en los hombros de Tom para sentarse en su regazo y esconder el rostro en su cuello. Le contó lo que había dicho el médico, sus miedos, sus nervios y hasta sus antojos; pero en ningún momento mencionó la conversación que había tenido con bebé Alexander en el coche. Eso era algo entre ella y su hijo, la primera cosa que compartirían en secreto. Los brazos de Tom nunca dejaron de estrecharla, ni siquiera cuando explotó en culposo llanto (¡hormonas, maldita sea!) por no haberle dicho antes. Permaneció con ella, acariciando su cabello, su vientre y sus brazos; besando las lágrimas que ya habían escurrido hasta su cuello.

Porque él siempre había estado ahí para ella. Desde que le conoció hasta ese preciso momento. Y ahora no sólo sería para ella.

Estaría ahí para su hijo también.