La noche se adivinaba fría bajo el manto de estrellas. La bruma soplaba al compás del viento, dibujando remolinos vaporosos, y colándose en cualquier resquicio pequeño, ventana o puerta abierta. Era pleno Julio en Buenos Aires, y se estaba haciendo notar. Se encogió aún más entre las sábanas. Estaba hecha un auténtico ovillo humano, refugiada bajo tres gruesas colchas, y rogando porque la calefacción entibiara el ambiente pronto.

A Daniela no le gustaba en absoluto el Invierno. Era, sin dudas, esa estación que lograba teñir todo de gris. No sólo porque la corriente helada le calara los huesos al salir a la calle, por las hojas marchitas de los árboles, yaciendo en el pavimento, o porque su casa, sin importar cuántas estufas encendiese, siempre se hallara fría, sino porque esa sordidez que guardaban las noches como aquella, le ponía los pelos de punta.

Su vivienda, aquel pequeño departamento en el tercer piso de la Calle Principal, acompañaba esa canción extraña que silbaba la Naturaleza. Ella no era más que otro elemento de ese espacio, apenas visible, apenas un bulto cálido en la pequeña cama, confundiéndose sus formas con la lúgubre penumbra. El sonido de su respiración buscaba acompasarse y caer en el sueño. Unos pasos fuertes, como si alguien marchara al estilo militar, convulsionaron su columna de un escalofrío.

Uno, dos, tres, cuatro... y se habían detenido.

Contuvo la respiración, escondiendo toda la cabeza bajo las sábanas. En el refugio improvisado a los fantasmas del Invierno, se estaba sofocando. Podía percibir la sangre cálida viajando por su torrente, apenas palpando sus antebrazos, abrazándose a sí misma. Sus pulsaciones iban en aumento, el sudor había comenzado a empapar sus sienes. Era esa sensación, ese presentimiento —casi un hecho—, de que algo iría a su lecho y la asesinaría. Que en la oscuridad, su ventana o su puerta se abriría lentamente, y sin que ella pudiera apenas percatarse, la atacaría. Un espectro escondido en el paisaje invernal del que ella formaba parte, la llevaría a rastras hacia la Muerte.

—¡No, no, no!

Expulsó todo el aire contenido en sus pulmones en alaridos entrecortados que le hicieron arder la gargante, al momento que escuchó el interruptor de su velador encenderse.

—Dani, tranquila. Soy yo.

Una voz familiar y unos ojos pardos, muy parecidos a los suyos, la recibieron al deshacerse de sus sábanas, y aliviaron el peso de miles de rocas sobre su espalda en un instante.

—¡Casi me matás de un susto! —Le reprochó a su hermana, ésta riendo. Aspiró profundamente para recuperar el aliento.

—Disculpame, no pensé que estabas despierta. Recién llego de lo de mamá —explicó—. Venía a llevarme algo.

Estiró los músculos de la espalda, alzando los brazos.

—¿Qué cosa?

Las orbes avellanadas de su hermana brillaron.

—A vos.

Y pronto se apagaron todas las luces, y el espectro de la noche la mató a puñaladas.