"Solidaridad"

Corría el año 3258 del mes de Marzo y en la casa de Álvaro se celebraba una de la pocas festividades de la época. La caída del mercado de los alimentos, ocho siglos atrás, había significado una gran crisis. Pero, afortunadamente, alguien había sido lo suficientemente listo como para inventar la nanocomida. Y toda la familia se hallaba reunida alabando la idea y la salvación que había supuesto. Los aperitivos, como era obvio, le hacían honor a la fecha: bandejas repletas de nanocomida adoptando todos tipos de platos se encontraban dispuestas en la mesa. Álvaro, por su parte, venía pensando algo desde esa mañana:

—¿En Ciudad Terrestre también tienen nanocomida?

Edith, la tía, ahogó una exhalación de disgusto y miró al niño de modo reprobatorio. Sus padres, ubicados en cada cabecera de la mesa, intercambiaron una renovada mirada de circunstancias. El otro tío, Julio, encontraba divertido el nerviosismo de todos a su alrededor y Clara, su prima, no entendía nada, absorta como lo estaba con sus lentes virtuales, hablando telepáticamente con una amiga a larga distancia.

—No —Fue la escueta respuesta de su padre.

—Entonces deben estar muy hambrientos —razonó, ajeno al silencio sepulcral que se había instalado en el lugar—. ¿No deberíamos compartir con ellos?

Edith se carcajeó como una urraca, sin disimulos. Vio a Álvaro como quien lo hace con un loco.

—Compartir sería un derroche. ¿De dónde sacás esas ideas vos?

Se encogió de hombros, sonriente.

—Leí algo sobre la solidaridad y se me ocurrió —Miró a su padre, recordando otra cosa que quería preguntar—. Pá, ¿qué es la solidaridad? El otro día te pregunté y me dijiste que tenías que programar a J-84, pero ambos sabemos que el que necesita que lo programen es X.

El hombre ignoró eso último que dijo y ojeó la expresión de su esposa.

"Sí, definitivamente está pensando en darse una vuelta por el asilo."

Compuso un poco su sonrisa, y habló:

—La solidaridad es una señal de debilidad, hijo. ¿Qué hemos aprendido acerca de la debilidad?

—Que nos aleja del éxito.

—¿Y qué más?

Hizo una pausa.

—¿Y que la gente se aprovecha de ella?

—Muy bien —elogió—. Primero es compartir la comida, Álvaro, pero luego, están invadiendo tu hogar. Y nadie quiere que la inferioridad contamine nuestra vida. Si eso ocurriera, nos alejaríamos de lo que más queremos. ¿Qué era eso? —preguntó retóricamente.

—El éxito.

—Entendiste perfectamente —Miró a su esposa y se sintió aliviado ante el semblante aprobatorio que le dedicó, sintiéndose satisfecha con su explicación.

Álvaro se quedó pensando en que algún día tendría que hacerle una visita a Ciudad Terrestre.