Venga, venga, que el juicio ha comenzado.

Venga, venga, que un pecado se ha cometido

El tribunal tallado en piedra y el juez afilando su mandoble de justicia.

Se presentan la víctima y el acusado.

La primera es mujer, una poseedora del horrible pecado de la fealdad.

El acusado es hombre, con la mandíbula tensa y los ojos vacios, perdidos en la nada.

Cada uno tiene a su lado un abogado, tan iguales que pueden ser gemelos.

Ambos mamando del mismo seno en la defensa de sus clientes.

-¿Y cuál es el crimen hemos de juzgar?- pregunta el juez, cortando la tensión con su aguda lengua. –Deprisa, que el mundo ni un momento deja de pecar, y yo he de juzgar cada uno de esos actos.-

-Su señoría, la más grande autoridad – empieza el abogado de la señora del pecado –Mi clienta, tan pura e inocente como solo puede ser una femenina de su edad, ha sido víctima del peor de los crímenes que el demonio pudo labrar en la mente de los hombres.-

-Pero su señoría, la más grande autoridad – interrumpe su gemelo, con el sudor brillando en su frente hueca –Me temo que eso es una gran falsedad. Mi cliente es inocente, a pesar de que se pueda decir lo contrario juzgando por su edad. Si hay una víctima en este tribunal, es mi cliente, su señoría.-

Es como escuchar a la misma persona contradecirse a si misma, piensa el juez. Después, dirige su atención al acusado y a la víctima. Siente el deseo de mandar a la primera al peor de los infiernos con la más cruel de las condenas; pero antes de que su mano marque el destino de la pecadora, ella lo interrumpe.

¡Qué osadía!, piensa el juez, preguntándose si la flagelación es aun legal para los impertinentes.

-Su señoría, la más grande autoridad- dice la mujer, con su voz ahogándose en las lágrimas prisioneras de su garganta. Sus ojos marrones brillan con la tristeza del recuerdo –.Yo soy una mujer decente. Trabajo con honestidad y cumplo con mi deber ante mi familia y la sociedad. No soy escandalosa, y siempre me comporto agradable con los demás. Pero fue anoche cuando ese monstruo con cromosomas irregulares se aprovecho de mí, y tomó mi cuerpo a su placer.-

Los susurros surgen en el tribunal como el viento entre las hojas de otoño, menos en el jurado .Y es entonces cuando el abogado de la pecadora aprovecha la oportunidad y se acerca a ellos, con la intención de encontrar sus corazones.

Mas fácil le sería hacer llorar a una roca.

-Lo han escuchado, honorables miembros del jurado – dice el abogado, con tono teatrasl–.¡Hablamos de ultraje! Y no solo de carne, sino también ultraje de deseo y poder. Mi clienta no ha perdido algo que se pague con dinero ni que se recupere con venganza. ¿Cómo se puede entonces castigar a aquel que roba la virginidad de una doncella,se preguntaran?. !Con justicia, honorable jurado!. No existe otra forma.-

Para cuando termina de hablar, la piedra sea ha vuelto más bien arena. Seca y áspera, pero mucho más cálida y maleable.

Pero el arma del juez mantiene su eterno filo.

-Esto ha pasado de acusación de ultraje a acusación de hurto - declara con dureza –Ambos son crímenes de cobardes, pero muy distintos en su naturaleza. No es posible juzgar un crimen si no se sabe cual se debe de juzgar. –

Sus ojos se clavan otra vez en la mujer.

Que pecadora… Deberían de haberla encontrado culpable desde el momento que dejó el vientre de su madre.

-Pero su señoría, su más grande autoridad – interrumpe ahora el gemelo del abogado – Si no se sabe que crimen hay que juzgar ,es simplemente por que el crimen en si no existe. Mi cliente no ha manchado la carne de la acusadora ni anoche , ni nunca. El es un hombre decente, que se gana el pan con trabajo y sudor; y en las noches, despeja sus deseos con la esposa que le calienta la cama. ¿Qué necesidad tendría un hombre asi de ultrajar a una desconocida?-

Ninguna, admite el juez en su mente, aunque ningún hombre desearía en su sano juicio aprovecharse de semejante pecadora. Ni siquiera los ciegos.

El jurado ya no es de piedra ni arena, si no que se ha convertido en arcilla.

El juez no está dispuesto a seguir perdiendo el tiempo con los gemelos idiotas y sus clientes de drama.

Hay verdaderos crímenes que requieran de el filo de su arma; filo que no se puede dar el lujo de gastar en chiquilladas como aquellas. Dirige su mirada hacia la arcilla, deseoso de acabar con ese caso de una buena vez.

-¿Cómo encuentra el jurado al acusado?- pregunta, con la voz resonando en todo el tribunal.

Una representante se levanta. A diferencia de la mujer que se dice ultrajada, la representante no es pecadora. El juez hasta siente deseos de que le caliente la cama.

¿Por qué no todas las hembras podian ser tan puras e inocentes como ella? El mundo se ahorraría la mitad de los pecados si así fuera.

-El jurado lo encuentra culpable, su señoría, Su mas grande autoridad.- determina la bondadosa.

La pecadora suelta un sollozo ahogado de alegría, mientras se lanza en un abrazo a los hombros de su abogado. Su gemelo, por su parte, susurra algo al violador de ojos perdidos y mandíbula tensa.

-Sufrirá su sentencia en el infierno – declara el juez - ¡Llévenselo!-

Y la orden se cumple. La pecadora se retira, al igual que los gemelos y el tribunal de arcilla.

Los suplentes de piedra llegarían pronto para seguir juzgando, en lo que el juez afila su arma de nuevo.

Venga venga, que el juicio ha acabado.

Venga venga , que el mundo sigue pecando.


Estaba solo en la cama, y muy pronto llegó su esposa a calentársela. Cuando le preguntó como había estado su día, uno de los gemelos rio entre dientes.

-Defendí a una víctima de violación que no fue tocada.-

Pero como era eso posible, le preguntó su esposa mientras él la desnudaba con las manos.

-Un hombre la violó con los ojos. La desvistió con sus pupilas, la ultrajó con su mirada atrevida, y ese crimen le costó la vida. Pero para mujeres tan pecadoras como mi clienta, no hay otra forma de ser ultrajada.-