El Príncipe de la Niebla

"Eso fue lo que dijiste… o al menos, lo es en esencia. Pues son estos todos aquellos fragmentos de palabras, endemoniadas disculpas, discursos ambiguos y conversaciones tan mal sinceradas que te atreviste o no a pronunciar. Tal vez una, dos, tres o cuatro especulaciones –Es hermoso, así es como recubro mis mentiras. Deseos, ¡Fantasías! ¡Sugestiones!-. Es decir, un discurso más o menos decente… algo que pudiera entenderse –algo que escapa a mi cordura. No así contigo: es tu dogma-, mas aun quedan un par de complicaciones, unos sucesos un poco imprecisos. Arbitrarios.

Tan complejo… tan fácil.

Mejor hablemos con palabras claras -¿francas? ¿Sabes tú de eso? Pues no yo- y para hacerlo he de comenzar por lo más básico: Tu actuar. Ni frio ni calculador, no puedo decir despreocupado pues algunas palabras han salido tensas –son tus ojos… hermosos ojos marrones… hermosura ajena… que me la deseas ajena…-. Instinto es una buena opción. No. Aquello no deja una cuenta, mucho menos remordimiento. Sin historiales son las bestias y por más que desees, grites e intentes desgarrarlo llevas un registro, en tinta transparente… y una silueta. Es obvio que en la ignorancia no es estas -¿por qué lo digo con tanta seguridad? ¿Puedo yo leer tu mente? ¿Podría entenderla? ¿Hay algo que entender?-, la importancia es distinta, puede parecerse, sin embargo, nunca es igual. Lo veras blanco y yo negro. O será negro y blanco. –Me gustaría decir gris-. ¡Cuántas divagaciones! La única verdad, lo suficientemente objetiva para serlo, es de por sí retorcida. Verás, de dos formas.

… Lados… ángulos…modos…polos…fronteras…facetas, ¡Facetas!

¿Y qué estoy diciendo?

Es una de las cuantas, millones, trillones que tienes. Las que yo poseo. De las que nadie es dueño debido a su universalidad. ¡Facetas! Ahí serás uno, allá dos, a lo lejos tres. Un aspecto tan cotidiano y común, que pese a sus cualidades no puede ser marcado de trivial –quien te vea en mis ojos podrá entenderlo con mayor fluidez-. Sí, mi querido Príncipe de la Niebla, yo tengo una queja. Una cosa casual me martiriza. Tú, tus facetas: el Príncipe de la Niebla, a quien no puedo odiar insanamente, donde el aire esta ligero, siempre con la ausencia de algún intruso. En la niebla. Mi paraíso, tu paramo. El lugar en el que eres amable como el hijo noble del cuento, un amigo encantador, quien no sé si eres en verdad o una de las tantas fachadas que las personas se molestan en levantar delante de su piel. ¿Será esa la razón por la que no me dejas tocarte? ¿Arruinare tan trabajada mentira? ¿La pintura esta todavía fresca? Harías el favor de informarme cuando esta seque para poder acariciarte… es una verdadera lástima que en estos tiempos hasta el insigne de la neblina tenga recelo a todo aquel que quiera rozar su morena piel. A quien le aprecia.

Yo no quiero hacerte daño. ¿Temes que diga algo malo cuando no hay niebla, cuando todos pueden oírlo? O me quieres lejos. La otra faceta opuesta, el de la claridad, el de la realidad, quien eres la mayor parte del tiempo…

Perdón, perdona ¡perdóname! Sueno algo triste, desdichada. De voz quebrada. Ni siquiera puedo mantener mi calma, siempre quebrando tu preciado equilibrio con mis martirizantes actos: quien jamás tibia fue, sólo una víbora vil de negra y serpenteante lengua. Yo, quien arrastrándome miserable por tu pecho, siso la seguridad de la luz, de tu calma, tu paz y tranquilidad… de lo que creía por lo menos amistad… tal vez fraternidad… lastima, ¿qué más puede ser?

El canto de un idioma entendible, lo frívolo del frio de la trivialidad, que ya no puedo callar, fue lo que manchó todo esto. Quizá, la certeza no vive en mí, la veo a mi lado, alcanzable, pero no utilizable: Una de esas cosas de teoría y no práctica; la utilidad de un lápiz en blanco azulado. Azul, azulino, celeste, marino, añil, índigo, garzo, zarco, azur. Lo que eras –pasado- y eres en menor medida -¿Presente? Buena pregunta- ¿lo recuerdas? En ese entonces nada existía, nada tenía nombre, tan absurdo como la felicidad, los sueños, el murmurar, la niebla y la desdeñosa claridad que hoy pretende vestirse de caridad –miserable por siempre y para quien quiera-.

Me traes mala suerte.

¿Ah?

Siempre me pasa algo malo cuando estoy contigo.

Jaja, ese golpe fue fuerte ¿no?

… la verdad no tanto.

Eso está bien –cálido gesto y sonrisa fue, quien sabe ahora lo que es-. Hay que dejar la fe.

¿Lo crees así, Príncipe?

Ver lo tangible, cuando uno es ciego. Trivial.

¿Trivial?


¡Gracias por leer!