Esa melodía

La melodía del piano marca el compás de mis pasos

Las notas del piano resuenan en la habitación, solo un vacío eco de la melodía que tocan en el salón. La luz de la luna, que se escabulle por el ventanal, crea extrañas siluetas, que juegan a ser sombras oscuras o espectros de brillante luz.

Las campanas de medianoche opacan el sonido del piano, aunque nadie más que yo parece notarlo, abajo los recién casados siguen disfrutando, y yo, en esta polvorienta habitación, simplemente estoy llorando.

Ha pasado el tiempo, ya la herida debería haber sanado, pero se ve que el dolor sigue intacto, siempre en estas fechas reviso mis actos, para ver en qué me equivoqué. Pero nunca encuentro nada, no fue mío el error, sino aquel que por otra me dejó, en esta misma fecha, con la misma melodía.

— Sabes que no podemos seguir así—dijo el chico de cabello castaño, sin mirarme—. No quiero que te culpes, simplemente no puedo más.

—Pero llevamos tres años ¿Por qué quieres terminar?—contesté tratando de contener las lágrimas, pero sin poderlo lograr.

—Simplemente he cambiado, no hay más que hablar—sin decir más se alejó.

Y un año después estaba casado, con una que ni a los talones me llega, no lo puedo soportar, le di todo de mí y no le importó, se fue y me dejó.

Pero ya no importa, esta noche mi dolor terminará, y ha sido tan fácil, la puerta estaba abierta y conozco esta casa como la palma de mi mano, después de todo aquí crecí, y todo está como lo dejé, incluso en esta habitación, en el tercer cajón de la cómoda encontré lo que buscaba.

Bajo los escalones sonando los tacones al ritmo del piano, entro al salón y veo a los enamorados sentados frente al piano, tan concentrados el uno en el otro que no notan mi presencia. Ella lleva un largo vestido rojo, bastante ajustado, y él un traje negro, fueron a cenar a un famoso restaurante. El salón se encuentra vacío, excepto por los amantes y el piano, es amplio, con grandes ventanales que muestran los oscuros jardines. Me acerco lentamente, el ritmo se acelera, sonrío al tiempo que las lágrimas escapan por mis ojos, corriendo mi maquillaje.

Aferro el objeto que llevo en la mano y de un solo movimiento la daga de mi padre termina clavada en la espalda de la chica de cabellos dorados, que no puede hacer más que soltar un grito ahogado antes de caer al piso, el sonido del piano se detiene súbitamente, observo la cara de horror del chico y comienzo a reír, no escucho lo que me dice, mis carcajadas lo opacan, ni siquiera siento los golpes que me proporciona al verificar que su esposa ya no tiene pulso, solo dejo de reír un momento, para formular unas palabras que hace mucho quiero decir.

—Ahora sabrás lo que se siente—me deleito con sus lágrimas, con un dolor que no se compara con el que sufrí yo, le dedico una última sonrisa antes de perder el conocimiento.