Una joven con el rostro demacrado, sostenía una taza de café entre sus manos y tenía la mirada perdida en los grumos de azúcar. Esperaba a su cita, al mismo tiempo que su pierna derecha temblaba de los nervios. Justo antes de darle un sorbo a su bebida, apareció un joven de complexión robusta y sin decir una sola palabra se sentó frente a ella. La mirada del hombre estaba llena de rencor, odio y un profundo dolor.

Ella elevo su vista, lo que dejo ver sus enormes orbes cafés hinchados que se llenaron de lágrimas:

—Gra-gracias por venir—dijo con dificultad, enrojeciendo por la vergüenza.

—No debes de agradecerme nada—musito oscamente el joven—¿Qué quieres?

—Yo—trago saliva—ne-necesito explicarte…

—No necesitas explicarme nada—le interrumpio enseguida—, todo ha quedado muy claro—desvió su mirada.

—Por favor, Santiago, escúchame—le suplico con la voz temblorosa. El no podía verla, sabía que si la miraba a los ojos caería ante su triste mirada, tenía que ser fuerte.

—¿Qué me vas a explicar? ¿eh?—inquirió con enfado tratando de mantener la voz baja y sin quebrarse—¿Qué te estabas cogiendo a otro en mi cama?—pregunto con furia. Ella volvió a llorar, era demasiado doloroso escuchar el rencor y odio en su voz.

—¡No quise hacerlo! ¡Nunca quise hacerte daño!—sollozo, limpiando sus lágrimas con el dorso de la mano.

—¡Por favor, Leslie!—se burló—Eso hubieses pensado mientras besabas a ese gilipollas—menciono con frialdad, el había olvidado su tristeza y se enfocó en la furia que le había provocado saber de su engaño—Dime, ¿pensaba en mi mientras lo besas? ¿Cuándo lo tocabas?—inquirió con enfado. Sabía que estaba siendo muy duro con ella, pues ella lloraba frenéticamente; pero el aun tenía el resentimiento que guardo desde aquel día en que encontró a Leslie con su amante en su cama.

—¡No sé ni siquiera en que pensaba!—exclamo frustrada—. Fue una completa estupidez lo que hice, porque te amo y dañe a lo que más amo en el mundo y por más arrepentida que estoy sé que nunca podre perdonármelo.

—Pues yo tampoco—le siguió con amargura—¿Sabes lo mal que lo he pasado? No, no lo sabes, ni lo sabrás nunca.

—Necesito que me perdones, por piedad—le rogo. Él la miro con desprecio—. No puedo vivir sabiendo que me odias y es injusto que te lo pida, pero esto me está volviendo loca—se hizo un silencio incomodo entre los dos.

—Si tanto quieres mi perdón—hablo el joven con acidez—hare exactamente lo mismo que hiciste conmigo. Te sonreiré, te diré que todo está bien, que aun te amo tal y como lo hacías cada que salía de casa para después revolcarte con él. Fui el estúpido más grande de la tierra al haber creído que de verdad me amabas—ella lo miro desesperada, no esperaba esa reacción de su parte. El siempre había sido una buena persona, con unos sentimientos puros y por su culpa ese chico del que se enamoró había desaparecido.

—¡Si te amo! No puedes dudar de eso—lloro con más fuerza—¿Por qué crees que estoy así? Si no me importara en lo absoluto no estaría llorando por ti y mucho menos pidiéndote perdón—la mirada de Santiago se llenó de odio.

—Si fuera así jamás me hubieses engañado, así que deja de mentir—él se levantó encolerizado de la mesa y salió del café dejando a Leslie llorando.

Ella sabía que se merecía todas esas palabras y muchas más de parte de Santiago. Nunca debió haberlo engañado, pero es que ni ella recordaba el motivo exacto que la llevo a esa situación. Por esa mala decisión había perdido al ser único ser que la había amado en toda su vida. Había arruinado cinco años de una vida feliz, que prometía un futuro envidiable; aunque todo había tenido sus altas y sus bajas siempre salían adelante. ¿Por qué cuando precisamente tenía una vida perfecta ella tenía que arruinarlo con el primer desconocido que se le cruzo en el camino?

Leslie llego a su departamento, desde hacía dos semanas atrás seguía tan desordenado como lo dejo Santiago cuando los descubrió. Últimamente no tenía ganas de hacer algo, solo podía sentirse sucia, que no valía nada que era un ser miserable. Se recostó en el sillón, abrazando un oso de peluche que en alguna vez Santiago le regalo, al menos así no lo sentía tan lejano. ¿Qué podía hacer ahora?, se preguntó llorando. Ya no tenía ningún motivo por el cual querer vivir, porque toda su vida giraba en torno a él. Santiago nunca la perdonaría, se lo había dicho y ella se atormentaría por ese error el resto de sus días. La mitad de la noche la paso en agonía, pensando en su desgracia hasta que finalmente en un momento de desesperación, decidida a dejar de sentir esa terrible culpa, dolor y odio a sí misma, se suicidó.

Por la mañana, en la casa de Santiago el teléfono no dejaba de sonar. Llevaba más de diez minutos repicando. El no tenía ganas de hablar con nadie, aunque trataba de no aparentarlo estaba muy deprimido y echaba de menos a Leslie. Desafortunadamente, las personas no dejaban de amar de un segundo a otro y eso era una tortura. Dejo por varios minutos que siguiera repicando, pues esperaba que esa persona se cansara de marcar y colgara, pero de pronto se dio cuenta que aquello no sucedería pronto. Finalmente un poco molesto levanto el auricular del teléfono:

—¿Bueno?

—¿Santiago? Soy yo Raúl—respondieron del otro lado, era el mejor amigo del joven.

—¿En qué comisaria estas y de cuanto es la multa? No pienso pagar más por tus borracheras—dijo con gracia.

—No que va, voy para tu casa tío—contesto con nerviosísimo lo que confundiendo a Santiago.

—¿Pasa algo malo?—inquirió preocupado, tenía un mal presentimiento.

—Ya te enteras, solo quería saber que estabas en tu casa—dijo con desesperación.

—No, no. Dime ahora, sabes que odio los rodeos—ordeno nervioso, escucho en la bocina un suspiro profundo que le erizo la piel.

—Leslie se suicidó esta madrugada—dijo Raúl con solemnidad. Un silencio doloroso se hizo presente, Santiago no podía articular palabra alguna—¿Sigues ahí?—pregunto asustado, pero el colgó enseguida.

Estaba incrédulo, no podía creer que Leslie hubiese cometido semejante acto de cobardía, se quedó con la mirada perdida al techo, dejándose llevar por sus pensamientos que todos desembocaban en el rostro de la muchacha.

Unos minutos más tarde entro Raúl a su habitación, lo encontró bañado en lágrimas y con la cabeza muy lejos de ahí. Ninguno dijo palabra alguna, simplemente él lo ayudo a listarse y se dirigieron al velatorio.

Durante todo el sepelio, Santiago se mantuvo frio y distante. Miraba al féretro fijamente pero jamás se acercó a él. No hablo con nadie, no durmió ni comió, todo el tiempo se quedó sentado en el sillón sin quitar la vista de encima al ataúd. No fue hasta después de la cremación que pidió a los padres de la muchacha permiso para quedarse solo en el área de urnas del mausoleo. Con sus dedos delineo delicadamente las letras que estaban grabadas en el mármol que guardaban recelosamente las cenizas de la que había sido una persona tan importante en su vida, lanzo un suspiro:

—Eres una cobarde—le susurro a la pared de mármol—¿Por qué no tuviste las agallas para seguir con tu vida? ¿te pesaba tanto la culpa que decidiste irte por la salida fácil?—el comenzó a llorar—. Por tu desliz, por tu locura estás haciendo sufrir a todo el mundo. ¿Pensaste que nadie sufriría por ti? ¿Qué a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos y a mí no nos dolería tu partida? ¡Si tuviste las agallas para engañarme, debiste tenerlas para seguir!—exclamo recargándose en la pared para llorar. Estaba tan dolido, nunca se imaginó que ella tomaría esa decisión—¡Eres una tonta!—grito—siempre lo fuiste y también chantajista, pero si esperas que con esto te perdone, estas muy equivocada no lo hare nunca—siguió llorando por unos minutos más y cuando se cansó, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Al alejarse un poco de la pared dirigió su mirada al enorme ventanal que había al final del pasillo, donde podía ver el cementerio que estaba lleno de hojas secas que cayeron por la llegada del otoño.

Hasta ese momento no se había dado cuenta que fue en esa estación que la había conocido y se había enamorado profundamente de ella, tanto que aun la seguía amando. En todas las hojas que había en el suelo podía ver todos los recuerdos que compartieron juntos y las promesas rotas de un futuro que jamás llegaría. Se llevó la mano derecha a los labios, para dejar un beso en la fría baldosa de mármol. A pesar de todo, él no la perdonaría porque había sido una cobarde y con su partida había destrozado la vida de varias personas. Sin decir más salió del edificio, ya no quería seguir ahí y hasta dar un paso afuera no miro atrás.

La vida continuaba y quizás el tiempo curaría sus heridas, pero no dejaría que su dolor lo convirtiera en cenizas.