Siempre te miro

Cierro los ojos para sentir cómo el calor del sol atraviesa mis párpados, suspiro, totalmente relajada. Me encuentro sentada en un banco del parque, me gusta pasar aquí mi tiempo libre, es muy tranquilo y me trae buenos recuerdos. Escucho el ruido de unos tacones golpeando el suelo apresuradamente y con fuerza, frunzo el ceño, eso solo puede significar una cosa…

— ¡Con que ahí estabas! ¡No puedo creer que lo dejaras plantado, otra vez!—abro los ojos cuando la dueña de la voz me obstruye el sol y me encuentro a una chica rubia con las manos en la cintura y una mirada furiosa.

—No quiero verlo—bufa exasperada.

— ¡Pero dijiste que te gustaba! ¡¿Acaso era mentira?!—desvío la mirada.

—No, él me gusta.

— ¡¿Entonces?! ¡¿Por qué no puedes actuar como una persona normal?! Él te invita a salir y tú lo dejas plantado ¡Por tercera vez!

—Siempre se burla de mí—murmuro, ella procura calmarse.

— ¿Has oído eso de "si te gusta, moléstala"?

—Ni siquiera entiendo por qué me gusta, es un odioso.

—Vamos, dale una oportunidad—comienza a tirar de mí y a empujarme, hasta que me conduce al lugar donde el chico de ojos claros y tez pálida nos espera, impaciente—. Te la dejo, chau—dice alegremente, abro la boca para decir algo, pero se aleja antes de que pueda hacerlo. El pelinegro me observa de arriba abajo y finalmente clava sus ojos en los míos, me muerdo el labio.

— ¿Y bien? ¿Me explicarás por qué llevo tanto rato esperando aquí? ¿O por qué Amanda tuvo que traerte a rastras?

—Porque esto es un juego para ti—murmuro mirando al piso.

— ¡Grité que me gustabas frente a todo el curso y sufrí la humillación de que me ignoraras!

— ¡¿Y?! ¡¿Cuántas veces no hiciste que todos se burlaran de mí?!—hace silencio, con una expresión de arrepentimiento en su rostro. Doy media vuelta, dispuesta a irme, pero me detiene sujetándome del brazo.

—Eso fue hace mucho—murmura—. Puedo compensártelo—susurra muy cerca de mi oído, su aliento me estremece.

—Suéltame, idiota—me libero de su agarre y doy unos pasos, pero su voz me detiene, nuevamente.

— ¿Sabes cuándo comenzaste a gustarme? Fue en un día nublado, tenía ganas de llover, pero a ti parecía no afectarte porque paseabas por el parque con un ligero vestido rosa con unas flores dibujadas en el pecho.

«Había una niña pequeña llorando, te acercaste a ella y le preguntaste qué tenía, sus padres se estaban divorciando, su vida eran trámites y peleas. Nunca olvidaré lo que le dijiste: "Algunas veces las personas se aman tanto que no pueden mantener ese amor solo entre ellas, tienen que repartirlo entre más gente; pero no te preocupes, siempre la mayor parte de ese amor será para ti"»

«Eso y un helado bastaron para alegrarla—continuó, luego de una pausa—. Aunque tú y yo sabemos que lo que le dijiste no es del todo cierto, sí me hizo darme cuenta de la maravillosa persona que eres»

—Eso fue hace mucho—comento, sorprendida, sin voltear a mirarlo—. No sabía que estabas ahí.

—Siempre te observo cuando no me ves—se acerca y me mira a los ojos—, detallo cada una de las facciones de tu rostro, tus ojos miel, tu pequeña nariz, tus labios…—suspira— Así descubrí que te desagrada el olor a pizza y que te agrada el del café, que cuando hace sol te gusta pasear dando pequeños saltos, vistes con colores pasteles, siempre pides helado de vainilla y se te iluminan los ojos ante cualquier cachorro—lo miro perpleja.

—Yo…—intento decir algo, pero las palabras no quieren salir.

—Eres increíble, porque me quieres a pesar de todo lo que te he hecho, dime ¿Por qué?—sonrío.

—Hay muchos chicos que creen poder aprovecharse de mí, según algunos—enfatizo, mirándolo con un pequeño disgusto, se sonroja un poco, apenado—soy ingenua, tú siempre los has mantenido alejados de mí, siempre me has cuidado—me mira con sorpresa.

—Creí que no…

— ¿Qué no me daba cuenta? Al parecer ambos pensábamos que no existíamos para el otro—digo sonriente, él me devuelve la sonrisa. Acaricia mi rostro suavemente, me estremezco, cierro los ojos y siento de nuevo cómo el sol calienta mi cuerpo, entreabro los labios involuntariamente y él acerca su rostro al mío, siento su aliento segundos antes de que se apodere de mis labios, coloca sus manos en mi cintura y yo las mías en sus hombros, juguetea un poco con mi lengua y muerde ligeramente mis labios. Nos separamos cuando nos falta el aire.

—Prometo cuidarte siempre, mi sol—dice apoyando su frente en la mía.

—Y yo quererte siempre, guardián—suelta una pequeña risa y vuelve a apoderarse de mis labios.