SICATRICES DE TORMENTA

Estaba lloviendo, los truenos terroríficos acechaban las nubes en ruidosas y aterrorizantes amenazas creadas por la misma nada. Estaba por salir de la escuela cuando el diluvio cesó por un momento. Corrí precipitadamente atravesando de lo que quedaba del suelo para llegar a mi cometido sin distracción alguna cuando te vi.

Estabas bajando del colectivo llena de desgracia por una condenada obstrucción en tu camino. Logré reconocer tu rostro aunque nunca te haya llegado a ver, solo en mis sueños mas apasivos y en mis pesadillas más tristes. Por un segundo logre recordar tu nombre y te lo susurre al oído para causar una pequeña impresión.

Llegaste a reconocerme por imágenes, sabias quien era pero no lograste recordar mi nombre. Me preguntaste quien era, después de recibir tal abrazo que se hubiera iluminado el mismo cielo para mí, pero en desgracia comenzó a truenar aclamando lluvia sobre todo ser viviente. Comenzaste a cuestionarte como llegarías a tu hogar cuando las únicas luces visibles eran las de los propios postes de luz. Cortésmente te invite a mi casa que no estaba demasiado lejos, aunque te quedaste pensando en la gentil respuesta sin querer ser solo una molestia.

Volvió a llover.

Rápidamente sin pensarlo te tome de la mano y te hice señas para correr en dirección a mi casa. La lluvia cubría completamente el camino haciéndose retumbar sobre tu incandescente rostro evitando que pudieras abrir los ojos.

Llegamos a mi casa y tristemente descubrimos nuestra ropa empapada de aquella ira en forma de agua que quedo del otro lado de la puerta. Por un momento sonreímos por conocernos de tal manera y situación. Te ofrecí una taza de chocolate caliente y felizmente asentiste. Tu presencia en aquel lugar te hacía sentir como una criatura tímida con miedo a querer destruir algo con un simple tacto. Llegué a quitarme la remera en el baño dejándome solo el jean y mi ropa interior cuando hubo un apagón total.

Estabas terminando el chocolate cuando volví, preguntando estúpidamente si te encontrabas bien creyendo que te había sucedido algo. Me hiciste un gesto tonto de que te quemaste los dedos con el chocolate cuando todo había oscurecido.

Tome ambas de tus angelicales y delicadas manos, acercándolas a mi rostro y soplando un leve viento acariciador que te puso un poco incomoda ya que prácticamente te estaba mirando a los ojos. Estaba nervioso, ya que estábamos congelándonos de frio por nuestras ropas húmedas y sinceramente te pregunte si te querías sacar la ropa por tema de que estaba haciendo demasiado frio y que podía prestarte algo en el armario de mi habitación.

Inmediatamente volvió la electricidad, facilitando la tarea de trasladarse por la casa. Estábamos en mi habitación sin poder decir una sola palabra por el sonido de la lluvia. Saqué una toalla y comencé a secarme el rostro y la parte frontal de mi cuerpo. Detenidamente observaste hasta que giraste tu cabeza hacia un lado pensando si me había dado cuenta que me habías visto. Me quedé pensando en que estaba haciendo con una chica en mi habitación y yo semidesnudo secándome en frente de ella.

Te quitaste la campera y el guardapolvo, en el cual podía llegar a verse impreso sobre tu piel, dándote cuenta, te abrazaste vos misma guardando un poco de vergüenza. Te dije de que no había nada de qué preocuparse, de que podías confiar en mí, aunque me habías conocido en ese mismo día, en esa extraña e inadecuada situación. Lanzaste una pequeña carcajada al igual que una reconfortante sonrisa, quitándote tu guardapolvo al igual que tu remera, mientras conversábamos para entrar en confianza al igual que la seguridad, para evitar la vergüenza.
Quedé en ropa interior mientras te quitabas la remera, que podía observar cada musculo, hueso y movimiento que realizabas sobre tu hermosa piel láctea pálida y perfecta perdiéndome en tus inexplicables curvas guardando completamente mis palabras. Al desvelar tu rostro, me observaste y volviste a sentirte incomoda temblando sobre tus propias rodillas y con las inexplicables ganas de morderte las uñas de los nervios. Traté de calmarte una última vez. De repente paró de llover.

Te convencí de que todo lo que sucedía en ese momento era nuevo para mí y que tenía miedo de que pienses mal sobre mis acciones en ese entonces. Concordando con el hecho de que los dos estábamos casi desnudos y con frio, proseguimos con nuestra tímida semidesnudez. Podía ver tu corpiño negro que aclaraba más el color de tu hermosa piel atrayendo inconscientemente mi completa atención. No quise obligarte a quitártelo, pero si me pediste ayuda para quitarte el pantalón.

No sabía cómo reaccionar en ese entonces, al igual que vos, hacia cosas que eran nuevas, no exploradas, y por un momento pensé… únicas.

Te comenzaste a desabrochar el pantalón mientras yo me ponía en una posición cómoda para poder ayudarte a despojarte de ellos. Me hiciste señas para que prosiga, pero un último apagón cubrió la casa.

Estabamos quietos, mirándonos a los ojos, los cuales me imnotizaban al igual que el cabello oscuro que recubría tu rostro. Levante mi brazo para descubrirte la cara apartando tus cabellos sin quitarte la mirada, acariciando tus mejillas hasta llegar a tu boca. Estaba consciente de lo que la situación aclamaba con completa timidez y desesperación.

Lentamente y sin darme cuenta, comencé a descender mi impertinente mano sobre tus pechos hasta llegar a tu abdomen. Manoseé tu entrepierna en busca de tus pantalones agarrándolos firmemente con todas mis fuerzas y los deslicé suavemente sobre tus inmaculadas piernas de una manera en la cual no dejaban ningún espacio extrayéndotelas de un modo simplemente suave y perfecto. Te estremecías sobre una agonía lenta de placeres y movimientos suspirando y exhalando gritos ahogados de desesperación y deseos.

Te despojaste lentamente del corpiño develando la ambrosía de tu completa semidesnudez que fue la principal causa de mi inconsciente erección y trataste de tomarte de tus pechos en camino hacia tu placer infinito, pero detuve tu brazo con mi mano a mitad de camino. Faltaba una prenda más… tu ropa interior.

El cielo comenzó a rugir de pasión, los truenos gritaban en nombre de una pareja y la lluvia aclamaba amor. Los choques entre los elementos titánicos y cataclísmicos estaban en el apogeo de nuestros cuerpos casi desnudos en busca de cumplir una simple tarea más para completar el ritual del placer universal.

En medio de la inexplicación puse mis manos detrás de tu espalda que estaba comenzando a entibiarse sobre mis incomprendidos e impertinentes dedos. Levantaste tu abdomen de una manera abismal exigiendo placer, liberarte de tus ataduras y desencadenar todos aquellos deseos reprimidos y pronunciados por más de mil voces que recorren por tus pensamientos.

Lenta y dolorosamente comencé a descender mis manos, frotándote la piel tan fuerte que podía sentir el calor del fuego que se venía presagiando. Aferraste tus garras sobre las sabanas sabiendo que pronto iba a terminar tal espera y sufrimiento lanzando una carcajada de placer con los ojos cerrados imaginando el momento del clímax de tu cuerpo hasta que llegué.

Te retorcías en más de mil movimientos, concretando una danza sensual de liberación. Sentías como la tela frotaba la parte superior de tu entrepierna haciéndolo un placer tan delicado como liberador, tensabas los músculos en busca de aire mientras seguía bajando sobre las partes más sensibles tu entrepierna. Finalmente llegué a la parte en que se separa tu ropa interior y tu cuerpo tirando suavemente con toda mi furia recargada sobre mis manos con tal de que comiencen la proclamación anhelada.

Pensabas que no podía haber otra cosa que pudiera aumentar los deseos que demandabas, pero no fue así. Inexplicable mente comienzo a besar tus rodillas, haciendo de este un camino tan estrecho que solo había un único final. No podía detenerme, siquiera la eternidad poda obligarte a desistir tal deseo. Llegue a besarte la mitad de tus interminables piernas. En la cual comenzaste a llorar de desesperación y te recostaste en espera de mi búsqueda del final. De repente mis labios comenzaron a cambiar de sabor, previniendo la llegada del fin un poco más adelante. Comenzaste a emitir un grito ahogado que daba por poco la finalidad de mi meta. Los truenos al igual que el insaciable viento exigían con furia tal encuentro de fuegos elementales, furia y desesperación eran lo único que podía describir a tal encuentro hasta que finalmente llegué.

Mis labios se convirtieron en tus labios. Mi carne se desprendía con tal de proclamar tal territorio. Gritaste como nunca lo hubieses pensado dejando lágrimas de felicidad por todo el camino hacia tu boca. No sabias si seguía lloviendo o era el ruido que hacía cada movimiento estrecho de mi precipitada lengua frotando lenta y cariñosamente los confines de tus inexplicables posiciones de placer. Se me humedecía toda la cara por encontrar tu punto de mayor placer sexual escarbando cada vez más fuerte hasta que finalmente llego el momento en el que toda la suma de pasión, locura y amor dan frutos al esperado orgasmo.

Se te duermen todas las extremidades del cuerpo, el tiempo se detuvo demasiado tiempo aunque no logro saber de nuestro secreto encuentro apasionado que se concreto aquella noche en mi casa. No hay rastros de aquel día excepto los restos que trajo la lluvia. Uno de los momentos más indescriptibles de la existencia sucumbió al encuentro de dos almas perdidas en el tiempo al igual que los pensamientos de aquella inmemorable tormenta de fuego.