Felino

—Niño, sé útil y alcánzame la escoba y un balde —gruñó su abuela desde la cocina.

Jean cumplió y en un momento había saltado del sofá plácido de la sala y estaba al lado de ella con simulada expresión seria.

—¿El perro de nuevo? —preguntó ocultando la cuota de retintín.

—No intentes ser gracioso conmigo, mocoso —advirtió viéndolo de reojo y deslizando la escoba con prisa por el piso. Entonces dejó de prestarle atención y comenzó a murmurar para sí—. Este perro de mierda, se caga en todos lados y deja todo lleno de pelo... Y la estúpida de Cheryl que lo recoge de la calle, ¿por qué no limpia ella su mierda? —Su enojo aumentaba a medida que hablaba, y recordó que además debía encargarse de la mierda de Eustace que también tenía problemas de esfínteres en su miserable senilidad, y además preparar la cena y soportar a su hija cuando volviera borracha del bar. Volvió los ojos a Jean y sintió que el mocoso disfrutaba secretamente de todo eso, le arrojó la escoba y el balde a los pies, y rugió—. ¿Sabes? Sí, eres muy gracioso. Ríe mientras limpias mierda de perro.

Se fue al patio a las zancadas y Jean supo que iba a darle una paliza al animal hasta sacarle sangre, como ocurría cada vez que hacía algo propio de un perro que no ha recibido un adiestramiento adecuado. Se guardó la opinión para sí, sabiendo que de nada serviría hablar de paciencia y educación con alguien como su abuela, y porque tampoco le importaba el perro. Terminó de barrer el pelo que se arremolinó en un montón de bolas grises, las tiró a la basura, y limpió también los excrementos escondidos bajo la mesa, cerca del horno y a un costado de la puerta de entrada a la cocina.

Estaba en su habitación ahora. La intimidad y la calidez flotaban densamente con el mismo tinte preocupante a sigilo y hermetismo que desprendía el propio Jean y que se adhería irremediablemente a cada pieza del cuarto. Lo único que llegaba a romper el silencio eran los débiles gemidos provenientes del patio. Ella gustaba de golpear al perro como lo hacía con su nieto, con un grueso cinto de cuero negro. Pasados los minutos, los quejidos habían llegado a traspasar la distancia entre la ventana de su habitación y el patio trasero, pero ahora sonaban apagados, sumisos, como si el can supiera que cada demostración de sufrimiento alimentaba más la furia perversa de su abuela.

A Jean no le gustaban demasiado los animales. Sí disfrutaba de ir al zoológico y admirar la apariencia y los gestos de los salvajes, en una suerte de análisis rutinario, no demasiado distinto del que ejecutaba con sus propios pares y su entorno. Pero ni hablar de tenerlos en casa. Encontraba a las mascotas domésticas ruidosas, demandantes y sucias. No hacía falta agregar que innecesarias. Como no podía oponerse a que su madre rescatara cachorros de la calle, simplemente lo soportaba, pero si dependiera de él, a ese perro le hubiera esperado un destino más espantoso que un cinturón.

Estaba sonriendo y pensando en el filo metálico de un cuchillo, cuando se dio cuenta que un gato había entrado por la ventana y lo estaba mirando. Pensó en seguir la línea de sus razonamientos anteriores, matarlo y enterrarlo en el bosque cercano, como hacía a veces con algunas aves. Pero fue la quietud y la mirada verdosa del gato la que lo disuadió de esa idea inicial.

Jean tampoco despertaba agrado en los animales. Se acercaba a los perros, y se excitaban súbitamente, explotando en ladridos o retrocedían y lloriqueaban o se escondían lo más lejos posible. Las ardillas se ocultaban en sus viviendas improvisadas, los pájaros levantaban vuelo en cuestión de segundos y huían en bandadas. Los caballos se ponían nerviosos y pataleaban y se sacudían desenfrenadamente. Los más salvajes intentaban atacarlo, los más pequeños parecían llenarse de un terror tan repentino como abrumador. Todos, sin excepción, se sentían mal cuando Jean andaba cerca. Y a los gatos, que no han sido mencionados, se les erizaba el pelaje en un espasmo violento, le enseñaban los dientes, siseando como serpientes y con la cola en alto como una estaca.

Pero este se había quedado a los pies de la cama, tan sereno como la habitación misma, con los ojos alargados color verde oliva, como petrificado. Jean lo imitó, y cinco minutos después, el felino salió por la ventana con pasos sinuosos. La segunda vez que entró, él leía. Hizo exactamente lo mismo por un rato; luego, recorrió el cuarto y se frotó contra sus piernas. Él lo dejó porque le llamaba la atención. Después se fue y dos días más tarde volvió a visitarlo. Esta vez, Jean decidió seguir su trayecto al pasar la ventana, y le pareció que eso era lo que quería el gato desde el principio.

El camino que hicieron fue largo y misterioso. Cuando llegaron, Jean notó que estaban casi llegando a los límites del pueblo, y que a nadie le parecería muy interesante husmear allí. Conocía el lugar. El muelle estaba cerca y a menudo pasaba por sus inmediaciones cuando se iba de paseo. El gato había cruzado el jardín delantero de una casa abandonada y ahora estaban en el fondo. Inspeccionó su territorio con mirada atenta, como si se previniera de cualquier intruso, y atravesó una ventana desvencijada de madera roída. Jean no tuvo problemas en forzar la puerta y entrar.

Estaba parado en el comedor. Todo se hallaba repleto de polvo, telarañas, herrumbre, mugre y un vaho sofocante que reunía todas esas esencias. El lugar que ocupaba el gato, sin embargo, sobre un sillón marrón, se veía como el único espacio exento de suciedad. Le resultó curioso que el felino se viera tan aseado también. Se frotó contra sus piernas de nuevo, y lo llevó hasta la cocina en condiciones aún peores. Así lo hizo con cada una de las cinco habitaciones de la casa abandonada, y Jean se preguntó qué estaba haciendo allí, y qué clase de gato era ese, que caminaba delante suyo cual guía y lo miraba de soslayo de vez en cuando, como si se cerciorara de su presencia.

Fue en el extremo del patio que encontró el cementerio improvisado de animales. Había huesos esparcidos por todo el jardín de pastizales y malezas crecidas. Como Jean había leído al respecto, cuando los inspeccionó supo que eran de animales pequeños como ardillas, pájaros y quizás ratas. Volvió a su casa con las mismas preguntas en la cabeza y sabiendo que el minino aparecería al día siguiente. Así fue. Hasta le acarició el lomo y por detrás de las orejas. El gato maulló por primera vez. Jean le llevó discretamente un tarro de leche y atún de lata.

Pasó el tiempo y lo bautizó con el nombre de Artemis. Lo visitaba a su habitación todos los días, a una determinada hora de la tarde, y se quedaba con él, de una extraña manera pasiva, como si disfrutara de su compañía. Jean a veces le leía en voz alta y le hablaba. Era inaudito incluso para él, pero pronto se acostumbró a la idea de que el gato entendía absolutamente todo.

Pero fue una vez que lo siguió hasta la casa abandonada, que observó su accionar con sus propios ojos. El gato se ocultó entre los pastizales altos, a la espera silenciosa y con el objetivo puesto en una ardilla mediana que circulaba buscando comida. Lo vio deslizarse como una víbora a las espaldas del roedor, sigiloso, casi imperceptible. La ardilla no lo notó, apenas si lo vio venir. En cinco segundos, le había clavado los dientes en la yugular y murió de una manera pasmosa y agónica, gimiendo como el perro de su madre y retorciéndose como el cinturón de su abuela.

El gato lo arrastró paulatinamente hasta el montón desgastado de huesos pequeños. Dejó el cadáver allí. Pareció contemplarlo unos instantes y se frotó contra las piernas de Jean otra vez.

"De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo. Mark Twain."

—¿Qué dices, Joy? —preguntó Jake desde su lugar en la cama, igual de desvelado que él.

—Hablaba solo, Jake. Estaba recordando.

Él no le contestó.

Artemis llegó a acompañarlo durante cinco años, y murió a los trece después de caer muy enfermo, cuando él había terminado el secundario. Pensó que Twain no habría conocido a un gato como Artemis. Y también pensó que lo extrañaba bastante, y se imaginó a sí mismo poniendo flores sobre un pequeño montículo de tierra en el patio de la casa abandonada.