Duelo silencioso:

La sed de venganza puede cegar a una persona y hacer que vaya por caminos oscuros, justo como le pasó a Bernhart, hombre que fue alguna vez pacífico, generoso y honesto. Durante los últimos años ha buscado a la persona culpable de la desaparición de su querida esposa, cuyo nombre había sido olvidado por la misma rabia, sólo puede rememorar la imagen de esa silueta oscura con sombrero, un sobretodo zarrapastroso y una máscara de cuero que cubría todo el rostro excepto los ojos que miraban fijamente, inmóviles mientras el viento arenoso azotaba fuertemente sus ropas. Aquella imagen se quedó grabada en su mente aquel fatídico día en el que despertó sin su amada a su lado, su vida había sido tranquila hasta que ese hombre apareció, ese día vio como aquella figura se iba arrastrando un enorme saco, Bernhart se fijó en que alli podría caber una persona. Y viéndolo partir en un caballo negro acompañado de otra persona con la misma apariencia, el odio y el rencor se apoderaron de su alma, todo lo que había hecho para ser feliz fue pagado con ese momento.

Nunca volvió a ser el mismo, vendió su pequeña granja para comprar una pistola con su respectiva munición, y habiéndose despojado de todas sus otras pertenencias, se puso su sombrero para encaminarse en un viaje en el que su sed de sangre nunca pudo saciarse. Descubrió que no era casualidad que esas dos personas llevasen máscaras ya que se trataba de una peligrosa banda llamada "los sin rostro", una banda que se no se dedicaba a atracar bancos o trenes, sino que mataba a personas por dinero o secuestraban a inocentes para luego venderlos como esclavos o quien sabe para que barbaridades, todo esto era irrelevante para Benrhart, sólo necesitaba saber los lugares que frecuentaban, contactos suyos o cualquier detalle que le llevase hasta ellos, lo tenía.

Uno a uno, Los sin rostro cayeron por el fiel revolver de cinco balas del hombre, que poco a poco se hizo hábil en el uso de las armas y se hizo también, una persona despiadada que parecía no escuchar las súplicas de sus enemigos, quienes cada vez le temían más, aún así, la persona que una vez existió en él había desaparecido, no sólo spsíquicamente ya que su rostro estaba lleno de cicatrices, sus apariencias eran amenazadoras y su mirada expresaba únicamente el profundo odio que su corazón había abrazado.

Y luego de años tras la pista de los cinco líderes de la banda, que ahora eran los integrantes que quedaban, Bernahrt se encontró con ellos mientras caminaba por el ardiente y solitario desierto por un capricho del destino, sin dudarlo ni hablar desenfundó su revolver para encargarse de cuatro "sin rostro" a una velocidad que reflejaba las largas y frías noches sin dormir en las que el hombre se entrenaba pensando en los ojos que tenía en frente.
-conozco esos ojos- dijo en voz alta.

El hombre se bajó del caballo y se quitó el sombrero, una larga cabellera flotó en el aire en medio de la fuerte brisa, era la misma persona de aquel día, era quien se había llevado al único ser querido de Bernhart, y se encontraba allí abriendo el sobretodo para dejar ver sus plateados revólveres.

Era el momento que jamás el hombre había deseado tanto, la oportunidad de por fin obtener su codiciada venganza, su corazón latía deprisa, sus sentidos se agudizaban, la brisa dejaba de azotar su rostro con arena, pero había algo extraño, aquel hombre se quitó la máscara y la tiró al suelo, instintivamente, Bernhart miró atónito el rostro de aquella persona. Fue ese instante en el que recibió un balazo en el hombro derecho, alzó la vista y recordó un comentario de un viejo al que apenas prestó atención a la vez que levantaba el brazo dolorosamente y disparaba con su última bala al rostro de aquella mujer, el comentario del viejo era:
-Una vez que alguien entra a esa banda nunca puede salir chico, si uno intenta escaparse será perseguido y todos los que tengan la mas mínima relación con el fugitivo seran asesinados.

Bernahrt supo alguna vez el nombre de esa mujer que acababa de dispararle, ella había huído de él, le había salvado la vida regresando a un camino del que había escapado y por supuesto, le había amado, pero las amargas palabras del hombre al ver como una cara familiar se teñía de sangre fueron:
-Al fin- mientras las lagrimas de dolor físico y psicológico caían en la arena al igual que él.