Capítulo 2.

Renée apenas y podía creer en lo que Bianca le había contado. Una y otra vez, la chica repetía en su mente la historia narrada por su prima, sin atinar a comprender cómo había sido que ella había acabado envuelta en una situación tan terrible; eso, sin embargo, justificaba lo apagado de los ojos cafés de Bianca y la palidez de su rostro.

La misma noche en que llegó, y a pesar del cansancio, Bianca contó a Renée todo lo que había sucedido, comenzando con el blog y la invitación de Gustavo para ser una colaboradora (hechos de los que Renée no estaba al corriente); la joven no omitió ningún detalle, ni siquiera los golpes que había recibido en la cara por parte de sus secuestradores (un dato que ocultó a sus padres, diciendo que se había lastimado en el choque que hubo tras explotar el neumático), y Renée entendió entonces el por qué Bianca llevaba un pequeño parche en el puente nasal.

- El Dr. Gaona dijo que curará solo.- dijo Bianca, tocando suavemente su nariz.- Por fortuna, no se me desvió el tabique, lo cual es una suerte.

- ¿Gaona?.- preguntó Renée.- ¿El papá de tu ex?

Bianca miró fijamente a Renée, sin decir nada.

- Oh, lo siento.- se disculpó la chica de ojos color miel.- Ése es un dato estúpido que no le importa a nadie… Pero de verdad, Bianca, tuviste muchísima suerte. ¿En qué demonios estabas pensando cuando se te ocurrió meterte en esas cosas? ¿Qué no lees las noticias, por amor del Cielo? Si hasta acá nos llegan los horrores de la guerra contra el narcotráfico, con mayor razón tú debiste haber estado más informada.

- Fue lo mismo que me dijo Gaby.- suspiró Bianca, con tristeza.- Y le voy a responder lo mismo que a ti: sólo pretendía ayudar. La gente tiene derecho a saber…

Bianca no pudo continuar porque sintió que un nudo le atenazaba la garganta. De golpe, todas las lágrimas que había estado conteniendo en los últimos días se le acumularon en los ojos; ella parpadeó para esquivarlas, pero su cuerpo estaba llegando al límite. Bianca no había llorado ni cuando la golpearon, mucho menos cuando la abandonaron en la carretera, ni cuando su madre corrió a abrazarla al verla en el hospital, hecha un mar de lágrimas, después de que Bianca se hubiese asegurado de decirles a todos los médicos y enfermeras que había tenido un accidente, con todo y que ellos sabían que sus lesiones habían sido hechas a propósito, por manos humanas. Tampoco lloró cuando se tuvo que despedir de su familia, ni cuando abordó el autobús que la alejó para siempre de la ciudad que la vio nacer. Esa falsa fortaleza había sido producto de la adrenalina y del terror, del miedo que Bianca sentía de ser atrapada otra vez si se distraía con lágrimas; sin embargo, ahora que se encontraba en otro país, en otro continente, y relativamente a salvo, la adrenalina se marchó para dar paso a la angustia más profunda. Bianca agachó la cabeza y soltó su llanto incontrolable, y Renée sólo atinó a abrazarla con fuerza.

- Desahógate, te hace falta.- murmuró Renée, suspirando.- Ya estás a salvo. Aquí nadie te hará daño, te doy fe de eso.

Bianca lloró hasta quedarse dormida, sin apenas probar bocado. Renée, que conocía de sobra lo que era pasar por un trauma psicológico fuerte, sabía que no podía dejar sola a su prima durante los primeros días, así que movió algunas de sus clases (que podría tomar después sin problemas), para permanecer a su lado. La primera semana, Bianca no comía ni dormía bien, pues se despertaba por las noches debido a sus pesadillas; Renée sabía que su prima necesitaba un psicólogo, y sin tardanza, acudió a buscar a una amiga suya, especialista muy renombrada en Alemania, Nela McGregor, la cual se encontraba en Viena impartiendo algunos cursos avanzados. Renée había conocido a Nela en el café en el que trabajó durante sus primeros años en Alemania, y de ahí habían trabado amistad, de manera que la psicóloga no se negó a atender a Bianca.

Tras haber pasado quince días sin presentar mejoría en su estado de ánimo, Renée se preocupó seriamente por su prima y temió lo peor; sin embargo, Nela no fallaba nunca en sus terapias, y no pasó mucho tiempo antes de que Bianca comenzara a hacer preguntas que parecían ser simples y carentes de significado, pero que le dijeron a Renée que ella había comenzado a recuperar su curiosidad innata.

- Esta casa es enorme.- comentó Bianca, una tarde después de comer, algo que ya hacía con más apetito.- Tan enorme, que hasta servidumbre tiene. ¿Te metiste de contrabando, o saben los dueños que estamos aquí?

- Lo segundo.- sonrió Renée.

- ¿Y bien…?.- Bianca dejó la pregunta en el aire.

- ¿Y bien qué?.- Renée, sin caer en el juego, se acomodó detrás de su oreja un mechón de su largo y brillante cabello castaño.

- ¿De quién es la casa?.- preguntó Bianca, sonriendo ligeramente.- No me digas que es tuya, porque no te voy a creer. Aunque no me queda duda de que has progresado mucho como artista, dudo que ese trabajo te deje tanto dinero como para tener una mansión de estas magnitudes, amueblada con todo lujo y con personal suficiente como para atender a una reina.

- No es una mansión, aunque se acerca, y no hay tanta servidumbre como crees, sólo están el mayordomo, el cocinero, el jardinero y el ama de llaves.- replicó Renée.- Y no es mía… Es de Johann…

- ¿Johann, tu novio?.- Bianca enarcó mucho las cejas.- No sabía que tocar el piano reportara tantas utilidades. Vaya que ser músico deja dinero, ¿eh?

Renée no respondió, pero el rubor subió a su rostro, y eso le dio a entender a Bianca que ya había preguntado demasiado. Sin embargo, ya después ella insistiría con el tema, porque la casa en donde se encontraban era demasiado ostentosa como para dejarla pasar, por no mencionar que el mobiliario, a pesar de no ser muy aparatoso, era evidente que sí era caro y de buen gusto, y por último, quizás lo más importante de todo, es que no cualquier persona se permitiría el lujo de contratar a un mayordomo, una ama de llaves, un jardinero y un cocinero. Sólo alguien con mucho dinero podría tener una casa así, y cuando Renée le aseguró que sí había habitaciones disponibles para recibir a Bianca en el lugar en donde ella vivía, la reportera jamás se imaginó que tendría, al menos, seis cuartos a su disposición, con personal que se encargaría de todas y cada una de sus necesidades básicas.

Nela le había dicho a Bianca que necesitaba salir de casa, enfocar su mente en actividades fijas y sobre todo, no quedarse sola, para poder superar el trauma. Renée, que estuvo de acuerdo con la psicóloga, pasaba todo su tiempo libre con su prima, llegando incluso a llevársela a la Academia de Artes de Viena (en donde Renée estudiaba una maestría en Finas Artes), sitio en el cual Bianca pudo tener el primer contacto con el mundo del arte en el que se desenvolvía la artista; sin embargo, la reportera resistía aún el salir a la calle, y sólo toleraba permanecer dos horas fuera de la enorme casa. Así pues, Renée se apresuraba en volver, al concluir sus clases, para comer con Bianca y pasar más tiempo juntas. Por las tardes, Renée pintaba, siempre acompañada de música clásica (la mayoría de las veces con piezas de piano), que resultaba un bálsamo delicioso a los nervios destrozados de su prima. Además, algo que ayudó mucho más que todo lo demás, fue el tener autorización para entrar a la enorme biblioteca de la casa y tomar el libro que Bianca desease. Así pues, mientras Renée pintaba, acompañada por el piano, Bianca se perdía en los mundos que otras mentes, tan ansiosas de aventuras, como la suya, habían creado para deleite de la humanidad. Además, la joven aprovechó para comenzar a aprender alemán, algo que tarde que temprano tendría que hacer.

Un buen día, poco después de haberse cumplido un mes de la llegada de Bianca a Viena, al volver a casa, Renée la encontró en el jardín, muy pensativa, y con un libro en las manos. La joven preguntó a la reportera si le sucedía algo malo, y ésta negó con la cabeza, al tiempo que cerraba el libro.

- Simplemente, estaba pensando en que todo parece indicar que voy a permanecer en Europa por el resto de mi vida.- contestó Bianca.- Y que, dado que esto parece irremediable, tendré que buscar una manera de ganarme el pan de cada día. Suficiente hizo mi padre con pagar mi viaje y darme dinero para las primeras semanas, pero lo cierto es que ese dinero no durará para siempre y yo no puedo vivir de la caridad, Nené.

- Eso es muy cierto, Ratona.- Renée sonrió.- ¿Y qué deseas hacer?

- No lo sé.- suspiró Bianca.- Si bien te digo que, justo ahora, quisiera nunca más en mi vida el tener que trabajar como reportera, admitamos que eso es lo único que sé hacer.

- Y no eres mala reportera.- añadió Renée.- Viéndolo desde un punto de vista estricto, mira qué lejos llegaste en México, que desenmascaraste a un precandidato presidencial.

- No lo digas tan fuerte.- víctima de la paranoia, Adrianne miró hacia todas partes, para asegurar que nadie las había escuchado.- Y no fue mérito mío, alguien se había encargado ya de hacer la lista, yo sólo tuve que confirmarla.

- Bueno, de cualquier manera, eso tiene su crédito.- Renée trató de cambiar de tema.- Y tendrás que ver también lo de tu permanencia aquí. Por tres meses, podrás moverte con libertad en cualquier país de la Unión Europea, como turista que eres, pero después habrá la necesidad de conseguirte algún permiso de residencia.

- También había pensado en eso, pero no estoy segura de qué es lo que tengo qué hacer.- respondió Bianca, preocupada.

- Ah, no te preocupes.- Renée le restó importancia al asunto.- A ti te va a resultar más fácil, puesto que yo ya tengo una residencia permanente en Alemania; simplemente, diré que eres familiar mío y que estás viviendo conmigo. Yo sí que batallé al llegar, pues tuve que esperar cinco años para poder solicitar un permiso de residencia, demostrando que tenía un ingreso estable, que hablo alemán perfectamente, que sé conducir, y también tuve que pagar la seguridad social, durante todo ese tiempo. Ya después tú tendrás que hacer todo eso en su momento, si es que decides radicar en Alemania también, pero por lo pronto, bastará con que yo diga que eres mi familiar.

Bianca asintió con la cabeza, pensativa, y Renée la invitó a seguirla al comedor; no se comentó más ese día sobre el trabajo ni sobre el probable lugar de residencia de la primera, pero al día siguiente, Bianca le dijo a Renée que tenía deseos de hacer algunos cambios.

- ¿Cómo qué tipo de cambios?.- preguntó Renée.

- No lo sé… Quisiera hacer algo con mi cabello, pero no sé qué.- respondió Bianca, tocando las puntas de su maltratado cabello castaño oscuro.- No sé si cortármelo… Ya sabes que no soy muy fan de los cambios de estilo extremos.

- No tienen por qué ser extremos.- replicó Renée, acariciando el cabello de su prima.- Pero sí necesitas que, como mínimo, te hagan un buen corte. No has podido cuidar tu pelo como deberías, y ya está maltratándose en las puntas. Te llevaré a una estética en donde trabaja una amiga mía, y le pediré que le haga un buen cambio a tu estilo.

- Tú pareces conocer a medio Austria.- replicó Bianca.- ¿Cómo es que siempre tienes un amigo o conocido que te puede ayudar?

- Ya sabes, es mi encanto natural.- Renée se encogió de hombros, con una sonrisa burlona.

Bianca, quien siempre había sido mucho más tímida que su prima, admiró la buena disposición de ánimo de ésta. Para la reportera no eran desconocidos los hechos que Renée vivió con la muerte de Jaime, y en su momento, Bianca pensó que ella jamás se recuperaría. Sin embargo, ahí estaba ahora, siete años después, tan fresca, alegre y extrovertida como había sido siempre. ¿Sería posible creer, entonces, que Bianca podría volver a ser la misma de antes?

No. Bianca de inmediato se detuvo ante este pensamiento. Su yo de antes, la que había vivido en México, siempre fue muy tímida y poco aventurera en su vida personal; con todo y que era reportera, la joven no era precisamente una persona arriesgada cuando de tomar decisiones de vida se trataba, que fue lo que la llevó a tener una rutina monótonamente estable, por lo menos hasta antes de que se le ocurriera abrir el blog. Cierto era que el haber querido ser tan temeraria la había llevado a su situación actual, pero Bianca ya no quería seguir siendo la tímida, la callada e introvertida.

- Nela me dijo que ésta es una buena oportunidad para cambiar.- comentó Bianca.- Que podría aprovechar para dejar todo atrás y comenzar de nuevo, que no sólo perdí lo bueno sino también lo malo, y que debería de ver esta situación como la primera página de un libro en blanco. De principio, la juzgué loca, pero ahora no veo tan descabellada su manera de pensar. Lo que es cierto es que ya no soy la de antes, ya no soy la Bianca que vivió en México hasta hace un mes, siento que esa Bianca murió cuando me secuestraron… No sé, quizás enloquecí, pero me gustaría dejar atrás ese nombre y comenzar a utilizar mi segundo nombre…

- ¿Adrianne?.- preguntó Renée, con desconcierto.

- ¿Lo ves como mala idea?.- preguntó ella.- ¿Qué me empiece a presentar como Adrianne, en vez de Bianca?

- No, si eso es lo que deseas.- respondió Renée.- Sólo no te enojes conmigo si se me olvida llamarte Adrianne, y te sigo diciendo Bianca.

- No te preocupes.- respondió Adrianne, con una sonrisa.- Puedes seguir llamándome Ratona, si quieres.

- Ah, por supuesto que lo voy a seguir haciendo.- Renée rió a carcajadas, feliz al darse cuenta que su prima estaba comenzando el largo proceso de recuperación.

Más tarde, Renée cumplió su promesa de llevar a Adrianne a que le arreglaran el cabello; la estilista, tras cortar un poco el largo pelo lacio de la chica, le sugirió hacerse un cambio en el tono para darle más vida.

- Teñirte el pelo de rojo sería una buena opción, debido a tu tono de piel.- dijo la muchacha.

- No me llama la atención el traer el pelo completamente rojo.- replicó Adrianne, en un burdo alemán.- No quisiera un cambio tan radical.

- Mmmm, ¿por qué no te haces unas mechas rojas?.- sugirió Renée, agitando su larga cabellera color avellana.- Cuando yo llegué a Europa, me puse mechas doradas por un tiempo. Si no te gustan, te las puedes quitar después.

- De acuerdo.- suspiró Adrianne.- Qué más da.

Cuando la estilista terminó, el cabello de Adrianne brillaba en una sinfonía de chocolate y rojo que le daba más vivacidad y brillo. La reportera se dijo que, a partir de ese momento, su vida como Adrianne Teyer daba comienzo.

Una semana después, mientras estaba en la biblioteca, mirando las partituras que alguien (muy seguramente, el famoso y desconocido Johann) había dejado sobre el enorme y lujoso piano de cola, Adrianne encontró una revista cultural que llamó su atención, Muse. La revista, publicada en alemán, incluía reportajes que abarcaban el ancho mundo de las Bellas Artes, según lo que Adrianne pudo entender del resumen encontrado en la contraportada, y ese número en específico estaba dedicado al ballet. No fue en sí la revista lo que llamó la atención de la joven, ni los reportajes sobre ballet, si no el nombre de la editora suplente: Dalia Waliszewski.

Adrianne estaba segura de conocer a Dalia; habían sido compañeras de universidad, aunque al graduarse, la primera perdió contacto con la segunda. Cualquiera podría pensar que sería una casualidad demasiado extrema el que Adrianne se encontrara con una conocida en Europa, y sobre todo de una forma tan azarosa, pero lo que despertaba la incertidumbre en la joven era el apellido de la chica. Waliszeski podrá ser un apellido no tan poco común en el viejo continente, pero sin duda, era extremadamente raro en un país como México. Dalia Waliszewski era mexicana de padre polaco, y Adrianne recordaba que, en alguna ocasión, su amiga había comentado que su tío paterno tenía una revista cultural en algún país europeo cuyo nombre no recordaba. Según el ejemplar de Muse que tenía en las manos, ésta tenía su sede principal en Salzburgo, en la misma Austria. Sin embargo, la reportera dudaba mucho que hubiera dos Dalias con el mismo apellido y con dos tíos poseedores de una revista cultural, así que se resolvió a salir de dudas enviando un correo electrónico, escrito en español, a la dirección de contacto, nada perdía con intentar. Si Dalia era quien Adrianne creía que era, entendería el mensaje, de lo contrario, no serían muchos los europeos en Austria que pudieran entender el idioma en el que la chica había enviado el correo.

Grande fue la sorpresa de Adrianne cuando recibió una contestación en español; Dalia estaba tan sorprendida como ella, y la invitaba a visitarla en Salzburgo, para ponerse al corriente de las novedades. Obvio es, Adrianne no podía tomar una decisión sin consultarlo primero con Renée (ya que todavía no sabía moverse sola por el país), pero no tardó en comunicar a la chica su idea. Ésta, fascinada, aceptó en acompañar a su prima a Salzburgo, que como se sabe, tiene muchos escenarios dignos de ser pintados.

- Iremos el fin de semana, que no tengo clases.- anunció Renée.- Aunque tendremos que irnos muy temprano, pues Salzburgo queda a unos 300 kilómetros de aquí.

- ¿No es mucha molestia para ti?.- preguntó Adrianne.

- Por supuesto que no.- negó Renée.- A pesar de que llevo años en Europa, aún no la conozco como debería, y me da gusto que al fin te hayas decidido a salir de la casa.

Esa misma noche, Adrianne escuchó a Renée hablando con alguien; la reportera supuso que se trataba de su novio, Johann, por las frases cariñosas que la artista decía. Adrianne alcanzó a entender también dos o tres palabras que hacían alusión a ella, y la joven supuso que el novio de su prima deseaba saber durante cuánto tiempo, Adrianne permanecería en su casa. Ésa sería otra cosa que habría qué solucionar, en dónde viviría la joven después, pero todo sería a su tiempo.

El sábado por la mañana, las chicas marcharon rumbo a Salzburgo en el automóvil de Renée; en el camino, ésta puso al corriente a Adrianne sobre los sucesos más recientes de su vida, algo que no había podido hacer en días previos, por obvias razones. Renée le contó que los hermanos de Johann ya estaban muy crecidos, y que Nadja, la menor, había cumplido los 14 años y que había entrado a estudiar a un Liceo muy prestigioso; que Antje, la hermana que seguía, estaba por cumplir los 18, y que Johann estaba histérico ante el temor de que ella pudiera tener novio, y que Patrick, el otro varón de la familia, tenía ya 22 años y estaba estudiando la Universidad.

- ¿Son ellos los niños que cuidaste cuando recién llegaste a Europa?.- preguntó Adrianne.- ¿Los de aquél gran trabajo que me contaste, donde te ofrecían comida, casa, y pago de gastos médicos?

- El mismo.- Renée sonrió.- ¡Cómo ha pasado el tiempo! Si hubieras visto el pequeño departamento al que llegué a vivir con ellos, no lo creerías, comparada a la casa en donde actualmente viven en Berlín.

- ¿Similar a la que tienen en Viena?.- preguntó Adrianne.

- Muy similar, sí.- asintió Renée.

- ¿Cómo es que Johann tiene para mantener dos casas enormes en dos países diferentes cuando antes no tenía ni para alimentar a sus hermanos?.- Adrianne volvió a insistir en el asunto.- ¿Se dedica a otra cosa aparte del piano?

- No.- negó Renée, con una sonrisa enigmática.- Ya luego te contaré…

- Ok, como gustes.- Adrianne cedió.- Sólo quiero saber: ¿Fue Johann quien te dio ese gran sueldo para que cuidaras a sus hermanos?

- No, Johann no tenía dinero para alimentar a sus hermanos en aquél entonces, como bien dijiste, mucho menos para pagarme tanto dinero.- negó la artista.- Quien me contrató, fue Xander.

- ¿Xander? ¿Quién es él?.- cuestionó Adrianne.- No recuerdo que lo hayas mencionado antes.

- Es un buen amigo.- respondió Renée.- Ya lo conocerás después, es un poco fastidioso, pero seguro te caerá bien.

- Como digas.- Adrianne se encogió de hombros.

Salzburgo se encuentra, aproximadamente, a 300 kilómetros de Viena, y se extiende a ambas orillas del río Salzach; la ciudad se encuentra muy cercana a los Alpes, de manera que la vista montañosa y el verdor de los bosques otorgaban paisajes dignos de ser plasmados en un lienzo, algo que le interesaba mucho a Renée. Adrianne quedó maravillada con la arquitectura de la ciudad (cuyo centro fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco), sobre todo por la Catedral, la abadía de Nonnberg y la fortaleza de Hohensalzburg; más tarde, si había oportunidad, Renée llevaría a Adrianne a visitar la Getreidegass, la calle en donde nació el famoso compositor Wolfgang Amadeus Mozart.

Tras desayunar en un restaurante pequeño, las chicas se dirigieron a la editorial de Muse, ubicada a sólo unas pocas cuadras del centro de la ciudad. Ambas fueron recibidas por una amable recepcionista, una mujer entrada en años, quien las condujo a la oficina del editor en jefe. Las dos jóvenes siguieron a la mujer mayor por un pasillo que llevaba a unas escaleras; al pasar por las puertas que había en el corredor, Adrianne y Renée pudieron ver a dos muchachos de su edad, trabajando en máquinas portátiles. Muy seguramente, se trataba de algunos de los colaboradores de Muse. Adrianne se preguntó si realmente su amiga sería la editora en jefe de la revista, o era que alguien le estaba tendiendo una trampa. Quizás, alguien había respondido su correo, haciéndose pasar por Dalia, con el fin de capturarla, pues era muy difícil creer que una chica de su edad se hubiese conseguido un puesto tan alto en tan poco tiempo.

"La paranoia es mi mejor amiga", pensó Adrianne, apesadumbrada. "¿Algún día se me quitará esa sensación?"

Sin embargo, cuando la recepcionista abrió la puerta, Adrianne se topó con una joven de su misma edad, de cabello negro brillante recogido en una pequeña coleta que colgaba sobre su hombro izquierdo, y ojos cafés, con piel muy, muy blanca. Dalia. Ella le sonrió y corrió a abrazar a su amiga, a la cual tenía algunos años de no ver.

- ¡Bianca!.- saludó Dalia.- ¡Cuánto tiempo sin vernos!

- ¡Dalia!.- respondió Adrianne, abrazándola.- Nunca creí encontrarte aquí.

- Ni yo tampoco.- admitió Dalia.- Pero dime, ¿qué se ha hecho de ti? ¿Qué cambios ha habido en tu vida?

- Bueno, para empezar, ya no me dicen Bianca, sino Adrianne.- respondió la reportera.- Y bueno… Mi historia es muy larga, por lo que empezaré por presentarte a mi prima, Renée Klein.

Después de las convenientes presentaciones, Dalia ofreció a las chicas una taza de un buen café vienés, algo que ambas aceptaron con gusto. Antes de que Adrianne comenzara con su historia, quiso ésta que Dalia contara cómo había llegado a ser editora en jefe de una revista como Muse.

Dalia Waliszewski era hija de padre polaco (como ya se había dicho), y madre mexicana. El señor Zarek Waliszewski era médico forense en Polonia, uno de los más reconocidos a nivel mundial por sus estudios de investigación en Toxicología, y fue invitado a dar un par de cátedras en un Congreso Internacional de Medicina Forense, en la ciudad de León, Guanajuato, invitación que gustosamente aceptó. Estando ahí, Zarek conoció a Azalia Torres, química forense leonesa, de quien se enamoró perdidamente. El joven doctor Waliszewski no esperaba encontrar al amor de su vida al otro lado del mundo, pero una vez que lo hizo, se negó por completo a dejarlo ir, y no dudo ni un segundo en quedarse a vivir en México, con tal de poder estar con la hermosa química, dado que ella se mostró muy renuente a abandonar su país. Para Azalia, no fue nada difícil encontrar trabajo a su nuevo y flamante esposo, gracias a la buena reputación que éste tenía, en el Servicio Médico Forense de la ciudad de León, de manera que sólo les restaba ser felices. Con los años, la pareja tuvo dos hijos, Dalia, la mayor, y Jarek, el menor (obvio), y así como éste decidió seguir los pasos de sus padres en el mundo de la medicina forense, aquélla optó por estudiar periodismo, siendo compañera de Adrianne en la Universidad, como también se había aclarado ya.

Adrianne, que ya conocía esta parte de la historia, dejó que Dalia la narrara para enterar a Renée de su situación completa, y que así ella también entendiera el asunto. Al concluir la Universidad, Dalia fue invitada por su tío paterno para trabajar por unos cuantos meses en Muse, la revista cultural de la cual él y su esposa eran dueños. Józef Waliszewski se había casado con una austriaca, Lea Maier, quien había heredado la editorial de sus padres, muchos años antes de que ellos se conocieran; sin embargo, las publicaciones que hacía la revista eran de contenido religioso, algo que cada vez tenía menos popularidad en Europa. Así pues, fue idea de Józef el convertirla en una publicación cultural, algo que tendría muchísima más difusión en un país como Austria, en una ciudad como Salzburgo, bien conocida por haber visto nacer a Mozart. Así fue como se creó Muse, y cuando el tío supo que la sobrina se había graduado como reportera, la invitó a pasar algunos meses con él en Europa, para colaborar en la revista. Dalia aceptó sin titubear y se marchó inmediatamente, ante la perspectiva de trabajar un poco y conocer el Viejo Mundo, teniendo como plan original el quedarse sólo por 4 meses; sin embargo, a los 15 días de su llegada a Salzburgo, la tragedia posó su velo sobre los Waliszewski, y el señor Józef sufrió un infarto cardíaco que lo mandó al hospital por casi un mes. Las cuentas médicas fueron acumulándose, y aún quedaba tratamiento por venir, pues una vez que el señor Waliszewski salió del hospital, tendría que pasar por una recuperación lenta, y definitivamente, él no iba a poder hacerse cargo de Muse, de la cual era editor en jefe. Cerrar la revista no era una opción, pues era la única fuente de ingresos económicos de la pareja, aunque sin hijos que pudieran hacerse cargo de ella, la cuestión se ponía muy difícil.

Así pues, fue la misma Dalia quien sugirió hacerse cargo de la revista; ayudada por su tía, entre ambas podrían mantener a flote a Muse, mientras encontraban un editor en jefe mejor, o mientras su tío se recuperaba, lo que sucediera primero. Dalia tenía que admitir que los primeros meses fueron extremadamente difíciles, gracias a sus casi nulos conocimientos en administración, por lo que corrieron el riesgo de quedarse sin patrocinadores debido a las bajas ventas; por fortuna, Lea Waliszewski poseía una carrera de administración, de manera que era más experta en cuestiones monetarias, y de alguna manera consiguieron mantener la revista a flote. De pronto, los cuatro meses de plazo se convirtieron en seis, y luego en doce, y actualmente Dalia llevaba ya dos años al frente de Muse. Su tío, si bien se había recuperado favorablemente, tuvo prohibido el volver a soportar el estrés de manejar la revista, por indicación médica, de manera que Dalia seguía como editor suplente adjunto, mientras "encontraban a alguien más capacitado para el puesto".

- Ésa es mi historia.- dijo Dalia, riéndose muy nerviosa.- De veras que los primeros días quería darme un tiro o dárselo a alguien, pero por fortuna, la revista ya va mejor. Mis tíos siguen como dueños, y yo sólo soy editora en jefe suplente; considero que mi tío Józef debería seguir apareciendo como editor en jefe, pero tanto él como mi tía se niegan a adjudicarse un crédito que dicen que no les corresponde, así que por eso mi nombre aparece en la revista. Por fortuna, pude conseguir un permiso de trabajo temporal en Austria, que es por dos años, tengo planeado pedir uno más, y espero que antes de ese tiempo, mis tíos encuentren a alguien mejor para estar al frente, aunque me gustaría que, para ese entonces, Muse ya cuente con mucha popularidad y difusión.

- Muse es ya bastante conocida y leída por gente que conozco.- añadió Renée.- Mi novio y dos buenos amigos tienen una suscripción.

- Gracias a lo cual, he podido localizarte.- añadió Adrianne, con una sonrisa ligera.

- Bueno, pues me da gusto.- admitió Dalia, sonriente.- Tenía años de no verte, literalmente, mi querida Bianca, oh, perdón, quiero decir Adrianne. ¿Y bien? ¿Estás en Austria de vacaciones o qué?

- Algo así como unas vacaciones obligadas.- suspiró Adrianne.- ¿Esta oficina es segura?

Dalia, un poco sorprendida, respondió que lo era, puesto que el personal que trabajaba en la revista estaba en el piso inferior, metidos de lleno en el próximo número a publicar, y la tía de Dalia era una persona muy de fiar. Así pues, Adrianne, con pesadumbre, narró por segunda vez toda su historia, de principio a fin, y sin omitir ningún detalle. Ella conocía a Dalia de sobra, y sabía bien que no revelaría nada a nadie, por lo que no tuvo ningún reparo en dar lujo de detalles, incluyendo el nombre de Ese Político, el que la había sacado del país a patadas. Dalia, cuyo rostro siempre expresaba alegría y determinación, fue poniéndose sombrío conforme Adrianne iba hablando, y cuando ésta concluyó su historia, después de un silencio prolongado, le preguntó con voz muy seria:

- ¿Estás segura de que te van a dejar en paz?.- fue la cuestión.- Aún en Europa, podrían hacerte algo. ¿Estás quedándote en un sitio seguro? Puedo ofrecerte mi departamento, si lo necesitas, vivo en una zona muy bien resguardada.

- Por supuesto que vive en un lugar seguro, se está quedando conmigo.- fue Renée quien contestó.- Por ese punto, no hay por qué preocuparse, y no creo que se vayan a tomar la molestia de seguirla hasta acá.

- Gracias, pero como dijo Renée, por ese lado no hay inconvenientes.- asintió Adrianne.- Simplemente te pido que guardes el más absoluto secreto sobre esto… Es algo que sólo mi familia, y tú, conocen.

- Cuenta con ello, mis labios están sellados.- declaró Dalia.- ¡Qué horror! No pensé que las cosas en México estuviesen tan mal. Honestamente, lo extraño, pero cuando me entero de casos como los tuyos, doy gracias de haberme ido, aunque me preocupa que a mis padres y a mi hermano les ocurra algo, ya ves que, siendo forenses, están siempre en la línea de fuego.

- Pero ellos sólo son investigadores, y Jarekapenas está estudiando, nadie de tu familia está en la línea de fuego.- la consoló Adrianne.- El problema somos, como siempre, los periodistas, que metemos nuestras narices en donde no nos llaman.

- Así siempre hemos sido. ¿Para qué nos metimos a estudiar periodismo, si no?.- suspiró Dalia.- Pero bueno, si huiste de México, significa que vas a estar aquí por un buen tiempo. ¿Ya buscaste algún trabajo? ¿Ya sabes qué es lo que vas a hacer?

- Honestamente, no.- negó Adrianne.- Hasta el momento, me he preocupado únicamente por permanecer viva.

- Ya veo.- Dalia caviló unos segundos.- No tienes entonces trabajo, y estás quedándote en Viena, ¿cierto? ¿Planeas vivir ahí a largo plazo?

- Esperaba que no.- contestó Renée, en su lugar.- Ahora está en Viena porque está conmigo, pero el plan es irnos a Berlín en cuanto concluya mi semestre.

- ¿Berlín?.- Dalia esbozó una enorme sonrisa.- Perfecto. Dime, querida Adrianne, antes Bianca, ¿te interesaría trabajar para Muse?

- ¿Trabajar en tu revista?.- se sorprendió la aludida.- ¿Tienes lugar disponible?

- Justamente, hace un par de semanas renunció una de mis periodistas, porque acaba de dar a luz.- suspiró Dalia.- Quiere dedicarse un par de años a ser madre, así que dejó un puesto vacante, justo cuando tengo encima un proyecto fenomenal, así que me viene como anillo al dedo el que tú hayas llegado pidiéndome trabajo.

- No llegué a pedir trabajo.- se excusó Adrianne, avergonzada.- ¿Tan desesperada me veo?

- Claro que no, es un decir.- se rió Dalia.- Mira, justamente, antes de hablar contigo tuve una reunión con Franz Duskovich, el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín. La Filarmónica está por cumplir 130 años de su creación, y Muse está muy interesada en hacer un reportaje especial sobre la misma. Ya sabes, hablar de sus comienzos, su desarrollo y el cómo llegó a ser la segunda mejor Filarmónica del mundo, sólo por detrás de la de Viena. Claro, también se tiene pensado incluir entrevistas con los mejores músicos, y pues necesito a un periodista que se encargue de este trabajo. Ya que piensas irte a Alemania, no tendrías inconvenientes. Sé que, tal vez, es mucho trabajo para ti sola, pero tienes mucho tiempo para hacerlo, y es que por el momento no tengo a nadie más a quién enviar, el resto de nosotros, incluyéndome, ya tenemos otros proyectos en puerta, además de que yo no puedo dejar la editorial. De hecho, estaba cavilando en la triste posibilidad de cancelar el reportaje, hasta antes de que llegaras. Tenía planeado que el artículo saliera en un número especial de Muse, dentro de seis meses, así que tienes tiempo suficiente. ¿Qué dices?

Adrianne se quedó callada por un momento. ¿Era en serio? Ella había ido ahí, con la idea de ver a una vieja amiga, no a buscar trabajo. Además, el periodismo cultural era algo que no tenía tanto atractivo para ella, preferiría dedicarse a las noticias de acción, pero lo cierto era que Adrianne necesitaba un trabajo, y más tarde que temprano tendría que ponerse a buscarlo. De repente, y por un golpe de suerte, Dalia le ofrecía un empleo que, si bien sería sólo por seis meses, le daría a Adrianne el dinero que necesitaría, así como posibles contactos que pudieran ofrecerle algo mejor, en un futuro no muy lejano.

- No es tan mala idea.- admitió, al fin.- El periodismo cultural no es lo mío, pero de algo a nada… De acuerdo, acepto. ¿Qué hay qué hacer?

Dalia explicó a Adrianne que le daría un contrato por seis meses, para que se dedicara exclusivamente al reportaje sobre la Filarmónica de Berlín, puntualizando cuáles eran los detalles que ella deseaba que aparecieran en el artículo; si al concluir ese tiempo, ambas estaban conformes con los resultados, Dalia podría ofrecer un contrato más permanente, a menos que Adrianne quisiera trabajar después como freelance, es decir, como reportera independiente que haría artículos especiales para Muse, y por los cuales se le pagarían, de manera individual. Tras ponerse de acuerdo con el salario a recibir, Dalia aclaró que, de forma ordinaria, a los reporteros solía pagárseles una vez que entregaban el artículo, pero dado que Adrianne era muy amiga suya, y que se encontraba necesitada de dinero, Dalia podría convencer a su tía de que se le pagara la mitad por adelantado. Una vez que estos detalles, y otros menores, quedaron solventados, Dalia invitó a las jóvenes a comer, y al finalizar regresó a la editorial, pues a pesar de ser sábado, ella tenía mucho trabajo pendiente. Cuando Dalia se marchó, Adrianne al fin pudo preguntarle a Renée el por qué ésta tenía una sonrisa de ironía desde la mañana.

- Porque, mi querida Ratona, resulta que esto parece ser cosa del Destino: conozco a alguien en la Filarmónica de Berlín, que estará encantado de darte una entrevista, so pena de quedarse sin sexo por seis meses.- explicó Renée.

- ¿A quién conoces ahí que…? ¡Ah!.- Adrianne rió al darse cuenta de las cosas.- ¿Johann?

- Ni más, ni menos.- sonrió Renée.- Y tampoco tendrás problemas con Xander ni con Hans. Bueno, que mejor trabajo no pudiste conseguir, por el momento. Quizás sí está en tu Destino el que estés en Europa. Eso me vendría bien, porque ya te habrás dado cuenta que el mío también está aquí.

Adrianne no respondió a eso; aún era demasiado pronto para dar rienda suelta a emociones positivas. Renée, si lo notó, optó por no decir nada y prefirió comentar que quería pintar alguna escena digna de ser representada; originalmente, Renée había planeado hacer una pintura al óleo, pero dados los nuevos acontecimientos, ella decidió no hacerlo, de momento, contentándose con realizar un dibujo rápido al carboncillo en su bloc de dibujo.

- Pintar me lleva varios días, pero como pensé que estaríamos más tiempo en Austria, mi idea original era venir cada fin de semana a Salzburgo.- dijo Renée.- Con este cambio de planes, lo mejor será que nos vayamos a Berlín cuanto antes, para arreglar el asunto de tu residencia temporal. A cambio, sin embargo, vas a tener que ser mi modelo en otra ocasión, Ratona.

- Mientras no sea para algún desnudo artístico, cuenta conmigo.- Adrianne se encogió de hombros.

Las jóvenes se dedicaron el resto de la tarde a recorrer Salzburgo y a maravillarse con la ciudad; por la noche, ambas decidieron quedarse a dormir en un hotel para marcharse temprano por la mañana. De regreso en Viena, Adrianne se puso en contacto con Franz Duskovich, director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, presentándose como la reportera de Muse que escribiría el artículo, y que le interesaba saber cuándo podría verlo en persona para hablar sobre el mismo. El director citó a Adrianne en ochos días contando a partir de la fecha en la que hablaban, en el recinto en donde tenían lugar los ensayos de la Filarmónica. Justamente, la fecha de la cita coincidía con la fecha de término de semestre de Renée, aunque con una diferencia de unas pocas horas.

- Yo tengo que ir aún por la mañana a la Academia, pero tomaré un vuelo más tarde.- dijo Renée.- Tú puedes tomar uno más temprano, para llegar a tiempo a la cita con Franz, y ya yo te alcanzaré después. Dejarás tu maleta en el servicio de guardaequipajes del aeropuerto, y te diré cómo llegar a tu cita usando el transporte público, tu alemán es suficientemente aceptable como para hacerte entender en la ciudad.

- ¿No se suponía que me ibas a presentar a tu novio?.- preguntó Adrianne.- ¿O simplemente llego y le digo: "Hola, soy la prima de tu novia, la que parasita tu casa en Viena"?

- Uy, me gustaría ver que le dijeras eso a Johann.- Renée rió.- Podrías agregar algo como "y también parasitaré tu casa en Berlín", la cara que Johann pondría sería digna de ser plasmada en una pintura. No te preocupes, que ya pensé en eso.

Renée le tendió a Adrianne un sobre blanco, en cuya cara externa llevaba escrito el nombre 'Johann Lorenz' con la caligrafía de Renée. La reportera miró a la artista enarcando una ceja, sin decir nada.

- Dale eso, cuando lo veas, y asunto solucionado.- explicó Renée.- ¡Ah! Y se me olvidaba: Johann sabe que vas a vivir con nosotros, y está de acuerdo. No causas ninguna molestia ni incomodidad, ya que podemos darnos el lujo de tenerte también sin que eso afecte nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, hay algo que debes saber y tener muy en cuenta: los padres de Johann están muertos. Por tanto, no se te vaya a ocurrir nombrarlos. Ya después habrá tiempo para explicaciones.

- Me queda claro.- asintió Adrianne, mirando nuevamente el sobre blanco.

Así quedó solucionado el asunto del trabajo de Adrianne en Europa; aún faltaba arreglar el problema de la residencia, así como desarrollar un plan a largo plazo. Pero, por lo pronto, por algo comenzaría, y Adrianne pronto descubrirá que Renée tenía razón: estaba marcado en su Destino que ella tenía que ir a Europa.