Capítulo 52.

A pesar de que Johann siempre aseguraba que lo mejor que le podía pasar era que Alexander no lo molestara en todo el día, el que éste no le dirigiera la palabra ni una sola vez durante los ensayos le inquietó más de lo que quería admitir. No sólo el italiano no le hablaba sino que se daba la vuelta en cuanto veía aparecer al pianista, en un claro gesto que denotaba que lo estaba evitando a propósito. Johann le hubiese puesto más atención de no ser porque creyó, erróneamente, que lo que Alexander buscaba era tiempo para analizar sus decisiones.

Además, algo extraño había sucedido con el italiano porque, de la noche a la mañana, su nivel musical incrementó drásticamente, dejando pasmado a más de uno que esperaba verlo expulsado de la competencia por el solo debido a su mediocre actuación. Era como si se tratara de una persona distinta, como si alguien le hubiese encendido el botón de buen músico porque era difícil creer que el violinista perdido que a duras penas daba el nivel, de un día para otro hubiese avanzado tanto al grado de opacar a sus competidores. Su música era preciosa y casi perfecta aunque estaba cargada de dolor, lo cual producía en sus compañeros una sensación extraña. Franz no sabía si sentir alivio ante el hecho de saber que no se había equivocado por haberlo defendido o si preocuparse ante la actuación tan sacrificada que estaba dando Alexander. Lo que le estaba quedando en claro era que, si Alexander continuaba así, ganaría el solo sin problema, estaba haciéndolo tan bien que ni el más renuente de sus compañeros se atrevería a criticar la decisión de Franz si elegía a Alexander como el ganador.

- Es evidente que el problema de Wald era más de tipo psicológico.- le comentó Damir a Johann durante un descanso, aprovechando que el italiano no se encontraba cerca.- No de falta de talento ni de técnica.

- Supongo.- a Johann algo le daba mala espina.- Quizás es que ya comenzó a madurar.

- Podría ser.- Damir se encogió de hombros.- Podría ser simplemente que ya se cansó de ser mediocre, no lo sé, habrá que preguntarle. Y por cierto, recuerda que te estaré esperando en mi casa esta noche para el festejo, no lo vayas a olvidar.

- Se suponía que sería una sorpresa.- replicó Johann, con una sonrisa torcida.- Pero por lo que veo eres el que está más enterado de todo.

- Tú deberías de saber mejor que nadie que no se pueden guardar secretos en este grupo durante mucho tiempo.- rio Damir.

"A menos que seas Alexander Wald".

Johann, como cualquier alma susceptible que hubiese estado expuesta al dolor, era sensible al más mínimo cambio que ocurriera en su entorno y sabía que algo en Alexander había cambiado, para mal. El joven ni siquiera lo miraba y Johann no entendía la razón, además de que su actitud era más fría y seca con la gente a su alrededor, incluso con aquéllos que habían sido sus amigos desde hacía muchos años. Ni siquiera Hans se salvó del trato aunque el carácter ligero del alemán no le permitió apreciar la gravedad del asunto. Johann decidió que hablaría con Alexander al acabar los ensayos, quizás había sucedido algo con Alba que lo había puesto así, muy seguramente él ya le había pedido el divorcio y ella se lo había tomado muy mal, como era de esperarse. Sin embargo, Alexander no se acercó a Johann cuando acabó el día; en vez de eso, se apresuró a guardar sus cosas para marcharse con rapidez. Fue ahí cuando Johann comprobó que algo andaba mal y se apuró en ir tras él, se suponía que ambos se irían juntos a la casa de Damir.

- ¿Por qué no me avisaste que ya te ibas?.- Johann lo alcanzó en el estacionamiento.- Pensé que nos marcharíamos juntos.

- No voy a ir ni a ésta ni a ninguna otra fiesta en donde estén ustedes.- respondió Alexander, secamente, dándole la espalda para abrir la cajuela de su automóvil.- Puedes pedir un taxi o irte con Damir.

- ¿Cómo?.- Johann se sorprendió.- ¿Por qué no irás?

- Porque quiero mantenerme bien alejado de ustedes.- Alexander se giró para confrontarlo.- Ya estoy harto de tener problemas por culpa suya, hasta aquí llegó mi paciencia.

Las palabras eran bastante claras, cualquiera las hubiera entendido, pero Johann nunca esperó escucharlas de Alexander. De muchos otros tal vez, pero no de él, quien jamás se cansó de darle su ayuda. Quizás no había comprendido bien, quizás Alexander estaba bromeando pero la seriedad en su rostro, tan poco habitual en él, no dejaba lugar para dudas.

- ¿Qué quieres decir?.- Johann se arrepintió de haber preguntado en cuanto hubo acabado de hablar.

- Que quiero que me dejen en paz, tus hermanos, tu novia y, sobre todo, tú.- sentenció Alexander, con dureza.- Estoy harto de que estés entrometiéndote en mi vida, es por tu culpa que mi matrimonio es un fracaso.

- ¿Hablas en serio?.- Johann frunció el ceño.- Tu matrimonio es una mierda sin necesidad de que alguien más intervenga.

- ¡Ése es precisamente el problema!.- Alexander dio un golpe en la carrocería de su auto.- ¡Siempre tienes que estar metiéndote en donde no te llaman, haciendo comentarios ácidos a todo aquél que se te acerca! Como si tuvieras derecho a opinar, crees que tienes una vida intachable y en realidad eres el más patético de todos, Lorenz. ¡He tenido que aguantarte durante diez años y ya estoy harto de escucharte! Me enferma tu falsa moral.

Si Alexander le hubiese dicho esto a Johann ocho años atrás, éste le habría respondido con una grosería, se habría largado y nunca más le hubiera vuelto a dirigir la palabra al italiano. Pero en ese momento, ese reclamó le dolió al pianista más de lo que esperaba, llegando a pensar que quizás se había pasado con su severidad hacia Alexander, lo que había ocasionado que éste acabara por estallar de la pura frustración.

- Tal vez me he excedido un poco últimamente pero todo ha sido porque me interesa tu bienestar.- Johann trató de no sonar muy dolido.- Si ya estabas harto debiste habérmelo dicho.

- ¡Como si te importara lo que yo te diga! Si de verdad te interesara mi opinión, no estarías intentando arruinar constantemente mi vida.- replicó Alexander, con frialdad.- ¿De qué manera quieres que te lo diga, Lorenz? Ya estoy harto de esta falsa amistad en la que he perdido más de lo que he ganado, me cansé ya de estar escuchando tus críticas y reclamos, como si hubieses contribuido en algo a mi crianza o educación. No eres mi padre ni tampoco pagas mis deudas como para que creas tener derecho a hablarme de esa manera. Hasta aquí llego mi límite, no quiero que vuelvas a molestarme más.

- ¿Qué demonios te pasa Alexander Wald?.- exclamó Johann, molesto.- ¡Ya estuvo bien de tus caprichos! Si Alba te está haciendo la vida imposible no tienes por qué venir a descargarte conmigo.

- No estoy desquitándome contigo, es que me he dado cuenta al fin de que el problema de todo son tus hermanos y tú.- respondió Alexander, con dureza.- Mi relación con mi familia y mi esposa está por los suelos gracias a ustedes, por estarse metiendo en donde no los llaman.

- ¡Sólo pretendía ayudarte!.- reclamó Johann, apretando los puños.- ¡Si tanto te molestaba tenías que habérmelo dicho, no es mi culpa que no sepas arreglar tus problemas por tu cuenta!

- Pero sí es tu problema que no sepas controlar tu lengua.- replicó Alexander.- Tardé mucho en darme cuenta de que perdí demasiado tiempo en gente que no lo merecía en vez de enfocarme en quien sí valía la pena. Gasté demasiado dinero en ustedes y no lo valió, sólo me trajeron más problemas.

- ¿Estás diciéndome que consideras que valemos menos que tu familia?.- cuestionó Johann, atónito.

- Estoy diciéndote que me arrepiento de haberlos ayudado, a tus hermanos y a ti.- Alexander echó la caja del violín en la cajuela y la cerró de un golpe.- Debí de haberme largado la primera vez que me lo pediste, nunca debí dejarlos entrar en mi vida.

- Pues entonces lárgate.- la mirada de Johann se endureció.- Lárgate de una buena vez si tan arrepentido estás de habernos ayudado.

- Es lo que pensaba hacer antes de que vinieras a fastidiarme con tus idioteces.- contestó Alexander, sin inmutarse.- Te regresaré después a Allegretti, seguro que tú le darás un mejor uso, no quiero nada que provenga de ti.

Johann no sabría definir qué fue lo que le dolió más, si el hecho de que Alexander hubiese manifestado que estaba arrepentido de haberlos ayudado a sus hermanos y a él, o el que quisiera devolverle el Stradivarius que había pertenecido a su padre. Ambos fueron dos golpes directos bien encajados, Alexander sí que sabía en dónde darlos para herirlo en lo más profundo. El dolor dio paso a una rabia concentrada, el sentimiento de alguien que ha sido traicionado por una de las personas en quienes más confiaba.

- Como quieras.- respondió Johann.- De cualquier manera ese violín bien podría terminar en la basura. ¿De verdad es así como deseas hacer las cosas, Alexander?

- No sé de qué te quejas.- el italiano abrió la puerta de su automóvil y le lanzó un último vistazo al pianista antes de subirse a él.- Me pediste muchas veces que te dejara en paz, al fin se te va a conceder.

El hombre azotó la puerta del vehículo y arrancó sin esperar una contestación. Johann se quedó de pie a medio estacionamiento, pensando en que debería de sentir rabia pero lo único que tenía en su interior era una enorme y dolorosamente profunda sensación de vacío.

Una hora más tarde, Renée se sorprendió al ver llegar a Johann solo y en su automóvil a la casa de Damir; la sensación de alivio que experimentó al verlo aparecer, porque se tardó más de lo acordado, se esfumó al notar la mirada de profunda tristeza que embargaba sus ojos verdes, una sensación de desamparo tal que a ella la preocupó.

- ¿Qué ha sucedido, mi amor?.- lo abordó Renée.- ¿Por qué has venido solo?

Él no le respondió, se limitó a dejarse caer en sus brazos y sujetarla con fuerza; Renée, asustada por la actitud de su novio, se preguntó si Alexander habría sufrido un accidente, sorprendiéndose al darse cuenta de que eso no le agradaría en lo más mínimo, a pesar de lo mucho que detestaba al italiano en esos momentos.

- ¿Le ha ocurrido algo a Alexander?.- preguntó Renée, en voz baja.

- No.- murmuró Johann, en el mismo volumen de voz.- Pero no hables demasiado alto, no quiero arruinarle la fiesta a Damir.

Adrianne, quien también había notado la actitud de Johann, se acercó lo suficiente para escucharlo hablar pero procurando evitar que alguien percibiera su ansiedad. Le tranquilizó saber que Alexander no había sufrido un accidente pero se preguntó qué habría pasado para que Johann estuviese tan alterado. Sin embargo, Johann no agregó algo más y Adrianne tuvo que conformarse con esperar al final de la fiesta para poder abordarlo directamente.

La reunión se llevó a cabo sin contratiempos pues Johann consiguió controlar su alterado estado de ánimo, aunque le dio la impresión de que Damir sabía algo por el intercambio de miradas que mantenía con él de manera constante. Cuando Nadja o Antje preguntaban por Alexander, Renée intervenía para desviar la conversación aun cuando no sabía qué había ocurrido con aquél. Patrick interrogó a Adrianne para averiguar si había ocurrido algo pero ésta negó poseer información al respecto, estaba tan desconcertada como él. Fue hasta el final de la reunión, que en sí fue agradable a pesar de todo (quizás precisamente porque no estaba Alexander y por tanto no hubo momentos incómodos entre Adrianne y él), que Hans formuló la pregunta que todo el mundo tenía en mente:

- Muchacho, ¿qué pasó con Alexander?.- cuestionó a Johann.- ¿No se suponía que debió haber llegado contigo?

El pianista notó que a su alrededor comenzaba a reunirse la gente: Patrick, Antje y Darkec, Nadja, Hans y Helga con sus respectivos hijos. El único que permaneció alejado fue Damir, quien se limitó a contemplarlos con una expresión extraña. Johann, al sentirse rodeado, buscó un punto de apoyo al cual sujetarse y se topó con los ojos oscuros de Adrianne, quien estaba tan ansiosa como él.

- No le ha ocurrido algo a Alexander, simplemente él no quiso venir.- declaró Johann, con voz neutra.- Ha dicho que no quiere volver a tener tratos con nosotros.

- ¿Cómo dices?.- se sorprendió Antje.

- Que Alexander ha cortado relación con nosotros.- Johann hizo un esfuerzo para que no se le quebrara la voz.- Parece ser que siempre fuimos una carga para él y ya se cansó de cargarnos.

- Es una broma, ¿no?.- dijo Patrick aunque él sabía bien que Johann nunca bromeaba.- Se está haciendo el interesante para llegar más tarde.

- No es una broma.- Johann continuaba muy serio.- Alexander no quiere volver a hablar con alguno de nosotros. Al menos de los Lorenz, de los demás no sé. ¿La razón? Se arrepiente de habernos ayudado durante todos estos años porque siempre fuimos una carga pesada en su vida.

Se hizo un silencio perplejo durante el tiempo que les tomó a todos digerir la situación y aceptarla como una realidad. El asunto era tan sorprendente que les costaba trabajo creer que fuera verdad ya que, por muy idiota que fuese Alexander, jamás había renegado de sus auténticos amigos. El silencio fue roto sorpresivamente por Damir, quien más que triste se veía resignado.

- Tenía la esperanza de que fuese una broma.- declaró.- Alexander me avisó por la mañana que no vendría y me pidió que dejara de invitarlo a este tipo de reuniones, además de dejarme en claro que, a partir de hoy, nuestra relación será estrictamente profesional. De momento me lo creí hasta que recordé que Alexander tiene un humor muy ácido, pensé que era uno de sus juegos pero ahora veo que todo es verdad.

El silencio que siguió después fue mucho más espeso y doloroso que el anterior. Adrianne supo de inmediato que algo había sucedido ahí, algo grave que estaba orillando a Alexander a alejarse de sus amigos. ¿Qué Johann no se daba cuenta? Él lo conocía mejor que ella, y si Adrianne estaba segura de que algo no encajaba ahí, seguro que Johann también debía notarlo. Sin embargo, la expresión deprimida de su rostro mostraba a todas luces que Johann se había creído las palabras de Alexander. No era el mejor momento para hablar sobre eso, no con todos murmurando entre sí mientras Renée ponía cara de ángel vengador. Adrianne intentó buscar a Patrick con la mirada pero éste estaba tan impactado que no lo notó.

- Esto es una estupidez.- dijo Nadja, sacando su celular.- Voy a llamarle, papá no me dejaría así.

- No lo hagas, Nadja.- ordenó Johann aunque sin mucha energía.

La chica marcó el número de Alexander y activó el altavoz. El teléfono sonó una y otra vez hasta que la llamada se desvió al buzón de voz. Nadja repitió el proceso varias veces hasta que Alexander aparentemente apagó su teléfono. Enojada, la chica grabó un audio en Whatsapp para enviárselo de inmediato.

- ¡Papá, no puedes estar hablando en serio!.- gritó Nadja.- ¡Contesta el teléfono, no puedes dejarme así!

Pero la chica tampoco obtuvo respuesta a través de esta vía; unas pequeñas lágrimas comenzaron a asomarse por el canto de sus ojos, empañando su mirada verde.

- ¡Papá!.- la voz de la muchacha tembló.- ¡Sé que estás recibiendo mis mensajes, me salió la doble palomita azul! ¡Contéstame, no me puedes abandonar de esta manera!

- Bueno, creo que es suficiente.- fue Adrianne quien tuvo el aplomo necesario para quitarle el teléfono a Nadja y apagarlo, pues los demás se habían quedado petrificados.- No es el mejor momento ni el mejor lugar para tratar de aclarar este asunto, estamos a punto de arruinar la velada de Damir, si no lo hemos hecho ya.

- No lo han hecho pero gracias por el detalle.- Damir esbozó una sonrisa ligera.- Aunque me preocupan más ustedes.

- Ellos, en todo caso.- Adrianne señaló con la cabeza a los Lorenz; en ese momento, Nadja la abrazaba con fuerza mientras lloraba.- Yo ya lo acepté.

- Como dijo Adrianne, no es el mejor momento para tratar de arreglar lo que sea que esté sucediendo con ese muchacho.- Hans fue el segundo en reaccionar y de inmediato se hizo cargo de la situación.- Vamos, que después de todo esto es una fiesta.

"Gracias al cielo por Hans", pensó Adrianne mientras observaba al alemán poner todo su esfuerzo para recuperar el ánimo perdido en los presentes. Entre Helga y él consiguieron tranquilizar a los demás al decirles que probablemente Alexander estaba pasando por un mal rato y que cuando descansara y pensara mejor las cosas, se daría cuenta de que había cometido un error y se disculparía. Sólo Nadja, Patrick y Antje les creyeron, sin embargo, Adrianne se dio cuenta de que Johann no cambió de expresión. ¿Qué tanto le habría dicho Alexander para que se hubiese puesto así? Cuando terminó la reunión, Adrianne encontró un momento para hablar con Hans a solas, aprovechando que los Lorenz y Renée estaban despidiéndose de Damir y Dasha, a quien por cierto le faltaba poco para que su bebé naciera. Adrianne no pudo evitar pensar que, dentro de algunos meses, ella tendría el mismo vientre abultado que lucía Dasha aunque, a diferencia de ésta, Adrianne no luciría feliz y emocionada.

- Hans, ¿has hablado con Alexander últimamente?.- quiso saber Adrianne, tratando de no distraerse mucho con Dasha y su embarazo avanzado.

- Sí, pero ha sido de cosas triviales por el próximo evento.- respondió Hans, serio.- Si te refieres a si él me ha pedido que lo deje en paz, no lo ha hecho. No aún, al menos, pero sí noté que su trato conmigo hoy fue diferente, mucho más distante y frío. Llegué a preguntarme si habría hecho o dicho algo que pudiera ofenderlo, no creí que el asunto fuese por este rumbo.

- Creo que, si quisiera pedirte que lo dejes en paz, lo habría hecho ya.- comentó Adrianne, pensativa.- No sé, algo aquí no me cuadra.

- A mí tampoco, muchacha.- coincidió Hans, apesadumbrado.- Pocas veces he visto una amistad tan fuerte como la de Alexander y Johann, no me imagino qué pudo orillar a aquél a hablarle así al muchacho.

"Querrás decir 'quién'", pensó Adrianne. "No sé por qué sospecho que detrás de este asunto está una alemana manipuladora hija de puta".

- Hans, sé que es mucho pedir y soy la primera en creer que está mal el meterse en asuntos ajenos pero, ¿podrías hablar con Alexander para hacerlo entrar en razón?.- cuestionó la reportera.- De verdad que esto le ha afectado mucho a los Lorenz.

- Eso pensaba hacer mañana.- asintió Hans, más relajado.- Déjalo por mi cuenta, muchacha.

Si había alguien a quien Alexander hiciera caso, que no fuese Johann, ése era Hans. El alemán tenía además mucha facilidad para llevar a la gente por el camino correcto, siempre lograba convencerla de hacer el bien; lo que Adrianne no sabía era si Hans tendría más poder persuasivo que Eloïse Wald pero era una buena oportunidad para averiguarlo.

"¿Por qué estoy tan segura de que Eloïse tiene algo que ver en el cambio de actitud de su hermano?", se preguntó Adrianne. "No tengo ninguna prueba para confirmarlo, Johann no la ha mencionado pero estoy segura de que así es, sé que ella tiene algo que ver. Conozco a las de su tipo, manejan todo desde las sombras a su conveniencia para que no se sepa quién es el verdadero responsable. Lo que no me queda claro es qué pudo haberle dicho Eloïse a Alexander para convencerlo de alejarse de los Lorenz. ¿O será Alba la responsable?".

La joven se dijo que no conocía a Alba lo suficiente, apenas había intercambiado con ella algunas palabras y no fue en la mejor de las situaciones, pero a pesar de eso no la creía capaz de manipular a Alexander para que se alejara de sus amigos, quizás porque, de haber querido hacerlo, lo habría hecho hace mucho y no apenas hasta ahora. En cualquier caso, Adrianne sólo podía hacer conjeturas en base a lo poco que conocía a ambas mujeres y por tanto podía equivocarse en sus impresiones, pero conocía a Alexander lo suficientemente bien como para saber que él no haría algo tan drástico sin que hubiese algo fuerte de por medio.

- Hablaré con Alexander mañana y te mantendré informada.- le dijo Hans, al despedirse.- Mientras tanto, procura evitar que Johann no se deprima tanto.

- Lo intentaré.- suspiró Adrianne.

Cuando le tocó su turno de decirle adiós a los Duskovich, Adrianne volvió a fijarse en el vientre de Dasha y se preguntó el por qué de repente sintió tanta ternura. ¿Sería que sus hormonas de embarazada la ponían más sensible al estar cerca de otra embarazada? ¿Era una especie de conexión neuronal, como si se tratase de una alienígena que hace contacto con otra de su especie? En cualquier caso, la joven se dijo que quizás sería buena idea hablar con Dasha sobre el embarazo, cualquier consejo que pudiera darle le caería bien pero no sería en ese momento en el que todos estaban tan alterados. Además, Adrianne todavía no había reunido el suficiente valor para confesar su secreto al resto de las personas que conocía, es decir, los Kirsche y las dos familias Duskovich.

Cuando regresaron a la casa Lorenz, Adrianne intentó hablar con Johann acerca de sus sospechas sobre Eloïse pero el pianista no quiso escucharla. Ahora que estaba en su casa, Johann había perdido la careta y se veía realmente afectado por lo que Alexander le dijo pero, aunque Adrianne insistió mucho para que le contara qué había sucedido, Johann se negó a hacerlo, pretextando que estaba muy cansado. No sólo él estaba alterado, por supuesto, sus hermanos también habían resentido la situación y se negaban a aceptarla. Nadja quería seguir marcándole a Alexander y como Adrianne no tenía derecho a impedírselo, le regresó su teléfono esperando que, tal y como Hans había dicho, el italiano recapacitara. Antje, por su cuenta, también quiso contactarse con Alexander pero no obtuvo más éxito que sus hermanos; Patrick parecía ser el único que no quería hacer algo, quizás porque intuía que todo sería inútil.

Sintiendo que sabía la verdad pero que nadie quería escucharla, Adrianne se retiró a su habitación; se preguntó el por qué, siendo Patrick y Johann tan inteligentes, no se les ocurría que podía haber una razón de peso detrás de todo. Al final llegó a la conclusión de que Alexander había influido tanto en el desarrollo de los otros dos que solían creer a ciegas lo que éste les decía. Ella no podía culparlos, después de todo Johann y Patrick eran adolescentes cuando Alexander los adoptó como sus protegidos.

"Y ahora de la nada quiere quitarles esa protección", suspiró Adrianne. "Una protección que, aunque ya no necesitan, es uno de los pilares básicos de su vida adulta…".

Renée, por su parte, no sabía bien qué debía hacer. Estaba furiosa con Alexander, lo suficiente como para ir a buscarlo a su penthouse y golpearlo hasta romperle un par de costillas cuando menos pero, por otro lado, veía a Johann tan decaído que también tuvo ganas de ir a pedirle que reconsiderara su decisión. ¿Por qué demonios tenía que ser tan complicada la vida? ¿Por qué tenían que haberse topado los Lorenz con semejante ejemplar de imbecilidad masculina? En esos momentos, poco le importaba a Renée el hecho de que, sin Alexander, ella no habría conocido a los Lorenz.

En cuanto Johann y Renée se quedaron a solas en su habitación, aquél permitió que el peso de su dolor lo golpeara con toda su fuerza. Se dejó caer de rodillas sobre la mullida alfombra, enterrando el rostro en el regazo de Renée quien a su vez estaba sentada en la cama; ella, sorprendida, le acarició el sedoso cabello mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

- ¿Qué fue lo que te dijo Alexander?.- quiso saber.- De verdad, Johann.

- Es demasiado doloroso para repetirlo pero sé que estaba hablando en serio.- musitó él, a través de los pliegues de su ropa.- Dijo que se arrepiente de habernos dejado entrar en su vida. ¡Como si hubiera sido yo quien le pidió que lo hiciera! ¡El desgraciado llegó sin permiso, no se largó cuando se lo exigí y ahora se aleja diciendo que es nuestra culpa! ¡Nuestra culpa, Renée! ¡Todo lo que yo quería era que me dejara en paz, no que me acusara de arruinar las cosas con su familia! ¿Por qué tardó tanto tiempo en descubrir que somos una molestia para él?

- No vale la pena, Johann, simplemente no lo vale.- soltó Renée, enojada.- ¿Por qué te importa tanto lo que diga un hombre que ha demostrado ser una mala persona? ¿Por qué te torturas de esta manera?

- Porque él nos salvó cuando nos estábamos muriendo.- contestó Johann.- Él fue quien evitó nuestra caída y ahora resulta que se arrepintió de haberlo hecho, se arrepintió de habernos salvado.

- Tus hermanos y tú valen más que lo que vale él y lo sabes.- insistió Renée, sin dejar de acariciar su rostro.- Es Alexander quien está mal por decir que está arrepentido. ¡Tú mereces ser rescatado una y mil veces, Johann Lorenz! Sabes que es así, lo que diga Alexander no es la verdad absoluta.

- Yo lo único que sé es que, una vez más, volví a perder a alguien que me importaba.- soltó Johann antes de derrumbarse.- Y una vez más, no pude hacer nada para evitarlo.

Mientras Renée sostenía el cuerpo de su novio y trataba de encontrar la manera de detener el torrente de tristeza y dolor que salía por sus ojos, se dio el lujo de incrementar el nivel de odio que le tenía a Alexander Wald. El maldito cabrón no dejaba de herir a las personas que Renée amaba y ella no sabía cómo detenerlo.

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Alexander miró con tristeza los múltiples mensajes que Nadja le había enviado en la última hora; no había apagado su teléfono, como todos creyeron, sino que se había limitado a bloquear el número de la chica para llamadas pues quería seguir recibiendo sus mensajes, por puro masoquismo. Escuchó cada uno de los reclamos que la jovencita le hizo, cada vez más dolida porque la persona a quien ella quería como a un padre se negaba a responderle. En algún mensaje de voz, Nadja le decía que Johann no era un mentiroso pero que estaba deseando con toda su alma que sí lo fuera porque lo prefería a darse cuenta de que su padre era un hombre sin corazón. Ese asunto estaba siendo superior a sus fuerzas pero tenía que resistir, no pensó que abandonar a cuatro niños que no eran su familia biológica y que no dependían de él podría llegar a dolerle tanto.

- ¡Papá!.- exclamó Nadja, llorando, en su último mensaje.- ¡No me dejes, por favor!

El italiano tomó el teléfono y lo arrojó con fuerza por el balcón; el aparato dio un giro y desapareció en la noche, yendo a estrellarse varios metros más abajo. Se preguntó qué pasaría si en lugar del teléfono se hubiera arrojado él, pero descartó casi inmediatamente la idea, nunca había sido del tipo suicida. Además, eso le impediría saber qué pasaría con Johann y con sus hermanos, con Adrianne y con su hijo; él quería verlos crecer, a todos, aunque fuese desde las sombras, por no mencionar que, ahora que había descubierto la capacidad de su potencial, acabar con su existencia antes de poder darlo a conocer al mundo le arrebataría su última posibilidad de regresarle a la vida su maldito golpe de mal karma.

Cuando Alexander fue a ver a su hermana, le hizo saber que aceptaría alejarse de Adrianne y de los Lorenz pero bajo sus condiciones. Eloïse le respondió que no estaba en posición de negociar pero Alexander la miró con odio reconcentrado, de la misma manera lúgubre y atemorizante con la que solía intimidar a las víctimas de sus robos en Foresta Nera, con lo que la alemana terminó por ceder y preguntó cuáles eran sus condiciones.

- No me divorciaré de Alba pero no viviré con ella.- aclaró Alexander.- Si tú quieres darle asilo en tu porción de la casa de Grunewald es tu problema, pero no me obligarás a que la acepte en mi departamento ni a que me vaya a vivir a Grunewald con ustedes. Ni la presionarás a que intente sacarme un hijo, no creas que no sé que detrás de sus intentos estúpidos estás tú.

- ¿Eso es todo?.- Eloïse se encogió de hombros. Ya había hecho suficiente consiguiendo que su cuñada siguiera siendo su cuñada. Que Alba trabajara un poco para recuperar sus derechos de esposa, Eloïse no podía hacer todo por ella de cualquier manera.- Como quieras, pero en algún momento la abuela comenzará a hacer preguntas.

- Como si eso te importara.- replicó Alexander.- Y una última condición: no puedes volver a usar esto para chantajearme, Eloïse. Sólo te va a funcionar una vez.

- No te preocupes, ya conseguí lo que quería de todos modos.- afirmó la mujer, satisfecha. Al final, todos terminaban doblegándose.- Alba estará muy feliz con esto.

Desde la noche de la borrachera, Alba no había intentado comunicarse con él y Alexander tampoco la había llamado. No importaba, estaba seguro de que Eloïse le diría todo lo que tuviera que saber y si Alba iba a buscarlo a su penthouse, Alexander la despediría sin miramientos. Quizás tendría que seguir casado con ella pero se negaría a volver a compartir su cama. El saber que Alba permitió que Eloïse lo amenazara para que no la abandonara ocasionó que Alexander perdiera la compasión, la empatía y el respeto que tenía por su esposa, ahora sólo experimentaba por ella una desagradable sensación de desprecio.

"Por supuesto, no más del que tengo por mí mismo", pensó, apesadumbrado. Insultar a Johann fue una de las cosas más duras que Alexander tuvo qué hacer en toda su vida, superada tan sólo por la confrontación que tuvo con Ágata, la mujer a la que atropelló en Florencia. Lo único que lo consolaba de manera parcial era saber que lo había hecho para proteger a Johann de Eloïse.

Después de haber destruido su teléfono, Alexander se sintió mejor; se fue al bar y se preparó agua mineral con simple jugo de naranja, era una ironía que justo en ese momento a él se le hubiesen ido las ganas de beber alcohol. Regresó al balcón a pesar de que comenzaba a refrescar; a lo lejos se veían las luces de Berlín, exultantes y provocativas, y él pensó una vez más que en verdad que odiaba esa ciudad.

- Nunca me diste buenas sorpresas.- reclamó Alexander, alzando su vaso hacia el horizonte.- Maldita ciudad de mierda.

Cuando terminó la bebida, Alexander había tomado ya una decisión: se iría de la ciudad en cuanto acabara la temporada de conciertos. Abandonaría la Filarmónica de Berlín y probaría suerte en otro lado, seguramente que en cualquier otra orquesta le iría tan bien como en ésta o quizás mejor. Aún era pronto para intentar entrar en la de Viena, catalogada como la mejor del mundo, pero podría probar ingresar a la Orquesta de la Ópera Estatal de Viena pues es bien conocido entre los músicos que para ingresar a la Filarmónica de Viena es requisito obligatorio el estar en la de la Ópera Estatal durante un mínimo de cinco años. O bien podría irse a la de Londres, considerada como la tercera mejor del mundo. Inglaterra le gustaba a Alexander todavía menos que Alemania pero al menos pondría tierra de por medio entre él y su derrota.

- Aunque odio los días lluviosos y en Londres nunca deja de llover.- manifestó Alexander, pensativo.- Quizás sea mejor probar suerte en la de la Ópera Estatal, Viena es mucho mejor que ese tugurio inglés.

Pero para ser aceptado sin problemas en cualquier orquesta, primero tendría que dar la mejor presentación de su vida. Y estaba seguro de que así sería, a pesar de que no podría usar su mejor violín para eso. También le había dolido el tener que decirle a Johann que iba a devolverle a Allegretti pero, después de los insultos que le soltó, no se sintió capaz de volver a tocarlo, sabía que había perdido el derecho a poseerlo y lo aceptó como un hecho consumado. No había vuelta atrás, después de todo.

"No sólo lo traicioné a él, también te abandoné a ti", pensó Alexander, mirando el violín recargado en el atril a través del ventanal. "Pero a estas alturas no creo que eso importe".

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Maurizio ya tenía las pruebas suficientes para demostrar que Porfirio Cadenas era el líder del cártel de los Aparecidos, además de que también había averiguado cuál era la ubicación del sitio en donde el hombre solía esconderse, una hacienda enorme ubicada en el estado de Guanajuato, en México, cerca de un pequeño poblado llamado Romita. Para sorpresa de Maurizio (o Mario, como lo conocía el mismo don Porfirio), quien esperaría que el escondite principal del líder de los Aparecidos estuviese en una zona mucho más resguardada, la hacienda de don Porfirio estaba localizada en pleno campo aunque convenientemente oculta por una espesa mata de enredaderas y vegetación que a su vez estaban respaldadas por una altísima barda de piedra. La filosofía de Porfirio Cadenas consistía en asegurar que la mejor manera de esconderse era haciéndolo a los ojos de todo el mundo, por eso es que no le importaba andar metido en los asuntos políticos de su país. A pesar de ser el jefe enemigo, Maurizio creía que el tipo era lo bastante inteligente ("o 'colmilludo', como dicen aquí", pensó el mafioso italiano) para poder salirse con la suya y quizás lo habría hecho de no ser porque cometió la estupidez de meterse en el camino de Jäger. Y Jäger no descansaba hasta haber cazado a su presa, no por nada la mafia germana le había puesto ese apodo, que significa "cazador" en alemán, porque no descansó hasta no haber matado a los sicarios alemanes que asesinaron al padre de Francesco Ferrari a balazos en una emboscada (a Ferrari le había gustado tanto el apodo que decidió conservarlo a pesar de ser un vocablo de un idioma extranjero). Así era Jäger, perseguía a su presa con paciencia y determinación hasta que conseguía atraparla y destrozarla, y Porfirio Cadenas no sería la excepción.

Y uno de sus más leales hombres al fin había obtenido toda la información que Jäger necesitaba para ponerle fin a esa guerra entre mafias. Ahora Maurizio sólo tenía que encontrar el mejor momento para hacérsela llegar al Guardián en las Sombras.

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Cuando Renée vio a Johann parado junto a ella, supo que se le había acabado la suerte. ¿Qué estaba haciendo él ahí? Era cierto que Renée le había informado que el lunes debía acudir a la Escuela Superior de Arte pero no acordó reunirse con él en ese lugar. De hecho, no acordaron algo en concreto, ella simplemente le dijo que le hablaría después. ¿Por qué entonces, por el amor del Cielo, a Johann se le había ocurrido aparecer en su escuela sin avisar? Como si las cosas no estuvieran ya bastante mal entre Jan y ella en esos momentos.

- ¡Pero mira nada más quién está aquí!.- soltó Jan, sarcásticamente, al ver al pianista.- ¡Nada más ni nada menos que la manzana de la discordia! ¿A qué vienes, amigo, a seguir metiéndote en donde no te llaman?

- No sé quién seas pero no toleraré que sigas hablándole a Renée en ese tono.- contestó Johann, con cara de pocos amigos.- Más te vale dejarla en paz.

- Yo le habló a mi novia como quiero.- Jan recalcó las últimas dos palabras.- Y si a ti no te gusta puedes irte mucho al carajo.

- ¿Tu novia?.- Johann enarcó una ceja antes de mirar a Renée.- ¿De verdad?

- Hay mucho que tengo que explicarles a ambos.- Renée soltó un bufido.- No quería que la situación se me saliera de control hasta este punto pero…

- Entonces es verdad.- la interrumpió Johann.- Él es tu novio. ¿Lo amas?

- Claro que me ama, imbécil.- hasta Jan sabía que eso no era verdad.- Ahora lárgate y déjanos en paz.

- Renée.- el pianista se dirigió a la chica, ignorando al otro.- Si quieres que me vaya y que te deje en paz, lo haré y no me volverás a ver nunca, sólo tienes que decírmelo.

- ¡No!.- la chica gritó.- ¡No, Johann, por favor, déjame explicarte las cosas!

- Supongo que es normal que, tras dos años de estar lejos, hayas continuado con tu vida sin mí.- Johann esbozó una pequeña sonrisa, a pesar de todo.- No tienes nada qué justificar, Renée, estoy feliz de que hayas vuelto a mi lado y no me interesa si tienes novio.

- Ella no ha regresado contigo, te lo aclaro.- ahora sí, Jan estaba seguro de que Renée tenía un pasado con Johann Lorenz.- Renée sigue siendo mi novia.

- No por mucho tiempo.- Johann lo confrontó.- Durante toda mi vida he permitido que se me quite lo que más quiero en la vida, pero ya no más. Si he de arrebatarte a Renée de mala manera realmente no me importa, nunca he roto un noviazgo pero siempre hay una primera vez.

Renée no estuvo segura de quién lanzó el primer golpe pero poco importaba. En cuestión de segundos, Jan y Johann se enfrascaron en una pelea con los puños que nunca estuvo equilibrada. Aun así, Johann se defendía bastante bien, quizás por puro instinto o tal vez porque había aprendido a protegerse tras sus encontronazos físicos con Konrad pero el punto era que estaba dando pelea. El problema vino cuando los amigos que Jan seguía teniendo en la Escuela Superior de Arte, amigos de grados menores a quienes él ayudó cuando fue estudiante, los vieron y decidieron intervenir sin preguntar primero qué estaba sucediendo. Sin duda que a esos jóvenes no les importaba el motivo de pelea, lo único que interesaba era que Jan Larsson estaba en medio y por tanto no podían dejarlo solo, él había ayudado a cada uno de esos muchachos de una u otra manera y era momento de pagar el favor. Así pues, antes de que pudiera darse cuenta cabal de lo que estaba sucediendo, Renée vio a cuatro hombres, incluyendo a Jan, atacando a un Johann que mostraba valor por el simple hecho de no recular. La desventaja era notoria, tanto que el pianista hubiera quedado hecho puré sino fuese porque Renée tuvo el tino de intervenir. Ella recordó en ese momento que Alexander había anotado su número de teléfono en su celular y se apresuró a llamarle.

- ¡Ven rápido, por favor!.- gritó la joven en cuanto el italiano respondió la llamada.- ¡Están golpeando a Johann entre varios!

- ¿En dónde están?.- cuestionó Alexander, al instante.

- Escuela Superior de Arte Berlín-Weissensee.- masculló Renée.- Si no sabes en dónde está, búscala en Google.

No esperó a que Alexander respondiera, Renée colgó y aventó el celular a la mesa para interponerse entre Johann y quienes lo atacaban. Jan alcanzó a verla a tiempo, lo suficiente para recibir un golpe que de otro modo le habría dado a ella en plena cara. Para ese momento, el ruido de la batalla campal por la doncella había capturado la atención de las personas ajenas al barullo y ya otros estudiantes habían intervenido para detener la trifulca, de manera que Renée pudo interponer su cuerpo entre el malherido Johann y el casi incólume Jan. A pesar de lo mal que lo habían dejado los otros cuatro, el austriaco intentaba proteger a Renée con su cuerpo al tiempo que ella buscaba hacer lo propio con él.

- Basta ya, Jan, por favor.- exigió Renée, muy enojada.- ¿A esto querías llegar? ¿Tantas ganas tenías de moler a Johann a golpes?

- Él se lo ha buscado.- a pesar de todo, Jan sintió una punzada de culpa pues la expresión de recriminación de su novia era muy severa.- ¡Quiere quitarme a mi novia y no lo puedo permitir!

- ¿Y para eso tenías que llamar a tus amigos?.- Renée estaba muy indignada.- ¡No puedo creer que hayas llegado a este extremo! ¿Desde cuándo eres tan cobarde?

- ¿Es cobardía querer defender a mi novia?.- protestó Jan, enojado.

- ¡"Defenderme como novia" fue cuando mi ex novio fue asesinado al evitar que un tipo me violara!.- Renée estaba tan furiosa que no midió sus palabras.- ¡Esto que has hecho es una asquerosa cobardía! ¡Atacar a un hombre entre cuatro por celos! ¿Cuándo ha sido eso digno?

Jan se impactó al escuchar la primera declaración de su aún novia; definitivamente había muchas cosas de ella que él no conocía y le dio la impresión de que ya no tendría la oportunidad de hacerlo, algo se había roto de manera irremediable entre ellos y no fue culpa por completo de Johann Lorenz. Para los que observaban, la escena fue muy evidente: a Renée sólo le importaba el malherido Adonis de cabellos de oro que había manchado su piel de mármol con el color de la sangre, tan era así que no le interesaba recriminarle a su novio algo que, aunque no hubiese sido su intención, fue algo muy bajo, es decir, atacar a un hombre entre cuatro. Cierto era que Jan no llamó a sus amigos a la pelea pero tampoco hizo el intento de detenerlos cuando vio que intervenían y eso terminó enojando muchísimo a Renée. Quizás ella tenía razón en llamarlo cobarde, a decir de los demás, pero los amigos que se entrometieron no estaban de acuerdo y pretendían echarse la culpa para limpiar un poco el nombre de Jan.

- No era mi intención que las cosas se salieran de control a ese grado.- respondió Jan, trémulo.- No sabía que mis amigos se meterían en la pelea.

- ¡Pero lo hicieron y no hiciste algo para impedirlo¡.- sentenció Renée, dura.- ¡Pudiste haberlos parado en cuando viste que estaban atacando a Johann! ¿Tanta era tu rabia o tan poca tu hombría?

- Renée, ya no te exaltes más, no vale la pena.- a Johann le costó pronunciar las palabras porque empezaba a hinchársele el labio inferior.

- ¡Fue un error que pudo cometer cualquiera!.- insistió Jan, dolido.- No me dejes por esto, Renée, por favor. Dame la oportunidad de enmendar este error.

De alguna manera que resultaba inexplicable, el asunto se había volteado para Larsson, quien no esperaba acabar pidiéndole disculpas a su (ex) novia. Renée sabía que ella no era una inocente paloma, después de todo había consentido en engañar a su novio, pero eso no le quitaba culpa a la actitud de Jan.

- Creo que no hay más que hablar, Jan, hasta aquí llegamos.- declaró Renée, sin titubear.- Realmente lamento que las cosas hayan concluido así, reconozco que tuve mucha de la culpa pero no hay vuelta atrás.

- ¿Vas a cambiarme por él?.- Jan señaló a Johann.- ¿De verdad, Renée?

- Como dije, no hay algo más que hablar.- replicó la chica.- Hubiera podido explicártelo mejor si tan solo no hubieses actuado de esa manera tan ruin. Y para que lo sepas, no sólo terminamos porque ame a Johann sino porque no puedo estar con un hombre que consiente en que sus amigos agredan a una persona que está en desventaja.

- La culpa es nuestra.- dijo uno de los jóvenes que intervinieron aunque Renée lo ignoró.- No lo castigues a él por nuestras acciones.

- Y quedé como el villano, ¿no es así?.- la voz y la mirada de Jan se endurecieron.- Todo por no haber sabido ser justo con el hombre que me robó a mi novia.

- Nunca he sido partidaria de la violencia y lo sabes.- repentinamente, la expresión de Renée se entristeció.- De verdad que lo siento.

- Entiendo, ya no te molestare más.- limpiándose un hilillo de sangre con papel desechable, Larsson empujó a la gente que los rodeaba para marcharse; sus tres amigos se miraron entre sí y decidieron ir tras él.

La mayoría de la gente que miraba comenzó a dispersarse aunque algunos se quedaron al lado de Renée y Johann para ofrecer su ayuda. Cuando Alexander llegó, Renée ya había conseguido que la boca de Johann dejara de sangrar, gracias a que alguna alma caritativa les había llevado un botiquín. Al parecer, el pianista se había mordido la lengua y la lesión que le quedó era tan profunda que requeriría sutura. Al verlo en ese estado, Alexander exigió saber lo que había sucedido y Renée se lo contó con detalles, incluyendo el hecho de que Jan había golpeado a Johann, ayudado por sus amigos, lo cual era lo que más le indignaba.

- Sé que no tengo vergüenza alguna por molestarme por eso cuando yo engañé a Jan, pero me molesta la violencia innecesaria.- finalizó Renée, suspirando.- En todo caso, si quería desquitarse con alguien, lo hubiera hecho conmigo.

- Nada de eso.- negó Johann, con dificultad.- Jamás permitiría que te pusiera una mano encima.

- Es un decir.- Renée le acarició el enredado cabello con ternura.

- Es de cobardes atacar a un hombre entre varios, a menos que ese uno sea un asesino.- comentó Alexander, molesto también.- Johann, tienes mucha suerte de que tus manos hayan salido prácticamente ilesas del asunto.

- Eso fue porque no tuvo oportunidad de golpear.- bufó Renée.

- Ya la tendré, no te preocupes.- replicó Johann, quien a pesar de todo sonreía.- Esto no salió como yo esperaba.

- ¿Por qué te ves tan feliz?.- Renée tenía ganas de gritar.

- Porque me has elegido a mí.- respondió Johann, con dulzura.- Si lo ves desde este punto de vista, he ganado la pelea.

- Eres un perfecto idiota.- a pesar de todo, Renée sonrió.

Alexander ayudó a Renée a llevar a Johann a un hospital, en donde le suturaron la herida de la lengua y otras lesiones que tenía en la cara. Tal y como Alexander había dicho, Johann tuvo suerte pues sus manos no sufrieron lesiones de gravedad y aunque tenía una fisura en un pómulo, el joven sólo necesitaría llevar una máscara facial durante algunos días para que la lesión del hueso sanara sin muchas complicaciones. Para evitar problemas con las autoridades, Renée y Alexander declararon que el joven había sido arrollado por una bicicleta, lo cual levantó sospechas en el médico que los atendió porque las heridas no coincidían pero, como estaba atascado de trabajo, agradeció el no tener que dar reporte a la policía y los dejó ir sin más cuestionamientos.

- Por dios, Lorenz, para ser un joven tan calmado has sufrido demasiadas lesiones.- comentó Alexander cuando salieron del hospital.- ¿Qué sería de ti si fueses como yo?

- No te ha ido tan mal, ¿o sí?.- fue Renée la que respondió.- Seguro que has estado metido en más líos que él pero con menos consecuencias.

- Eso es porque yo sé pelear.- Alexander esbozó una sonrisa enigmática.- Se requiere tener estilo para evitar que a uno lo usen como saco de boxeo.

- Idiota.- balbuceó Johann.

Renée se pasó el resto del día cuidando a Johann, prodigándole los mismos cuidados que le dio cuando se acababan de conocer y él vivía en un departamento humilde de los barrios pobres de Berlín. Antje y Nadja estaban tan felices de tenerla en la casa que casi no se preocuparon por el estado de su hermano mayor porque sabían que ella lo curaría. Patrick fue un poco más suspicaz al respecto pero Renée consiguió mantener su curiosidad a raya prometiéndole que después le contaría la verdad. No importaba, de cualquier manera, ahora todos los obstáculos habían desaparecido y Renée y Johann podrían disfrutar sin problemas de su amor.

Quizás ahí habría quedado el asunto con Jan Larsson de no ser porque, muchas horas más tarde, Renée recibió un mensaje de él en donde le reclamaba por el hecho de que Johann era un hipócrita de cabo a rabo pues no había tenido reparos en tomar represalias por la golpiza que le habían propinado Jan y sus amigos en la mañana. Renée, quien evidentemente no entendió de qué carajos estaba hablando su ahora ex novio debido a que Johann había estado con ella toda la tarde, le exigió a Jan que fuese claro porque no entendía nada. Él le marcó de manera inmediata y ella contestó más por curiosidad que por otra cosa.

- ¿Quieres saber de qué hablo?.- fue lo que le dijo Jan.- De que el guardaespaldas de Johann Lorenz vino a buscarme para "arreglar cuentas conmigo". ¿Qué no te lo contó tu nuevo novio, Renée?

- Jan, Johann no tiene guardaespaldas.- respondió Renée, cansada.- Esa persona que se hizo pasar por su guardaespaldas es en realidad un amigo suyo, quien también es músico, por cierto.

- Pues me importa muy poco lo que sea.- replicó el sueco, molesto.- A media tarde vino a buscarme a la escuela para decirme que tenía cuentas pendientes por resolver en nombre de Johann Lorenz. ¿Te parece bien que él haya hecho eso?

Lo que más le molestaba a Jan era que Alexander había atacado sin avisar. El sueco estaba en una jardinera, tratando de tomar una fotografía de los patios de la escuela para inmortalizar los lugares en donde estudió, cuando el italiano apareció. Jan lo miró tratando de ubicar en dónde lo había visto antes cuando Alexander le lanzó el puño, enviándolo al suelo. Mientras el sueco trataba de saber qué había sucedido, Alexander lo miró con autosuficiencia y le soltó un "¿Te acuerdas de que te dije que soy el guardaespaldas del señor Lorenz? Bien, estoy aquí para cobrarte lo que le debes", o algo por el estilo. A Larsson no le había quedado más remedio que responder al ataque, si bien pronto se dio cuenta de que en esa pelea no sería él quien tuviese la ventaja pues su oponente era más diestro y fuerte que él.

- Sólo lo voy a decir una vez, Jan.- dijo Renée, determinante.- Johann ha estado conmigo desde que lo dejaste tumbado en el suelo; lo acompañé al hospital a que lo curaran y de ahí me vine a su casa para cuidarlo. En ningún momento él le pidió a Alexander que fuera a atacarte, pero conozco lo suficiente a éste como para saber que actúa por su cuenta sin consultar a Johann aunque después diga que todo lo hizo por él. Además, no deberías de quejarte, al menos Alexander no llevó a tres amigos consigo para atacarte.

La joven colgó, fastidiada, y marcó después el número de Alexander; no tenía ni tres días de haberlo vuelto a ver y ya había tenido que llamarle en dos ocasiones, ni siquiera cuando fue su jefe había tenido que hablarle tanto. Alexander no tuvo peros en reconocer su falta, incluso hasta parecía estar orgulloso de ella a pesar de que Renée no estaba particularmente feliz.

- Fui a buscar a ese tipo para decirle que nadie se mete con mis amigos y se queda tan campante.- le explicó Alexander, con parsimonia.- El muy infeliz atacó a Johann entre cuatro así que fui a partirle la cara para que sepa lo que es pelear de manera justa.

- Preguntaría si es una broma pero a estas alturas sé que eres muy capaz de hacer algo así.- Renée suspiró.- ¿Al menos te sentiste realizado?

- Renée, ya te lo dije, nadie se mete con mis amigos.- respondió Alexander, ahora serio.- Cualquiera que se atreva a atacar a Johann entre varios se las verá conmigo, no es mi culpa que ese estúpido de tu ex novio no sepa pelear y que necesite de otros tres para cubrirle las espaldas. Yo hubiera podido con los cuatro sin problemas, de cualquier manera, pero esta vez tuvo que luchar solo y creo que sí sintió la diferencia.

- Con un bárbaro como tú, no me sorprende.- replicó Renée, ácida. Seguía molestándole la violencia innecesaria, viniera de quien viniera.

- Oye, me ofendes.- reclamó Alexander.- Soy más guapo y más educado que un bárbaro.

Lo que Jan y Alexander no le dijeron a Renée fue que, cuando el segundo encontró al primero, el fotógrafo no se encontraba solo, también estaban con él otras cinco personas pero en esta ocasión Jan pidió explícitamente que lo dejaran pelear sin ayuda. No tuvo oportunidad, por supuesto, Alexander lo dejó tan malherido como Jan y sus amigos habían dejado a Johann horas antes, con tan sólo unos cuantos golpes bien encajados. El sueco, más que enojado, estaba dolido por el hecho de que Renée hubiese consentido en que Johann enviara a su "guardaespaldas" para agredirlo, sobre todo después de que ella se molestó porque Jan no evitó que sus amigos atacaran a Johann. Cuando Renée le explicó que Alexander había actuado por cuenta propia, Jan se tranquilizó un poco pero sabía que, de cualquier manera, no habría algo que pudiera ayudarlo a recuperar a Renée; él estaba consciente de que la había perdido en el mismo instante en el que decidió comprar los boletos para el recital de Johann Lorenz.

Renée no volvería a ver a Jan. Días después, ella recibió un mensaje suyo en donde le avisaba que se marcharía de Alemania aunque no le reveló cuál sería su destino. El joven lamentaba que las cosas hubiesen acabado de esa manera y repitió que estaba arrepentido por haber permitido que sus amigos agredieran a Johann. Renée, a su vez, se disculpó con él por haberlo engañado y por haberle dado falsas esperanzas, agradeciéndole también el amor y el apoyo que le dio durante esos dos años en los que estuvieron juntos. Jan no le respondió pero ella estaba segura de que él había recibido el mensaje. Renée no tendría más noticias suyas hasta aquella tarde en las playas de Alguer, muchos años después, en donde el destino decidió que sería buena idea el volver a ponerle a Jan Larsson en el camino. Habían pasado los suficientes años para que él olvidara que ella lo había engañado, pero no los bastantes como para que Jan pudiera olvidar el amor que tenía por Renée. Por supuesto, para entonces las cosas eran diferentes y ella no cambiaría a Johann por su ex.

Un mes después de esa batalla campal entre Johann y Jan, Renée decidió mudarse a la casa de los Lorenz con la finalidad de no volver a separarse de ellos jamás; de inicio, para mantener las apariencias, Renée puso sus cosas en el pequeño departamento que la mansión de los Lorenz tenía en el jardín; a los tres meses se trasladó a una de las muchas habitaciones que tenía la casa y, a los seis meses, ella ya compartía el cuarto con Johann y dormía con él. Patrick declaró que ellos habían dejado pasar mucho tiempo para dormir en la misma habitación ya que, después de todo, a la poca gente que los conocía no le importaban las apariencias. Antje quería saber si Johann y Renée se casarían, a lo que ésta invariablemente contestaba que para todo habría un momento adecuado y que no había qué apresurarlo. Por fin, Johann había llegado a un punto de su vida en donde no tenía qué pelear ni sacrificarse por alguien y Renée quería que él disfrutara plenamente de esa libertad, que se dedicara a tocar música y a ser feliz. Un matrimonio, por supuesto, si bien sería una manera de unirlos más, también podría añadirle obligaciones extras a Johann que no eran necesarias, por el momento tanto él como Renée se sentían felices de estar juntos sin complicaciones.

Ya sin problemas por el dinero, Johann pudo inscribir a sus hermanos en las mejores escuelas de Berlín para que estudiaran lo que quisieran: Patrick, carente de vena artística pero dotado de una gran inteligencia y astucia, decidió que estudiaría Negocios Internacionales para tomar la batuta de las empresas Cavalli y manejar la fortuna Lorenz; Antje dijo que le interesaba la arquitectura y en eso enfocó su sueño; Nadja, por su parte, había manifestado que deseaba ser bailarina de ballet. Gracias a la buena educación que ellos habían recibido, pronto se destacaron en sus respectivos rubros, demostrando que heredaron la misma determinación que mantuvo a Johann en pie durante tantos años.

- Sin duda que tus padres estarían orgullosos, Johann.- murmuró Renée, en alguna ocasión en la que vio a los cuatro Lorenz reunidos, conviviendo felizmente como la familia unida que siempre habían sido.

Alexander, por supuesto, seguía siendo tan unido a los Lorenz como lo había sido en la época en la que éstos vivían en la pobreza, y Renée descubrió que también podría llegar a ser un buen amigo suyo, ahora que la cuestión de patrón-empleada había desaparecido hacía ya mucho tiempo. Renée, a su vez, continuó tomando cursos para mejorar su arte, a la espera de la gran oportunidad que la lanzara a la fama. Ahora, los Lorenz tenían por delante la promesa de que, en el futuro, las cosas irían mucho mejor.

Alrededor de tres años después, Renée recibió una llamada inesperada de su madre desde la Ciudad de México, quien le dijo que tenía un favor muy grande que pedirle, uno que ella no podría rechazar: su prima Bianca necesitaba salir urgentemente de México e iniciar una nueva vida en otro lugar, lo más lejos que se pudiera de ese país. Renée no dudó en recibir a su prima, estaba segura de que Johann no se opondría aunque quiso saber por qué motivo era que Bianca requería irse del país con tanta premura.

- No es algo que pueda decirte por teléfono, hija, así que tendrás que esperar a que ella misma te lo cuente.- fue lo que Mercedes Galicia le respondió a Renée.- Sólo puedo asegurarte que es algo muy, muy grave.

En cuanto cortó la conversación, Renée se dispuso a ir a buscar a Johann para hablarle sobre el favor que necesitaba que le hiciera para ayudar a su prima. A pesar de que su madre le había dicho que Bianca había hecho algo muy serio, Renée se sentía feliz de que ella se fuese a vivir en Europa, esperaba que la chica se adaptara bien y que ellos pudieran ayudarla a salir adelante. Renée se dijo que, además de hablar con Johann, también tendría que hacerlo con Alexander pues conocía el carácter de éste y no quería que tuviese problemas con la introvertida y poco sociable Bianca. Después de todo, si Mercedes había asegurado que Bianca había hecho algo muy grave, sin duda que iba a necesitar de todo el apoyo que los Lorenz y Renée pudieran darle.

Notas:

- Me tomó cinco años, CINCO AÑOS, hacer que la historia de Johann y Renée alcanzaran la de Adrianne (el capítulo 1 de este drama lo publiqué el 13 de enero de 2013). No sé si festejar, deprimirme o darme un balazo. Maldita vida de adulto.