Dos damas jóvenes, tan incorpóreas como la transparencia celeste del cielo y sus nubes esponjosas, asían cuatro jaulas, dos de cada mano. Las apoyaron, cuidadosas, sobre el borde del balcón, que daba de lleno a la urbe y su plaza ruidosa.

Las palomas se revolvieron, ansiosas, entre las delgadas pero consistentes hebras doradas de las jaulas. En su interior animal bullía el deseo instintivo de aquello que el Hombre ha dejado olvidado, pero que persigue, ciego, sordo y mudo, entre la bruma de sus prisiones invisibles.

Las damas sonrieron con anticipación y, en apenas segundos, las jaulas se abrieron, entregando el espectáculo más mágico jamás visto en esa lejana plaza. Nadie supo precisar, cómo salió, de esas pequeñas pajareras doradas, tal bandada abismal de palomas. Decenas. Cientos. Por un instante, los corazones conmovidos creyeron ver el cielo, las nubes y el mismo Sol, magnánimo y radiante, ser eclipsados por ellas y su salvaje aleteo de blanca inocencia. Ese firmamento cantaba libertad.

Poco a poco y una a una, las aves se fueron desplomando contra el asfalto, muertas. En una suerte de dominó, comenzó como la caída imperceptible de una pequeña paloma, cuyo corazón se detuvo, así como sus alas. En apenas segundos, quizás los mismos que se tomaron para abrir las jaulas y teñir el cielo de blanco, toda la plaza hallaba su quietud en el carmesí de la sangre, en los cuerpos magullados y aplastados por la inercia, en débiles estertores y aleteos agónicos, en el desagradable zumbido de las moscas que, pasados ya unos minutos, no tardaron en posarse a inspeccionar la Muerte.

Las dos mujeres habían desaparecido, no sabemos cómo ni por qué, aunque ya en un primer lugar, nadie se percató de ellas. La multitud se llenó de bulla repentina y pasos atropellados, de bocinas de vehículos en la lejanía de las calles y avenidas principales. El cielo volvió a ser celeste, las nubes, esponjosas y el Sol, abrasador.

Nadie notó, conformes como se sentían con esa Naturaleza fútil y ficticia, el denso aire color plomo que sobrevolaba y rodeaba la ciudad, hasta sus recovecos más estrechos y escondidos, y a su propia gente. Su circuito corporal era plomo del más pesado, del tipo que detiene los corazones y corta las alas. Se anidaba en los pulmones al ser aspirado; corría por el torrente al ser absorbido, poblaba los resguardos más secretos de la mente al ser asimilado.

Un transeúnte de remera a rayas que, minutos atrás, hubiera aplaudido y vitoreado de algarabía y dicha ante el espectáculo maravilloso de la Libertad, pateó el cadáver de una paloma que entorpecía su camino.