¡Hola!, bueno, esto surgió una noche de insomnio, ¡espero les guste!


Beautiful lies

~Porque la vida es tanto una bella mentira como la muerta una irrefutable verdad.~

Se paseaba por las calles sin siquiera observar realmente a estas, por más que aquella salida hubiera sido para distraerse, una batalla en su mente se había desatado y comenzaba a pensar que todo aquello era por su culpa: no estaba equivocada.

La lluvia le estaba cayendo encima y no le interesaba en lo más mínimo, caminaba por la calle en vez de la acera, los autos que pasaban por ahí le salpicaban en la cara: se sentía tan miserable.

–Todo es por tu culpa –dijo en seco al mismo tiempo en que frenaba sus pasos.

Sí, era su culpa, esos malditos recuerdos rondando por su cabeza, el dolor en su pecho, las gotas de lluvia empapando su rostro: todo era por su maldita culpa.

Lo extrañaba: su sonrisa, sus enojos repentinos, sus abrazos, sus "te amo", sus intentos fallidos por robarle el corazón.

¡Todo es tu culpa!

Siempre la distraía con aquellos estúpidos ojos cafés que revoloteaban mientras hablaba con ella, su melodiosa risa y sus bellas expresiones, ¡era su culpa que no lo haya visto venir!, ¡era su culpa que se hubiera cruzado en su camino!, ¡era su culpa que su camiseta preferida estuviera manchada con escarlata!, ¡y sobre todo, era su culpa que se sintiera sola en este mismísimo momento!

Y entonces, si todo era culpa de él... ¿Por qué le había llevado flores?, ¿por qué se había disculpado con su familia?, ¿por qué tenía todo este dolor?, ¿por qué…, se sentía tan culpable?

Recordaba el día en el que lo había conocido, le había parecido increíblemente divertido y sin dudar lo había convertido en su mejor amigo, mensajes iban y venían, llamadas que duraban horas, caminatas que parecían durar segundos y risas que parecían ser interminables. Lo mejor de su corta vida, sus mejores momentos, todos los había provocado él y ahora… Ahora estaba volviendo del cementerio, eran las tres de la mañana y ni siquiera había estado abierto, tenía la misma ropa que por la mañana, la misma expresión y el mismo dolor.

Habían salido a caminar, la ciudad estaba llena de turistas y un abrazador calor, aunque el día en realidad estaba nublado. Aún no habían desayunado y por eso se dirigían al café favorito de ella, hablaban de un viaje que habían comenzado a planear la semana pasada a un parque acuático, realmente estaba emocionada, nunca había ido a uno y por ende su sonrisa se ensanchaba con cada cosa que el mayor le comentaba de ese increíble lugar; iban tomados de la mano, la verdad, no tenía idea de cuándo habían tomado esa costumbre, simplemente lo hacía de vez en cuando, ni siquiera lo notaba, pero según él, de ella era la costumbre; recordaba claramente cuando le había mencionado aquel pequeño detalle, ella había apretado sus labios hasta formar una sola línea, ¿que por qué hacía aquello?, la respuesta le había sido simple, un "no sé" para él, pero en realidad, comenzaba a pensar que simplemente lo hacía porque se sentía sola.

Fue sólo un segundo. Nunca podría darse cuenta de lo que en realidad había pasado, sólo sabía que se había adelantado al ver que cruzando aquella calle estaba el café al cual tanto ansiaba llegar, escuchó un alarido que pareció ser su nombre y luego sintió unas tibias manos sobre ella al darse la vuelta, un ruido sordo y dolor en su espalda, entre todo eso un chirrido también había oído, sólo que no estaba segura en que espacio tiempo había sido, luego, calidez nuevamente, esta vez en su estomago; abrió los ojos que en algún momento habían sido privados de la visión de la situación y se había paralizado: su rostro, una catarata de sangre parecía salir desde su garganta; sus ojos de pronto parecían estar a punto de cerrarse, cansados, y no pudo hacer más que observar, sintiendo como aquel cálido liquido la bañaba mientras sostenía aquella mirada. Había visto aquellos labios intentar articular una palabra, pero nada había entendido; había sentido un brazo en su espalda que intentaba una caricia, pero aquella parecía haberse perdido en el camino; había sentido como todo el aire se escapaba de sus pulmones para dejarla sin habla, pero en realidad su respiración se había acelerado. No pasó mucho hasta ver que aquellos orbes cafés se ocultaban bajo los parpados del moreno, podía llegar a escuchar, a lo lejos, voces que parecían hablarle, pero ella se había perdido entre ellas y nunca habían llegado del todo a aquellos oídos.

¿Qué ibas a decir?, ¿qué ibas a hacer?, ¡ey, no dejes las cosas por la mitad!, ¡odio que lo hagas!

Sintió un fuerte dolor en su pecho y sus labios temblar, ¿qué había pasado en la mañana?, no lograba entender, ¿y su desayuno?, ¿y Mark?, ¡lo habían olvidado en aquella enorme caja!, ¡podría asfixiarse! ¿Y por qué estaba llorando?, ¿por qué le gritaba a un Dios en el que ni siquiera creía?, ¿por qué de pronto se arrodillaba?, ¿por qué sentía frío si hacían treinta grados?

Le dolía y odiaba entenderlo, odiaba no poder fingir que todo estaba bien, no poder fingir que no entendía; que creía que él mañana iría a visitarla y que todo se arreglaría; que le diría que la amaba mientras ella se reía; que le acariciaría su pequeña cabecita: que todo estaría bien, aunque supiera no fuera así. Porque así lo prefería, porque las mentiras siempre habían sido la salida, porque ella siempre le había dicho que no le quería, porque siempre le había dicho que no le gustaba que la mimaran, que le dijera cosas bonitas, que le sonriera como si fuera la única chica.

Sus ojos se habían convertido en un mar de lágrimas y su garganta, ardía, quería que volviera, que le sonriera de esa forma tan peculiar que hacía que le dieran cosquillas, que le acariciara su mejilla, que simplemente llegara el fin de mes y le preguntara de nuevo, como cada mes lo hacía, "¿quieres salir conmigo?" y entonces ella se sonrojaría y desviando la mirada lo rechazaría, porque la mentira siempre había sido lo más suave para ella, lo más fácil, lo que la mantenía segura en aquel pequeño mundo de cristal; todo siempre era igual, para bien o para mal, él seguía siendo su amigo que estaba enamorado de ella y ella su amiga la cual lo rechazaba prácticamente todos los días, porque siempre se había asegurado que nada cambiaría, intentando encerrar su felicidad en su cajita de cristal..., ¿por qué ahora se deshacía?

Y el cielo se estaba quebrando mientras se teñía de rojo, la tormenta había tapado sus oídos y los gritos se habían transformado en lastimosos gemidos, las lágrimas simplemente se habían mezclado con lo puro de la lluvia ¿Y por qué lo admitiría hoy?, ¿por qué ahora?

Quizá porque ya nada cambiaría; porque aquello se desvanecería, como lo había hecho la misma felicidad ese día; porque lo peor era, que lo amaba más que su propia vida.

Un claxon, un chirrido y un horrible zumbido en sus oídos.

Sin gritos, sin manos, sin dolor, sin calor, sin culpa, sin amor y sin mentiras.

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FIN