De libertad y consecuencias

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I

Eras una niña buena.

De ésas de las que sus padres presumen, ésas que estudian, estudian y estudian para sacar las mejores notas posibles. A la que media clase miraba con una mal disimulada envidia cada vez que los profesores comentaban su sobresaliente sin emoción porque no era nada fuera de lo corriente.

Te obligabas a pensar que eso era lo mejor, que tu esfuerzo valdría la pena cuando tuvieras en las manos tu título universitario. No importaba que no tuvieses tiempo para salir, para conservar a unos amigos que poco a poco te fueron abandonando en busca de personas que pudieran hacer un hueco en su agenda para corresponder a su amistad. No te importaba sentirte como una vieja con sólo dieciocho años.

A veces, tu conciencia escapaba de su jaula de libros y vastos conocimientos que en la realidad de poco te servían. Te dabas cuenta de que estabas sola y de que, a la hora de la verdad, no sabías tratar con la gente. En esos momentos te volvías irascible e intratable y pagabas tu soledad con los únicos que no te habían dejado –porque no podían–: tu familia.

Borde, te llamaba tu padre. Tu madre directamente decía que estabas amargada y que así nunca encontrarías a nadie que te soportase. Solías responderles mal porque en el fondo de tu corazón sabías que tenían razón.

Hasta que escapaste. No fue instantáneo, ni mucho menos. Empezaste saltándote alguna que otra clase en la facultad, saliendo de casa –sola, los amigos eran historia para ti– sin avisar para volver tarde y fingir que no te importaba la bronca que tus padres te echaban de madrugada.

Y en una de tus escapadas lo conociste.

—¿Adónde vas con tanta prisa, encanto?—te gritó desde el muro en que estaba apoyado.

Respondiste por puro instinto, haciendo gala de las nulas habilidades sociales que tenías gracias a tu perpetua prisión de estudios y corrección.

—Piérdete, gilipollas.

Lejos de ofenderse, como la mayoría de la gente, soltó una carcajada, divertido por tu reacción, y se acercó.

Eric, que era todo lo contrario de ti. No tenía padres, al menos no como los tuyos, sino dos extraños que no le decían nada mientras no molestase. No tenía estudios ni le interesaban. Estudiaba en la escuela de la vida. Algo que te pareció una estupidez y lo más lógico del mundo al mismo tiempo. Desde luego, a juzgar por cómo te atrapó, daba la impresión de ser algo más útil que la universidad.

Tuvo paciencia contigo. Te enseñó sin darse cuenta a ser más abierta, te hizo recordar lo que es intercambiar impresiones con alguien. Te presentó a sus amigos. Y después de un tiempo, fue tu profesor en las artes del amor.

Eric te enseñó otras cosas también, no todas sanas.

Aprendiste cómo fumar sin toser y acabar llorando por el humo. Métodos para dulcificar en la medida de lo posible la resaca. Mezclas que al inhalarlas te hacían olvidar las protestas de tu antiguo yo por lo que estabas haciendo. Pastillas para ver la vida con más color.

Tu cuerpo se resintió, no puedes negarlo. Pero tu alma estaba más viva que nunca. Una parte de ti estaba convencida de que aquello era la felicidad. Y a veces, mientras dabas una calada a un porro cuyo contenido no conocías –y hacía bastante que no te importaba– o Eric te desnudaba en su dormitorio y te redescubría, estabas segura de poder rozar la gloria con la yema de los dedos.

Tus padres se dieron cuenta poco a poco. Acabaron por enterarse de tu falta de rendimiento y de respeto en la universidad, te soltaron peroratas monumentales y te prohibieron salir. Un castigo que no tuviste la menor intención de cumplir. Habías estado tanto tiempo sin libertad que te encontrabas tan embriagada por ella como un niño en una tienda de juguetes, y ahora que la tenías y habías logrado acallar a tu conciencia no estaba en tus planes la idea de volver a ser la niña buena a la que nadie salvo su familia apreciaba.

Si antes estabas descontrolada, desde ese momento te convertiste en una fiera. Te negabas a ser domesticada de nuevo. Empezaste a reivindicar tu libertad con más vehemencia. Salvaje, te decía tu padre. Irreconocible, murmuraba tu madre cuando veía la impasibilidad con que escuchabas sus sermones.

No te importaban sus reacciones. Los odiabas, o querías convencerte de ello. Ellos, que te habían tenido dieciocho años enjaulada. Ellos, que cuando empezabas a saborear la libertad pretendían arrebatártela de nuevo.

Ellos, que se preocupaban por ti.

La cosa pasó a mayores el día que al salir de casa a la fiesta a la que te habían invitado encontraste la puerta cerrada. La llave la tenía tu padre, que te prohibió salir hasta que tuvierais una conversación en condiciones. No tardaste en escaparte por la ventana. Tu hermano te descubrió, pero no dijo nada, sin duda en busca de una complicidad que habíais perdido.

Debería haberlo hecho, ¿verdad?

Si estuvieras en condiciones de razonar, sabrías que sí. Porque aquella noche aborreciste la libertad en cualquiera de sus formas.

Aquella noche, Eric, el que tanto te había enseñado, decidió no volver a ser tu profesor. No hubo palabras tristes ni besos de despedida. Sólo una rubia despampanante y con más don de gentes del que tú podrías tener jamás colgada de su cuello. Una mirada que sirvió de adiós y una mano en el culo de su nueva alumna para comunicarte que le había gustado la experiencia.

Tienes el defecto de ser imbécil cuando te sientes herida. Y jamás te habías sentido tan humillada como entonces.

Bebiste mucho, ya sin intentar ser feliz, sólo tratando de no hundirte demasiado. Lo que habías aprendido de Eric y el rencor que se mezclaba con el alcohol hicieron el resto. Un joven bravucón que no tardó en darse cuenta de que ibas a ser presa fácil para su juego. No necesitó esforzarse ni siquiera un poco para hacerte beber de un vaso algo que quizá estaba más ácido de lo habitual.

Lo que quiera que tuviese te arrebató la capacidad de defenderte cuando quisiste parar. Mientras te follaba, ajeno a tus lágrimas, tu dolor y los débiles balbuceos en que habían quedado convertidas tus protestas, no podías dejar de odiar al joven que te estaba violando, a Eric y a ti misma a partes iguales.

En algún momento perdiste el conocimiento y navegaste a la deriva por una negrura infinita durante varias eternidades, hasta despertar en un lugar que te era por completo desconocido, sin recordar nada.

Ahora, si bien sigues sin reconocer el lugar, te has acostumbrado a él. No es tan malo cuando te habitúas. Te dan comida y bebida y pastillas que, pese a no hacerte feliz, tampoco te hunden en la miseria. Hacen que olvides a tu antiguo yo, a tu nuevo yo y a todos en general. A veces vienen personas que te suenan de algo y te hablan con suavidad, como si fueras una niña pequeña. Suelen sonreír con una sonrisa que, pese a no ser sincera, tampoco te disgusta, porque lo prefieres antes que enfrentarte a la expresión que adoptan cuando se les cae esa máscara.

Hace unos días escuchaste hablar a las dos mujeres que te traen la comida. Te costó reunir la atención necesaria para comprender lo que decían, pero finalmente lograste captar algo:

—… la pobre chica… Es muy buena. ¿Seguro que no se puede hacer nada?

—Sabes que no. Demasiado es que haya despertado del coma; por Dios, con lo que tenía en el cuerpo nadie esperaba que sobreviviese.

No entendiste mucho entonces. Poco después tuviste visita y te olvidaste de la conversación de las dos mujeres.

Y algo te dice que es mejor no recordar.


Notas de la autora: Es la primera vez que publico algo enteramente mío. Esta historia comenzó como un intento de desahogarme de mi agobio con los estudios, pero se me fue de las manos y acabó así.

¿Qué os ha parecido?