Buen día, gente!

Aquí les caigo con una nueva historia, la cual está íntimamente relacionado con el cuento "El hijo vengador". Ojalá la difruten.

¡Saludos!

EuRiv.


Justicia.

La lluvia había empezado a arreciarse; el joven de traje oscuro, a sabiendas de que debía buscar un sitio en dónde alojarse, cabalgó un poco más rápido hacia una iglesia que estaba en las afueras de Hampstead. Al ocultar a su corcel bajo el techo de la caballeriza ubicada en la parte trasera del templo, Michael Morangias entra al lugar sagrado.

Persignándose sin importarle si el templo era del rito protestante o católico, Michael se quitó la capa, la levita, el sombrero tricornio y la bufanda que cubría parcialmente su rostro para extenderlo en el banco.

- ¿Puedo ayudarle? – le preguntó de repente una voz masculina.

Morangias se volvió hacia el sacerdote que estaba parado justamente en la entrada de la sacristía y, con una sonrisa en los labios, le contestó:

- Perdone si interrumpo sus actividades, reverendo. La lluvia estaba arreciando y entré aquí para esperar a que se amaine un poco. Espero no molestarle con mi presencia.

- En lo absoluto, joven – replicó el sacerdote mientras apretaba la mano del recién llegado -. La casa de Dios es de todos.

- Lo sé…

- Ven, ven… Ven a tomar un poco de sopa caliente… Errr…

- Morangias. Michael Morangias.

El sacerdote, al escuchar el nombre del muchacho, se sobresaltó exclamando:

¡- ¿Michael Morangias?! ¡¿El Lobo de Londres?!

Michael miró al clérigo con suspicacia mientras le decía:

- Sí… Ese soy yo… Aunque no sabía que me conocieran con semejante apodo…

- Je… No todos los días un joven de poder social ascendente como tú pasa por estos lares… Ni mucho menos con la fama que pesa en tus hombros.

- ¿Fama? ¿Cuál fama?

El clérigo se echó a reír y añadió:

- Los bajos mundos te conocen como el Asesino Silencioso y en los círculos de poder te conocen como el Lobo de Londres por tu venganza contra ciertos personajes que te temen hasta ahora.

- Oh… No sabía que en los bajos mundos me conocieran ni que los aristócratas me temieran tanto– replicó el muchacho con sarcasmo.

El reverendo miró a Michael con severidad. El joven, lejos de mostrar un ligero arrepentimiento, le sostuvo la mirada como si aquello fuera la única manera de darle a entender al hombre de barbas canas que él no necesitaba que le recordara lo que es y lo que siempre será.

- Sóis muy dado a los desafíos por lo que veo, joven Morangias. Tu forma de sostener la mirada lo dice todo.

- Normalmente detesto estar sosteniendo contacto visual con la gente de Dios, reverendo; no me gusta dar una mala impresión de mí mismo estando en casa del Creador… Aunque usted puede ser la excepción, ya que usted fue el que derramó sobre mí el agua bautismal antes de que mi padrino me llevara a Boston y fue uno de mis tutores.

Ambos se echaron a reír y el reverendo, abrazando a Michael, exclamó:

- ¡Ah, muchacho! ¡Tiempo sin verte! ¡Y vaya que has crecido!

- Igual digo lo mismo, padre Ferrars.

- ¡Venid! ¡venid a tomar una copa de vino!

Ambos fueron a los aposentos del sacerdote, en donde se sentaron en una mesa con un plato de pan seco y vino. El padre Ferrars, con curiosidad, le preguntó:

- ¿Y a qué debo el honor de tu visita, Michael?

- Vine a Hampstead a buscar a alguien.

- ¿A alguien? ¿Una chica tal vez?

- No… Busco a un hombre…

- ¿Un hombre?

- Sí… A James Harlowe.

El semblante del sacerdote cambió enseguida al escuchar semejante nombre; con preocupación, le dijo a Michael:

- Espero que no estés pensando en lo que yo estoy pensando…

- Depende de lo que piense, padre Ferrars.

El hombre se levantó de la mesa y se puso a pasear un momento por la habitación; al pararse junto a la ventana, se volvió hacia el muchacho y le dijo:

- ¿Realmente lo harás? ¿Matarás a tu tío?

- No lo mataré… Pero sí lo destruiré.

- Michael… Muchacho… Esta venganza tuya ha cobrado demasiadas vidas. Por amor a Cristo, dejad que Dios se encargue del resto.

- Me gustaría hacerlo… Pero no pienso tolerar en ver cómo ese… Caballero y su cómplice se erigen lentamente dentro de la aristocracia de una manera tan impune.

- James Harlowe es un enemigo muy peligroso, Michael. Un enemigo muy astuto si tienes en cuenta los antecedentes de tu… Pasado.

- Lo sé… Sólo… Sólo me divertiré con él.

Dicho eso, se levantó y, con una sonrisa dibujada en el rostro, añadió:

- Después de todo… El tipo es mi tío… Y su cómplice es mi tía. Destruirlos socialmente será tan divertido, aunque no fácil.

El sacerdote le sostuvo la mirada mientras que Michael, poniéndose su levita, su gabardina y su sombrero, le dio un último apretón de manos y desapareció de la Casa de Dios en medio de un atardecer que parecía prometer que aquella diversión apenas inicia.