Disclaimer: Éstos niños me pertenecen a mí y solo a mí. Son parte del grupo de vástagos que tengo en mi almacén.

Fandom: Ámbito Criminal.
Pairing: Álvaro Miralles/ Cía Llorens.
Comentario de la autora:
Hola, os presento a mis chiquitines. Ellos dos pertenecen a una historia que comencé a escribir hace cosa de un año, pero nunca saqué a la luz. Una historia policíaca de hecho. Él se llama Álvaro y es un poco seco. Ella se llama Cía y es un tornado de emociones. Ella se pasa la vida chinchándolo y él gruñe y le reprende, pero realmente está coladísimo por ella. Ésta es una pequeña viñeta sobre ambos, muy angst. Porque Álvaro es muuuy angst.


Ella.

La mira desde lejos, tal vez desde demasiado lejos, porque sabe que están como a millones de kilómetros de distancia, aunque solo les separe un mísero cristal de despacho y algunas mesas dedicadas a la burocracia. Pero ella está lejos, tan lejos, que a veces piensa que si alarga la mano desde su posición se evaporará, se convertirá en polvo y el aire limpiará los resquicios de algo que, en su opinión, es similar a un sueño, un letargo.

Ella es como el verano, cálida y soleada. Su risa suena como agua del mar y sus ojos brillan como los reflejos del sol en la arena. Desprende olor a libertad, a aventura y a calidez veraniega. Tiene uno de esos andares que recuerdan a las calurosas tardes a orillas de un precipicio vacacional. Es como si toda la emoción de una aventura adolescente la constituyese y le diese cuerpo. Tiene ese éxtasis de la incertidumbre cálida y la frescura de la brisa marina. Es como la revitalización de un buen baño salado.

Él es como el invierno, frío y sombrío. Seco, como los árboles que se han visto despojados de sus hojas, osco como el ambiente depresivo de una mañana invernal y nublada. Opaco, como el cielo en los incesantes días de lluvia helada. Él es solitario, como las calles desiertas en las tardes prematuramente nocturnas, y melancólico, como cualquier momento invernal. Parece como si el hielo hubiese congelado su corazón y su semblante, que se mantienen inexpresivos y carentes de toda emoción. No conoce lo espontaneo de la calidez, y se refugia en el hermetismo del frío.

Él sabe que el invierno nunca puede tocar al verano, al igual que la luna nunca alcanzará al sol. Es algo natural, tan natural que nadie se lo cuestiona, por ello él nunca ha albergado esperanzas para con ella. Nunca ha sido hombre de muchas palabras, y siempre lo han tachado de apático. No es dado a las muestras de afecto y le irrita la vida en sociedad. Ella es todo lo que él nunca será, y sabe que por ello nunca la podrá alcanzar.

Los escasos metros que los separan parecen convertirse en caminos infinitos, y las paredes que hay entre los dos se transforman en muros de hormigón. Ella anda de un lado a otro de la comisaría, con sus propuestas y sus deducciones, con esa sonrisa que nunca se quita de encima y esas ensoñaciones que ha logrado mantener a pesar del trabajo y la conciencia que le pesa encima. Ella, soñadora y espontánea; él, cuadriculado y calculador. Es como si la vida le jugase una mala pasada. Una de tantas otras.

Piensa que es una estupidez mirarla todo el tiempo desde su despacho, protegido por las persianas que dejan ver pero no permiten que lo vean. Es una irónica metáfora de sí mismo, el que lo observa y siente todo pero nunca permite que nadie entre en su interior. No sabe cuando sucedió, y tampoco cuando se dio cuenta, pero es algo que no puede quitarse ya de la cabeza.

De pronto, alguien llama a su puerta, y él desea con todas sus fuerzas que no sea ella. Ella, que se coló en su vida sin llamar, y que nunca ha pedido permiso para entrar. Porque ella siempre hace las cosas a su manera y siempre se arriesga, vive el momento sin preocuparse en el futuro, siempre logra sorprenderlo o enfadarlo con alguna de sus jugarretas. De pronto, sin obtener su permiso, alguien entra en su despacho, y él sabe perfectamente que es ella, porque solo ella puede tener tan poca vergüenza.

—Jefe, te traigo el informe de Narcóticos —y le tira un fichero sobre la mesa.

Ella, la que nunca lleva uniforme porque no le gusta, y que lo tutea pese a sus advertencias. Es ella, la que le está haciendo perder la cabeza, una cabeza que él se había atornillado sobre el cuerpo para no descuidarla jamás.

—¿Cuántas veces tengo que decirle lo del uniforme, Llorens?

Ella, la que apoya sus manos sobre la mesa y descarga su peso sobre los brazos, lo mira con una sonrisa de niña traviesa y le contesta:

—Las que hagan falta, Álvaro.

Así, sin ningún respeto, sin ninguna vergüenza. Así es como le hace perder la cabeza. Es ella, la que cree que lo molesta pero realmente le vuelve loco, porque él siempre ha sabido cómo colocar bien las persianas para que nadie pueda ver en su interior, y mucho menos ella.

Es ella, esa que sale de su despacho dejando un resquicio cálido de verano, uno que prontamente se verá opacado por un cortante y gélido frío.


Me haríais muy feliz si me dejaseis un comentario con vuestra opinión. Va, que no cuesta nada xD

Jokerton.