Feliz domingo, mis queridos lectores.

Aquí les expongo un nuevo relato hipercortísimo que da fin a la extraña trilogía iniciada con "El Hijo Vengador", continuada con "Justicia" y que finaliza aquí mismo. Ojalá sea de su agrado.

¡Hasta luego!

EuRiv


Muerte de un lord.

En medio del profundo bosque de York, Michael Morangias sostenía la mirada de su oponente con cierto aire combativo; respirando entrecortadamente, empuñaba con fuerza la daga sangrienta con la que asestaría el último golpe de justicia. Un hombre de cabellos negros y ojos cafés oscuros, el supuesto rival de Michael, sonríe sardónicamente mientras que, con una mano en su costado herido y la otra en la empuñadura de una espada que dudaba mucho no volver a alzar, le dice:

- 22 años… 22 años que me han costado todo el esfuerzo para convertirme en un personaje importante… 22 años en donde jamás me imaginé que existieras… Tú… El hijo de mi hermana pequeña… Maldito Lovelace… Llevas su sangre en tus venas…

- Estoy consciente de eso, señor Harlowe… Llevo la sangre de un Lovelace y de una Harlowe… Algo parecido a Romeo y Julieta, sólo que sin ese romanticismo tan trágico… ¡Je! ¡Qué ironía!

El varón empezó a jugar con la daga mientras añadía:

- ¿Qué se siente estar cercano a la muerte… Tío James? ¿Qué se siente…Ser acabado por tu propia sangre? Me imagino que muy mal, ¿no?

- ¡Insolente!

- No, señor… No soy insolente… Sólo intento razonar contigo, claro, teniendo esa certeza de que tú jamás has razonado en toda tu jodida vida.

James empezó a toser sangre.

La herida era demasiado profunda, prácticamente certera. Tuvo que admitir que aquél joven de cabellos rojos como el fuego y de expresivos ojos azules claros había sido un hábil combatiente, tal vez mil veces mejor que él, el casi lord James Harlowe hijo.

No por nada se había ganado el apodo de "El Lobo de Londres", apodo que se había ganado por su paciencia parecida a la de un depredador, justamente un lobo; esa paciencia, esa habilidad de poder rastrear sin problema a sus enemigos, lo había aprendido de los Mohawk, grandes amigos y maestros suyos en conocimiento y en combate.

Habían pruebas que demostraban esas cualidades dignas de un soldado: La deshonra social y consecuente asesinato de la Madame Sinclair y sus empleadas principales; la muerte de Jeremy Tomlinson, uno de los ladrones más buscados de toda Inglaterra, cuyo cuerpo apareció colgado de la fuente de una conocida plaza de la ciudad…

Y la destrucción social de su querida hermana, Arabella Harlowe, gracias a las abrumadoras pruebas de incesto entre James y ella, pruebas irrefutables, escandalosas, puestas al descubierto en plena fiesta de sociedad gracias a su propio sobrino. Aquella destrucción fue el principal motivo por el cual la mujer, en pleno remordimiento de conciencia por sus actos, había decidido suicidarse.

Incorporándose lentamente, encaró al muchacho y le increpó:

- Tú no eres hijo de mi hermana… ¡T-tu madre jamás te habría inculcado semejante odio hacia nosotros!

- Pero ustedes sí que la odiaron bastante por el simple hecho de recibir una insignificante herencia – replicó el muchacho con una calma casi sobrenatural -… ¿O me equivoco?

- ¡F-fue un error de juventud!

Michael se empezó a reír y, negando con la cabeza, añadió:

- ¡Oh, vamos, tío! ¡¿Error de juventud?! ¡¿Odiar a tu hermana pequeña sólo por un detalle tan insignificante?! ¡¿Sólo porque al anciano de mi bisabuelo le pareció mejor darle toda la fortuna a mi madre en lugar de ti o de tu amante la odiaron hasta la muerte?!

- Somos humanos, Michael… Somos humanos y todos cometemos errores…

- Lo sé… Lo sé porque esas fueron las mismas palabras con que mi mentor me dijo hace tres años… Y sí, te adelanto que me arrepentiré de haberles matado…

- ¡Eres un hombre sin corazón!

- Al igual que tú, tío. Al igual que tú cuando decidiste poner todo tu empeño en destruir a mi madre en complicidad con Bella y obtener algo que bien pudiste haber obtenido legalmente y por las buenas… Y hasta le habrías hecho un gran favor a mi madre en ese punto… Aunque tristemente no habría podido mi tía hacer lo mismo respecto a mi padre.

James se llenó de rabia ante aquél alegato tenaz y, aunque no quisiera admitirlo, muy cierto.

Bella y él habían puesto todo su empeño en destruir socialmente a Clarissa, su hermana pequeña y heredera de tan cuantiosa fortuna dejada por su abuelo en pos de semejante objeto. Tal vez pudo haber obrado mejor si hubiera realizado algún trámite legal que les permitiera a él y a Bella tener al menos una tercera parte de la fortuna en lugar de haber iniciado toda una persecución que culminó con la ruina de la familia.

Tal vez habría instruido mejor a Bella en hacer lo que estuviera en sus manos para retener la atención de Lovelace y evitar así la desgracia que había sucedido en ambas familias si su ambición por ser alguien importante en el mundo aristocrático no se hubiera entrometido en los lazos familiares y le hubiera permitido proteger el honor familiar.

Tal vez no debió haber abogado por consentir el ingreso de Lovelace al hogar en calidad de pretendiente de Bella.

- Estás arrepentido – dijo de pronto Michael mientras suavizaba el agarre de la daga -… Lo puedo ver en tus ojos.

- ¿Y-y eso tiene alguna importancia para ti, muchacho? – replicó el noble.

- A juzgar por la situación… Tal vez… Pero prefiero que te arrepientas por ti mismo más que por mí.

- Mi-

- Ó:nen ki' wahi, ragenonou (Adiós, tío).

Dicho eso, el muchacho lanzó el cuchillo hacia un árbol y, dándole la espalda, se retiró de aquél lugar.

James Harlowe, el honorable caballero proveniente de una familia que fue en otros tiempos poderosa, sintió entonces que la muerte había hecho acto de presencia. A causa de la copiosa pérdida de sangre, sus piernas empezaron a temblar, su vista empezó a ser más borrosa a medida que un escalofrío empezaba a recorrer todo su cuerpo.

Rió.

Rió histéricamente; rió porque sabía que aquella herida solamente produciría la muerte si fuera provocada por una bala, no por un cuchillo… A menos que el arma haya sido envenenada… Lo que fue justamente el caso, ya que había sido él mismo el que la había enviado a envenenar para destinarla a Michael.

Qué patético y qué tonto de su parte.

- El crío lo sabía, claro que lo sabía… Todo este maldito tiempo lo supo… Lovelace… Has de estar orgulloso de que haya nacido tu crío… Tu hijo… ¿No es así, maldito?... ¡¿NO ES ASÍ?!

- No estoy orgulloso de lo que ha hecho, James – le replicó una voz -… Pero esto… tú te lo has buscado…

James se volvió hacia el dueño de la voz, un hombre de rostro pálido, cabello castaño oscuro largo peinado con una cola y un par de chorros en cada lado; elegantemente vestido con pantalones caqui, zapatos negros, calcetas blancas largas, una camisa blanca y un saco color azul rey con adornos dorados, el hombre miró con tristeza al moribundo mientras añadía:

- Él sólo buscaba justicia en nombre de su querida madre… Buscaba hacerles pagar por el sufrimiento que le han hecho tú, tu hermana, tu familia, Tomlison, Sinclair y sus muchachas… No estoy orgulloso de lo que hizo, pero tuvo que ser así…

El moribundo respiró entrecortadamente mientras que Robert Lovelace le daba la espalda y se marchaba del lugar hasta desvanecerse.

- ¡LOVELA-!

Las palabras se fueron de sus labios… Y su cuerpo cayó inerte en medio de la suave llovizna que empezaba a caer sobre los árboles.

James Harlowe Hijo se había ido de este mundo.