No se me puede describir como un animal. Creo que puedo crear una narración exótica de lo que realmente sucedió, sin proclamarme culpable, sin beber, sin saborear. El triunfo al sentir la muerte llegando me complacía cad segundos. Era inexplicable.

Los maestros de la escuela nos daban diferentes chances de aprender, con muchos compañeros, con pocos, explicándonos una y otra vez, repitiendo, rezongando, en fin; yo decidí ser diferente, ser el otro, aprender por mis experiencias, matar a mi modo, y no llevarme por lo que la prensa dijera, era demasiado listo, me había convertido en un experto, un ser malvado, me encantaba.

Ya iban seis minutos, me complace la idea de saber que el coro estaba llegando, que mis socios eran inferiores y yo manejaba el negocio. El ruido, los pensamientos, la lluvia ya no me molestaban. Me encontraba solo en aquella habitación, con el vaso de whisky, el humo del tabaco y la ira de una persona dañada por el tiempo maltratado.

No pensaba, no aceptaba, no podía. Mirar es fácil, para todo el mundo pero contemplar los detalles como lo hacía yo era prácticamente imposible.

Siempre lo mismo me cansaba, la gente alrededor de eso me daba gracia, me reía, me reía a carcajadas.

Me sofocaba la idea de ser uno más, de no marcar una diferencia a tan joven edad. ¿Cómo puede una persona pensar en un problema sin una solución en las manos? Era lo que me brindaba la sabiduría, el toque de personalidad, de olfato, de lujuria.

Se me puede preguntar por cientos de cosas, cuestionarme por lo que sea. Yo siempre conteste que no. Como genio, como pobre, como peón, creo que las personas no deben ceder a las barbaridades que las autoridades realmente quieren escuchar. Me rio, me sigo riendo, mientras tanto en la otra habitación un jurado intenta descifrar con mucho calor sobre mi verdadera culpabilidad o no.

Es un entretenimiento único y superficial, imposible de alcanzar, al punto de ver la frustración de los simples cerebros que intentan saber la verdad.

La canción no cambiaba, yo esperaba, observaba, una y otra vez la misma ventana por la que me miraban unos ojos despiadados, esperando el mínimo llamado para condenarme. Por drogas, asesinatos o lo que sea.

Jajá. Jamás iban a saber.

La vida había tomado tantos giros que me desconocía. Me descontrolaba internamente, pero lo había aprendido a contener. Por más suspiros que escuchara sabía bien cuando termina mi ciclo.

Tome otro trago y seguí. Una noche de mucha lluvia, una chica me había querido engañar por un poco de droga y dinero. Era una puntera, no pueden consumir, lo tienen prohibido, lo saben.

Estaba sentado en mi mesa cuando la observaba avanzar sobre futuros clientes. Dura, intratable, agresiva y desesperada. Esa no era la actitud, sin duda algo estaba haciendo mal. Y la nariz se la polvorean o los que saben mucho, o los que no lo pueden controlar por vacíos existenciales de una vida con muchos problemas.

El futuro se lo busca cada uno, así que no podía ir contra una pared, porque las escusas iban a aparecer tarde o temprano y tomando un ejemplo personal me iban a terminar convenciendo. Decidí esperar.

Los cuartos se llenaron de nicotina lentamente, los papeles se abrieron, y todos querían un poquito. Probar, experimentar, saber que es; eso es de principiante, amateur o como quieran llamarlo. Me gustaba lo grande y no los adolescentes desesperados en busca de un despiste para robar un puto trago que no era de ellos.

La puntera seguía sin convertir goles en un partido clásico, era algo fácil pero por supuesto, un billete puede más, un trago, un negocio o un saque tarde o temprano termina con un balazo en alguna cabeza y esa no iba a ser la mía.

La espere en el garaje esa noche, sobre la oscuridad, fumando, tranquilo por la sabiduría adquirida por los años de negligencia criminal. Fue en ese momento que deguste un último trago de whisky y cocaína y me dirigí directamente sobre ella, su turno había terminado.

Hablar es de tontos cuando con un arma cualquiera se asusta y te dice que va a cambiar, por lo que elegí no emitir palabra alguna. Simplemente dispare. La luna me alumbraba la mitad de la cara, mientras la otra estaba ocultando todo lo que representaba mi ser por aquellos días.

Una cabeza derramaba sangre a rolete, yo reía, reía fuertemente sin pensar en lo caliente del ambiente. Solo me quede con este recuerdo, esta idea de darme cuenta que cada vez que la miraba se me encogía el alma.

Esa noche volví a asesinar, con más experiencia, más conciencia y cero remordimiento. Fue en ese momento que cumplí. Un progreso definitivo en mis expectativas. Un dolor interminable en una familia y un pasado que quizá nunca iba a poder eliminar de mi historial.

Que cigarro interminable me fume esa noche.

Todo esto no me hacía culpable, me dormí.