Ok... Esto en sí es una locura.

De una trilogía paupérrima y pequeña de cuentos cuyo personaje principal es justamente surge el prólogo de esta historia demasiado influenciada por películas, videojuegos y literatura referente al siglo XVIII. Es más, estoy retomando algunos personajes de una novela epistolar cuyo autor tiene ya mucho tiempo de muerto y pasó a ser de dominio público...

Bueno, para empezar, esta historia está inspirada en la adaptación televisiva de la novela "Clarissa o Historia de una joven dama", del escritor británico Samuel Richardson, la cual fue publicada en 1748, y es considerada como la novela más larga en cuanto a extensión (casi cerca del millón de palabras en sólo 9 volúmenes... El tipo realmente estaba inspirado), lo que casi lo ubican como una lectura obligada de no ser por semejante extensión.

Advierto que no he terminado de leer la novela por entero (sí, logré obtenerla vía iPod y está en su idioma original), aunque investigué un poco sobre ella al respecto en páginas académicas y no tan académicas. En fin, sin más qué decir, aquí les dejo con esta historia surgida de mi más loca imaginación.

Hasta luego!

EuRiv.


Morangias.

El Lobo de Londres.

Prólogo.

Londres, Inglaterra, invierno de 1748.

Un grito convertido en llanto salió de la celda.

John Belford detuvo su paso al escucharlo; su corazón se oprimió mientras escuchaba el llorar de un infante que acababa de entrar a un mundo despiadado sin lugar para los débiles. Sosteniendo con fuerza su bastón, el antiguo libertino supo entonces lo que debía de hacer desde el momento en que entrara a la celda-habitación en donde se hallaba ella, la mujer a quien admiraba y respetaba, moribunda en su lecho angosto…

Y sonriendo por primera y última vez a su único hijo recién nacido en brazos.

- Hijo mío… - susurró la mujer de cabellos rubios con debilidad.

En un suspiro, la fuerza con la que estrechaba el abrazo al pequeño bulto viviente se fue… Y la mujer, con una sonrisa serena dibujada en el rostro, cerró los ojos para siempre.

Los presentes en aquella habitación se persignaron por respeto al eterno descanso de su alma. La comadrona, con el bebé en brazos, se dispuso a marcharse para dejarlo en un orfanatorio, pero Belford le bloqueó el paso y le dijo:

- Deme al bebé.

La partera iba a protestar, pero el hombre no le dio la oportunidad, puesto que le arrebató al recién nacido de sus brazos y, sin tiempo qué perder, les dijo a los testigos:

De esta habitación no saldrá jamás ninguna palabra respecto al nacimiento de este niño. Limpien toda evidencia y entreguen el cuerpo de la madre a la familia.

- ¿Qué hará con el niño? – le cuestionó una mujer.

Belford miró atentamente al varoncito, quien lloraba por un poco de alimento y por el calor de su madre fallecida; volviendo su mirada hacia la mujer, le respondió:

- Me lo llevaré lejos de aquí.

Dicho eso, arropó con su capa al bebé y, dándoles la espalda, se marchó de la habitación con el marido de la mujer, quien le decía:

- ¿Por qué se lo llevará, señor Belford? ¿No sería mejor llevárselo a su padre?

Belford paró en seco y, volviéndose hacia su interlocutor, un hombre de complexión robusta ataviado con ropas sencillas, le respondió:

- No, señor Smith. No pienso ni de chiste llevárselo a su padre. Esta inocente criatura merece algo mejor que un padre libertino que lo encaminará por un sendero torcido y que una familia orgullosa, hipócrita y con enfermos aires de grandeza.

Sin mayor detenimiento, se despidió del señor Smith y ya se disponía a retomar su camino, pero se detuvo al toparse de bruces con una mujer de cabellos castaños claros de unos 35 años de edad ataviada un vestido color rojo escarlata y una capa color negra.

- ¡John! – exclamó la mujer al verle.

- ¡Charlotte!

Ambos se abrazaron efusivamente y se besaron.

Tras separarse, Charlotte vio al bebé y, mirando a John con asombro, le preguntó:

- ¿De dónde sacaste a esta criatura?

Belford la tomó del brazo y le susurró:

- Vayamos a mi casa. Ahí te lo explicaré con amplitud.

- ¿Por qué? No veo ningún problema en que me lo dijeras aquí…

- Cariño, el asunto es sumamente delicado… Demasiado, diría yo…

&%&%&

Charlotte Montague tarareaba una canción de cuna mientras observaba con ternura al pequeño varón de mechones castaños rojizos durmiendo plácidamente tras beber la leche materna de sus pechos. Con nostalgia, la mujer se acordó de su hija, Grace, quien había nacido muerta un mes atrás en una villa apartada de Londres por mandato de su tío, lord John Montague, duque de Pembroke; aquella pérdida supuso un dolor demasiado grande para ella, pero dicho dolor se compensaba al darle pecho al pequeño huérfano que John había traído a su casa.

Como prometida de John Belford en secreto, la joven mujer tuvo que soportar con paciencia toda clase de rumores que surgían en las altas esferas, por lo que probablemente vería venir toda una ola de chismes respecto a John y su relación con Clarissa Harlowe, la madre fallecida del niño.

Mirando a John desde su asiento, le preguntó:

- ¿Qué harás con el bebé, querido?

John no le respondió hasta que se acercó con lentitud a ella y, acariciando con un dedo la mejilla del infante, le dijo:

- Nos quedaremos con él.

- ¡¿Qué?! John… Él es el hijo de mi primo… Robert tiene que saber que es el padre de esta criatura…

- No.

- John…

- Tu primo ya ha hecho demasiado daño, Charlotte. Su madre murió al parirle, la familia de ella dudosamente le aceptará, tu tío de seguro le negará el reconocimiento apropiado… Y él, el mismo Robert Lovelace, salió huyendo como un cobarde después de haberle entregado la carta de Clarissa. Simplemente… Simplemente creo que lo mejor para el niño es que se quede con una familia que le dé el calor de un hogar, no el tormento y el estigma de ser un hijo ilegítimo.

- Entiendo…

- Además, quiero adoptarlo como hijo nuestro… En recuerdo de Grace…

Charlotte sintió las ganas de llorar.

Mirando nuevamente al recién nacido, la mujer se levantó con cuidado y, llevándolo hacia la ventana de la habitación, susurró:

- Michael…

- ¿Uhmmm?

La dama sonrió y repitió:

- Michael… Su nombre será Michael… Michael Robert… En honor a su padre… Sí… Ése será tu nombre, pequeño…

Belford no hizo más que estar de acuerdo; abrazando a Charlotte por detrás, le besó en la mejilla y le dijo:

- Gracias… Mi amor…

Repentinamente, la puerta de la habitación se abrió y entró en ella Jeremy Pickers, el mayordomo de Belford. Con voz grave, el hombre anunció:

- El caballero Robert Lovelace quiere verlo, señor Belford.

Charlotte y John se miraron mutuamente; John, con cierta reticencia, le dijo al mayordomo:

- Dile al señor Lovelace…

Charlotte mantuvo la respiración mientras se aferraba protectoramente al recién nacido.

- Que entre – concluyó John.

- Sí, señor.

El mayordomo se retiró inmediatamente mientras que John se acercaba a Charlotte y le dijo:

- Tú y el niño no deben de ser vistos… Ve a la otra sala…

- No… No es necesario escondernos…

- Charlotte.

- No, John… Mi primo también tiene mucha culpa en sus asuntos; ¿por qué me señalaría con el dedo cuando su pecado es mucho más grande que el mío? Además… Esta criatura solamente verá a su padre por primera y única vez…

- ¡DAME A ESE NIÑO! – gritó una voz.

John y Charlotte se voltearon.

En el umbral de la habitación estaba un joven de cabellos castaños claros amarrados con un listón, ojos cafés oscuros, ataviado con un pantalón caqui, camisa blanca con corbata plisada y una casaca azul marino de corte francés. En su mano derecha sostenía un sombrero tricornio color azul oscuro mientras que en la otra sostenía una espada.

Belford, sin amilanarse, se interpuso entre Charlotte y el recién llegado diciéndole:

- Bob... Un placer verte, querido amigo mío.

- El placer es mío, Jack… Y lo sería más si tan sólo me hicieras el favor de devolverme al niño.

- ¿Al niño? ¿Te refieres al que tiene Charlotte entre sus brazos? ¿Por qué?

- Porque él… Él es mi hijo.

- Uhmmm… Sí, así es. Estás en lo cierto, Bob… Es tu hijo al que tu prima sostiene entre sus brazos… Mi nuevo hijo y protegido, debería de decir, dadas las tristes y penosas circunstancias que acontecieron recientemente.

- Lamento desilusionarte, Jack… Pero el niño viene conmigo.

Belford se encaminó hacia la pared, en donde se hallaba colgado un par de espada, y sacó una de ellas para luego presentársela ante Robert, quien le dijo:

- Jack… Por favor… No quiero pelear contigo. Sólo vine aquí a recuperar a mi hijo…

- Lo lamento, Bob, pero creo que lo mejor para el niño es que se quede con nosotros. Si te lo entregamos, sería como volver a escribir un ciclo odioso.

- Jack…

- ¡Basta! – exclamó Charlotte, quien se había acercado a nosotros con el niño llorando en brazos.

Dirigiéndose a su primo, la mujer le replicó a Lovelace lo siguiente:

- Robert, primo… John tiene razón respecto al niño. Él debe quedarse con nosotros; nosotros podemos darle el amor y el calor de un hogar… Tú podrás verlo cuando quieras y en donde quieras, pero por favor, no te lleves a Michael.

- ¿Michael? – le interrumpió Robert.

- Sí. Su nombre es Michael… Michael Robert…

John y Robert bajaron las espadas mientras que la dama se acercaba a su primo y, mostrándole al bebé le dijo:

- Míralo, primo… Míralo… No tiene nada de ti… Pero sí tiene mucho de su madre… De Clarissa.

Lovelace sintió su corazón encogerse ante el solo recuerdo de la única mujer que había amado con toda su obsesión enfermiza y con toda su alma. Mirando al niño, se quitó un guante y, acariciando la mejilla con un dedo, exclamó:

- ¡Hijo mío! ¡Mi pequeño hijo!

Charlotte se lo dio con mucho cuidado y Robert, con lágrimas en los ojos, cubrió de besos al infante; luego se volvió hacia John y, con pesar en la voz, le dijo:

- Aceptaré el trato de Charlotte… Bajo una condición.

- Di – le respondió Charlotte.

Mirando fijamente a los ojos, Lovelace pronunció estas palabras:

- Que los dos se vayan de aquí esta noche a América.

Con sorpresa y extrañeza, Belford inquirió:

- ¿Por qué, Bob? Yo… Bueno, al menos yo no veo tanta necesidad de irme hasta las colonias… Y Charlotte tampoco.

Meciendo al recién nacido, Lovelace le explicó:

- Has dicho a los que presenciaron el nacimiento del bebé que no dijeran nada al respecto, ¿no es así?

- Casi nada – respondió Belford -… Tú te enteraste de ello gracias a alguien…

- Sí… Por el doctor. Él me dijo que… Que Clarissa murió en paz… Y eso es señal de que la seguridad del niño no está para nada garantizada.

- ¿Qué quieres decir con eso, Bob?

Dirigiéndose hacia la ventana, Lovelace añadió:

- Que los Harlowe irán a por el niño en cualquier momento si se enteran de su existencia.

- Dudo mucho que los Harlowe reconozcan al niño como legítimo – intervino Charlotte.

- Pero lo harán teniendo en cuenta la inmensa fortuna que su madre tenía estando viva.

- Eso es imposible. La fortuna está intestada; su riqueza será repartida entre los distintos orfanatorios en estos días. Por lo tanto, Michael no es heredero legal.

- Pero James Harlowe impedirá aquella acción si se enterara de la existencia del niño – añadió John-. Incluso hará algún arreglo legal para nombrar al niño como nuevo heredero universal de los bienes de John Harlowe y deshacerse de él cuando ya no le sea útil.

- Así es… Por eso quería llevármelo a Italia por un tiempo… Pero me temo que realmente no será así.

Le dio al bebé un beso en la frente y susurró:

- Hijo mío… Cuídate… Eres fuerte… Tan fuerte como tu amada madre… Si sobrevivo al duelo, iré a verte… Te llevaré regalos… Seré un buen padre para ti…

Entregándolo a Charlotte, concluyó:

- Desháganse de sus bienes, junten todo el dinero y váyanse de aquí… Cuiden a Michael durante mi ausencia…

Dicho eso, besó la frente de su prima y abrazó a John, quien le dijo:

- Morden es muy conocido por sus habilidades con la espada.

- Lo sé… Por eso te pido que cuides a Michael… Y le des el hogar que tal vez pude haberle dado de no haber pasado todo esto…

Con una sonrisa queda, Robert Lovelace, el famoso libertino más codiciado de Londres, se marchó del hogar de los Belford…

Y se encaminó hacia la muerte.