IX.

Un encuentro.

Un jovencito de 13 años caminaba tranquilamente por las calles de Whitechapel; con una sonrisa en el rostro, el chico pasaba de vez en cuando su mano sobre los bolsillos de su pantalón.

Hace unos momentos, Nathaniel Crane había robado una bolsa de piel de tamaño mediano con 50 monedas de una guinea como contenido. Un robo demasiado importante, según él, ya que esa cantidad de dinero sería suficiente para sacar adelante a su hermana pequeña de 10 años, Marianne.

Entrando a una de las casas abandonadas de la vecindad, el chico saludó a varios compañeros suyos, quienes le preguntaron:

- ¿Cómo te fue?

- ¡Me fue de maravilla! – respondió el chico mientras abría su saco para sacar los objetos robados - Hoy junté tres relojes de oro y una bolsa con cincuenta guin-

Se detuvo un momento.

Uno de los chicos, quien parecía ser el líder de la banda, le preguntó:

- ¿Qué sucede, Nat?

- ¡Los relojes! ¡No están!

- ¡¿Qué?!

- ¡Los relojes! ¡No están en mi saco!

- Pero al menos tienes la bolsa con los cincuenta guineas, ¿no es así?

El muchachito registró su saco, ante lo cual suspiró aliviado al ver que no había perdido la bolsa con el dinero.

- ¡Gracias a Dios! – exclamó mientras la abría para vaciar su contenido - ¡¿Pero qué carajo?!

En aquella bolsa no había más que unas diez monedas de una guinea cada una y cuarenta piedras pequeñas. Aquello dejó enmudecido al muchachito mientras que el líder de la banda estalló de la risa exclamando:

- ¡Parece ser que el infeliz al que le robaste la bolsa te arrebató algo en retorno!

- ¡Pero eso es imposible! – replicó Nathaniel molesto - ¡Juro por Dios que yo mismo palpé la bolsa antes de robarla, Warren!

- Pues creo que la persona salió más que habilidosa, mi querido aprendiz.

- ¡No soy un aprendiz!

- Lo eres desde el mero hecho de que no has logrado perfeccionar la técnica de no ser detectado por la víctima – intervino una jovencita de 14 años-, y a eso debemos agregarle el hecho de que te dejaste robar al mismo tiempo.

Nathaniel chirrió los dientes por la molestia y frustración que significaba el sentirse burlado. Empezó a preguntarse entonces cómo el hombre de la levita café que había pasado a su lado pudo hacerse de los relojes sin siquiera sentirlo; es más, empezó a preguntarse cómo pudo haberse dejado engañar de una manera tan "cruel".

Ser ladrón no era nada fácil ni mucho menos juntar las quinientas libras que necesitaba con premura para sacar a su hermana pequeña del burdel y llevársela de Londres hacia las Colonias, en donde se asentaría y trabajaría duramente para mantenerla y verle casada con un buen hombre.

Desde que murió su madre hace cinco años, la vida de ambos hermanos era un completo desastre; el padre de ambos los había abandonado para irse con otra mujer apenas muerta su madre. No teniendo un familiar cercano o lejano que los cuidara, fueron enviados a un orfanatorio del cual huyeron un año después.

Dos años después de mendigar por las calles, entró trabajar en una imprenta; la paga era una bicoca, pero trataba de ahorrar lo que podía para comprar algo de pan y pagar la renta. Tristemente no duró en aquél trabajo, ya que todo había subido drásticamente con motivo de la guerra con Francia y la imprenta, por lo consiguiente, había quedado en la ruina.

Aquél suceso terminó por hacerlo decidir en convertirse otra vez en mendigo y en ladrón de poca monta; ahora él vivía en una de las casas abandonadas con Marianne, quien se había quedado escondida de la vista de los extraños que intentaran hacerle daño.

- Supongo que buscas esto – dijo repentinamente una voz proveniente de las sombras de un callejón sin salida.

Nathaniel se volvió en dirección a aquellas sombras y preguntó:

- ¿Quién anda ahí?

De aquella predominante oscuridad surgió un hombre de ojos azules, cabellos castaños rojizos cubiertos con un sombrero tricornio sencillo y de vestiduras parecidas a las de un alguien de mediana clase social; en una de sus manos sostenía tres relojes de oro. Nathaniel reconoció en aquél individuo al varón de la levita café a quien supuestamente le había robado la bolsa de dinero.

- ¡Usted! – exclamó enojado.

El hombre se echó a reír a carcajadas mientras que, con desenfado, se apoyaba de lado en la pared y le preguntó:

- ¿Qué hiciste con la bolsa y su contenido?

- ¡Deme esos relojes! – exclamó Nathaniel mientras se abalanzaba encima de él.

El extraño, de un solo movimiento, le dio un rodillazo en el estómago y lo aporreó en la pared con una daga rozando delicadamente la piel de su cuello. El muchacho, asustado al sentir aquél arma tan filosa queriendo entrar en su carne, exclamó con temor:

- ¡P-pensándolo b-bien, q-quédeselo! Y-ya no, ya no lo necesito, si eso es lo que quiere preguntarme.

- Bueno… No los necesito yo tampoco. Son bonitos, pero no son de mi agrado, chico... Aunque… Creo que podemos llegar a un acuerdo si quieres que te los devuelva.

- ¿A-acuerdo? ¿D-de qué clase?

- Bien… Tú eres un ladrón de poca monta, ¿no es así?

- ¡Oi-! – estuvo a punto de protestar, pero se corrigió rápidamente respondiendo: - ¡S-sí! ¡Sí, soy un ladrón!

- Uhmmm… ¿Conoces de casualidad a un tal Jeremy Tomlinson?...

- N-no lo conozco en persona, pero sí he oído hablar de él…

- ¿Ah, sí? ¿Y qué dicen de él?

- B-bueno… Dicen que él es el ladrón más buscado de toda Inglaterra. Casi siempre lo lograban atrapar, pero igual siempre salía con la suya.

- ¿Por qué?

- P-porque él… Él tenía amigos aristócratas.

- Mmmm… Interesante… ¿Qué más?

- ¡Eso es todo lo que sé, señor! ¡Lo juro!

El hombre desvió la mirada por un momento y luego, enfocándola nuevamente en la del muchacho, le advirtió:

- Confiaré en tus palabras, niño… Pero si me estás mintiendo, no dudaré en hallarte y desollarte.

- ¡L-le juro que es todo lo que sé!

- Bien…

Lo soltó y le lanzó los relojes diciéndole:

- Véndelos y lárgate de este lugar… Si es que tienes los cojones para hacerlo.

Nathaniel estuvo a punto de replicarle, mas observó con temor que el hombre no traía solamente una daga; en su cinto vio que traía una espada, un arma de fuego y un hacha, lo que le hacía figurar que aquél hombre podría ser algún mercenario que buscaba a Tomlinson con quién sabe qué fin.

- Y niño – le dijo de pronto el extraño al darle la espalda -: Si yo fuera tú, huiría de Londres y me asentaría en cualquier lugar… No quisieras que tu hermana pequeña creciera en un ambiente como este.

El púber se sobresaltó mientras que el hombre, con una sonrisa, se marchó del callejón.

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- ¡¿Un mercenario está buscando a Tomlinson?! – exclamó Louis Falks, de 12 años, luego de escuchar el relato de Nathaniel - ¡Dios, eso me está sonando bien feo!

- ¡Hubieras visto las armas que tenía! – exclamaba Nathaniel mientras bebía la última gota de su sopa – Tenía en su cinto una pistola, una espada y un hacha pequeña.

- ¡¿Un hacha pequeña?! ¡Diantres!

- ¿Qué es un hacha, Nathaniel? – preguntó Marianne con inocencia.

- Uhmmm… Es… Mira, es un palo largo con una cosa filosa – respondió Nathaniel.

- Oh…

- Yo creo que hay que decirle a Warren sobre lo sucedido – comentó Louis.

¡- No! ¡De ninguna manera! ¿Y qué pasa si él se entera de que fui con el chisme? ¡Me mataría! ¡Nos mataría a mí y a Marianne!

- ¡Bah! No creo que a Warren se le ocurra ir con el chisme a Tomlinson.

- Pues yo no quiero meterme en problemas, Louis. ¡Lo único que quiero es irme de aquí bien lejos con Marianne!

- Y lo harás – le interrumpió una voz.

Los niños se voltearon a ver y Nathaniel palideció del terror enseguida al ver en el derruido umbral de la casa al hombre de hace unas horas. Louis, al notar aquella reacción, comprendió que aquél hombre joven de cabellos castaños rojizos era el mercenario, sólo que ahora podía verse con mayor claridad.

- ¡¿C-cómo… Cómo me encontró?! – inquirió el púber mientras abrazaba impulsivamente a su hermanita - ¡¿Qué es lo que quiere?!

El joven se acercó despacio al trío y les respondió:

- Los ladrones de tu edad son los más fáciles de seguir y de rastrear.

Observando detenidamente la vivienda de la pareja de hermanos, añadió:

- Este lugar es un buen escondrijo para evitar que la ley te atrape y un buen lugar para ocultar a tus seres queridos de cualquier amenaza… Hasta ahora.

- ¿Q-qué es lo que quiere? – preguntó Nathaniel.

- Bueno… Me gustaría saber si el tal Warren conoce a Tomlinson.

- ¿Por qué lo quiere saber? – preguntó Louis.

- Simple: Para saber su paradero y… Tener una buena "charla" con él.

Louis observó detenidamente las armas que el hombre portaba; Nathaniel no se había equivocado al suponer que ese sujeto era un mercenario. Las razones por las que buscaba al ladrón más famoso de Londres parecía ser más obvia, aunque decidió atreverse a preguntarle:

- ¿Va a matarlo?

Nathaniel y Marianne se sobresaltaron mientras que el hombre, con seriedad, le replicó:

- Eso es un asunto que a un chico de tu edad no debe de competerle… A menos claro que quieras ir con el chisme con el tal Warren para que él le advierta a Tomlinson de mi presencia.

- B-bueno… N-no exactamente… S-sólo es curiosidad.

- ¡Je! ¡Pues ahórrate la curiosidad para cuando llegue el momento!

Dicho eso, sacó de su levita una bolsa gorda con monedas y, asentándola encima de la mesa, les dijo:

- Por favor, comenta a Warren sobre nuestro encuentro… Y dile que le diga a Tomlinson que lo ando buscando.

Nathaniel abrió la bolsa y contempló con sorpresa su contenido.

- ¡Aquí deben de haber al menos unas 200 libras!

- 400 – corrigió el hombre mientras le daba la espalda -, y te recomiendo que lo uses para comprarle algo nuevo a tu hermanita.

El hombre estuvo a punto de marcharse, pero Nathaniel le detuvo preguntándole:

- Disculpe, señor, pero… ¿Quién busca a Tomlinson?

Un rato de silencio inundó la pequeña estancia antes de escuchar estas palabras:

- Un Lobo.

Se marchó inmediatamente mientras dejaba detrás de sí a un trío de niños completamente sorprendidos y asustados.

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- ¿Un lobo? – inquirió Jeremy Tomlinson con preocupación mientras que Jason Diggs, su mano derecha, le preguntó a Warren:

- ¿Estás seguro de que eso fue lo que dijo?

- Sí, señor Diggs – replicó Warren -. Eso fue lo que dijo el mercenario.

Tomlinson se reclinó hacia adelante.

En su semblante aparecieron el miedo y la preocupación ante la forma en que Warren pronunció aquellas últimas palabras.

No recordaba conocer a alguien con ese apodo. Peor aún, la descripción de aquél mercenario desconocido no le dejaba pista alguna de su identidad, lo que le hacía suponer que podría ser cualquiera, sea un aristócrata furioso por algún hecho del pasado o un individuo cuya hija perdió.

De lo único que sí estaba seguro era que el apodo de aquél hombre no le traía nada bueno.

Absolutamente nada bueno.