Buenas noches, mis estimados lectores!

Bueno, he estado checando esta página y el de Wattpad, donde también tengo publicada esta historia, y me voy encontrando con que en ambas esta historia ha sido visitada más de diez veces, aunque en ninguna me dejaron comentario (eso me hace pensar qué tan mala es la historia o qué tan buena es...O.o). En fin, este capítulo va dedicado a ustedes.

¡Un abrazo!

Vicka.

VI.

El juramento.

Michael caminó por el sendero solitario que lo llevaba por Glastonbury; conforme iba llegando, pudo divisar a lo lejos su punto de destino.

Su tío John le había dicho con anterioridad dónde estaba la tumba de su madre, lugar a donde él mismo planeó hacerle una visita para depositar las flores frescas que había robado del jardín de una finca cerca del lugar.

Al llegar al cementerio que estaba cerca de la iglesia, el muchacho se puso entonces a buscar con paciencia la susodicha tumba; limpiando las lápidas con sus propias manos, el muchacho decía en Mohawk la frase "Ó:nen (adiós), hermano, hermana. Descansa en paz".

Al llegar a la penúltima tumba de la antepenúltima fila, Michael empezó a derramar sus lágrimas y, con voz entrecortada, susurró:

- Ista… (Madre).

Incorporándose, se quitó el sombrero, el cual dejaba al descubierto su peinado de media cola con una pequeña y delgada trenza, símbolo de hombría entre los mohawk. Colocando las flores encima de la lápida, sacó su cuchillo y su hacha tomahawk, se puso de rodillas y, haciendo a un lado la tomahawk, empezó a arrancar el pasto con el cuchillo. Al terminar de desyerbar la tumba, tomó la tomahawk y la enterró en la tierra para empezar a cavar un poco; después dejó a un lado el arma y llevó una mano al bolsillo de su gabardina.

De ahí sacó una pluma de águila de cabeza blanca; Kanahté:hon se la había entregado antes de partir, explicándole que la pluma era símbolo del vuelo del alma del difunto hacia el Sol, el Hermano Mayor e hijo del Dios Creador, para sentarse junto con los miembros del Consejo.

Depositando la pluma en el pequeño hoyo, echó toda la tierra encima y se quedó un rato más de rodillas. De repente dijo con determinación:

- Madre… Vine aquí con un único propósito, que es el de hacer pagar a todos aquellos que te hicieron daño de una forma u otra. Vine aquí para ajustar cuentas con esa tal Madame Sinclair, Polly Horton, Sally Martin, Jeremy Tomlinson y tus hermanos, Arabella y James Harlowe. A todos y a cada uno de ellos los haré pedazos con tal de limpiar el honor que tú no tenías intención alguna de mancharlo ni de perderlo de no ser por ellos. Mi padre, Robert Lovelace, ya pagó la mayor parte de la culpa con su muerte, pero ellos… Ellos aún no lo han pagado, y lo pagarán… Sé que han pasado 20, casi 21 años desde que nací y que tú has fallecido. Sé que no vendría al caso hacer lo que en algún momento haré, pero… Al menos que Dios me permita ajustar cuentas con ellos, que Dios, la Virgen y hasta tú misma, madre, me asistan en justicia… Por eso, aquí mismo frente a tu tumba, hago este juramento: Que no descansaré hasta que ellos paguen por el daño que te han hecho, por haber mancillado tu honor de mujer y de persona, y por haberte forzado a actuar de la forma en que actuaste.

Levantándose, se puso el sombrero, y concluyó:

- Sé que estoy haciendo una locura al revivir ese aspecto del pasado, pero realmente debo hacerlo para así limpiar tu memoria y tu nombre… Porque aunque mis abuelos y tus amigos lo lamentaron, tus hermanos y tus enemigos no lamentaron tu muerte… Y si lo hicieron, les habrá durado poca la tristeza y aumentado más su furia al ver que no lograron hacerse con la herencia de mi bisabuelo.

Dicho eso, esbozó una sonrisa.

- Konoronhkwa, ista (te quiero, madre)… Gracias por traerme al mundo… Considera esta forma de hacer justicia como una forma de agradecimiento por haberme dado tu bendición de madre.

Tomando sus cosas, se dio la vuelta y se dispuso a marcharse de vuelta a la vereda que lo conduciría a Londres. No obstante, se topó frente a frente con el señor Tourville, quien al parecer lo había seguido hasta el cementerio.

- Señor Tourville – saludó el muchacho con cierta incomodidad -… ¿Qué está haciendo usted aquí?

Tourville se acercó entonces a la tumba de Clarissa y depositó encima de la tierra una pequeña flor. Michael, al ver aquél acto con sorpresa, le preguntó:

- ¿Por qué hizo eso?

El antiguo aristócrata, con tristeza y seriedad, le respondió:

- Hace 21 años… Tuve el honor de conocerla en el Convent Garden.

Michael se sobresaltó.

- ¿Usted…? ¿Usted conoció a…?

- Sí… Tu madre era una mujer muy bella. La más refinada, culta e inteligente que he visto hasta ahora… Destilaba una ingenuidad y una inocencia que jamás he vuelto a ver en ninguna otra mujer…

- Un momento… ¿Cómo… Cómo supo que ella era mi madre?

Tourville, sin prisas, sacó de su chaqueta la carta de Belford y, entregándosela al muchacho, explicó:

- Tu tío me pidió que cuidara de ti durante el viaje a Inglaterra…

Michael leyó la carta y, enfocando su mirada en Tourville, le preguntó:

- ¿Dónde conoció a mi tío?

- Muchacho… Tu tío y yo hemos sido amigos durante casi toda una vida… Y también lo he sido de tu padre.

El joven observó detenidamente al ex aristócrata; haciendo memoria retroactiva, empezó a localizar el apellido de aquél hombre de cabellos negros, ojos oscuros y de mirada penetrante…

- Usted, si mal no recuerdo, fue efectivamente un gran amigo de mi padre… Su compañero y rival en amoríos.

El aludido, con una sonrisa, replicó:

- Veo que has leído a Richardson en más de una ocasión.

- Lo suficiente como para saber que usted supuestamente se había retirado de su carrera como libertino tras el incidente de mi familia… Y digo supuestamente porque Richardson inventó el final de la historia…

- Y omitió tu nacimiento.

- Lo dice usted como si mi existencia le había sorprendido.

- Y efectivamente así fue, muchacho. Tu existencia me sorprendió… Pero lo hizo más el mero hecho de que realmente te pareces en lo físico a tu madre y en lo espiritual a tu padre.

- Yo no me parezco mucho a mi padre en ese aspecto.

- Pues le heredaste un poco de él en cuanto a riñas se refiera. Tu padre siempre andaba muy metido en riñas con todo el mundo.

- ¿Maridos y padres furiosos?

- Y tíos furiosos. La última riña fue con tu tío, James Harlowe. La razón de esa riña fue una estúpida rivalidad que habían mantenido esos dos desde siempre.

Michael se echó a reír y exclamó:

- ¡Eso no me extrañaría de él!

- Y no me extrañaría de ti esa sed de venganza tuya… En eso también le has sacado y mucho…

Ambos hombres se sostuvieron la mirada de manera mutua.

Un rato después, empezaron a caminar hacia el sendero que les conduciría a la ciudad de Londres; durante el trayecto, Michael, con curiosidad, preguntó:

- ¿Cómo era mi padre?

- Bueno… Tu padre era un hombre terriblemente atractivo. Era el seductor más empedernido que he conocido; aunque admito que yo también he sido así durante un buen tiempo, tu padre poseía una racha única de conquistas, en cuya lista estaba incluidas las hijas de las familias más poderosas de Inglaterra, mujeres de "bien" convertidas en prostitutas de lujo, mujeres viudas y casadas...

- Mi tío me dijo que tenía también muchos hijos ilegítimos.

- Hijos ilegítimos que sólo Dios sabe en dónde acabaron. Casi todos, según me comentó tu tío hace mucho tiempo, acabaron en los orfanatorios de Londres.

- ¿Por qué mi padre no hizo lo que conmigo? Digo, al menos les hacía el favor de ahorrarles muchos problemas, los que fueran que tuvieran.

- Lección número uno, muchacho: Un libertino jamás reconoce al fruto de sus relaciones ilegítimas… A menos que sea el hijo de la mujer que ama, como es tu caso.

Ambos se detuvieron en la vereda y Tourville, dirigiéndose al muchacho, añadió:

- Tu padre amó de manera insana a tu madre… Si el te viera ahora mismo, creo que se sentiría más que orgulloso.

- Creo que él habría querido que siguiera sus pasos.

- Eso lo dudo, muchacho. Más bien creo que tu padre nunca querría verte como un libertino más; te querría ver como un soldado del ejército británico, un político hábil como tu tío abuelo, lord Montague, o como un comerciante.

- ¿Por qué lo dice?

- Porque una noche tu padre, tu tío, mi buen amigo Richard Mowbray, y yo estuvimos hablando sobre cómo sería nuestra vida si estuviéramos casados. Los cuatro nunca nos concebíamos como padres de familia, ya que éramos más de las personas que gustaban degustar la carne femenina sin remordimiento… Pero tu padre… ¡Je! ¡De los cuatro, tu propio padre! Él mismo ya se había visto como padre de familia… Él mismo dijo que le habría gustado que sus hijos fueran soldados, políticos, hasta filósofos, pero no libertinos, ya que para esa última tarea estaba él.

Michael desvió su mirada con incredulidad.

Pensar que su propio padre imaginándose como jefe de familia le era demasiado extraño, ya que éste un hombre que profesaba el "amor" sin compromiso, el amor corrupto, el amor a la carne, a la lujuria, al descaro, y con una reputación bastante mala en cuanto a moralidad.

Tourville, quien observaba fijamente al hijo de su fallecido amigo, murmuró:

- En cierta forma…

El muchacho fijó sus ojos en el hombre, quien, con una sonrisa y con una mano posando en su hombro, concluyó:

- En cierta forma, tú cumpliste su deseo: No eres libertino, pero eres mejor que él en muchos aspectos… Y ten por seguro, mi joven amigo, que él estaría orgulloso de ti si te viera ahora mismo… Al igual que tu madre.

Dicho eso, Tourville se retiró de su lado exclamando:

- ¡Ven, muchacho! ¡Hay muchas cosas qué hacer si quieres cobrárselas a todos esos infelices a los que vas a ajusticiar!

Michael negó con la cabeza con una sonrisa y, cargando sus cosas, siguió a su nuevo aliado por el sendero.

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Lord John Montague, uno de los políticos más influyentes del momento y con la avanzada edad de 72 años, observaba con asombro la tumba que había ido a visitar en Glastonbury durante su caminata matutina. Acompañado de lady Patty Lennox, su sobrina y baronesa de Essex, quien también se había sorprendido de ver un ramo de rosas rojas y la tumba con una limpieza impecable, el anciano lord se volvió hacia Jeremy Lennox, quien les había alcanzado en esos momentos, y le preguntó:

- ¿Tú mandaste a limpiar la tumba, Jeremy?

El hombre, sobresaltado tanto por el estado de la tumba como por la pregunta de su afable tío político, le respondió:

- N-no, Su Señoría. Yo no he ordenado en ningún momento nada de eso.

- Tampoco creo que haya sido ese infeliz de James Harlowe o de esa mujer, Arabella – intervino Patty.

- ¿Y entonces quién pudo ser?

Patty miró atentamente la lápida con el nombre grabado de "CLARISSA HARLOWE"… Y en su memoria encontró la respuesta a la pregunta de su tío.