VII.

Mary.

- ¡Bienvenido, señor Tourville! – exclamó una mujer de complexión corpulenta, de mejillas rosadas, ojos azules chatos y de baja estatura.

- Buen día, señora Cross – replicó Tourville con una sonrisa -. ¿Cómo ha ido todo durante mi ausencia?

- Bastante bien, gracias al cielo… ¡Oh! Veo que no está solo.

Tourville se echó a reír.

Le hizo seña a Michael para que entrara a la casa y, poniéndolo frente a la mujer, lo presentó:

- Señora Cross, él es Michael Morangias. Viene de las Colonias. Michael, ella es Gertrude Cross, la dueña del hospicio.

- Señora – saludó Michael con una sonrisa mientras hacía una reverencia.

La casera le devolvió la reverencia y, con una sonrisa, le dijo:

- Me imagino que ustedes dos han de estar cansados. ¿Tiene usted en dónde quedarse, señor Morangias?

- Francamente es mi primera vez en Londres, señora – respondió Michael -. Espero no molestarle si me quedo aquí unos meses.

- ¡Oh, no hay problema! No hay ningún problema. De hecho, recientemente un inquilino acaba de dejar el cuarto. El señor Hornblower.

-¡¿Hornblower?! – exclamó Tourville – Oh, cielos… ¿Fue por lo de su madre?

- Me temo que sí. La pobre mujer falleció hace una semana.

- Dios…

- Hace un par de días que el señor Hornblower se mudó a Yorkshire para cuidar de su padre enfermo. ¡Pobre hombre!

- Lamento escuchar eso, señora – comentó Michael.

- No se preocupe, señor Morangias. Esas cosas suceden siempre… ¿Quiere que le muestre el cuarto?

- Si fuera tan amable, señora.

La señora Cross se echó a reír disimuladamente y, seguida de Michael y de Tourville, subieron a la planta alta. Deteniéndose justamente en la segunda puerta, la mujer sacó una llave de su bolsillo y, abriendo la puerta, explicó a Michael:

- El cuarto es pequeño; está amueblada solamente con una cama, un escritorio, una jofaina para lavarse la cara y, si ve usted más para allá, está la tina para bañarse.

- Me parece perfecto, señora Cross – dijo Michael mientras asentaba sus cosas junto a la ventana -. ¿Cuánto cobra de renta?

- 50 guíneas al mes.

- Excelente. ¿Tengo que dejarle algún adelanto?

- Usted es un hombre que no piensa mucho las cosas, señor Morangias.

- Cuando se tiene un asunto qué resolver, no siempre es recomendable pensar las cosas, señora Cross.

Sacando dinero de su bolsillo, el joven le entregó 50 guíneas a la mujer y le dijo:

- Aquí está el pago del primer mes, señora.

- Oh… Pero eso no era necesario. Normalmente cobro a finales de mes.

- Considérelo como el primer pago del mes – replicó Tourville con una sonrisa-. El señor Morangias vino aquí a arreglar asuntos de familia.

- Los cuales no sé en cuánto tiempo me tomará resolverlos – añadió Michael -. Usted sabe… Los típicos de toda familia.

- Oh – murmuró la señora Cross-… Entiendo… Bueno, pues… Bienvenido a Londres, señor Morangias.

- Gracias, señora Cross.

- ¡Oh! ¡Casi lo olvido! ¿Pescado o res? Es el almuerzo, por supuesto.

- Lo que usted quiera cocinar, señora – replicó Tourville -. Ahora bien, quiero preguntarle… ¿Y mi hija? ¿Está en casa?

Michael se sobresaltó disimuladamente mientras que la señora Cross, haciendo memoria, le respondió:

- Uhmmm… ¡Oh, ya recuerdo! Mary está en el barrio de Hackney. Fue a vender un libro con el señor Thomasson.

- ¡Oh, Dios! ¡No con ese infeliz pervertido!

Volviéndose hacia Michael, le preguntó:

- ¿Te piensas quedar aquí o vienes conmigo a ver a Mary?

- Iré con usted, señor Tourville.

- ¡Bien! ¡Vamos pues!

El muchacho cerró la puerta de su habitación con seguro y, con una sonrisa, se despidió de la señora Cross. La mujer, negando con la cabeza, se echó a reír quedamente.

&%&%&

- No sabía que usted tenía una hija, James – comentaba Michael mientras que James y él se abrían paso entre el gentío de la calle de Hackney.

- Realmente nadie lo sabe, Michael.

- ¿Por qué? ¿Le da vergüenza o algo así?

- No. Simplemente decidí criarla lejos de la aristocracia después de la guerra. Al menos así evito muchos incidentes con ciertos libertinos idiotas.

- ¡Je! Veo que usted no quiere que ella siga sus pasos.

- Más bien no quiero que se encuentre con que su padre fue un cornudo de primera – replicó James al dar la vuelta en la esquina.

- ¿Y su esposa?

- No tengo. Su madre fue una de mis tantas amantes; al quedar embarazada, ella me dijo que no podía tenerla debido a que pronto se casaría con un hombre rico. En respuesta a ello, le dije que no se preocupara por eso, porque yo la iba a criar… ¡Ah! ¡Aquí está!... Y está cerra- ¡¿Pero qué diablos haces?!

Antes de que el hombre dijera algo más, Michael sacó su pistola y le disparó a la puerta ante las asombradas miradas de todos aquellos que pasaban por la calle. Luego la abrió de una sola patada y, volviéndose hacia Tourville, preguntó:

- ¿Va a entrar?

- ¿Te gustan los problemas, muchacho?

Michael se cuadró de hombros mientras que Tourville entraba al establecimiento.

- ¡PADRE! – gritó una voz femenina.

Tourville se paró en seco tras ver encima de un escritorio a una jovencita de unos 18 años que estaba forcejeando desesperadamente con tal de quitarse de encima a un sorprendido hombre de unos 45 años.

- ¡ALÉJATE DE MI HIJA, MALDITO ANCIANO PERVERTIDO! – gritó el hombre al abalanzarse encima del anciano.

Michael, mientras tanto, acudió al auxilio de la joven de largos cabellos negros, ojos azules y con los vestidos semirasgados que dejaban ver su esbelta figura. La chica se abrazó férreamente a Michael, quien le preguntó:

- ¿Estás bien?

- S-sí…

- Bien…

Quitándose la gabardina, lo colocó en los hombros de la chica y le dijo:

- Cúbrete con esto y ve afuera.

- ¡¿Y qué hay de mi padre?!

- No te preocupes. Lo ayudaré. Ahora ve afuera.

La joven asintió y salió de la tienda auxiliada por los testigos, quienes intentaban tranquilizarla. Michael fue entonces hacia donde estaba Tourville, quien propinaba unos golpes salvajes a su adversario; pensando que era suficiente, tomó a Tourville por detrás y le dijo:

- ¡Es suficiente, James! ¡Déjelo!

- ¡No hasta que lo haya matado! – replicó el hombre con furia.

- ¡Matarlo no servirá de nada!

Con la ayuda de otros hombres que habían entrado a la escena para prestar auxilio, Michael logró retirar a Tourville. Después tomó del cuello al librero y, aporreándolo en la pared, le dijo en un tono sombrío:

- Escúchame bien, maldito hijo de puta. Esta va a ser mi primera y última advertencia para ti… Si te vuelvo a ver cerca de la chica o de otra mujer con esas intenciones, no dudaré en enterrar mi hacha en tu maldita cabeza… ¿Me… has… entendido?

El hombre se orinó de miedo al ver que Michael sacaba de su cinto su tomahawk y le raspaba el rostro lenta y dolorosamente, causándole un sangrado profundo.

- ¿Me has entendido?

- S-sí… S-sí, señor…

- Bien… Ahora limpia todo el desastre que causaste, cierra tu tienda y lárgate antes de que cambie de opinión y te despedace aquí mismo.

El infeliz asintió, por lo que Michael le soltó y, ante las miradas de los presentes, se marchó de la librería.

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- ¿Están los Tourville? – preguntó Michael a la señora Cross.

- Sí, señor Morangias. Acaban de llegar… ¡Por Dios, pobre muchacha! Ese viejo cochino casi la viola. Fue una suerte que usted y el señor Tourville llegaran a tiempo.

Michael sonrió y, tras despedirse de la señora Cross, subió a ver a los Tourville, quienes vivían justamente en el tercer cuarto. Por suerte la puerta estaba abierta, por lo que, al tocarla un par de veces, entró al hogar de la pequeña familia.

- ¿Está bien, James? – inquirió el muchacho al ver al señor Tourville vendándose la mano.

- Sí, estoy bien. Gracias.

- ¿Y Mary?

- Fue a cambiarse en el cuarto de baño…

- ¿Ya está tranquila?

- No del todo… Francamente estaba asustada. Lloraba mucho mientras le regañaba por ir con ese vejestorio pervertido… Por cierto, ¿qué le hiciste al infeliz? ¿Le diste su merecido?

- Más bien lo amenacé con clavarle el hacha en la cabeza.

- Uhmmm…

- Y lo dejé herido en el rostro al pasarle mi hacha en la piel.

- ¡Dios mío, Michael!

- ¿Qué? Estuvo a punto de violar a su hija, señor. Créame que después de eso, el tipo ya se habrá ido de Londres… A menos que yo quiera y fuera en su busca para matarle.

Tourville se echó a reír y, moviendo la cabeza en señal de negación, argumentó:

- Definitivamente llevas a tu padre en la sangre. Siempre listo para el primer lío que surja, aunque… No era tan aventado como tú.

De repente, salió Mary del cuarto de baño; estaba vestida con un traje sencillo color verde bosque con franjas blancas y de mangas largas hasta el antebrazo; el vestido tenía un escote discreto cubierto con una tela blanca transparente, de tal suerte que los hombres no pudieran disfrutar del todo de los "encantos" de la dama que lo portara.

Michael la contemplaba con curiosidad mientras que James se levantaba y le decía a su hija:

- Mary, te presento al señor Michael Morangias. Gracias a él te evitaste una deshonra.

- Señorita Tourville – saludó el joven.

- Señor Morangias – replicó la mujer con una leve reverencia -. M-me… Me gustaría agradecerle por su valiosa intervención. Es decir… Si usted no hubiera acudido en ayuda de mi padre y de la mía, quién sabe qué pudo haber ocurrido.

- No se preocupe, señorita Tourville…

- Por favor, llámeme Mary.

- Bien… Mary. No se preocupe por mi intervención. Simplemente le he hecho un favor a su padre de ir a su rescate.

- Uhmmm… ¿Quiere té?

- Sí, gracias.

Mary sonrió con timidez y se fue hacia la cocina a buscar un poco de té. Tourville, por su parte, le indicó a Michael que se sentara junto a él; estando ambos varones frente a frente, Tourville preguntó:

- ¿Por dónde empezarás, muchacho?

El joven de cabellos castaños rojizos, con aire pensativo, le respondió:

- Estaba pensando en recurrir a los ladrones para que ellos me den información sobre Tomlinson.

- No – replicó el ex aristócrata con la cabeza -. No te recomiendo ir directamente a la fuente; ellos jamás delatarían a su líder ni aunque tuvieran rencilla con él.

- Uhmmm… Cierto…

- Intenta con las prostitutas.

- ¿Cuáles? ¿Las de las casas de citas o las de la calle?

- Las de la calle, enfocándote en las que trabajan en el distrito del East End. Ellas son las que tienen mayor comunicación con los ladrones y con las pandillas que abundan en ese barrio de mala muerte.

- ¿Por qué no me sorprende eso?... Bien… ¿Con quién me sugiere que empiece mi investigación?

- Jane Townsend. Empieza con ella. Es la líder de un grupo de prostitutas que han estado peleadas con Tomlinson desde hace tiempo.

- Bien… Empezaré con ella… ¿Dónde la encuentro?

- Si quieres verla ahora, búscala en la taberna "Francis Drake" en el barrio de Bow. Ahí se sienta a beber con sus amigas. En las noches la puedes ver en las calles Dorset y Berners. Si quieres, puedo llevarte con ella.

- No quiero involucrarle en esto.

- Muchacho, desde que tu tío me entregó la carta, ya me metí en un asunto que francamente debería de competer más a tu padre, si es que él viviera… Por ahora, disfrutemos de una charla que no involucre venganzas y disfrutemos del té que Mary nos traerá.

- Aquí está el té – interrumpió la jovencita -. Lamento la tardanza. La señora Cross había salido a comprar las hierbas para el té.

- No hay problema, señorita Mary – replicó Michael con una sonrisa.

Mary, sonrojándose por la amabilidad de las prostitutas, se sentó junto a su padre. Tras un rato de silencio, Mary asentó su taza y le preguntó al joven Morangias:

- Díganos, señor Morangias, ¿qué asunto le trae a Londres?

- Bueno… Es un asunto bastante complicado, señorita Mary – respondió el hombre con delicadeza.

- ¿Son cosas de negocios o de familia?

- ¡Mary! – reprendió James.

- No se preocupe, señor Tourville – intervino Michael con tranquilidad -. No pasa nada… Mire, señorita Mary, el asunto que me trajo aquí es muy personal. Digamos que… Alguien cometió una injusticia en contra de una persona a quien quise mucho… Y ese alguien va a tener que apañárselas conmigo…

- ¡Oh, Dios! – exclamó la joven al captar el mensaje - ¿Usted… Usted va a retar a alguien a un duelo?

- No por el momento. Y espero no llegar a ello en mi vida.

- Me alegro.

El joven sonrió.

Asentando la taza en la mesa, se levantó y se despidió con una reverencia diciéndoles:

- Bien. Paso a retirarme. Señor Tourville. Señorita Mary. Que tengan un buen día.

- Igualmente, señor Morangias – replicó James.

Con un asentamiento de cabeza, Michael se retiró del departamento de los Tourville. Tras cerrar la puerta, Mary empezó a recoger las tazas y los platos mientras que James se levantaba para acechar en la ventana.

- El señor Morangias es un caballero – comentó la jovencita mientras limpiaba con su mandil la mesa -. Veo que es discreto con sus asuntos.

- ¿Acaso prefieres que sea un chismoso? – inquirió James mientras alzaba una ceja.

- No, padre. Solo digo que él es un buen hombre que prefiere arreglar sus cosas por la vía pacífica antes que por la vía violenta.

- Espero que por lo primero arregle sus asuntos, aunque las personas con las que tiene un pequeño pleito no sean de su naturaleza.

- Uhmmm… Ya veo…

- Mary, esta noche saldré con él hacia el barrio Bow. Te pido encarecidamente que no salgas de aquí bajo ninguna circunstancia, ni aunque ese idiota de Liam te insista.

- Está bien, padre.

James le dio un beso en la frente a su hija y la abrazó.

Algo le decía que esa noche sería una de esas noches demasiado agitadas, pero con un toque de peculiaridad.