"La libertad; una dama compleja y escurridiza, que se sumerge en las sombras y espera ser encontrada. Búscala"


Selene Gray era una muchacha hermosa, menuda, de piel tostada y ojos oscuros; típicamente isleña, exótica. Todo su cuerpo, su rostro, sus maneras, delataban el espíritu de una muchachita encantadora, perfectamente adolescente. Los dieciséis años marcaban su rostro, dándole aires de inocencia empedernida.

Selene tocaba el violín, un viejo instrumento que había salvado de morir en el olvido, al adquirirlo en una feria de antigüedades. Al poco tiempo su padre le consiguió un profesor; una mujer alta y rubia, de gran temperamento, que venía de la capital a hacer clases tres veces a la semana. Lunes, martes y viernes. Transcurridos dos años las clases ya no continuaron, quien sabe por qué.

Una nota, un suspiro, un valle de sentimientos mezclándose y danzando al aire, transmitiendo pena, ira, pasión desenfrenada. Selene hablaba a través de tu violín, y prefería hacerlo así. Nada de palabras, nada de frases superficiales. Ella se expresaba a través del lenguaje del alma, de las letras que pueden formar las melodías vibrantes salidas de las cuerdas de un viejo violín.

Un Fa, un sol, un si bemol; sus dedos viajaban, rápidos, a la velocidad de la música; a la velocidad de las emociones surgidas de un alma en pena, de un espíritu triste.

Selene no era feliz. Ni la música podía arrancarle una sonrisa de su cara deprimida; de sus labios ahogados en angustia.

Su desconsuelo reposaba en a absoluta prisión en que habitaba su espíritu. Estaba encerrada, cautiva de su destino y de un futuro predecible, sucio, truculentamente vacío. Ella deseaba ser libre, descubrir el mundo y de lo que puede ser capaz, ella quería abrir sus ojos y buscar, trazar lo que llegaría a ser. Porque ella no creía en el destino, ni en la suerte, ni en nada que la limitara.

Un día, mientras la luna iluminaba apenas el suelo húmedo, Selene abrió la ventana, tomó su bolso, su violín, y salió de su casa sin hacer el menor ruido; abrió su alma y dejó pasar el aire fresco, la pureza de un destino que ella misma iba a forjar.