Te amo: Primer capítulo

Jace llevaba ya un largo periodo en el que arrastraba la sensación de haber retrocedido en el tiempo. De repente, en un momento dado –no sabría concretar exactamente cuándo–, había recuperado las técnicas de seducción de un adolescente sin cerebro.

No tenía claras muchas cosas, pero sí el porqué de esa reacción: Shyan Nei.

Sí… Esa boxeadora de ascendencia china y con un aspecto exageradamente más joven de lo debido a sus 34 años había puesto todo su mundo patas arriba desde que se presentó por primera vez en su gimnasio.

Recordaba bien ese día hacía diez años, Jace estaba tirado perezosamente en su silla reclinable, en su despacho personal, cuestionándose por qué se habría levantado de la cama ese día –cosa que acostumbraba a hacer muy a menudo–, cuando pensó en hacer algo que no hacía prácticamente nunca y que había vuelto a hacer muchas veces después de lo que vio: bajar al gimnasio.

No se arrepintió, pues cuando hubo saltado el último peldaño se encontró justo enfrente del ring que usaban los entrenadores y pupilos del kick-boxing profesional.

No encontró ese algo que buscaba cambiar su día hasta varios segundos después, cuando hubo repasado con la mirada cada centímetro de la sala. Finalmente lo encontró: Al lado de la puerta hacia los vestuarios, charlando con la que después descubriría que era su boxeadora estrella, Andrea. Jace se quedó perplejo, pues el aspecto de Shyan era un tanto peculiar: Cabello corto y negro, con un repentino mechón de cabello que le bajaba por su sien izquierda hasta el pecho, un gran tatuaje tribal que ocupaba desde su codo derecho hasta la mejilla del mismo lado… Sin embargo, a pesar de sorprenderle mucho, no fue eso lo que más llamó su atención. A su parecer, esa boxeadora de cuerpo bien trabajado, sin pecho, y mal carácter resaltado por su potente voz –pues a pesar de intentar hablar bajo se le seguía escuchando desde la otra punta de la sala– llevaba una feminidad encima que podía ser fácilmente envidiada por cualquier mujer hermosa que se encontrara cerca.

Tardó un poco encontrar el motivo por el cual había tenido esa impresión, pero no le extrañó tenerla al descubrirlo. Esa muchacha –pues en ese momento Jace seguía creyendo que no tendría más de diecinueve años, cuando en realidad él era tres años más joven que ella– gozaba de unos rasgos extraordinarios. Labios gruesos y carnosos; ojos rasgados, brillantes y negrísimos; largas pestañas y gruesas cejas muy expresivas; rostro ovalado; nariz alargada y recta; tez muy pálida y cuello de cisne… En definitiva, era un aspecto difícil de olvidar.

Claro que, con su manera de ser, Jace no iba a permitirse no hacerse odiar en diez años por la china, ¿verdad? Ciertamente, Shyan no solo le conocía, sino que se ponía bastante agresiva cuando su jefe intentaba acercarse demasiado. Eso a Jace le divertía, pues él aprovechaba cuando la china charlaba con alguien para hacer acto de presencia, y eso normalmente provocaba que Shyan pasara de hablar moderadamente a chillarle como un chihuahua ladrando.

Y ahí estaba, de nuevo, diez años después, tirado en esa silla tras su mesa, con la cabeza echada hacia atrás para intentar dormir. Añoraba esos tiempos, en los cuales él seguía creyendo que Shyan era una chiquilla joven e inexperta, y no la mujer casada y con una hija que era. Su marido, un coronel –o un capitán, no era lo que más le importaba– de la milicia que respondía al nombre de Sean, lo que Jace denominaría "un hombre armario", albino y que, al lado de él, Shyan parecía una niñita sin carne, ni músculo, ni nada.

Eso en su momento le deprimió bastante, pero eso no significaba que fuera a tirar por la borda su objetivo de seducir a la china. Y así siguió durante dos años más…

– Jace –Se alzó una voz femenina, muy fuerte, desde la puerta del despacho.

– ¿Mh? –Saliendo de sus pensamientos la miró, Shyan le miraba imponente, como si ella fuera la jefa y no él–. Dime.

– Ya es hora de cerrar. Pírate –Ordenó la mujer, cruzada de brazos, aún con su ropa deportiva. En ese momento Jace recordó que ella también era la que se encargaba de recogerlo todo. No limpiaba, pero sí lo devolvía todo a su lugar.

– Me voy si vienes conmigo –Sonrió el hombre, guiñándole un ojo. Rió al escuchar un gruñido por parte de su interlocutora, quién frunció el ceño dispuesta a pegarle una patada.

– Cerraré esta mierda de despacho en cinco segundos. Si no estás fuera te encerraré dentro –Le comunicó llena de rabia, sacando un matojo de llaves y sacando una.

Jace volvió a reír, recogiéndolo todo de forma apresurada, y salió corriendo del despacho por los pelos, justo cuando Shyan cerraba de un portazo y giraba la llave dentro de la cerradura.

– No sé por qué me odias tanto –Le dijo a la mujer, de manera risueña mientras bajaba sin prisa los peldaños de la escalera.

– Y yo sé que sí lo sabes –Le devolvió casi al momento, siguiéndole solo por ser el único camino para volver al gimnasio–. ¿Te lo pasas bien viéndolo todo desde tu gran ventana de cristal, como si fueras un jodido Dios?

– Yo sé que en realidad no me tienes tanto asco –Rió de nuevo el hombre, dejándola pasar una vez bajadas las escaleras, y pegándole un azote en las nalgas. Shyan no le pegó, pero sí se apartó y le miró con reproche, molesta, para después alejarse andando a buen paso hacia las clases de spinning.

Allí terminaba un nuevo día, pero no con tanta pereza como normalmente, pues mañana sería viernes. No tendría mucho que hacer durante el fin de semana, pero al menos podría dormir hasta que le viniera en gana.

Caminó hasta la puerta de vidrio del gimnasio, girándose y alzando la voz hacia la dirección en la que se había ido la boxeadora:

– ¡Buenas noches, Shyan! –Ella no le respondió, pero supo que le había oído.

Cerró la puerta tras él, caminando hacia el aparcamiento al lado del gimnasio, mientras metía las carpetas y documentos en su cartera, para detenerse después al lado de su Mercedes negro y buscar las llaves. Las sacó a la par que dirigía sus ojos hacia las ventanas del gimnasio, para ver cómo se apagaban las de la sala de natación.

Volvió a sonreír. Realmente sentía que amaba a esa mujer, y también sabía –por amargo que pareciera– que nunca iba a ser suya. Suspiró sin borrar su sonrisa, abriendo la puerta del coche y sentándose en el asiento del conductor.

Clavó las llaves en el contacto y las giró causando que el motor soltara un fuerte rugido, alzando de nuevo la mirada y sorprendiéndose al ver a la china apoyada en la ventana de la sala de aerobic, que al darse cuenta de que Jace la había visto alzó un poco la mano en un gesto de despedida. El hombre amplió su sonrisa y respondió con el mismo gesto, moviendo un poco la mano. Shyan desapareció de nuevo de su vista y él la dirigió al volante del coche, sintiéndose más alegre.

Quitó el freno de mano y presionó el acelerador, saliendo del aparcamiento dejando a la muchacha y al personal de mantenimiento solos en el gimnasio.

Miró al reloj digital en la radio del coche una vez aparcó en la acera, marcaba las 23: 47. Le pareció bien. Bajó del coche, cerrándolo todo una vez tomó sus cosas, y subió a su apartamento.

Vio una película en el DVD mientras comía una pizza de champiñones con una cerveza de marca. Se fue a dormir entre 1:30 y 2:10, sabiendo que al día siguiente volvería a arrastrar sueño hasta conseguir tomarse un café solo en la cafetería del gimnasio –pues tenía la mala costumbre de levantarse con el tiempo justo de ducharse y vestirse. Y solo a veces de afeitarse–.

– ¡Hola, preciosa! –Gritó al día siguiente nada más entró por la puerta, pues Shyan siempre era la última en irse y la primera en llegar al gimnasio.

– ¡Olvídame! –Le gritó ella encima del ring, entrenando con Andrea.

Jace rió, subiendo a su despacho sin recordar que hoy tenía una pequeña reunión con el dueño de otro gimnasio por el tema de los campeonatos de kick-boxing.

Se los encontró en el despacho nada más entró, y fingió haberlo tenido presente toda la semana. Les contó sobre lo que tenía planeado y ellos a él, preguntándose también a qué luchadores pensaban presentar.

Jace lo tenía muy claro, a pesar de no habérselo dicho aún, pero sabía que su gran promesa era Andrea –aunque ella solo podría subir al ring si Shyan daba su permiso, pues era su entrenadora–. Sí… Shyan era muy buena en lo que hacía, y había llevado a Andrea a un nivel muy alto. Aun así, todos sabían que sería difícil para Andrea superar a su entrenadora, pues ella tenía muchos títulos y medallas que no todo el mundo puede conseguir.

Cuando terminó la reunión, Jace seguía pensando en el tema. Shyan se había retirado del combate al partirse la cadera en un atropello, pero tampoco quiso volver cuando se hubo recuperado por completo. Eso a Jace no le habría extrañado al ser otra persona, pues tras pasar por una lesión similar lo último que quieres es volver a pasar por lo mismo, pero Shyan era distinta. Ella amaba el kick-boxing y el boxeo tradicional, y hasta tenía varios títulos en moai-tai, así que le hizo pensar que tenía que haber otra razón por la cual no quisiera volver.

Se decidió a preguntarle, pero de una forma un tanto indirecta.

– Shyan, pequeña –Le llamó la atención una vez hubo bajado al gimnasio, recibiendo un gruñido–. ¿Qué edad tiene tu hija?

– ¿Por qué quieres saberlo?

– Solo contesta –La endereza y seriedad en sus palabras hicieron a la mujer bajar la guardia, pues eso le indicaba que era algo importante para el hombre.

– Siete años.

– ¿Cuándo hace que te partiste la cadera?

Shyan volvió a fruncir el ceño, enfadándose de repente. Se notaba en su rostro que quería decirle muchas cosas a Jace, insultarle con insultos de todos los idiomas y hasta pegarle con llaves de todas las artes marciales. Pero al final solo descargó toda su frustración contra Andrea, que con dificultad logró bloquear la mayoría de los puñetazos y patadas, pero sin poder devolver ningún movimiento debido a la rapidez y brutalidad de los golpes.

Jace se sorprendió notablemente ante esa reacción, y se puso a revisar la pregunta que le había hecho, para intentar encontrar el foco del enfado de la china. No lo encontró, y finalmente achacó eso al ciclo menstrual de Shyan.

Estuvo todo el día pensando en ese instante, y decidió acercarse de nuevo a la mujer una vez terminada la jornada. Intentó hablarle cerca de recepción, pero ella estaba hablando por teléfono.

Algo le alarmó en ella, su rostro era completamente frío e inexpresivo, y ella solía demostrar sus sentimientos a todas horas. Se acercó, poniéndole una mano en el hombro, y por primera vez ella no se apartó. No hablaba, Jace solo escuchaba murmullos del teléfono, y lo que más le alarmó fue que Shyan empezara a hiperventilar.

Jace le arrancó el teléfono de la mano, y ella solo abrió los ojos y le miró. Solo fue un instante, un único momento en el que sus ojos le pedían completo auxilio, antes de caer sin conocimiento al suelo. Se asustó horriblemente, apresurándose a arrodillarse en el suelo para ponerla boca arriba, tomando sus piernas y levantándolas a 30º en posición Trendelemburg. La miró fijamente al rostro, confiando que su reacción bastara para que su sangre circulara con normalidad. Cuando pasaron unos cuantos segundos él alargó el brazo para tomar el móvil que había tirado con anterioridad al suelo, sin soltar sus piernas, y empezó a teclear el número de emergencias.

No llegó a pulsar el botoncito verde, pues notó como Shyan fruncía un poco el ceño durante medio segundo y volvía a respirar con normalidad. Abrió lentamente sus ojos, viéndolo todo borroso, y finalmente Jace notó que ella clavaba su mirada en él. La ayudó a incorporarse, y Shyan sonrió suave al notar lo asustado que estaba el hombre. Lo abrazó con fuerza, cosa que sorprendió bastante a Jace, quien respondió al abrazo con la misma intensidad.

– Me has… salvado la vida –Murmuró ella, en su oído–. Creí que me moría…

Jace no respondió, notaba que su respiración seguía entrecortada y que sudaba abundantemente debido al susto. Se daba cuenta de que no quería perderla, simplemente le aterraba la idea. No se planteó por qué había tenido esa reacción, solo quería ponerla a salvo.

Se pusieron ambos de pie, y Jace le pasó el mechón largo de pelo detrás de la oreja, empezando a calmarse.

– ¿Estás… bien? –Preguntó por primera vez en todo el rato, mirándola como si tuviera que volver a desplomarse en cualquier momento.

– Ahora sí –Asintió lentamente, y le miró– ¿Te importaría que no me quedara hoy?

Esa pregunta le hubiera sorprendido en cualquier otro instante, pero ahora resultaba completamente comprensible.

– No te quedes. Aunque quisieras no te dejaría.

Ella sonrió con debilidad y fue algo lento hacia los vestuarios para cambiarse, y Jace solo la esperó. Esa espera se le antojó eterna, pues seguía con el temor persistente de que volviera a ocurrir. Pero no fue así, ella apareció poco después cargando su bolsa de deporte, vestida con unos tejanos, unas zapatillas de deporte y una blusa negra.

Pero lloraba. Jace se acercó y tomó sus mejillas para obligarla a mirarle, preocupado. No dejó de sollozar, se aferró a la camisa del hombro y pegó la frente a su pecho, gimoteando lastimosamente. La abrazó con fuerza quitándole el peso de la bolsa de deporte para dejarla en el suelo, creyendo que ella seguiría asustada, pero no tuvo que esperar mucho para averiguarlo.

– Ha desaparecido, Jace… –Murmuró ella–. Sean ha desaparecido en combate.

Abrió los ojos. Se sintió mal al, una parte de él, alegrarse de la noticia. Ella lloraba amargamente, y su parte egoísta reía por dentro.

– ¿Con quién está tu pequeña? –Preguntó Jace, y Shyan alzó su mirada llorosa algo sorprendida ante tal cuestión.

– Pues… con la niñera…

– ¿En tu casa? –Ella negó con la cabeza.

– Hoy se ha quedado con ella…

– Pues te llevaré a casa –Acarició su corto cabello, queriendo tratarla como una reina–. Te haré la cena y me marcharé, ¿de acuerdo? –No quería que ella pensara que quería aprovecharse de ella en ese momento tan desgraciado.

Ella asintió, sin molestarle el hecho de dejar el coche en el aparcamiento. Ya se las arreglaría el lunes para ir a trabajar.

Jace se quitó la chaqueta, pasándosela por encima de los hombros a Shyan, y tomó la bolsa de deporte. Sabía que a ella no le molestaba el frío, pero quería que cualquiera de sus necesidades quedara cubierta.

Ella se sentó en el asiento del acompañante, durante un segundo asombrándose por lo lujoso del Mercedes, mientras Jace se sentaba en el asiento del conductor. Arrancó el coche y dejó que Shyan le guiara, habiendo dejado de llorar pero sin borrar de su rostro la profunda herida que acababan de hacerle al llamarla.

Los minutos pasaron lentos, conduciendo por la autopista con la única luz de las largas del coche. Jace se mantenía en silencio para no turbar más a la mujer, y ella simplemente miraba por la ventana inmersa en sus pensamientos.

Aparcó enfrente de su casa cuando Shyan se lo indicó, saliendo apresuradamente del coche y dando la vuelta alrededor del capó, abriéndole la puerta a la china. Ella sonrió levemente ante tal galante acto, bajando del lujoso coche con cuidado para no ensuciarlo o rallarlo.

Caminaron hacia el portal del bloque de apartamentos en el que vivía Shyan con su familia, y Jace esperó pacientemente a que ella abriera la puerta. Subieron en silencio las escaleras, y mientras Jace llamó a los de mantenimiento para informarles que hoy ellos tendrían que recoger también por la parte de Shyan.

Entrando por la puerta Jace disfrutó al notar que el olor corporal que tanto adoraba de la china impregnaba ahora toda la casa. Cerró la puerta tras ellos y le quitó la chaqueta de encima, dejando la bolsa de deporte al lado del perchero y la chaqueta colgada en él.

– ¿Qué te apetece comer? –Le preguntó sin alzar mucho la voz, poniéndole las manos en los hombros desde atrás.

– No lo sé… No tengo mucha hambre…

Jace sonrió tristemente, abrazándola fuerte por encima de los brazos, sin tratar de excederse bajando por su cintura ni nada parecido.

– Prepararé pasta, entonces. Creo que los carbohidratos te sentarán bien.

– Gracias…

Seguidamente la soltó, yendo hacia la cocina sin querer que se sienta ahogada por tantas atenciones. Buscó las ollas y las bolsas de legumbres, encontrando pronto un paquete de spagghettis. Mientras dejaba que el agua hirviera volvió al salón, viendo a Shyan acostada en el sofá mirando un canal de teletienda.

– ¿Qué estás viendo? –Preguntó Jace, preocupado.

– Algo para intentar reírme… –Contestó ella unos segundos después, contemplando un anuncio de un producto para vaciar melones–. Lo explican como si fuera un invento revolucionario y que no se pudiera vivir sin él.

– ¿Cómo te encuentras…? –Preguntó, sentándose a su lado una vez ella hubo doblado las piernas para dejarle sitio.

– No sé cómo se lo voy a contar a mi hija.

Jace tragó saliva antes de hablar, pues lo que iba a decir iba a suponer una esperanza para la mujer que amaba de recuperar a otro hombre.

– Si no encontraron su cuerpo es posible que esté vivo, Shyan.

Ella le miró, sin saber muy bien si había entendido lo que le intentaba insinuar.

– Es solo que… –Prosiguió Jace–. Uno puede perderse perfectamente en un bosque, o en cualquier parte. Tal vez intentara huir y se perdió.

Fue muy amargo encontrar como un minúsculo haz de esperanza crecía en los ojos de la china, pero le alegraba ver que ella tenía una razón más para seguir adelante.

– Eso es… una locura, Jace –Murmuró Shyan, recuperando su sonrisa.

Él sonrió débilmente, y se conformó con que Shyan le abrazara bien fuerte después de eso. Se puso en pie y volvió a la cocina, siguiendo con su cocina hasta tenerlo todo listo.

Se sorprendió cuando, al estar dispuesto a poner la mesa, ésta ya la había puesto Shyan.

– No te vi entrar en todo el rato –Le dijo a la mujer una vez salió de la cocina con la pasta y el sofrito en otro plato.

– Estabas tan concentrado intentando no llorar cortando cebollas que tampoco me extraña –Le respondió al momento ella, sonriendo burlonamente.

Jace sonrió al ver que ella recuperaba su sentido del humor, apartándole una silla galantemente para permitir que la china se sentara.

– Gracias –Dijo esperando que Jace se sentara frente a ella, y rió suave en cuanto él le prohibió hacer nada y empezó a repartir la comida.

Empezaron a comer en silencio, tras un modesto "buen provecho", y así siguieron durante los cinco minutos consiguientes. A ninguno de los dos le molestaba, pero Jace se acordó de lo que quería preguntarle a la china antes de que se desvaneciera y cayera al suelo.

– Shyan –Le llamó la atención él, consiguiendo que ella le mirara mientras masticaba con la boca cerrada. Ella emitió un sonido que simulaba ser un "Dime", y que a Jace no le costó entender–. Verás, pensaba que podrías aclararme un poco la conversación que hemos tenido esta mañana…

A la mujer le costó entender, a juzgar por el hecho de que enarcó una ceja y le miró largamente parpadeando una única vez de forma muy lenta. Durante ese periodo de tres escasos segundos le dio tiempo a tragar, para después resolver sus dudas:

– No lo entiendo.

Jace tomó aire y se dispuso a ser un poco más conciso, nervioso al saber que posiblemente Shyan se enfadaría de nuevo –pues alguna razón debía haber para que se enfadara la primera vez–:

– Me refiero… ¿Te acuerdas que te pregunté cuánto tiempo hacía que te habías roto la cadera y luego la edad de tu hija? –Ella asintió, habiendo fruncido suave el ceño al entender.

– Ya veo.

– Sí… Es solo por curiosidad, pero me estaba preguntando la razón real de por qué dejaste el boxeo.

– No lo dejé –Dijo enseguida, habiendo empezado a hablar con frases cortas y un tanto defensivas.

– Lo sé, lo sé… –Murmuró Jace, tratando de ser tranquilizador, y alzó las manos en un gesto que buscaba demostrar que no intentaba atacarla–. Sabes a lo que me refiero. Y que sepas que digas lo que digas eso no cambiará la visión que tengo de ti, y no lo sabrá nadie más que yo o cualquiera al que se lo cuentes tú, ¿entendido?

Se hizo la remolona, dubitativa, y finalmente accedió en un suspiro de conformidad.

– Está bien… –Se rascó la nuca con una mano, cerrando por un momento los ojos mientras devolvía el tenedor a un lado del plato–. En realidad es una tontería, así que no te hagas muchas ilusiones, ¿de acuerdo?

Jace asintió, aunque sabía que si ese "algo" había provocado que Shyan tomara una decisión tan difícil, no debía ser algo tan tonto.

– Hace siete años que sucedió –Prosiguió ella–. En ese momento yo llevaba ocho días de retraso y había vomitado por la mañana. No le di importancia, y cometí un error al no hacerlo.

El hombre abrió un poco más los ojos, entendiendo lo que ella pretendía insinuar. Sin embargo, no la interrumpió.

– Era sábado, y decidí salir con Andrea a tomar algo por la mañana. Tuvimos que cruzar un paso de peatones, esperamos a que se pusiera en verde y abandonamos la acera. Todo normal hasta ahí. Sin embargo, el conductor de un coche estaba demasiado ocupado rebuscando en la guantera como para darse cuenta de que su propio semáforo había cambiado a rojo.

Jace asintió lentamente, tragando saliva.

– Chocó contra mí y caí al suelo. Debido al golpe él frenó y no me pasó por encima con las ruedas, para después salir corriendo del coche para socorrerme. No le guardo rencor, pero tanto Andrea como yo le chillamos un montón de barbaridades. Sentía todo el cuerpo tan adormecido que no me di cuenta que no podía levantarme.

Shyan miró a su jefe durante unos segundos, sonriendo levemente al ver que, de nuevo, esa expresión de miedo había vuelto al rostro del hombre.

– ¿Seguro que quieres que siga? –Preguntó la china, enternecida.

– Sí… –Contestó él un largo segundo después–. Pero solo si me prometes que no pasó nada peor que eso.

Ella rió una vez más, tranquilizando un poco a Jace. Siempre le tranquilizaba su risa avasalladora y un tanto burlona.

– No pasó nada peor que eso –Aclaró Shyan, repitiendo las palabras del hombre–. En el hospital me comunicaron que estaba en estado, pero que el feto no había sufrido ningún daño. Bueno, ninguno… –Ella ensanchó un poco su sonrisa, mirando arriba a la derecha, recordando eso como si hubiera sucedido ayer mismo–. Tal vez el hecho de que a mi niña no le crezca un diente tenga algo que ver.

Jace rió, aliviado de que todo fuera bien para la pequeñina.

– Sin embargo –Prosiguió la madre–, realmente fue dura la rehabilitación, y más con el peso de mi vientre. Pero ni se acercó al dolor que sufrí durante el parto.

– Pero valió la pena.

– Valió la pena –Verificó ella, riendo junto a Jace.

– ¿Pero no te pasó nada en la cadera cuando diste a luz? –Preguntó él, algo tímido al no tener mucha idea al hablar sobre mujeres.

Ella le miró durante unos segundos con los ojos como naranjas y los labios algo entreabiertos, y después se echó a reír más fuerte.

– La rehabilitación duró tres meses, ¡el embarazo nueve, hombre!

Debido a esa metedura de pata Jace se puso como un tomate, y después se echó a reír con la misma intensidad que la china.

– Aunque… –Empezó de nuevo él, después de que los dos casi se ahogaran con lágrimas en los ojos de tanto reír–. Creo que nunca me dijiste el nombre de tu hijita.

Ella sonrió, agradándole que Jace se interesara tanto por el mundo de la maternidad.

– Iris. Así se llama.

Jace también sonrió, de una forma bastante dulce.

– Es un nombre hermoso. Apuesto a que tú lo escogiste.

– Bueno… No fue en el primer nombre en el que pensamos con Sean, pero nos decantamos por mi apuesta.

El hombre se alarmó al oír el nombre del recientemente desaparecido marido de Shyan, y a pesar de que ella no había dado señales de tristeza se dispuso a cambiar de tema.

– La pasta se va a enfriar si no nos la comemos de una vez.

Ella rió de nuevo.

– ¡Cierto!

Después de esa última respuesta volvieron a dedicarse a comer, sintiéndose muy confortables en ese nuevo silencio.

Cuando terminaron de comer sus respectivos platos, repitieron raciones, y Jace se sintió muy alhagado cuando Shyan murmuró, con la boca llena, "esto está buenísimo". Pronto se terminaron toda la pasta que el hombre había preparado, y Shyan insistió en ayudarle a lavar los platos para no sentirse inútil.

Jace se marchó tranquilo, a pesar de saber que ella seguiría llorando una vez él se alejara con el coche.