Te amo: Segundo capítulo

Al día siguiente la llamó. No le fue difícil encontrar su número, solo tuvo que ponerse a rebuscar entre archivos para encontrar su currículum.

Él no la había entrevistado cuando ella se presentó para entrenadora, así que él no la conoció hasta que ella ya había empezado a trabajar ahí hacía semanas.

– ¿Hola? –Le respondió una vocecita dulce y aguda. Él dedujo que se trataría de Iris, la pequeña hijita de Shyan.

– Eh… Hola, pequeña. ¿Está tu mamá? –Preguntó con una sonrisa, enternecido por la dulzura que le inspiraba esa voz infantil.

– ¿Quién es? –Preguntó ella, tratándolo de usted. En ese momento Jace pensó que Shyan la había educado muy bien, a juzgar por esa última pregunta.

– Oh, solo Jace. Ella sabrá quién soy.

– Vale… –Dijo ella antes de dejar el teléfono –Jace supuso que sería sobre una mesa, pues el sonido que hizo al dejarlo le recordaba a la madera–. Desde su posición se escuchó la voz de la niñita a lo lejos corriendo hacia su madre en un "Mamáááá" que le hizo reír. Se escuchó su vocecita en un murmullo, pues ya hablaba sin gritar, y seguidamente unos pasos firmes acercándose.

– ¿Ya me echas de menos? –Preguntó una voz fuerte de mujer que le resultaba muy familiar. A juzgar por su tono, Jace podría jurar que ella estaba sonriendo.

– Ya ves, me tienes loquito –Ambos rieron, cómplices–. ¿Cómo te encuentras?

– Ajetreada. Trato de despistar mi mente con cualquier cosa.

– Te propongo algo.

– Dispara –Dijo ella, al momento.

– Os invito a ti y a Iris hoy al cine.

Shyan rió de buena gana, también habiendo intuido por el tono de voz del hombre que también sonreía.

– Esa es una oferta muy difícil de rechazar, Jace, pero me temo que no voy a tener más remedio que hacerlo. Por más que me duela.

Jace no lo entendió, así que se dispuso a preguntar.

– ¿Tenéis planes?

– Sí –Ella suspiró, realmente habiendo querido aceptar la oferta del hombre–. Iris tiene partido de fútbol.

Jace se sorprendió y volvió a sonreír. Era evidente que la deportividad de su madre había sido inculcada también a la pequeña.

– ¿Me dejas venir o tengo que estar apuntado en una lista?

Shyan rió a pesar de no haber entendido muy bien esa última parte, contestando al momento:

Quiero que vengas –Dijo, poniendo un inintencionado énfasis en ese quiero–. Te caerá bien, es muy buena niña.

– No lo dudo, ha salido a ti –No conocía aún a Iris, solo había cruzado un par de frases con ella, pero estaba convencido de que así era. Nadie como Shyan, es más, alguien que tenía las dotes de un entrenador de boxeo, podía malcriar a su hijo.

– Sigue sonriendo, querido, que la gasolina la vas a pagar tú.

Jace sonrió. Era la primera vez en toda su relación de conocidos que Shyan se dirigía a él abiertamente como amigos. Era triste pensar que había sido necesaria una gran desgracia para Shyan, para que él saliera un poco bien parado.

– Y… respecto a lo otro… –Empezó Jace, algo incómodo al no querer referirse a Sean y así entristecer de nuevo a la china.

– ¿Qué otro? ¿El desmayo? –El suspiro del hombre le indicó a la mujer que se refería, en efecto, a eso–. Estoy bien… No he vuelto a sentirme mareada ni nada de eso.

– Me alegro –Murmuró como respuesta, realmente aliviado.

– El partido empieza a las cuatro de la tarde.

Ese cambio repentino de tema confundió momentáneamente a Jace, pero pronto rió de nuevo.

– Bien, pasaré a buscaros entonces. ¿A cuánto está el campo de fútbol en el que va a jugar?

– Mh… –Ella dudó un poco, pero finalmente respondió–. A unos veinte minutos, diría yo.

– Entonces vendré a las tres y media, ¿te parece bien?

– Perfecto –Su tono de voz volvía a indicar que sonreía, y así siguió en las siguientes frases cuando se despidieron y colgaron.

Jace tomó aire profundamente y suspiró, sintiendo que nunca había sido tan feliz en su vida.

Aunque, si todo seguía igual, tal vez algún día se sentiría aún mejor con Shyan entre sus brazos.

Miró al reloj: las diez y cuarto de la mañana. Iba bien de tiempo. Tardaría unos treinta-y-cinco minutos en coche si iba apresurado, así que si tenía que estar a las tres y media en la puerta de su casa a las tres en punto ya tendría que estar almorzado y arreglado… Sí, estaba convencido de que no tendría problema alguno.

Aún tenía el pelo húmedo y vestía con una única toalla atada a la cintura, pues hacía escasos diez minutos que había salido de la ducha. Así que, ante eso, decidió que lo primero que haría sería vestirse.

Se dirigió hacia su habitación, terminando de abrir la entrecerrada puerta para pasar de la luz que entraba por las ventanas, en el pasillo, al tenue resplandor que se colaba entre los huecos de la persiana y que iluminaba muy parcialmente la colcha deshecha de su cama de dos plazas.

Sin pulsar el interruptor de la luz se dirigió hacia el ropero, abriendo sus puertas y tomando una camisa negra que colgaba de uno de los percheros. Cerró las puertas y profundizó más en la oscuridad de la habitación, agachándose para abrir un cajón y sacar un pantalón tejano de color azul negruzco. Seguidamente cerró el cajón y abrió otro cajón en la mesilla de noche, sacando un calzoncillo bóxer y unos calcetines al azar, para después cerrarlo de nuevo y salir de la habitación sin hacer la cama, ajustando de nuevo la puerta.

Se vistió con calma, sentándose en su lujoso sofá para ponerse los calcetines y los zapatos, de marca, para después dirigirse al baño a afeitarse y arreglarse un poco el pelo con gomina.

Se detuvo en el marco de la puerta, aún sin entrar al baño, contemplando su reflejo en el espejo, viéndose de cintura para arriba.

Él se consideraba un hombre atractivo. Y la mayoría de las mujeres –Y algunos hombres– también lo creían así. Cabello castaño y moderadamente corto, incluso con algún centímetro de más; mentón prominente; ojos oscuros bajo unas cejas anchas y expresivas… Jace era la clase de hombre que le favorecía la barba de tres días, y él lo sabía.

¿Por qué, entonces, no podía tener a la mujer que quisiera? Es decir, él tenía muchas más cualidades. Era sentimental y emotivo, sabía escuchar y razonar sin tener que llegar a las manos, sabía pedir perdón cuando era necesario y por tanto reconocer cuando ha metido la pata… La mayoría de las mujeres se desvivían por él, que, además, era rico. ¿Qué tenía ese militar que él no tuviera? Jace había pasado los años de instituto y universidad de quarterback en un equipo de futbol americano, por músculo no era.

No quería ser egoísta. De hecho, normalmente ponía a los demás por delante de su propia salud. Es más, Shyan había empezado a abrirse a él desde que su marido había desaparecido, no tenía por qué seguir sintiéndose rechazado y hacerse la víctima.

Por más malo que se sintiera al pensar eso, todo le estaba saliendo a pedir de boca.

Se desabrochó la camisa y volvió a quitársela una vez se hubo secado y arreglado el pelo, al final solo recortándose la barba sin llegar a afeitársela. Caminó hacia el cuarto de la lavadora, desplegando la mesa de planchar, y enchufando la plancha: La camisa estaba demasiado arrugada como para presentarse en casa de la china así.

Ya había terminado de plancharla y se la había puesto cuando ordenó un poco la casa, viendo el reloj marcando las dos y media cuando pasaba el aspirador. Se maldijo, guardando el aspirador de nuevo y corriendo a hacerse la comida. Tenía unos escasos treinta minutos, entonces solo tendría quince para comer contando que aún tenía que hacerse algo decente.

– Algo rápido y rico de hacer… –Se dijo a sí mismo, en voz alta, rebuscando en los estantes. Encontró un paquete de puré de patatas en fondo de uno de ellos.

Lo giró, viendo el dorso, y leyó las instrucciones fáciles para hacerlo en el microondas: perfecto.

Tomó apresuradamente un recipiente de porcelana y metió las medidas exactas de agua y leche tal y como le pedían las instrucciones, seguidamente un pellizco de sal, uno de pimienta negra, mantequilla…, remover bien, y voilà. Seis minutos en el microondas fueron suficientes para una de las recetas más fáciles y deliciosas de comida precocinada jamás inventadas.

Sonó su teléfono en el mismo instante en el que el microondas sonó alertando de que la comida estaba hecha.

– El rey de la mermelada al habla –Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza al reconocer el número de Shyan.

– ¿Ah? ¿Qué? –Preguntó la vocecita infantil y dulce que le había respondido cuando llamó un par de horas antes.

No supo aguantar la risa, carcajeándose debido a la brutal metida de pata que acababa de tener. Esa niña no iba a respetarle en la vida.

– Perdona, pequeña, creía que eras tu madre. ¿Qué sucede? –Trató de disculparse.

– Mi mamá…

Jace borró su sonrisa, confuso. ¿Qué le había pasado a Shyan?

– ¿Qué pasa con tu mamá? –Preguntó el hombre, preocupado.

– Ha caído al suelo… Está dormida.

Lo dio un vuelco el corazón, abriendo mucho los ojos.

– Escucha, pequeña, hazme caso, ¿sí? –Tragó saliva, tratando de respirar con normalidad para no alertar a Iris–. Toma las piernas de tu madre y álzalas, ¿de acuerdo? Yo iré enseguida.

– Ah… Pero…

– Hazlo, pequeña, confía en mí.

Ella colgó con rapidez, y Jace confió en que le haría caso. Salió corriendo de casa olvidando la comida, sin llevarse la chaqueta, solo las llaves del coche y las de casa.

Se metió en el coche y arrancó, conduciendo por la autopista lo más rápido que le permitían las señales de tráfico, adelantando coches a la mínima ocasión que se le presentaba. Esos minutos le resultaron eternos mientras conducía, llegando en menos tiempo de lo esperado, y bajando del coche pulsando el botón para cerrarlo mientras corría en una estampida hacia la puerta. Llamó frenéticamente al timbre, y cuando la niñita abrió la puerta entró.

Shyan estaba sentada en el suelo con una mano en la sien, aún mareada. Parecía que acababa de despertar.

– ¡Shyan! –Se lanzó al lado de la mujer, tomando sus hombros con tal vez demasiada rudeza, buscando que le mirara.

Ella resopló, mordiéndose el labio inferior, aún sin mirarle.

– Estoy bien… tranquilo –Sonrió débilmente, no le hacía falta verle para saber que parecía que le estaba dando un infarto.

– No sonrías, tonta… –Jace estaba exhausto, aliviado, pero muy cansado. Había ido todo el camino con el corazón a cien, esperando por Dios que ella no hubiera muerto.

Ella le miró, y esa profundidad azabache en sus ojos le devolvió de nuevo la calma, paulatinamente.

– Estoy bien. Iris hizo bien en llamarte.

– ¿Hizo lo que le dije? –La mujer asintió lentamente, mirando ahora a la niña, que estaba de pie aún al lado de la puerta, algo atemorizada.

Jace se sorprendió un poco de la buena mezcla que habían hecho en la niña: Tenía el pelo largo y albino, justo como su padre, y las facciones asiáticas de su madre. Bueno, la naricita no, la de Shyan era recta y larga, pero la de Iris era una bonita nariz chata y de botón.

– Cariño, acércate –Le dijo su madre, abriendo los brazos y causando que la niña arrancara a correr hacia ella para lanzarse a sus brazos con fuerza. Shyan sonrió, estrechándola fuerte–. Lo has hecho muy bien, princesa.

Jace se enterneció ante ello. Esa niña era muy valiente por actuar tan fríamente ante algo tan serio como el desmayo de una madre.

– Iris, te presento a Jace –Volvió a decirle la mujer, señalando a su jefe mientras la niñita alzaba sus rasgados ojos castaño verdoso hacia él.

– Hola… –Murmuró tímida, escondiéndose en el hombro de Shyan.

– Hola, Iris. No te imaginaba así –Rió, sin esperarse lo que la niña le diría a continuación.

– Es usted muy guapo…

Tanto Jace como Shyan se miraron mutuamente, sorprendidos, y después echaron a reír. Iris se sentía confundida ante esas risotadas, así que su madre acarició su pelo dulcemente.

– Soy irresistible para las nenas –Dijo Jace, buscando adaptar un comportamiento un tanto machista que no le pegaba para nada.

Shyan rió de nuevo y miró la hora. Eran las tres en punto.

– ¿Has almorzado? –Le preguntó, mirándole. Esa mirada le dio a entender a Jace que el motivo de su desmayo le sería desvelado cuando Iris no estuviera presente.

Él se sorprendió, dándose cuenta de que se había dejado la comida en el microondas.

– No, en realidad no… ¿Y vosotras?

– Sí, pero ha sobrado comida –Se puso en pie, sentando a Iris en el sofá–. Acompáñame a la cocina, te serviré algo.

– Te lo agradezco –Murmuró, obedeciendo.

Fueron hacia la otra punta del salón, y antes de cruzar el umbral de la puerta Jace miró hacia atrás. Iris estaba viendo la televisión como si no hubiera pasado nada. Bendita inocencia…

– Lamento que te hayas asustado –Se disculpó Shyan una vez cerró la puerta de la cocina tras ella, caminando hacia la nevera.

– Eso es lo de menos, ¿qué sucedió?

Ella dudó un poco, bajando la mirada ya con el tupperware que sacó de la nevera entre las manos.

– No es nada.

– ¿Cómo que no es…? –Empezó él, siendo interrumpido por un dedo de Shyan sobre sus labios.

– No quiero hablar de esto ahora. Tengamos la fiesta en paz.

Jace suspiró, pero no podía negarse.

– Está bien. Pero debes prometerme una respuesta.

– Te lo prometo.

Se tranquilizó, y después la abrazó con fuerza.

– Solo… intenta no darme estos sustos. Darnos –Rectificó luego al recordar la mirada atemorizada de Iris, quien no sabía si su mamá estaba bien o no.

Shyan asintió, dejándose abrazar.

– Yo no escojo desmayarme, Jace.

Él sonrió, acariciando su corto cabello mientras podía.

– Lo sé, lo siento… No he sido muy coherente.

Ella rió y se separó, metiendo las sobras del tupperware dentro de un plato, para después calentarlas al microondas.

– ¿Sigue en pie lo de llevarnos al partido?

– ¡Por supuesto! Me muero de ganas de ver como Iris le patea el trasero al equipo rival. Con la madre que tiene…

Shyan rió, solo porqué sabía que hablaba en broma.

Jace se negó a que ella intentara poner la mesa, ya que iban con el tiempo justo, así que comió con rapidez mientras la mujer le avisaba de que se iba a atragantar.

Pronto, tanto que aún no había terminado de comer, empezó a escuchar los gritos de Shyan hacia su hija ordenándole que se cambiara la ropa, y Jace se sintió muy a gusto dentro de ese ambiente tan familiar. Sentía que… bueno, que si realmente Sean había muerto y Shyan necesitaba un hombre a su lado –y rezaba para que se decantara por él–, quería cubrir las necesidades de Iris de tener un padre competente.

Abandonó el plato ya vacío sobre la encimera, justo cuando la mujer corrió dentro de la cocina nuevamente y lo sacó.

– ¡Vamos, corred, corred! ¡Que llegamos tarde! –Chilló Shyan mientras tiraba de Jace e Iris, saliendo de la casa.

Jace sonrió. Sí, definitivamente quería formar parte de esa familia como si siempre hubiera estado ahí.

Se metieron en el vehículo y Jean condujo, riendo suave cuando Iris se asombró por el lujo del coche Mercedes del hombre. Él se dejó guiar hasta el campo de fútbol, y aún no había aparcado que Iris salió corriendo del coche, emocionada por jugar.

– ¡Iris! –Shyan resopló, saliendo del coche para controlarla.

Jace, mientras, terminó de aparcar y giró la llave del contacto hacia el otro lado para apagar el motor del automóvil.

Las siguió poco después, caminando por un suelo arenoso de minúsculas piedrecitas hasta la puerta del campo, entrando y buscando a Shyan con la mirada, encontrándola en una de las gradas. Se acercó y se sentó a su lado.

– Mírala –Señaló Shyan, en una dirección concreta encima del césped del campo. Y sí, ahí estaba, una preciosa niñita de cabello albino atado en una coleta y metida en un uniforme de futbol.

– ¿Le gusta jugar a este deporte?

Ella río ante esa cuestión.

– ¿Qué si le gusta? ¡Ella lo escogió!

– Ambas tan deportivas…

Shyan le miró con un ojo entrecerrado, sin borrar su sonrisa. No entendió muy bien a qué se refería, o si se refería siquiera a algo, pero tampoco lo preguntó.

Un pitido sonó fuerte y empezó el partido. Jace se quedó gratamente sorprendido al ver que la deportividad no era lo único que Iris había heredado de su madre, sino también la competitividad.

Esa niña era un prodigio, ¡jugaba como si fuera un rayo! Robaba pelotas, corría de un lado a otro controlando el balón con sus pies como si fuera una parte de su mismo cuerpo… Era evidente lo buena que era, sobre todo cuando ella no tenía la pelota bajo su dominio, pero aun así las otras niñas del equipo insistían en pasársela.

Incluso antes de terminar la primera parte Jace sabía que ganarían. Iris era muy buena, pero el resto de sus compañeras también se dejaban la piel en ello.

Miró de reojo a Shyan, y su sonrisita de orgullo era inconfundible.

El partido terminó, y mientras ellos dos esperaban a que Iris terminara de ducharse y saliera de los vestuarios, se sonrieron de forma cómplice sin cruzar palabra. Y ahí estaba, de nuevo, ese silencio tan bien recibido entre los dos.

Cuando salieron de ahí y volvieron al coche habían sucedido dos horas, así que aún tenían tiempo para hacer más cosas. Jace se giró hacia Iris con una gran sonrisa, con más confianza al haber conseguido sacarle una risotada a la pequeña al felicitarla por el impresionante partido que la chiquilla había protagonizado en casi toda su totalidad.

– ¿Te apetecería venir al cine con tu madre y conmigo, Iris?

Shyan se sorprendió y sonrió, agradándole que haya dado ese paso, a pesar de no consultárselo antes.

– ¡Sí! –Exclamó la pequeña, emocionada, y alargando la í prolongadamente.

Los dos adultos rieron, y Jace condujo en dirección al cine. Les compró palomitas, las entradas, y las bebidas, yendo a ver una película de animación que les hizo reír bastante.

Sí, definitivamente, esas eran sus dos mujercitas, y quería cuidarlas como las reinas que eran.

Esa noche no le robó un beso a Shyan, tampoco intentó seducirla, solo lo pasaron bien y cenaron en una bocatería como lo que eran: dos adultos bien avenidos y una niña en periodo escolar.