Ladrona de cordura

No suelo escuchar a los viejos de mi pueblo. Alzhéimer, enfermedad de Parkinson, demencia senil. Achaques de la edad, problemas que convierten sus palabras en poco creíbles. El respeto hacia a ellos, por los tiempos que han vivido y yo no, por las experiencias que me faltan para tener esa extraña sabiduría en la mirada, está ahí, por descontado, pero muchos son sólo sombras de lo que eran. Sombras patéticas que lo hacen todo diez veces más lento que una persona normal y empiezan a mearse encima.

Pero no es ése el motivo de que no les haga caso. Cuentan cosas terribles. Cosas hermosas. Cosas tan inverosímiles que no pueden no ser falsas, pero al mismo tiempo hacen que algo encaje en mi interior, que las crea.

Consiguen que tema algo que ni siquiera estoy segura de creer.

Y ahora, cuando me veo obligada a prestar servicios a la comunidad en la residencia de ancianos por haber robado para pagarme mi droga, es cuando me termino de convencer de que escuchar a esos vejestorios no puede traer nada bueno.

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Es la presumida de la residencia, la que está empecinada en maquillarse aunque ya parezca más un camaleón despistado que una persona, quien narra la historia.

Dice que hace años existió una mujer tan hermosa que no existía adjetivo acorde a su belleza. Dice que ella no era la única que la odiaba por ello. Todas las mujeres lo hacían. Aborrecían su hermosura, la misma de la que ellas carecían.

Y, como los seres humanos tememos lo que nos es desconocido, ella detestaba la fealdad.

En cualquiera de sus formas. Echaba al fuego los vestidos rotos o sucios, o simplemente los que tenían algo que no le gustaba. Evitaba mirar todo lo que no fuese agradable a sus caprichosos ojos. Cortaba las flores que tuvieran un pétalo más o menos del que especificaban los libros de botánica. Todo lo que tuviese menos perfección que ella misma, según sus palabras, debía ser destruido.

A toda persona le llega la edad de amar. Incluso a alguien perfecto. Y el corazón no entiende de apariencias, ni de perfección.

Enamorarse de eso la destrozó por completo. Ella, una mujer tan bella que necesitaba nuevos adjetivos para describirla, no podía permitir que su corazón diese un vuelco cada vez que el engendro que era el panadero la miraba. Era imposible. Imposible.

Se guardó su amor para sí misma. Su hermoso rostro permaneció impasible, como si no fuese ella la que se retorcía de dolor por dentro, como si la que lloraba hasta secar sus ojos fuese otra, como si los ataques de ira en los que la cordura la abandonaba y acababa haciendo daño a todo y todos, incluyéndose a sí misma, perteneciesen a otra persona.

Ajeno a la secreta pasión que la consumía, el panadero conoció a alguien digno de él, una muchacha tan fea que salía perdiendo incluso en comparaciones con él. Alguien que buscaba la belleza en el interior. No tardaron en casarse, feos y dichosos.

La mujer hermosa enloqueció. No era justo que ella se muriese día tras día, lágrima a lágrima, mientras el culpable de su dolor era feliz con aquella cosa. Por primera vez, conoció los celos, que contribuyeron a que su corazón se emponzoñase aún más.

El día que, al ir a por dulces, su amado no se dignó a mirarla y le dio su compra distraído, de paso para besar a su esposa, fue el día en que muchos inocentes firmaron su sentencia de muerte.

La mujer comprendió que lo imperfecto no debería existir. Que ella jamás se habría enamorado del panadero si éste y su poca gracia jamás hubieran venido al mundo, que no habría enloquecido de no haber llegado aquella muchacha horrorosa.

Aquella misma noche lo hizo. Tomó un hermoso puñal de un baúl de madera con bellos grabados que había en su casa y lo contempló a la luz de la luna antes de entrar en el hogar del panadero y su esposa. Los despertó antes de matarlos y les explicó cómo iba a ser su muerte, con una calma que su dañino amor por el panadero le había arrebatado, una que no había sentido desde hacía mucho. El monólogo fue tan estremecedor, su tono tan frío, impersonal, perfecto, que el matrimonio ni siquiera gritó. Al menos, hasta que la locura reclamó su terreno unos minutos antes de que ambos se fuesen juntos al otro mundo. La mujer se hizo un corte en la muñeca, como una marca, y sonrió; luego rompió el cráneo de sus víctimas y se llevó el cerebro de uno y otra a casa.

Guardó los órganos en un cofre en el que de niña solía meter a sus muñecas. Se metió en la cama abrazada al objeto y durmió tranquila, como si los cerebros robados le devolvieran parte de la cordura que el panadero le había quitado.

Sus sueños fueron pacíficos durante una semana. Cuando los cerebros comenzaron a pudrirse, las pesadillas volvieron, peores si cabe que antes de mancharse las manos de sangre. La mujer comprendió el motivo: los gusanos que devoraban los cerebros se llevaban la cordura que éstos traían.

Durante los meses siguientes se produjeron una treintena de asesinatos en el lugar. Hombres, mujeres, niños; la mujer no hacía distinción. Eran cerebros sanos, cerebros cuerdos, y ella los necesitaba para no volverse más loca, para olvidar que la debilidad mostrada al amar fue su perdición. Además, pertenecían a gente imperfecta, gente que no merecía la bendición de la vida.

La policía la descubrió un amanecer que salía de la casa del alcalde. Tenía los brazos llenos de cortes, uno por cada asesinato. Llegaban hasta los codos. Llevaba su puñal en una mano, manchado de sangre reciente y antigua, y dos cerebros pequeños en la otra: cerebros de bebés. Más de uno vomitó de puro horror al comprender la suerte de los gemelos, de menos de un año, que allí vivían, y la alcaldesa se lanzó hacia ella antes de que nadie pudiera impedirlo. La mujer atravesó su vientre con el puñal sin inmutarse, pero ese instante de distracción hizo que los agentes se le echaran encima inmediatamente. Con todo, acuchilló a dos de ellos antes de que lograsen arrebatarle el arma que tantas vidas había quitado, que había conservado la poca cordura que le quedaba.

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No debería haber preguntado qué ocurrió al final con la mujer perfecta, porque no puedo evitar estar preocupada desde que me lo han dicho.

No ha contestado la anciana presumida, porque le ha dado una especie de ataque de nervios y se la han tenido que llevar a su habitación. Ha sido un señor de ochenta y tantos años al que el Alzhéimer pronto hará olvidar lo que me ha contado.

En el juicio por los múltiples asesinatos, la mujer fue declarada mentalmente inestable, con lo que, en lugar de ir a prisión, fue ingresada en un centro psiquiátrico. Durante unos años, estuvo demasiado drogada como para hacer algo distinto a mirarse en el espejo y pensarse perfecta, pero cuando descubrió la primera arruga en su rostro no hubo pastilla ni inyección capaz de mantenerla tranquila. Su locura, adormilada por los narcóticos, despertó de nuevo, más furiosa y salvaje que nunca, imposible ya de contener.

A las pocas semanas de aquel acontecimiento, la mujer mató a la enfermera que le llevaba la comida a golpes. Para cuando el resto del personal se dio cuenta, ella ya huía del manicomio, buscando de nuevo una cordura que jamás volvería. Pero había escarmentado, y tenía experiencia en aparentar lo que no sentía. De modo que huyó lejos, a otra ciudad, y se labró una nueva identidad. Robaba cerebros sólo cuando era totalmente necesario para no levantar sospechas, y cuidaba que sus víctimas no fuesen muy conocidas ni tuviesen relación entre sí.

No puedo negar que estoy sobrecogida. La historia da bastante mal agüero y la imaginación que siempre he tenido en demasía no ayuda. Llevo varias horas intentando dormir sin éxito, porque cuando cierro los ojos tengo que abrirlos de nuevo para comprobar que no hay ninguna loca con un cuchillo dispuesta a matarme y llevarse mi cerebro.

De todas formas, pienso, esa mujer, en caso de ser real, debe de ser ya más vieja que la que me ha contado la historia. Y con toda seguridad sé que no vendría a por mí. Nadie se acercaría por voluntad propia al piso asqueroso, lleno de jeringuillas y botellas de alcohol, en el que vivo. Es un lugar horroroso hasta para un psicópata.

Pero aun así no puedo dormir. De modo que me levanto de la cama y me dirijo a la cocina. De un cajón saco una bolsita con un polvo blanco. Sonrío; si esto no me hace tranquilizarme, no lo hará nada. Me entretengo durante los siguientes minutos en diluirlo, hervirlo y ponerlo en una jeringuilla, y cuando me pincho y la droga empieza a recorrer mi sistema circulatorio ya no siento miedo, ni siquiera inquietud. Sólo la euforia que consiguió hacerme esclava de esto.

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Los pasos no eran tan silenciosos como lo habían sido antaño, pero seguían siendo sigilosos. La persona que los daba llevaba pintada una sonrisa demente en el rostro, sabiendo que nadie la veía. Nadie podía sospechar su locura, al menos nadie que fuera a delatarla.

No le costó mucho forzar la cerradura; eran muchos años ya de experiencia. Estaba aprendiendo a aceptar la factura que le pasaba la edad ya casi sin inmutarse; de todas formas, sabía que aun siendo vieja era perfecta. Más que todos los engendros que la rodeaban, desde luego.

Escuchó ruido en la cocina y hacia allí se dirigió, con un puñal en la mano. No era el mismo con el que había asesinado por vez primera, pero la mujer, anciana ya, sabía que tarde o temprano la recuperaría. Y se llevaría el cerebro de quien se la había quitado.

Sentada en el suelo, con una jeringuilla en una mano y una sonrisa ida en el rostro, estaba la muchacha que había ido a la residencia esa tarde, a la que le había contado su historia. Tenía las piernas cruzadas y la mirada desenfocada, y al verla rio por algo que nadie salvo ella comprendió.

La mujer la miró con desagrado; era horrorosa en el más completo sentido de la palabra. Algo en su aspecto daba a entender que en otro tiempo, antes de comenzar su romance con la droga, había sido medianamente guapa. Y lo había echado a perder ella sola. Esa muchacha era detestable.

Hola—la saludó—. ¿Eres la loca de los cerebros?—se quedó con la boca abierta en una expresión patética—. No creo que me saques nada. Mis padres se dieron por vencidos hace años.

La anciana le devolvió la sonrisa. Fue un gesto frío, inhumano, despojado de todo sentimiento, infestado de locura.

Por suerte para mí y desgracia para ti, sí tienes. Y me pertenece.

Poco después, el cadáver de la muchacha se desangraba a sus pies, al igual que pierde aire un globo pinchado.

Antes de dirigir el puñal a la cabeza de la joven, la mujer miró sus brazos. Había ya tantas marcas que había perdido la cuenta de las atrocidades que había cometido. No le importaba. Todos ellos habían sido seres imperfectos, que no merecían la vida. Que no merecían la cordura.

Y la anciana, perfecta como era aun en su vejez, se hizo un nuevo corte en el brazo antes de tomar la cordura que le pertenecía, a la que nadie tenía tanto derecho como ella.