Contemos estrellas

La luz de la luna penetraba por la ventana e iluminaba el ático, la niña dormitaba en un rincón, cubierta por sábanas, con sus rizos castaños desparramados. El silencio era tan profundo que llegaba a ser sobrecogedor. La niña despertó de pronto, con el corazón acelerado y los ojos llorosos, había tenido una pesadilla. Se levantó, envolviéndose por una sábana para resguardarse del frío, se acercó a la ventana y mientras observaba a la luna las lágrimas se convirtieron en sollozos.

En otro lugar un niño de cabellos dorados manchados con tierra, apoyando la cabeza en sus brazos, también observaba el cielo, no le importaba el frío, ya estaba acostumbrado, intentaba contar las estrellas, pero solo conocía los números hasta el diez "uno, dos tres… dos veces diez…tres veces diez…", hasta que llegó al "cuatro veces diez y cinco", más conocido como cuarenta y cinco, y se quedó dormido.

El amanecer los sorprendió a ambos, a ella llorando y a él en medio de un dulce sueño, pero para ambos la salida del sol significaba que debían partir al pueblo, y, con marcadas ojeras bajo sus ojos, emprendieron el camino.

Las calles del pueblo estaban poco transitadas, los negocios apenas comenzaban a abrir y algunas mujeres con largos vestidos ya se apresuraban a hacer sus compras. Se percibía el olor a pan recién hecho y el silbido de algún transeúnte con buen ánimo.

Nadie prestaba atención a los niños, ni ellos prestaban atención a nadie; él caminaba buscando algo que comer, mirando al cielo y fantaseando con volar a las estrellas; ella avanzaba con lentitud, la vista fija en el suelo, preocupada por terminar las compras rápido e irse.

Ninguno se percató de la existencia del otro hasta que se estrellaron, ella aterrizó sentada en el piso y él, algo aturdido la miraba avergonzado.

Lo primero que ella notó al mirarlo fue su ropa desaliñada, rasgada y sucia, que no opacaba sus dulces ojos verdes; él miró unos orbes castaños cargados de miedo y los moretones en las partes de sus piernas y brazos que quedaban visibles.

—Lo siento—dijo apenado ayudándola a levantarse.

—Descuida—respondió ella e intentó alejarse rápidamente.

— ¿Qué te sucedió?—la detuvo y señaló los moretones.

—Nada—de nuevo intentó huir, pero el rubio era terco y, no conforme con la respuesta, se interpuso en su camino, la chica lo miró con desesperación—. Mi tío me pega ¿Feliz?—quiso irse nuevamente pero el chico la detuvo delicadamente por el brazo— ¡Ya déjame tranquila!

—No, si te hace sufrir tanto ¿Por qué no te alejas de él?

—No tengo a dónde ir.

—Yo tampoco, vivo en la calle pero nadie me golpea, bueno, casi nunca—él siempre había sido muy sincero, si algo pasaba por su cabeza casi instantáneamente salía por su boca. Ella, por otra parte, no podía evitar pensar que el chico que la miraba con ternura estaba totalmente loco—. Anda, yo te cuidaré—aunque ella debía estar más loca porque lo estaba considerando.

Ante la indecisión y la falta de respuesta de la niña, el rubio sujetó su mano y comenzó a caminar, ella lo siguió sin oponer resistencia, poco a poco se alejaron del pueblo por un sendero que llevaba al bosque, hasta que llegaron a una pequeña cabaña escondida entre los árboles.

—Ésta es mi casa—dijo el chico sonriente, ella observó la cabaña que parecía que en cualquier momento se caería a pedazos, sin embargo no era muy distinta a su ático.

Hablaron junto a la ventana hasta que la luna estuvo en lo alto del cielo, él le enseñaba a reír con sus comentarios, ella le enseñaba los números, y ambos contaban estrellas, felices, porque ya no estaban solos. Y cuando los venció el sueño durmieron abrazados para resguardarse del frío y la soledad, y así los sorprendió el amanecer, junto con un golpe de la puerta que los sobresaltó. Un hombre, alto y fornido, a quien la castaña no tardó en reconocer, los miraba con rabia, el niño se dispuso a enfrentarlo, inútilmente.

Nadie está seguro de qué pasó con los niños que un día encontraron llenos de sangre en la vieja cabaña del bosque, a nadie le importa demasiado de todas maneras, aunque algunos afirman que en las noches en que el cielo está despejado se escuchan dos voces infantiles que juegan a contar estrellas.