Vestigios

Necesito estar sola. No sé por qué, pero esa frase se ha repetido en mi cabeza durante todo el día. Necesito estar sola. Deseo estar sola. Para eso nací. La soledad es lo que me identifica, siempre será así. Y no sé por qué, pero lo único que deseo es no estar aquí, atada a un lugar y a una persona que no son lo mejor para mí...

Y en cuanto más pensaba, más mi mente susurraba lo mismo. Casi como si quisiera torturarme. Decía que la soledad es una barrera, lo único que me ha mantenido a salvo durante todos estos años y que si me niego a seguir así sólo obtendré dolor.

Miré hacia el cielo, mientras pedía una señal para continuar o alejarme nuevamente, pero lo único que obtuve fue silencio. La carencia de sonidos que sólo indicaba una cosa, nada. La nada que se imponía en el camino nuevamente, se burlaba de mí y se reía de mis dudas.

Las señales llegaron, sin embargo. Llegaron, pero no respondieron la pregunta. Solucionaron dudas viejas, antiguos dilemas. Pero mis sentimientos, las emociones y dudas actuales, continúan igual, sin respuesta, sin razón de ser. Lo único que se obtiene, la única voz que resuena en el ambiente es la de la conciencia. La voz que sólo sabe torturar. La voz que susurra que mi llanto es mi culpa y de nadie más. La voz que repite que yo empecé esto y que si ahora no sé como zafarme es sólo mi responsabilidad. La voz que me ordena pedir ayuda, pero no culpar a la suerte, porque ella no tomó cartas en este asunto, porque ella no me sugirió ese camino, porque ella no produjo este mar de emociones y perdición.

Una maldición escapó de mis labios, mientras veía la pantalla y rogaba que aquello no ocurriese dos veces y, para mi suerte, no fue así. Una parte de mí sonrió, pero al mismo tiempo, otra parte de mí murió un poco. Me maldije, mientras mentalmente me llamaba masoquista y quizás lo soy. Quizás siempre fue así, pero nunca quise admitirlo, pero ahora, que los caminos están cerrados y la nada bloquea cualquier posibilidad de salvación, ahora no lo puedo negar más.

Un mar de perdición, un mar de confusión alrededor mío y lo único que pude hacer fue dejar que mi mente repitiera aquella canción una y otra vez. La tonada que me describía a la perfección, a pesar de que el autor y el cantante nunca me conocieron y nunca lo harán. Suspiré con frustración cuando mi mente recalcó la idea de que, quizás, el destino o el universo estén enviándome más señales, más vestigios. Negué por un momento, mientras pensaba más científicamente, pero lo único que obtuve fue un recordatorio, una frase que aquel mismo día llegó a mí, escrita en un papel. Una frase perdida por los años y el descuido. Una frase escrita por mi puño y letra, a pesar que fue creada por alguien más. Una frase que volví a encontrar en el momento exacto en que pedía una señal: "No hay nadie que te torture excepto tú mismo".