El mejor castigo.

Bloqueo tu ataque con mi espada y te miro a los ojos.

Irradias en ellos una especie de rencor, de odio, de venganza; irradias lo que debería de irradiar en mí y no en ti. Tus manos han probado la sangre con anterioridad, pero no al nivel en que yo lo he experimentado; con tu tomahawk, el hacha de guerra, y tu daga arrebataste la vida de cuanto soldado se te cruzaba en el camino antes de llegar a mí, tu enemigo, el inglés represor, el representante de Su Majestad en las Colonias, Patria según tú…

Para llegar a mí, tu sangre, tu propio padre. Para llegar a mí y terminar con un viejo juramento que hiciste delante de la tumba de tu querida madre, la mujer que he amado y que monstruosamente le había arrebatado la vida impunemente.

A nuestro alrededor, Bunker Hill ardía en llamas con los británicos y continentales peleando entre sí, los primeros con tal de reprimir y aplacar la rebelión de los otros, quienes luchaban por la libertad.

Tú, el soldado, el Lobo Sangriento,Okwaho'yagentah:kon como te llamaron los Mohawk, parecías haber decidido en perdonarme la vida.

- Si no fueras mi padre, te habría matado desde el momento en que nos cruzamos – dijiste con rencor mientras apartabas tu tomahawk y tu daga de mi espada.

- Si no fuera tu padre, no te habría salvado la vida de ser fusilado – te repliqué.

Un soldado te atacó por detrás, pero te diste cuenta a tiempo y evadiste la punta de su mosquete. Le clavaste la tomahawk en su espalda y le cortaste el cuello en un solo movimiento; luego le arrebataste su arma y le disparaste a los británicos más próximos antes de lanzarte al ataque contra otros más con una espada como remplazo de tu daga.

Yo, mientras tanto, sentí que las lágrimas estaban a punto de salir de mis ojos.

Me acabo de dar cuenta que decidiste perdonarme la vida porque consideraste el sufrimiento en vida como mejor castigo por mis terribles faltas de la juventud vivida en libertinaje, de la juventud que arrebató inmisericorde la vida de una mujer inocente…

La vida de tu madre.