Hola, señoras, señores, niños, niñas, perros, gatos, lagartijas, lombrices y dinosaurios.

Y...ay, por dios. Éste es uno de los pocos capítulos que no tiene título relacionado con alguna canción. Me siento incómoda porque no tengo que explicarles nada ni contarles de qué se trata ninguna canción. Santo cielo, que estúpida soy xD

Bueno, en fin...ay, es realmente incómodo.

Los dejo con la lectura. ¡Disfruten y dejen revieEEeEeeEEeEeEeeEeeEws!

Sigo sintiéndome extraña. En serio.


Capítulo catorce

Somos un caso perdido


Lucy y Nick tomaron por un camino agradable que atravesaba el parque, rodeado por árboles que dejaban caer sus ojas ambarinas y rojizas festejando la futura llegada del otoño. Lucy tomó un poco de su batido de chocolate, ese que Nicholas le había comprado luego de que él le confesara que era alérgico al chocolate pero al mismo tiempo era uno de sus mayores vicios. Finalmente, Nick se había comprado uno de frutilla y Lucy le había preguntado, sorprendida, cómo podía vivir sin chocolate.

— Al principio, es difícil acostumbrarse —explicó él, con un aire pensante—. Pero después de un tiempo, logras no pensar en el chocolate todo el tiempo. —Miró el líquido amarronado que Lucy absorbía a través de su sorbete, y entreabrió la boca—. ¿Me das un poco?

— ¿Disculpa? —Lucy alejó el batido de sí—. ¿No era que no te gustaba?

Nicholas sonrió. Se había acostumbrado a ampliar más su sonrisa cuando lo hacía, aunque a los tres segundos las comisuras comenzaban a acalambrársele.

— Sólo tomaré un poco.

— Está bien —cedió la joven, y le extendió el vaso de plástico. Nicholas sorbió y al instante el precioso chocolate le hizo experimentar un cosquilleo en todo el cuerpo. Su expresión de satisfacción divirtió a Lucy, que no pudo evitar estirarse y plantarle un beso en la mejilla. Por su mente pasaban millones de cosas. Aún estaba de novia con Edward, aunque intentaba huir de cualquier tipo de contacto visual. No se atrevía a terminar con él. No conseguía el valor suficiente para hacerlo. 'Soy tu novio, estúpida', le había dicho, y había sido muy rudo con ella por el simple hecho de entrar en una banda de rock. ¿Qué haría si le decía que todo terminaba, que tenía que marcharse? Por un momento se sintió mareada y trastabilló. Logró aferrarse de un árbol y luego miró a Nicholas a los ojos. Lucía sorprendido. Luego Lucy comprendió. No me mareé por el pánico, pensó. Me mareé porque no como nada hace dos días. Se presionó el estómago y sintió sus costillas bajo la palma de su mano.

— ¿Estás...bien? —le preguntó Nicholas. Ella asintió, sorbiendo por la nariz.

— Sí, sí.

— ¿Quieres sentarte? —insistió él, tomándola por el brazo. Lucy tragó saliva y sacudió la cabeza en señal de asentimiento. Nick la guió hacia un banquito de madera, que estaba repleto de corazones e iniciales escritos con fibra o con correcto—. Parece que tuviste un bajón de presión.

— Es probable —coincidió Lucy, aunque obviamente estaba mintiendo—. Aunque también creo que tengo el estómago vacío.

Nicholas inclinó un poco la cabeza como un pájaro curioso.

— Quizá esto ayude.

Bajó lentamente la malteada y se inclinó para besarla. Esa vez fue un beso cálido, que consistía en continuos y agradables roces en los labios, pero que hacía surgir un 'algo' de ternura. Lucy sonrió de por medio y le susurró que se sentía mucho mejor, aunque era mentira, de nuevo. Él la tomó por la cara y tiró de ella para no dejar de besarla. Nicholas pensó en que era también era un vicio hacerlo, como el chocolate. Pocas veces podía resistirse a mirar esos labios finos hablar sin poder besarlos. Mierda, ¿y si caía en el amor nuevamente? La última vez, las cosas no habían terminado muy bien, aunque sí había logrado conseguir entradas gratis al cabaret los fines de semana...

— ¿En qué pensabas? —preguntó ella, sin poder resistirse a esa cara profunda y pensativa.

— En...francamente, en mi ex novia —declaró, sin temor. Lucy frunció el ceño.

— ¿Qué hay con ella?

— Fue...un desastre —sonrió Nick, recordando las miradas fijas que los tipos le clavaban a Meredith mientras ésta caminaba por la calle. Dios, esa sí que era una mujer peligrosa.

— Cuéntame. —Lucy se acomodó en su sitio—. ¿Cómo era?

— Mhm...—Nick alzó la barbilla, y la imagen de Meredith se recreó en su cabeza—. Medía alrededor del metro sesenta, tenía el cabello oscuro con abundantes rizos, casi afro, y un par de ojos grises opacos. Labios carnosos y rojos, piel pálida, nariz respingada, curvas peligrosas...muy peligrosas. Mucho pecho, piernas largas, fumadora con vicios y sin ley. Rebelde, dura, directa y corajuda. Recuerdo que...los tipos la miraban como perros hambrientos cuando iba por la calle. —No le gustaba recrear eso, la verdad. Le desagradaba por completo. Nick denotó que Lucy parecía concentrada, como si intentara crear su propia Meredith. Esa era una de las cosas que le gustaban de ella: parecía tener una mente amplia—. Estuvimos un año y medio, y terminamos porque nunca me dijo que trabajaba en un cabaret.

— ¿Es en serio? —Lucy intentó sonar divertida, pero la verdad era que el corazón se le estaba oprimiendo. Esa mujer era toda una tigresa erótica. Era todo lo contrario a ella. Cuando caminaba por la calle, tenía que ocultarse entre sus hombros por miedo a que se rieran. Si esa había logrado ser la novia de Nicholas...¿qué sería ella? Tragó el nudo de su garganta—. ¿Se llevaban bien, al menos?

— En realidad...ella podía ser muy sensual y una chica muy hermosa, pero...no demostraba nada. Simplemente no había nada que demostrar; era como una cáscara hueca. Y por otro lado estaba yo, que tengo muchas cosas dentro pero nunca las enseño. Y era como tomar dos sujetos y poner una muralla entre ellos. Sólo la rompíamos para...ya sabes —sonrió, con picardía. Lucy se echó hacia atrás. Cállate, por favor—. Sólo eran Meredith y su cigarrillo. Yo y mi guitarra.

— Ajá —parpadeó Lucy, sorprendida. Si dejaba que Nicholas continuara hablando, quizá él mostraría más de su interior.

— No era como tú. Tú eres adorable, buena, dulce, se puede hablar contigo de lo que sea y siempre lo recibirás con una sonrisa. —Al decir 'sonrisa', las comisuras de Nick se elevaron. Lucy hundió las ganas de llorar. Nadie nunca había dicho algo tan hermoso de ella—. Escuchas a los Peppers, cantas bien, tocas el piano, sabes de arte, tienes una risa cálida y abres tu corazón a cualquiera. Eres...

Se trabó allí y de repente se quedó serio. Había sido un exceso de confianza, un exceso de información y de sentimientos. ¿Habría sonado patético? Miró los brillantes ojos de Lucy y la sangre le subió al rostro.

— ¿Soy? —incitó ella, con una media sonrisa.

— Eres...fantástica —largó la palabra de golpe, como un niño vergonzoso que hace su primera declaración de amor. La cara le ardía, y no le costó aceptar que estaba rojo como un tomate.

— Eres adorable como un bebé —dijo ella, riendo. Nick arrugó la frente.

— ¿Eso es bueno o es malo?

Lucy sonrió y se apoyó en su hombro.

— Bueno.


Johnny suspiró. Se había salteado como veinte oficinas para llegar a la de Georgia más temprano. Bah, limpiaría las demás luego. Arrastró sus artilugios de limpieza hacia la puerta y luego la golpeó.

— ¿Quién es? —respondió una voz dura, arrastrada y rasposa, casi masculina. John arrugó la nariz. ¿Esa era Georgia? ¿Su Georgia? Abrió la puerta sin responder a la pregunta y asomó sus ojos color oliva. Dentro, haciendo continuos clics en la computadora, había una mujer de veintitantos años de edad mascando una goma de mascar, con los labios pintados de un rosa impactante, una coleta alta y de cabello negro y lacio y los dos primeros botones de la camisa blanca desabrochados. Al acercarse mejor, Johnny comprobó que estaba jugando al Solitario. Bien, eso retrasaría las demandas. Pero...¿en qué estaba pensando? ¡Había una infiltrada en la oficina de su Georgia! La intrusa lo miró con ojos dorados y desinteresados—. Hola.

John tragó saliva.

— Ho...hola.

La muchacha pausó el juego y giró desinteresadamente su silla para mirarlo nueva y fijamente.

— Estás muy bueno para ser limpiador.

Por la cabeza de Johnny se cruzó un enorme WHAT THE FUCK?

— ¿Uh? —gimió, enrojeciendo de repente al mirar su escote.

— Lo que oíste —replicó ella, mascando con la boca abierta como un caballo. Miró su propio escote—. Para de mirarme las tetas. Si quieres tener sexo, dímelo y nos vamos de aquí.

— Yo... —balbuceó. Quería a su rubia preciosa—. No entiendo nada. ¿Dónde está Georgia Kennedy?

— No vino a trabajar hoy. Tuvo una gripe infernal y se quedó en su casa, según me dijeron —alzó los hombros y regresó a su juego.

Antes de que la nueva ocupante pudiera decir algo, Johnny soltó sus artículos de limpieza y salió corriendo escalera abajo para salir de la imprenta. Alguien le gritó que no era horario de salir. Pero a él no le importó. Continuó corriendo como alma que lleva el diablo. Lo único que quería era hablar con esa mujer y aclarar las cosas.

En el camino, no pudo evitar pensar en la frase de Lucy. Somos un caso perdido.


Volviendo de esa agradable tarde con Nicholas, Lucy giró en una esquina tarareando Hey jude! Se había sentido cómoda con él, como siempre. Él le había contado, también, como había conocido a sus amigos, aunque había partes que quedaban inconclusas como 'una misteriosa separación' en el medio. Misteriosa separación. Eso sonaba a Edward. ¿Qué le diría? ¿Que amaba a otro? ¿Que sabía que la estaba engañando? ¿Que quería terminar por las buenas? Debería haber hablado acerca de eso con Nicholas, pensó. O quizá no. Él le habría dicho 'Dile que se vaya a la mierda y que eres mía'. Y eso no sería conveniente.

En la vereda del frente, había una enorme vidriera que exhibía una batería de un color azul eléctrico. Preciosa. Debía ser carísima. Pensó en Christopher, en que le gustaría. Era un azul eléctrico pero opaco, justo como él. Frente a la vidriera, Lucy vislumbró un muchacho alto mirando el instrumento fijamente, con las manos en los bolsillos, con un aire de alabanza. Era pálido y delgado, y su cresta estaba despeinada. Agudizó su pésima vista y el corazón le saltó, alegre.

— ¿Christopher?

El muchacho giró en redondo y le clavó sus orbes plateadas. Sonrió de medio lado y se acercó a saludarla.

— ¿Cómo estás? —preguntó Chris, sonriente. Ella alzó los hombros.

— Bien. Como siempre. —Y silencio. Dios, Lucy odiaba los silencios. Miraron juntos la batería—. ¿Linda, eh?

Chris amplió su sonrisa y negó, como si no pudiera creerse semejante belleza.

— Es hermosa. —Los ojos le brillaron—. Lástima que...no tengo el dinero para ella.

— Deberías ahorrar —propuso Lucy. Chris bajó la cabeza. Pero me gasto todo en las drogas. El muchacho se sentó con la espalda contra la vidriera y suspiró.

— Claro.

Lucy detectó las malas vibras y se sentó justo junto a él. A pesar de su frialdad interior, el contacto de su hombro con el suyo le otorgó calor.

— ¿Te enoja que esté con Nicholas? —preguntó ella, de repente. Chris levantó la cabeza de un salto. Al parecer, no se lo esperaba. Y la verdad era que no.

— Eh...—En realidad no le molestaba. Quería que su amigo fuera feliz. Sólo que quería un poco de ese tipo de felicidad—. No, no en realidad.

— Genial —suspiró Lucy, aliviada—. ¿Qué te tiene así, entonces?

Chris se consumió en sus pensamientos. ¿Por qué Lucy era la única que sospechaba de su drogadicción y no se tragaba sus cuentos tontos? Si a ella la conocía hacía menos de dos semanas, y a sus amigos de toda la vida. Recordó la cara de alivio de Nicholas cuando había usado la mentira de la chica. Se lo había creído. ¿Y por qué Lucy no? ¿Por qué no conseguía persuadirla?

— Eres la única persona que insiste tanto conmigo —dijo él.

— Debe ser porque lo veo en tus ojos —explicó ella. Chris tragó saliva. ¿Ver...? ¿Qué habría visto?—. Veo que sufres, veo que no es por una chica. Lo veo del mismo modo que hago yo cuando me miro al espejo.

El corazón de Christopher bombeó con fuerza contra su caja toráxica. Miró a Lucy. ¿En serio...?

Es la soledad —excusó el joven. Increíblemente, y desde hacía mucho, estaba diciendo la verdad. ¡Y ante una chica que apenas conocía! Aunque, por su puesto, era una verdad obviando detalles—. Suelo sentirme muy solo cuando veo que estás con Nickie, o cuando veo los chupetones en el cuello de Johnny.

Rieron al unísono al recordarlo.

— Todos tenemos ese momento en nuestras vidas —explicó Lucy. Al instante se le vino el recuerdo de Nick bajo la lluvia, preguntándole como se sentía, y cantándole al compás de la guitarra que ella sería amada y que sus problemas lograrían desaparecer—. Eres amado, Chris. Y serás amado.

Un escalofrío le puso a Christopher los pelos de punta.

— Mi padre nunca me quiso. —Sabía que nadie se lo había preguntado, pero tenía la necesidad de decirlo—. Me ignoraba porque era medio rebelde de joven. Yo quería aprender a jugar a la pelota, al béisbol, ir al zoológico...pero el siempre me ignoraba de modo cruel. Me decía cosas horribles. Y yo siempre preparaba la mejor sonrisa para ir al colegio y hacer reír a mis amigos, todo para que ellos nunca sufrieran mis penas. —Repentinamente, la voz se le quebró. La garganta le dolía por retener el llanto, y el nudo que se le hacía era enorme—. Yo siempre pensé que algún día estaría orgulloso de mí. Mantenía esa esperanza...viva, ¿entiendes? Un día nos dijo que se iría a vivir a otra ciudad por viajes de negocio y que no volvería. Una semana después fui a la escuela y viví un día típico y normal. Pero...cuando volví, él se había ido. Ni siquiera se sentó a esperarme, a recibirme con un abrazo y decirme 'Hijo, eres un gran orgullo para mi. Tus amigos te adoran y créeme que es un honor que vivas sonriendo a pesar de que por adentro sientas...—se trabó para sollozar. Lucy nunca creyó que vería esa pequeña lágrima cayendo por el rostro de Christopher—...sientas que te estás pudriendo'

— Necesitas un abrazo —fue lo único de Lucy pudo decir. Extendió los brazos y Chris se lanzó a ellos como un bebé. Lloró en su hombro, temblando como un pequeño niño inocente. Chris no recordaba la última vez que había llorado así. Quizá había sido cuando subió a su habitación, después de que su padre se fuera. Clavó las uñas en la espalda de Lucy y sintió el dolor emocional sumado al calor de las drogas ardiéndole en las venas. Era como tener hormigas bajo la piel misma. ¿Realmente su padre se sentiría orgulloso si lo viera con una mano extendida y con la otra inyectándose heroína? ¿O si lo viera esnifando coca, o tomando píldoras de éxtasis? Se aferró más a Lucy.

— Te lo agradezco, Lucy —logró decir Chris—. Por entenderme.

— Gracias a ti —respondió ella, perdida en un extraño más allá. Jamás se había sentido tan identificada con alguien—. Por confiar.


Nicholas pateó una piedrita que terminó entrando por la alcantarilla. Se sentía estúpidamente feliz. Estaba con la chica que quería, ella le correspondía, todo era perfecto. Todo iba bien con la banda, digo, con Casso, se acercaba su cumpleaños y el clima era ideal. Por fin, un día feliz y normal.

Pasó junto a las numerosas vidrieras del centro, observándolas detenidamente y esperando encontrar a su hermanita menor en uno de ellos. Moría por abrazarla. De pequeños se llevaban genial entre sí. Se reían por todo, hacían todo juntos, jugaban a todo juntos...Todo eso fue antes de que su padre muriera.

Pasó junto a una vidriera llamada Puppies, y algo llamó su atención. Dentro de una jaula, intentando ganar el calor del aire acondicionado, solo, había un cachorro. Se abalanzó sobre la vidriera, con una sensación de ternura y compasión, y golpeó el cristal con los nudillos. El perrito alzó la cabeza de orejas plegadas y olfateó con su negra nariz. Finalmente abrió un ojo, luego otro. Era llamativo el color que tenían. Parecía ser gris, casi plateado. Le recordaba a alguien. Cabello amarronado, ojos grises, aire de soledad y cansancio...Nicholas sonrió.

Christopher.


Lucy abrió la puerta de su hogar, aún con el llanto de Christopher resonándole en la cabeza y ese 'Te lo agradezco' tan sincero. Que se abriera tanto con ella le había hecho sentir...especial. Y más que llorara. Lucy sabía, más que nadie, que no era de agrado para los hombres llorar frente a las mujeres. Y, según tenía entendido, Chris no era de llorar mucho. Prendió el aire acondicionado y dejó las llaves sobre la mesa de la computadora. La casa parecía serena y silenciosa, aunque un par de luces estaban encendidas. Quizá Lucy se había olvidado de apagarlas. Entró a la cocina y dio un respingo del susto.

— Edward, no vuelvas a hacer eso —lo regañó, amagando con atacar la heladera. No...no lo hagas.

— Ah. —Su novio no cambió de expresión—. ¿Dónde estabas?

— Afuera, con amigos —explicó ella. Edward se relamió los labios y Lucy notó que llevaba puesta su remera vieja de Los Beatles. A pesar de ser vieja, significaba mucho para ella porque había sido su primer remera de Los Beatles, aunque le quedase enorme. Y ahora Ed la usaba como remera cualquiera que se puede sudar para ir al gimnasio, lo que significa 'Remera vieja = remera de mierda. Me la llevo'. La sangre le hirvió a Lucy en la sien.

— 'Con amigos', 'Con amigas' —se burló, con los ojos mirando al techo—. Siempre lo mismo. ¿Qué amigos? ¿Qué amigas? ¿Por qué no los invitas?

Un momento.

¿Acaso...la estaba acusando de engañarlo?

— ¿Disculpa? —Lucy se sintió terriblemente indignada por la existencia de un ser tan repugnante sobre el mundo—. ¿Qué insinúas?

Edward se puso de pie lentamente como si intentara analizarla.

— No sé... —alzó los hombros, fingiendo desinterés. Estúpido—. De repente te juntas con muchos 'amigos', y luego me vienes con que te uniste a una banda con tres hombres más. ¿No debería resultarme ésto sospechoso?

— ¿No deberías resultarme demasiado imbécil? —Lucy sintió como se descargaba ante cada palabra. Edward encarnó una ceja—. ¿Por qué no te vas a tu puto gimnasio de mierda, que al fin y al cabo debe ser el más decadente en ésta infecciosa ciudad, a besarte con la señorita pechos grandes?

Golpe bajo. Bajísimo. La piel de Ed bajó tres tonos, y Lucy sintió una sensación de alivio y euforia que no experimentaba hacía años. Hacía tanto tiempo que quería echarle en cara tantas cosas...

— Y jamás tendría sexo contigo —continuó, roja como un tomate de la ira—. Mi virginidad es oro si tuviera que perderla contigo. La virginidad de cualquiera sería oro si tuviera que perderla contigo. Eres un estúpido, un imbécil. No quiero volver a verte jamás en mi puta vida, porque ni siquiera me contienes, ni siquiera me preguntas cómo estoy, ni siquiera te interesa si soy una puta anoréxica acomplejada de mierda. ¿Y sabes qué más? Después de verte engañándome, he decidido engañarte con un muchacho que tiene tanto de atractivo como tú de egocéntrico y presuntuoso. O sea, está más bueno que el paraíso.

Lo que vino a continuación Lucy ni siquiera lo esperó ni en sueños. Edward caminó tres largos pasos suficientes para quedar frente a ella. Extendió una mano y le pegó una bofetada tan fuerte que a Lucy se le aflojaron las rodillas. La zona le ardió por un largo rato y no le costó descifrar que tenía los cinco dedos marcados. Lucy sintió ganas de llorar y continuar gritándole, pero luego Ed abandonó la cocina.

— ¡Bien! ¿Quieres terminar? —farfulló él desde su habitación—. Me largo de aquí. Me voy a la casa de Cecily, seguro se agradará de verme.

¿Cecily? ¿Quién...? Oh, ya veo.

— ¡Eres un cagón de mierda, acabas de pegarme una bofetada! —bramó Lucy, con el tono subido una octava.

— ¡La vengo reteniendo hace tiempo, cariño! —Cariño. A Lucy se le revolvió el estómago. Ni siquiera se molestaba, lo cual era peor. Parecía alegre por cortar con ella y satisfecho por armar los bolsos. Lucy se mordió la lengua.

— Iré a caminar, y cuando vuelvas espero que te hayas ido de aquí o juro que te denuncio. —siseó en voz alta. Tomó las llaves y salió de su hogar. Un momento. Ella también se sentía alegre y satisfecha por cortar con él. Mientras cruzaba el patio delantero, recordó un detalle y sonrió. Regresó corriendo a la casa y gritó—: ¡Y deja la remera de Los Beatles sobre la mesa!


¡Já! Realmente no sabría calificar este capi como bueno o malo. Tiene sus cosas. Es un ALELUYA en la vida de Lucy, en cierto modo.

Bueno, espero que les haya gustado. Subiré el próximo capi más pronto si dejan reviews, ya lo tengo aquí preparado :3

¡Espero que les haya gustado! Nos veremos luego :3