BUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEENOS DÍAS.

El día de hoy, con el capítulo quince, les traigo una canción que todos los amantes y aspirantes de la buena música conocemos. The show must go on, de Queen. El show debe continuar. Y qué verdad de Freddie, ¿no es cierto? A pesar de que nuestro corazón se esté quebrando y el maquillaje se esté descascarando, el show siempre debe continuar, nosotros siempre debemos continuar. Santo cielo, qué genialidad de la música.

Descansa en paz y haz tu música mágica en el cielo, Freddie. Por siempre con nosotros.

Y bien, los dejo. Espero que les guste!


Capítulo quince

El show debe continuar


Lucy subió los escalones del patio delantero de su hogar con una sonrisa de oreja a oreja. Era libre, ¡libre al fin! A pesar de que la bofetada de Ed le doliera aún. Ya le llegaría la venganza. Abrió la puerta y se encontró con un silencio abrazador. Tuvo que contener el aire por un segundo. Exploró todas las salas. La habitación, el baño, el patio trasero, la cocina...Ni rastros de Edward ni de su ropa en el armario, ni de sus perfumes, ni de sus discos de rap de mierda. Se había ido. Regresó a la sala, sintiendo que ya no tenía la mochila más pesada sobre la espalda. Pero, de repente, algo llamó su atención.

El cajón más importante de su estantería. Estaba...simplemente vacío. Su colección de Harry Potter, los siete libros, en tapa blanda y tapa dura, incluyendo la réplica exacta del Mapa del merodeador, no estaban. Se acercó al sitio, esperando que fuera un simple espejismo. Pero no. En el fondo de la estantería, había un papel pegado con cinta adhesiva. Gorda puta, decía.

Lucy se sintió enferma. No debía dejar que las palabras del imbécil de su ex novio la afectaran. Volteó la hoja. PD: dirígete al cesto de basura.

— Hijo de puta —farfulló Lucy, dando grandes zancadas hacia el cesto de basura. Cuando lo abrió, tuvo que sostenerse contra la pared. Sus libros, con las páginas arrancadas y las tapas quemadas. Su Mapa del merodeador, reducido a cenizas. El rostro de Harry sobre el hipogrifo en El prisionero de Azkaban, rodeado de un contorno negruzco incendiado. Ed sabía que esos libros eran lo que Lucy más amaba. Había sido la venganza perfecta...

Cerró el cesto de basura y se dispuso a respirar hondo. Tenía a Nick para ella. Sólo para ella.


Johnny se aferró a un poste de luz y se permitió respirar un segundo. Había corrido alrededor de veinte manzanas seguidas, esquivando autos que lo insultaron de arriba a abajo, chocándose con medio mundo, sin frenar ni un segundo ni pensar que había salido de su horario de trabajo. Alzó la vista. Allí estaba la casa de doble piso de Georgia, que parecía tan delicada como el hogar de una duquesa. Avanzó medio cojo hacia la puerta y tocó alegremente. A los segundos Georgia abrió, con su cabello rubio recogido en una coleta desarreglada, pantalones con florcitas de piyama y una remera sucia sin mangas. Y sin embargo, estaba igual de hermosa...aunque no parecía tener ninguna gripe.

— ¿Qué quieres? —preguntó ella, sin mucha alegría. De fondo, se oía el chisporroteo de algo friéndose sobre aceite.

— Pedir...digo, disculparme —tartamudeó Johnny. Dios, qué estúpido, tranquilízate. Sacudió la cabeza para concentrarse—. Por lo que pasó. Lo que hice. Fue...fue mi culpa. Creo.

No, no tendrías que haber dicho 'Creo'.

— ¿Crees? —Georgia abrió mucho los ojos, y el otro tragó saliva dificultosamente—. ¿Por qué lo crees? ¿Qué hice de malo yo? Tú fuiste el que me usó y luego se avergonzó de presentarme ante sus amigos que, de hecho, pensaron que yo era una puta.

— No, santo cielo, no eres una puta —respondió Johnny, con cierta dulzura que hizo que la muchacha se ablandara—. No quería que mis amigos te trataran como tal, fue por eso...

— Jonathan, tuvimos relaciones sexuales —irrumpió ella, seriamente. Al recordarlo, John sufrió un escalofrío—. Y luego simplemente...me desechas.

— Sí, lo sé. Sé lo que hicimos. Y lo disfruté, en serio. —Permaneció en silencio durante un momento—. Sólo quiero que me des otra oportunidad, y no me avergonzaré de gritarle al mundo lo que siento por ti.

— ¿Quieres otra oportunidad? —preguntó Georgia, con todo provocador. Johnny asintió con la cabeza y con ojos muy abiertos, como si le hubieran preguntado a un niño '¿Quieres una bolsa de golosinas?'—. Entonces demuéstrame lo que vales.

Y cerró la puerta frente a las narices de John. Antes de que éste tuviera intenciones de largarse, la rubia volvió a aparecer bajo el umbral y el corazón del inocente joven volvió a latir.

— ¿Saliste del trabajo...para venir a buscarme? —preguntó, con el ceño fruncido y un aire de sorpresa. John se sintió ruborizado.

— Pues...sí —contestó, sonriente.

Georgia sonrió de medio lado, con expresión divertida.

— Bien hecho, niño limpiador.

Y volvió a cerrar la puerta, aunque ésta vez no volvió a abrirla. Demostrar lo que valgo, pensó Johnny. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué le gustaba a las chicas como Georgia? ¿Las largas y sinceras declaraciones? ¿Los grandes regalos? ¿El amor en pequeñas acciones? Debería esmerarse un poco más que de costumbre.


Chris presionó el émbolo y aquel vicioso líquido acuoso y marrón llamado heroína se introdujo en sus venas. Dejó escapar un suspiro de alivio aunque, al mismo tiempo, denotó que de los puntos en que se inyectaba comenzaban a salirles líneas al rojo vivo, como si los músculos comenzaran a quemarse debajo de su piel. Una vez que toda la sustancia estuvo adentro, guardó la jeringa dentro del segundo cajón y se bajó las mangas. Hacía un día que no se drogaba, pero extrañamente no se sentía aliviado. Más bien...deprimido. ¿Por qué se sentía tan vacío? Tomó la libreta que descansaba en el primer cajón, bajo todas las cartas de su madre y su hermana que no había leído. Pasó las páginas. En todas ellas había una fecha que correspondía al día de la escritura, aunque todas decían lo mismo. Hoy es el último día que me drogo. Y, cuando volvía a drogarse, tachaba lo que había escrito. Una y otra vez. Tachó el Hoy es el último día que me drogo de hacía dos días atrás y guardó la libreta con pocas ganas.

Se acercó a la cocina y tomó la lista de quehaceres que estaba pegada en la nevera. Últimamente se despistaba mucho, y se olvidaba de las cosas. Con una pluma marcó las idioteces que ya había hecho. Comprar leche, hecho. Comprar películas, hecho. Comprar más hojas, hecho. Leer las cartas de mamá y Mary Claire...no, no iba a leerlas. Visitar a Nickie, pendiente. Volvió a repasar todo, ya que la droga comenzaba a transportarlo a un estado de poca lucidez. Con una mano temblorosa y con letra más grande comparada con el resto, anotó SOBREVIVIR. Y luego lo puso en la lista de pendientes. Se tomó la cabeza. Ya no era divertido drogarse, como antes. Oía voces en su cabeza, oía cosas terribles, creía ver sombras por el rabillo del ojo. Pero eran simples alucinaciones. Quizá...¡quizá su puta cocina estaba maldita! Corrió de un salto a la sala y en ese momento sonó el timbre. Pegó un brinco infernal por el sonido de la campanita. ¿Quién querría verlo drogado? ¿Sería...sería la policía? Fingió normalidad, abrió un poco las ventanas y luego abrió la puerta.

Lo que vio allá adelante lo dejó sin palabras. Clavó las uñas en la madera del umbral al ver a su madre, a su hermana Mary Claire de veinticinco y a su sobrinita Nelly, de cinco años. Se sintió una mierda al verla. ¿Cuánto hacía que no veía a su propia sobrina? ¿Desde los dos años? Luego del segundo cumpleaños, su hermana se había largado de su casa y había comenzado a vivir con su novio, al mismo tiempo que Chris retomaba su período de rebeldía para olvidar a su padre. Y ahora estaban allí, frente a él. Abrió los brazos.

— Vengan aquí —las invitó, y las tres corrieron a abrazarlo, aunque su sobrinita se quedó algo al margen. Sintió a su madre llorando en su hombro. Ella siempre había sido tremendamente sensible—. Mary, no has cambiado nada —le dijo a su hermana, con una sonrisa.

— Lamento...no poder decir lo mismo, hermano —respondió, con aire aturdido—. Estás...pálido y delgado.

Chris no pudo evitar pensar que sus pupilas debían ser dos piedras negras enormes. ¡Qué mal momento había decidido su familia para ir a visitarlo, después de tanto tiempo!

— Ay, mi hijiito. —La señora Backer sorbió por la nariz y tomó las manos huesudas de su hijo—. Luces como si hubieras tenido un virus del infierno.

— Es que así fue —excusó Chris, y desvió la vista hacia su sobrina, que dichosamente era idéntica a él. Cabello castaño brillante, recogido en dos altas coletas rosas con brillitos, ojos grises y oscuros, piel suave a la vista. Estaba medio escondida detrás de su madre, y jugaba tímidamente con su pie, aferrando a una muñeca de trapo en la mano. Se agachó frente a ella—. Hola, mi pequeña.

La niña retrocedió un paso, espantada. Christopher sintió como si le oprimieran la garganta. Por dios, no sabe quién soy...

Soy yo, mi nena —le dijo, algo dolido—. El tío Chris.

— Hace mucho no te ve —se entrometió Mary Claire, aunque sonaba a esas excusas baratas que daban las madres cuando sus hijos hacían cosas vergonzosas a otras personas—. Dudo que logre reconocerte.

Chris se puso lentamente de pie.

— Claro —dijo—. ¿A qué ha venido esta visita?

— Te mandamos miles de cartas, y no respondiste ninguna —explicó su madre, con su tono amoroso—. Nos costó mucho encontrarte, estábamos muy preocupadas.

— Ah, claro, lo siento. Es que estoy concentradísimo con la banda, y me he olvidado de las cartas —mintió Chris. Sus conversaciones se basaban en mentiras, pensó. Rozaba lo patético.

— Deben ser tus fans alocadas —bromeó su hermana, y su madre lanzó una ristodada. Christopher intentó reír un poco—. ¿Qué tal...si vamos a caminar un poco?

Gracias al cielo, porque no permitiré que entren a mi casa.

— Por supuesto, claro —aceptó Chris, cerrando la puerta detrás de sí. Cuando dio un nuevo paso, Nelly volvió a apartarse de él y se aferró a la pierna de su madre.


Nicholas se encontraba sentado con las narices frente a la computadora, jugando como un imbécil con el Doodle de Google que era una guitarra por el aniversario de Les Paul. Se podía pasar el cursor sobre las cuerdas y éstas sonaban, o incluso también lo hacían si se presionaban las teclas. Nick había creado unos acordes agradables que consistían en un patrón de teclas: T - U - Y - O - R - Y - T - I. Lo probó lento, luego rápido. Rápido sonaba más alegre, lento algo psicodélico. No sabía por qué, pero mientras lo tocaba se recordaba así mismo en el carrusel de la plaza de su barrio. Se quedó un largo rato tocando lo mismo hasta que se sintió acostumbrado y anotó las notas en una hoja de papel. Perfecto. Luego tomó la guitarra eléctrica y se puso a tocarla una y otra vez hasta que se sintió cansado de tocar tantas veces lo mismo. Luego ideó otra melodía. P - Q - Q - O - W- W repetido, seguido de I - E - E - U - R - R, también repetido. La primera parte sonaba pacífica, y la segunda más caótica. Era como la calma que antecedía al huracán. Se sentía idiota, inventando melodías desde Google. Fue en ese momento cuando sonó el timbre. Mhm, ¿quién sería? ¿Sería Chris? Tomó las llaves y bajó enérgicamente las escaleritas. Y no, no era Chris.

— Lucy —le sonrió, y más cuando vio su expresión tan ansiosamente explosiva y alegre—. ¿Cómo va todo?

— Bien. ¿Qué digo? ¿Bien? ¡De maravilla! —gritó. Parecía como si hubiera tomado doce tazas de café y tras eso se hubiera tragado cinco sobres de azúcar y tres barras de chocolate.

— Pues...pasa, entonces. —Nick no tuvo tiempo de reaccionar a tanta felicidad y le abrió paso a su hogar. Ella subió las escaleras enérgicamente y con pasos cortos y entró como un rayo dentro del apartamento. Lo primero que Lucy vio fue el Doodle de la guitarra de Google, el cual se le hacía entretenido e ingenioso, y la guitarra eléctrica vieja a un costado, conectada al amplificador. Nick llegó tras ella, jadeante, y cerró la puerta con el talón—. ¿Se puede saber por qué tanta emoción?

Lucy volteó y lo miró. Para ella. Todo para ella. Salió corriendo hacia él y no le dio tiempo de responder a semejante beso que le dio. Lo abrazó como si nunca lo hubiera hecho y lo besó de un modo tan desesperante y pasional que las hormonas de Nicholas se dispararon hacia todos lados. Posó ambas manos en las caderas de la muchacha y clavó las uñas en ellas. Lucy lo empujó hacia la puerta, que hizo un sonido fuerte y enterró los dedos en la cabellera negra de Nick. De repente, él tuvo la necesidad de separarse y preguntarse:

— ¿Qué pasó? —le sonrió, aún sorprendido por semejante ataque. Lucy rozó su nariz con la suya.

— Terminé con Edward.

Nicholas se quedó un segundo procesando la información. Nada de Edward...entonces...¡tenía a Lucy sólo para él! En sus adentros estaba estallando como un fábrica de pirotecnia incendiada, pero no demostró mucho más.

— Ah, sí, al fin —gimió, y volvió a besarla. Nicholas pudo sentir cómo su cuerpo se revolucionaba, cómo la sangre que subía y bajaba en su cuerpo le controlaba las acciones. Con un movimiento distraído y fugaz, le arrancó la campera a Lucy y comenzó a subirle la blusa. Lo mejor de todo fue...que ella no puso objeciones.

Lucy se paralizó un momento sintiendo el corazón latiéndole desbocadamente contra el pecho y de repente se sintió desnuda. Y era por el simple hecho de que Nick le había sacado la blusa. Pero luego de eso él dejó de besarla y se quedó mirándola a los ojos. Era tan hermoso, tan consumidor, que parecía un ángel caído del cielo. Nicholas la devoró con la mirada, bajando por su cuello, luego por los pechos, la barriga, los pies y volvió a subir. Lucy se encogió muy dentro suyo. ¿Le...le habría mirado la barriga? ¿Habría pensado que estaba gorda? Nunca había dejado que un chico le sacara la remera, ni siquiera había llegado a ese extremo con Edward. La piel de pollo, clara señal de su angustia, se le hizo presente en el antebrazo. ¿Y si era cierto? ¿Y si estaba gorda? Un nuevo beso de Nicholas le esfumó los pensamientos, y luego él comenzó a bajar. Sus suaves labios recorrieron su cuello, mientras sus manos permanecían en sus hombros. Lucy cerró los ojos y experimentó un placer inigualable. Acarició la cabeza de Nicholas, como si fuera un perro y le estuviera diciendo 'Buen chico'. Los brazos le temblaban de un modo incontrolable, y al parecer Nick lo notó, porque se sacó la remera por sí mismo y la miró con algo de preocupación.

— Si estás muy nerviosa...puedo sacarte los pantalones por ti —dijo, de un modo que sonaba demasiado inocente para la situación. Lucy rió nerviosamente y luego frenó.

— Es que yo... —balbuceó. ¿Debía decirle que era virgen? ¿Se reiría de ella? Era obvio que Nick no era virgen, además de que ya se lo había dicho, ¿quién sospecharía que semejante hermosura fuera virgen? ¿Cuántas veces lo habría hecho? ¿Diez? ¿Con cuántas mujeres? ¿Y si Lucy era sólo...otra de esas mujeres?—. Perdón, pero...

— No te sientes preparada todavía —concluyó él. A Lucy le pareció increíble que lo entendiera—. Yo no estoy muy desesperado, así que...puedo esperar.

'Yo no estoy muy desesperado' ¿Había sido un 'Puedo esperarte' verdadero, o un 'Ahora que vi que estás gorda, sigue postergándolo hasta cuando se te antoje'?

Lucy tomó la blusa del suelo y se cubrió el torso con ella. Con una sonrisa, Nick se separó de ella y se puso a buscar la remera que había revoleado en pleno acto. Lucy se tomó un momento para mirarlo. No estaba muy marcado. Sólo un poco. Eso sí, era extremadamente delgado. Las costillas y el agujero de la clavícula le saltaban como resortes. ¿Sería ella así algún día? Con un gritito victorioso, Nick tomó su remera de detrás del sillón y se la puso al revés. Lucy también se puso la suya, antes de continuar exhibiendo su horripilante barriga.

— Bueno, fue un bonito comienzo —comentó Nicholas. Lucy se obligó a sonreír y sintió que le sacaban el alma de un golpe.

— Sí, lo fue.

Lo dijo con semejante desgana que tuvo que abrazarse a sí misma y Nicholas permaneció serio un momento para mirarla fijamente.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó el muchacho. Lucy asintió.

— Me hace sentir estúpida hacerte esperar tanto —largó, rehuyendo de los ojos profundos y azules de él. Nick rodeó el sillón y se sentó rápidamente junto a ella. La tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.

— No creo que deberías sentirte estúpida. —Su voz sonaba demasiado sentimental para provenir de alguien tan seco como Nicholas—. Deberías sentirte estúpida si te hubieras entregado como una zorra desde el primer instante. Que seas segura de ti misma y sepas lo que quieres, me hace pensar que eres maravillosa. Mira, nunca le he dicho ésto a nadie, ni siquiera hablo así con mujeres, pero te deseé desde que te vi tarareandoStrip my mind en Zeppelin. Y ahora que te tengo a tres centímetros de mí, no pienses que voy a dejarte ir.

Nick la acarició al mismo tiempo que le daba un nuevo beso suave y expresivo. Cuando se separó de ella, le sonrió, y le dijo que le haría un café, otro golpe le había devuelto el alma a Lucy.


— ¿Y...papá? —preguntó Chris, con la necesidad de tocar ese tema carcomiéndole la cabeza—. ¿Tienen noticias de él?

— ¿Cómo que 'Y papá? —sonrió Mary—. ¡Si llama todos los fines de semana!

Chris recorrió el paisaje con ojos desorbitados. La plaza estaba repleta de niños abrigados corriendo de aquí a allá, con copos de azúcar en la mano. No podían cagarse tanto en él...

— ¿A ti no? —preguntó su madre—. Siempre nos dice que va a llamarte algún día.

'Algún día, algún día'. Era las palabras que su padre siempre usaba, 'Algún día. Deseó que la tierra se lo tragara.

— No. —Su propia voz le sonó como un lejano susurro. Volvió a mirar a su alrededor. Perfecto. Un puesto de copos de azúcar. Su oportunidad—. ¿Qué tal un copo de azúcar, Nelly?

La niña miró a su madre, como pidiéndole permiso, y ésta asintió. Con un aire de desconfianza, la niña dio tres pasitos hacia su tío. Él le extendió una mano delgada y huesuda y, lentamente, ella se la tomó. Mientras se alejaba de su madre y de su hermana, respiró hondo y dejó que sus ojos se empañaran solos. Tragó saliva. No quería que su propia sobrina lo viera sufrir, ni mucho menos el hombre de los copos de azúcar, que tenía cara de tener ganas de hacer bromas.

— Un copo de azúcar, por favor —pidió Chris, y le extendió un billete de diez dólares. Había sonado muy acelerado. Debía tranquilizarse, mostrar que no había ni un gramo de droga en él. Dios mío. Se pasó la mano por la cresta y se limpió una lágrima con el dorso de la mano, con tanta fuerza que parecía odiarla. El hombre le devolvió un vuelto de seis dólares y luego le entregó el copo de azúcar a la nena. Chris se quedó un rato en su sitio, sintiendo más lagrimas quemarle detrás de los ojos. Y de repente oyó una voz chillona e infantil.

'Tío Christie'

Christopher salió de su trance y miró hacia abajo, donde su pequeña sobrina lo miraba desde allí abajo y tiraba de la tela de los pantalones. Debía ser la primera palabra del día que Nelly le pronunciaba.

— Tío Christie —repitió la niña, ésta vez más alarmada. Chris se agachó ante ella lentamente.

— Dime, cariño.

— ¿Por qué estás llorando? —preguntó, haciendo un puchero. Mierda. El muchacho sorbió por la nariz y se obligó a sonreír. Acarició a su sobrina y los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas. Si ella supiera toda su historia...

— No es nada, cariño —respondió, con la voz quebrada, pero la niña tenía una postura insistente.

— ¿Es por los puntitos de la remera? —volvió a interesarse. Chris frunció el ceño. ¿Puntitos? ¿Qué puntitos? ¿De qué mierda hablaba esa niña? Miró su propia remera. Era gris, y sólo decía Take it easy en negro. No tenía ningún puntito. Y luego entendió. Miró su antebrazo. Tenía tres notorios puntos de sangre, producto de la aguja. Sintió que se mareaba y luchó para no caerse de culo. ¿Lo habrían visto su madre y su hermana? No demostraban indicios de ello, pero ¿y si lo ocultaban? Chris se pasó una mano por la manga y se la subió discretamente. Esas manchas que parecían quemaduras rojas seguían allí, y tenía un punto con sangre seca alrededor. Volvió a bajarse la manga—. ¿Qué son?

— Ahm... —balbuceó Chris—. Cada vez que el tío Christie hace algo muy, muy malo, un monstruo horrible que...habita dentro de él le hace esos puntitos —explicó, de un modo infantil y teatral...aunque era cierto. Ese monstruo horrible, esa asquerosa adicción. Nelly abrió mucho sus ojos grises—. Y duele mucho. Por eso no tienes que hacer cosas malas y guardar el secreto, porque al monstruo no le gusta que hablen de él.

Christopher se puso un dedo sobre los labios y chistó. La niña hizo lo mismo, creyéndose todo el teatro. Pero eso sólo hizo que Chris volviera a llorar. Se sintió tonto. Su sobrina le limpió las lágrimas con la mano, gesto emocionante que hizo sonreír a su tío.

— No llores, tío Christie.

— Es que...el monstruo me da miedo.

Mucho miedo.

¿Todo en orden? —Mary Claire surgió de la nada, y tío y sobrina la miraron fijamente. Chris se puso lentamente de pie y asintió con la cabeza. Su hermana tomó a Nelly de la mano, le sonrió y se puso a caminar con ella—. ¿Vamos a jugar con el tío Christie?

— ¡Claro! —la niña alzó sus bracitos. Había tomado confianza con ella en cuestión de minutos. Y eso era bueno. Bajó disimuladamente la vista hacia los tres puntitos de sangre y buscó la manera de ocultarlos. Cuando volvió a mirar al frente, se encontró con los ojos de su sobrina, que se puso un dedo en los labios y chistó.


¡Eso ha sido todo!

Más allá de agradecerles y pedirles reviews, hoy les tengo un trabajo especial.

Bueno, yo vivo en Argentina, y en una ciudad de por aquí llamada La Plata ha sucedido una catástrofe horrible. Una inundación terrible, causada por la lluvia, se ha llevado alrededor de 50 vidas y otras 100 que los medios parecen estar ocultando. Sólo les pido, por favor, que recen por ésta ciudad. Tuve la suerte de viajar allí una vez y es una ciudad preciosa, muy cultural y muy colorida.

Y bueno, eso era. Gracias por su tiempo, y nos vemos :3