¡WOOOOOOOHOOOOOOOO! Me ausenté por un tiempazo, pero estoy de nuevo aquí para alegrarlos, o eso creo.

En el capítulo del día de hoy, les traigo una canción llamada Paradise, que no es nada más ni nada menos que la de Coldplay, aunque no sea muy fanática de ellos. Pero ésta canción me dio un bonito mensaje profundo y llegadero. Nos da a entender que, a pesar de los problemas y el cielo tormentoso, siempre podemos cerrar los ojos e imaginar un paraíso mejor, o buscarlo entre lo que menos esperamos y lo mejor que tenemos. Ese es el mensaje del día de hoy.

Bueno, espero que les guste, se acercan los momentos más llevaderos de la historia, así que dejen REVIEEEEEWS, y subiré más rápido.


Capítulo diecisiete

Paraíso


Su cumpleaños había pasado. Ya tenía diecinueve años y un día de vida. Su familia no lo había llamado, ni dejado un mensaje, ni nada. Pero el continuaba esperando sentado junto al teléfono. Quizá de su hermano no se lo esperaba, y de su madre tampoco, ¿pero tampoco su hermana? ¿Ni siquiera un Feliz cumpleaños a secas? ¿Nada de nada? ¿Cómo era eso posible? Tomó el teléfono y revisó sus buzones de voz. Podía ser nada más un error de la casilla, quizá si le habían dejado mensajes y se habían preocupado por él. Hasta ahora, sólo había leído uno de su tía Victoria -a la cual no veía hacía siglos-, y unos cuantos de sus amigos de secundaria, que también habían desaparecido misteriosamente después de la graduación. Con una chispeante alegría, comprobó que tenía un mensaje nuevo. Presionó el número uno y esperó.

¡Felicidades! —le dijo una operadora—. Usted ha sido elegido para pasar un tiempo compartido para ganarse un viaje al Carib...

— Vete a la mierda. —Nicholas cortó con una furia que casi le hace romper el botón. Se pasó la mano por el tupido cabello y volvió a sufrir el tic en la pierna derecha, el mismo que le había atacado cuando no tenía noticias de Christopher—. Bien, Nickie —se dijo, intentando calmarse—. Tranquilo. Sólo estás tenso. Debieron haberse olvidado, pronto llamarán y pedirán disculpas. —Respiró hondo, murmuró una patética cuenta ascendente hasta diez, se cruzó de piernas, fingió hacer yoga y luego abrió abruptamente los ojos al percatarse de la idiotez que estaba haciendo. Ese no era un Nicholas normal. Desde que había largado 'la carcajada', se había sentido de maravilla, pero al mismo tiempo creía estar experimentando una abrupta vuelta a su pasado. ¿Y si volvía a ser el de antes? ¿Eso sería bueno o malo? ¿Lo querrían todos del mismo modo que quieren al Nicholas frío y desagradable?—. ¿Por qué te preocupas tanto? —se preguntó—. Ellos te odian. No te quieren. No se preocupan por ti, entonces tú no te preocupes por ellos, estúpido.

Largó todo el aire de sus pulmones, dándose cuenta de que esas palabras habían dolido como si se las hubiera dicho otra persona. Por más que le costara admitirlo, que su familia lo ignorara tanto le rompía el corazón. Sabía que a Chris le había pasado algo parecido, con su padre. Una vez, había ido a su casa, y Chris le había preguntado a su padre si les prestaba el televisor de su habitación para jugar unos videojuegos nuevos.

— Déjame en paz, mocoso imbécil —había dicho el señor Backer—. Intento trabajar.

Luego, Chris había bajado la vista lentamente y Nick había visto el verdadero dolor en los ojos de su mejor amigo. Lucía tan angustiado que el vello en los brazos se le había erizado.

Todo eso se esfumó de su cabeza cuando el teléfono sonó. Nicholas lo miró, con alarma, y saltó a recogerlo. Atendió con una sonrisa reluciente.

— ¡Hola! —saludó.

— Eh...¿Brendan? —le respondió una voz que se le hacía muy familiar, pero no podía recordar—. Soy yo, Owen, ¿recuerdas?

Nick entrecerró los ojos y una vaga fotografía se le vino a la cabeza. Una tarjeta blanca. Owen McAdden. Productor. Discográfica EMI. Se iluminó.

— Ah, ¡sí, sí! —recordó, masajeándose la frente. No estaba de humor para hablar de producciones—. Eh, mira Owen, aún no...no hemos decidido si la banda debe...

— Lo sé. —La voz cortante del productor interrumpió los balbuceos—. Me lo dijo todo tu amigo, John.

Nick frunció el ceño y una arruga profunda surcó su frente.

— ¿Jonathan? —repitió, atónito.

— Me ha llamado, me ha dicho que la banda tiene nombre, que ayer fue tu cumpleaños y que todavía están considerando la idea. —Owen frenó un momento y de repente ambos se sumieron en un incómodo silencio, sin saber qué decir—. Feliz cumpleaños.

— Eh...gracias. —Nicholas estaba muy confundido. Se aclaró la garganta—. Déjame ver si entendí. Jonathan te llamó para decirte...¿que ayer fue mi cumpleaños?

— No. Bah, en parte —retractó el productor, con una vocecita chillona—. Me dijo que era tu cumpleaños y que te preparara una sorpresa. Yo le dije mi plan y me dijo que te gustaría seguramente. Ese muchacho sonaba más alegre que un niño cuando se lo conté.

Nick cerró los ojos y se pasó la mano por la cara. ¿Qué cagada se habría mandado su amigo? Esperó que no fuese algo demasiado malo.

— Te escucho. —Intentó sonar paciente, pero no le salió demasiado bien.

— Verás. —La voz de Owen volvió a sonar chillona—. En diecisiete días mi hija cumple dieciséis años. Le haré una fiesta sorpresa en el salón White. Aunque eso, calculo yo, ya lo sabe.

Nicholas encarnó una ceja. ¿Y eso que tenía que ver?

— ¿Qué tiene de sorpresa entonces?

El productor rió nerviosamente. Por un momento Nick temió estar intimidándolo.

— No, no, no. Lo que ella no sabe...—Se trabó un momento para dar suspenso—. ¡Es que irán ustedes!

— Eso...espera...¿qué dijiste?—Nicholas no pudo recordar lo que iba a decir, porque sus pensamientos se frenaron de un golpe—. ¿Nosotros?

— Ah, olvidé ese detalle —continuó Owen—. Es fanática de los Chili Peppers. Fanática enferma. Me encantaría que hicieran un show para ella y, de paso, verlos en acción.

De la cara de Nick se escapó una sonrisa e, incluso, una carcajada estupefacta.

— ¿Es en serio?

— ¡Claro! Sin que ella se enterara, he recolectado una lista de canciones que son las que ella más escucha. Luego se las doy y arreglamos el precio, ¿les parece?

— Pues...claro. —Nick aún no podía creérselo—. ¡Claro! Le avisaré a los chicos.


Johnny caminó unos pasos más, admiró el hermoso paisaje y volteó hacia Georgia.

— ¿Lista? —le dijo, ansioso—. Abre los ojos.

Georgia obedeció y por un minuto pareció quedarse trancada. El paisaje se veía hermoso, con un sol de amanecer, un cielo de una mezcla agradable de celeste y púrpura, el agua de las bahías de Boston, los parques semivacíos, los altos edificios con luces que comenzaban a encenderse, las nubes flotando sobre el agua, las luces parpadeantes de los aviones que ganaban altura desde el Aeropuerto Logan. También desde allí se veía su legendario sitio, Pleasure bay. La hermana de Johnny, Bella, le había prestado las llaves de su edificio para pasar un rato en la terraza con Georgia y enseñarle lo hermosa que se veía la ciudad despertándose un particular lunes, antes de que ambos tuvieran que salir a trabajar.

— Es hermoso —sonrió ella, y se apoyó en la barandilla para mirar mejor. Las turbinas de un American Airlines zumbaron cerca de ellos, y siguieron con los ojos a aquel enorme armazón con alas elevarse, girar, alejarse y perderse en la lejanía hasta convertirse en un minúsculo punto. El sol comenzaba a iluminar sus rostros, y hacía que el agua fuera un espejo hermoso—. Ideal para deprimirse solo.

— Estaba pensando en lo mismo —bajó la vista John—. Pareciera como si todos los problemas se solucionaran viniendo aquí y...mirando. Creo que el hombre necesita sólo mirar, y no actuar, para solucionar sus problemas. Ojalá fuera así de sencillo.

Georgia giró para ver fijamente su expresión afligida.

— ¿Te encuentras bien?

En lugar de responder, Jonathan inhaló fuertemente y volvió a mirar al frente. Al cabo de unos segundos volvió al ataque.

— ¿Nunca te has sentido culpable por algo que probablemente no sea culpa tuya, pero de todos modos, quieres tanto a alguien que te sientes como si...su tristeza fuera tu culpa?

Georgia se mordió el labio perfectamente pintado de rojo carmesí, intentando procesar la información que aquel muchacho le daba.

— Creo que entiendo a qué quieres llegar. —La voz de Georgia le sonó lejana incluso a ella misma. Le había pasado algo similar. Toda su vida sentía que todos sus momentos de tristeza eran culpa de ella, incluso por más que fueran culpa de otro—. ¿Nunca has intentado hablar con ese alguien?

— Se trata de una persona muy cerrada con lo referente a sí mismo. —Johnny miró el vacío que lo separaba del piso. Parecían ser veinte pisos. Deseó escupir y ver si le caía a alguien, pero hubiera sido infantil—. Se trata de mi mejor amigo, de hecho.

— Oh. —La muchacha se vio sorprendida—. ¿Cuál de todos?

— Christopher. —Johnny miró fijamente a la rubia para ver si lo reconocía. Ella no cambió de expresión—. El más alto. El que abre mucho los ojos cuando habla.

— Ah —rió Georgia. Era cierto. Las pocas veces que lo había mirado mientras hablaba, tenía los ojos como dos platos. Se le hacía incómodo y enfermizo presenciarlo. A primera vista, digo, porque no tuve otras oportunidades para conocerlo bien, parece un chico que los adora. Se le nota cuando les habla. Pero es más una adoración...paternal. Como si detrás de esas ojeras y esa piel pálida que tiene, se sintiera mal, pero no lo demuestra porque los adora y quiere verlos felices.

John abrió los ojos, quizá dando un gran avance en su investigación Christopher. Y Georgia, como siempre, había ayudado. Volvió a mirarla fijamente y se encontró con que ella también estaba haciéndolo.

— Sal conmigo.

Ninguno de los dos fue capaz de analizar esas dos simples palabras. A Georgia le tembló el labio inferior.

— ¿Eh? —chilló la muchacha, abriendo mucho los ojos. A John se le elevó el pecho. Pobrecillo, se notaba que estaba expulsando nervios por todos lados.

— Ah... —Johnny balbució. Ni siquiera sabía por qué lo había dicho—. Que salgas conmigo. Digo, que seas mi novia. Eso digo.

Georgia aún no era capaz de responder. Parecía capaz de lanzarse desde la terraza en ese preciso momento. A John lo atacaron los nervios. ¿Y si había sonado ridículo? ¿Y si ella no lo quería? ¿Y si en sus planes nunca había cabido la posibilidad de salir? Por un momento, él también quiso lanzarse desde la terraza.

— Digo —retomó Jonathan. Se sentía patético diciendo 'Digo' tantas veces—. Esta situación de amantes que hemos vivido ha sido muy tonta. Quiero dar un paso más. Comenzar algo serio. Y no es un simple proyecto, porque yo te amo en serio. Me desvelaba pensando en lo imposible para que me perdonaras. Y te amo, mierda, te amo.

Por fin Georgia dio el primer signo de continuar con vida. Los ojos se le iluminaron como dos luciérnagas, sonrió, y se abalanzó como un oso al cuello de Jonathan para besarlo sin más remedio.

Bueno. Tomaría eso como un sí.


Chris caminó otros pasos más y dobló en la siguiente esquina. Se estaba haciendo de mediodía, y quería terminar con todos sus trámites para ir a comer a algún bar que quedara cerca. Ni siquiera sabía dónde estaba parado. Miró la indicación de la esquina. Estaba en la intersección entre la calle Monument y Walford. No debía estar muy lejos. Avanzó un poco más. Luego retrocedió y volteó. Alguien que pasaba por allí lo miró con ojos burlones, seguramente pensando que se trataba de un turista muy confundido. Las drogas estaban quemando tanto sus neuronas que ni siquiera podía ubicarse en su propia ciudad. Se acarició la barbilla como si tuviera barba. Aunque...un momento. Tenía. Algo le pinchaba. Aunque eso no importaba. Avanzó un poco más y, por fin, encontró su destino. Era una fachada normal, como la de una clínica. Había un guardia en la puerta, que se fijó en él apenas Chris se acercó para darle una mejor ojeada al lugar donde se hospedaría.

— ¿Vienes de visita? ¿O es otro de esos sosos reporteros? —preguntó, con rudeza. Christopher parpadeó dos veces antes de responder.

— Sólo...vengo a anotarme.

El gorila retiró la mano y lo miró como si fuera un niño que va a comprar un dulce.

— Suerte.

Y lo dejó pasar. Suerte. Como si se fuera a enfrentar con leones. Suerte. Como si fuera a afrontar la realidad. Con un nudo en la garganta, entró, y un olor a hospital que se le hizo desagradable lo invadió. Había enfermeras de aquí para allá, doctores con barbijos, gente con bandejas, frascos con píldoras, todo aquello hacía eco en su drogadependiente cabeza. Había un sitio que tenía cabinas como si se tratara de un consultorio de quejas. Ningún alma estaba cerca de allí. Ninguna. Se acercó por allí. En todos ellos había mujeres sonrientes, que parecían maniquíes o robots, y muchas de ellas hablaban por teléfono con un tono alegre e insoportable que Chris recordaba haber oído. Se acercó a la cabina 3, donde la mujer que la ocupaba no estaba hablando por teléfono.

— Eh... —balbuceó Christopher, sin saber bien cómo comenzar.

— ¿Viene a anotarse al programa? —preguntó la mujer, con ojos muy abiertos. Parecía drogada, también. O excedida en cafeína.

— Sí —suspiró Chris, aliviado por el hecho de que fuera ella quien lo dijera y no él. La muchacha señaló a su izquierda, donde había un largo escritorio con tres personas en él. Sólo uno era hombre. Tampoco ningún alma iba por allí.

— Por allá —indicó la mujer. Con un nudo en la garganta mayor al anterior, Christopher avanzó hacia el escritorio. A medida que se acercaba, de sus alrededores se desprendían miles de pasillos, ascensores, y escaleras. Era su primer día allí, y se sentía aturdido.

Frenó de golpe frente al hombre del escritorio. Jadeaba. Y sudaba. Ni siquiera sabía por qué. Quizá realmente no quería estar ahí. Se relamió los labios. El hombre le sonrió amablemente.

— ¿Con quién tengo el gusto de tratar? —preguntó.

Chris respiró lo más hondo que sus pulmones le permitieran.

— Mi nombre es Christopher —largó de un doloroso tirón—. He venido a dejar las drogas.

El hombre se quedó un momento mirándolo, al igual que las otras mujeres, como si eso fuera algo imposible. Después de un minuto, el hombre presionó tres veces el botón del bolígrafo y parpadeó.

— Aguarde aquí —dijo, y luego desapareció detrás de una puerta que estaba a sus espaldas, puerta que Chris no había visto.

Se apoyó en el mostrador para pasar el tiempo y, nervioso, paseó sus ojos por ambas mujeres. Las dos tenían veintitantos. La de la derecha era más bonita que la de la izquierda. Chris carraspeó y se acomodó en su sitio, pero ninguna de las dos alzó la vista para mirarlo como antes lo habían hecho. Mierda.

Alguien se acercó, de repente. Se trataba de un muchacho. Con sólo mirarlo por el rabillo del ojo, sabía que se trataba de alguien de baja estatura. Se acercó a una de las chicas.

— Hola, Kyle —sonrió ella, y él respondió cerrando un poco su sonrisa con timidez—. ¿Cómo te sientes hoy?

— Fe...feliz. —Chris no lo estaba mirando. No se atrevía a hacerlo. Habría sido descarado, y además le daba escalofríos pensarlo. Pero con sólo oírlo hablar, con sólo oír su voz arrastrada, aterrorizada, enfermiza y balbuceante, dedujo que su batalla contra las drogas había sido durísima—. He buscado a...a Dios en mi corazón, y estoy listo para darle la cara al...al mundo que está detrás de esas puertas.

— Me parece espectacular —respondió la muchacha, con calidez. Se oyó el sonido de un sello, y de una pluma moviéndose nerviosamente sobre un papel—. Espérame aquí, Kyle, en breve regreso.

La muchacha se puso de pie y desapareció por la misma puerta por la que se había marchado el hombre. Entonces Chris miró de reojo, como a dos adolescentes que los dejan a solas, y finalmente acabó por mirarlo por completo. Era un muchacho más o menos de su edad, o mayor. Sonreía de medio lado, con ojos brillantes. Era muy parecido a Johnny, a su Johnny, pero más pálido y ojeroso. Sus brazos eran huesudos y sus venas parecían cinceladas con acuarelas por el modo en que se translucían por su pálida piel. Chris se preguntó cuánto hacía que esas venas no probaban heroína. Se acarició su propio antebrazo y se sintió algo patético.

— ¿Vienes? —habló alguien. Christopher tardó en procesar que le hablaban a él. Alzó la vista, espantado, y comprobó que ese tal Kyle le estaba hablando y lo miraba con ojos excesivos en brillo. Parecía esos pastores que tocaban timbre por las casas y te preguntaban si querían oír la palabra del Señor, por la mirada amorosa que tenía. Esa congregación cristiana de nombre extraña...¿Cómo se llamaban? Chris no pudo recordarlo. ¿Saldría con la misma evangélica mirada? —. ¿O te vas por fin de aquí?

— Yo... —tartamudeó Chris. Sonrió. La presencia de aquel hombrecillo le contagiaba optimismo—. Eh...sí. Entraré.

Kyle amplió más su sonrisa.

— Así se hace.

Chris no supo por qué, pero sintió ganas de llorar.

— Gracias —pudo largar—. Tardé en decidirlo.

— Ta..también yo —respondió el otro. Chris se sintió nervioso. Ese momento en que Kyle había tartamudeado, había mirado al cielo como si su cerebro se trabara y sufriera una convulsión, todo en ese mismo segundo. ¿Era eso...una secuela?—. Pero no me arrepentí. Estoy limpio...estoy limpio y...

Se trabó, mirando a la nada. Mierda.

—...y sé que lo estaré para siempre —finalizó.

Santo puto cielo. Qué horror. Los tipos salían enfermos de allí. La droga había matado completamente parte de su sistema nervioso. Y acababan patéticamente torpes. Si iba a terminar así, si iba a trabarse, si todos iban a reírse cuando se quedara mirando a la nada, si sus amigos se quedaran mirando sus horribles tics, prefería morirse en un mar de crack.

Kyle borró su sonrisa. ¿Se habría percatado de lo espantado que estaba Chris?

— ¿Ha sido difícil? —preguntó Christopher.

— Eh...—balbuceó el otro, pensativo—. No quiero que pienses que te asusto, pero es muy complicado. Hace cuatro meses que estoy aquí.

¿Cuatro meses? ¿Más de cien días sin drogarse? ¿Era eso posible? ¿Qué les hacían a los pacientes para que evitaran pensar en sus adicciones? ¿Y si utilizaban métodos dolorosos?

— ¿Todo en orden? —continuó el pálido joven.

Una escena se proyectó por la cabeza de Chris. Estaba en el hospital. Sentía miedo. Su doctor, el doctor Fint, le hablaba de agujas y sangre. No quería hacerse los análisis por miedo a que le descubrieran la heroína. Era una extraña sensación, de ansias y espanto mezclado con las ganas de continuar drogándose. No, no quería dejarlas. Miró a su alrededor. Estaba en un centro de rehabilitación, frente a un ex combatiente contra las drogas que se veía como un sacerdote. Arrugó la frente. ¡No quería ser un sacerdote! En un gesto totalmente descortés, dio media vuelta y se encaminó hacia la salida sin decirle nada a Kyle y sin esperar a que el hombre regresara con esos papeles para rellenar.

— ¡Espera! —le gritó Kyle. Comenzaba a seguirlo—. ¿A dónde vas? ¡No abandones tus principios!

Con la sangre hirviéndole en la cabeza, Chris volteó y le hizo frente a ese hombrecillo al que le llevaba como un cabeza. Al ver a alguien tan alto acercarse, Kyle abrió mucho los ojos y retrocedió.

— ¿Qué mierda quieres? —lo encaró Christopher, alzando la barbilla. Ni siquiera sabía que le sucedía. Nunca era agresivo. Nunca—. ¿Molestarme? ¿Joderme la vida? ¡Adelante, dímelo!

— Tranquilízate —le dijo el muchacho, alzando las manos en señal de rendición. Todos miraban. Todos disfrutaban del espectáculo del drogadicto enfermo encarando al limpio—. Sé lo que sientes. Te falta la sustancia. —Pronunció la palabra 'sustancia' con tanto misterio que lo hacía parecer una alabanza, pero, paradójicamente, una palabra prohibida al mismo tiempo. Como si no pudiera decir 'drogas' en público—. Te queman los brazos y las piernas, te sientes vacío, sientes que vas a llorar aunque no vayas a hacerlo, tiemblas tanto por el impulso de pegarle a alguien que se vuelve irritante, sientes un martilleo en la cabeza...Lo sé, hermano, lo sé. Lo viví.

Que acertara a sus sentimientos, por alguna razón, fue lo que irritó más a Christopher. Como cuanto estás furioso y no quieres hablar con nadie, y justo alguien se acerca para intentar alegrar tu día. Aléjate, mierda, déjame en mi burbuja de histeria.

— Qué hijo de puta eres. —Chris empujó a Kyle, que retrocedió y chocó la espalda contra una pared—. ¿Te crees muy gracioso?

— N...no, yo en realidad...—balbuceó Kyle, pero no tuvo tiempo de acabar la frase. Con una fuerza que no parecía provenir de alguien tan enfermo, Christopher tomó al joven por el cuello de la remera, lo arrastró hacia otro lado y se abalanzó sobre él. Kyle sólo se hacía un ovillo, se mostraba reacio a pelear. Pero Chris se enredaba a su cuello y le daba fuertes golpes en la zona del estómago, que provocaban que el agredido se encogiera más y más mientras gemía y gritaba. Alguien gritó de terror y luego Chris sintió una sombra sobre él. Ni siquiera podía controlar su ira. Se sentía poseído. Poseído por un horrible monstruo, como le había dicho a su sobrina. Ya ni siquiera se conocía...

— ¡Suéltalo, mocoso imbécil! —le gruñó alguien enorme y fuerte. Mocoso imbécil. La cabeza de Chris proyectó con horripilancia el rostro de su padre diciéndole lo inútil que era. Con ese ya usual sentimiento de opresión en el pecho, aflojó las manos y soltó a Kyle mientras algo lo tomaba de una mano y de la remera al mismo tiempo y lo alzaba como las leonas madres alzan a sus hijos del cuello. Christopher intentó pegar una patada, pero la persona que lo agarraba era muy fuerte y grande. Su mente era un desastre. Hilos de pensamientos desconectados, de su padre, de sus drogas, de cómo había logrado sacar ese monstruo horrible de su interior. Se sacudió como un pez fuera de agua y logró tocar el suelo, pero continuaban aferrándolo fuerte. Chris logró mirar hacia atrás para comprobar que se trataba del gorila de la entrada. Volvió a mirar a Kyle. Tosía como si se hubiera ahogado bajo el agua, doblando su frágil cuerpo ante cada sacudida. Una mujer lo acariciaba y le preguntaba si se encontraba bien, pero él no respondía. Luego, emitió un ruido como el que emiten los gatos cuando están por escupir una bola de pelo. Pero no fue una bola de pelo. Fue más bien una bola de sangre. Chris abrió mucho los ojos, al mismo tiempo que Kyle y la mujer a su lado lo miraban fijamente. A Christopher le pareció ver algo demoníaco en sus ojos, algo así como una mirada que reflejaba un 'Pobre idiota, mira la expresión de su cara'.

Y, de repente, una frase logró activar su chispa.

— ¡Pronto, Tanya, llama a la policía!

¿Policía? ¿Prisión? ¿Arresto? Esas palabras desfilaron por la cabeza de Chris un largo rato. Aprovechó la distracción del guardia, hizo un movimiento fuerte con el hombro izquierdo, tomó impulso, y se disparó hacia adelante, zafándose de las garras del guardia. Luego de eso, se resbaló torpemente en una curva y salió corriendo como un torpedo hacia la salida. Nadie lo detuvo. Ni siquiera la gente que gritaba que se detuviera, que llamarían a la policía, que lo denunciarían, que era un hijo de puta. Esas personas sabían que era un drogadicto, uno peligroso, uno enfermo, uno maníaco, uno que estaba libre. Y lo buscarían. La idea lo aterró tanto que cruzó de calle y un taxi casi lo pisa.

— Perdón —le gimió al conductor, aterrorizado. ¿Perdón? ¿Sabría el taxista que él era un asqueroso delincuente? ¿Acaso los asquerosos delincuentes se disculpan? Se subió la capucha y se fugó de allí. Mientras corría, recordó a Kyle, a su mirada de evangelista, a su rostro espantado, a su cuerpo doblándose ante los golpes, a su paz inigualable. Pobrecillo. Él no se lo merecía. ¿Y si regresaba a las drogas por ese incidente?

Chris apartó eso de su cabeza y pensó en otra cosa. Testigos de Jehová, se dijo. Así se llamaba la congregación cristiana de nombre raro.


Lucy pareció no tomárselo mal.

— ¿De veras? —dijo, frenándose en su recorrido por los alrededores del parque. Se había convertido en una tradición para ellos, bordear el parque un par de veces y finalizar el día con un batido—. Eso es muy bueno. Sabes cómo son los jóvenes, tienen mucha influencia en el mundo actual. Quizá logren difundirnos.

Nick alzó los hombros y sonrió ampliamente. Dos chicas le pasaron por al lado y cuchichearon mientras lo miraban.

— Sí —continuó Nick—. Aún no me lo creo. No sé si estoy listo para la fama.

— Pues más te vale —bromeó Lucy, con una ceja encarnada—. Porque puedo olerla.

Nick sofocó una risita y se agachó para plantarle un beso en la comisura derecha. Aún le costaba acostumbrarse a que ella fuera más baja. Meredith tenía su altura, o al menos un par de centímetros menos, y no tenía que agacharse para besarla. La tenía a su alcance. Sacudió la cabeza. ¿Qué hacía pensando en Meredith? ¿Acaso era que sus uñas felinas y sus labios de fuego habían dejado marcas en su piel? No iba a permitírselo.

— Y ahí está el legendario puesto —señaló Nick, apuntando el puesto de batidos con la cabeza. ¿Tan pronto habían dado la vuelta al parque? — Voy por unos batidos. Chocolate, ¿cierto?

— Cierto —asintió Lucy, y luego lo siguió con la vista hasta que se paró frente al hombre de los batidos. Hacía mucho frío para un batido, pero se moría de ganas de uno. Se encogió en su abrigo, sintiendo la oleada glacial, al mismo tiempo que el vendaval le disparataba los mechones y los hacía volar frente a sus ojos. Sacó con pesar las manos de los bolsillos de su abrigo y se acomodó el cabello detrás de la oreja. Luego volvió a hundir la nariz en su bufanda. Le echó una ojeada panorámica al parque. Había niños corriendo abrigados hasta la frente, un perro de tupido pelaje trotando hacia un hombre que aguardaba parado junto a un árbol, dos jóvenes de unos diecisiete años charlando y fumando puros detrás de un árbol. Pudo reconocerlo por el olor fuerte y agrio. ¿Tan chicos y fuman puros?, se dijo Lucy. Apartó los ojos de allí y los posó sobre otra pareja que hablaban animosamente mientras compartían esas Gatorade azules. Lucy nunca supo qué tenían esas cosas. Seguramente puro colorante. Volvió a mirar al muchacho y el corazón le dio un vuelco en el pecho.

Edward.

Respiró hondo para aminorar sus latidos y se escondió más dentro de su bufanda, bajando la vista. Comenzó a paranoiquear. La cantidad de abrigos que se había puesto la hacían ver gorda. Pero la pareja de Ed, esa tal Cecily, se veía hermosa. Tenía una campera gruesa y, aún así, se marcaban sus curvas. Quería esconderse. Simplemente desaparecer de allí y que nadie se parara a mirarla ni le preguntara su nombre. Ni siquiera Nicholas. Nadie. Alguien cuchicheó cerca suyo. Y cometió el error de levantar la mirada y encontrarse con los ojos de Edward, que se había quedado varado en medio del camino con tal de verla fijamente con sus ojos burlones. Deja de mirarme, santo cielo, aléjate de aquí y deja de mirarme.

Mira, Cecily —la señaló Ed. Lucy se hundió en sus hombros—. ¿Recuerdas cuando te hablé de mi ex novia?

La rubia miró a Lucy de arriba a abajo, divertida, y sofocó una risa falsa.

— ¿Estabas con ésto? —escupió—. ¿Con esta gorda puta?

¿Con esta gorda puta?

Gorda puta.

Gorda.

Las palabras retumbaron, inquietas, por las paredes del cerebro de Lucy. Vio manchas ante los ojos y contuvo el llanto con un doloroso nudo en la garganta. Consiguió valor por algún lugar de su destruida autoestima.

— ¿Se creen listos? —dijo, en un lloriqueo infantil y soso. Se sintió estúpida. Como una niña. Volvía a estar en la secundaria. Edward volvió a dar un paso adelante.

— ¿Qué hay, gordita? ¿Buscando con quién perder la virginidad? —se burló. Cecily largó una carcajada notoriamente actuada y se tomó del brazo de Ed para fingir un intento de risa descontrolada. Seguramente los dos ya se habían engañado mutuamente. Hacían una pareja tan patética...

Lucy no quería llorar. Pero algo se apareció ante sus ojos. Una capa de vidrio borrosa que le impidió ver, una lágrima que resbaló por su mejilla en un profundo silencio. El frío congeló todo el recorrido de aquella minúscula gota. Se relamió los labios. Edward iba a reírse de ella porque estaba llorando, eso estaba escrito. Pero algo impidió que lo hiciera.

— ¿Algún problema?

Lucy giró la cabeza abruptamente y observó a su ángel guardián, Nicholas, que miraba alternadamente a la pareja y a la víctima con ambos batidos en la mano. Edward se separó de Cecily, sonrió ampliamente y lo miró de arriba a abajo. Le sacaba como cinco centímetros a Nick. Ouch.

— ¿Ésto es tocar el cielo con las manos? —rió. Cecily miró a Nick, sorprendida, y luego a su novio. Como si dijera Wow, ¿puedo quedármelo un rato, amor? Zorra—. Pobre sujeto. ¿Aún no te has cansado?

— No —negó Nick, con una naturalidad extraña—. Nunca lo haría.

En su interior, Lucy sintió un retortijón de ternura. Awww, qué dulce.

Edward bufó con una ceja encarnada, socarrón.

— Qué patético eres, hermano —largó—. Mira tu cara.

Luego de decir eso, por más sorprendente que suene, Edward inclinó su botella de Gatorade y se la vació a Nicholas en la cabeza. Lucy sofocó un gritito anonadado al mismo tiempo que Cecily se reía del acto de su novio. Lo único que Nick pudo hacer, fue cerrar los ojos para que el líquido azul no entrara en ellos y ver las gotitas cayendo por los desordenados mechones de su cabello. Lucy miró sobre el hombro de Cecily. Los dos muchachos que estaban fumando puros miraban como diciendo Jo, mira eso.

Nick subió los párpados por fin, tan inexpresivo como siempre. Sólo movió un músculo de su barbilla cuando la tensó en una mueca homicida.

— Tu nivel de madurez es sorprendente —logró decir, aunque Lucy notaba lo tenso que estaba. E iba a liberar esa tensión de un modo u otro, ella lo sabía.

Y, al pie de la letra, Nicholas realizó un movimiento tan rápido que se hizo imperceptible y le dio de lleno con el puño al pómulo izquierdo de Edward, quien sólo pudo retroceder y tomarse la zona con ambas manos. Los batidos rodaron por el suelo, derramando su contenido. Lucy no pudo evitar sonreír de medio lado al ver la expresión de dolor de su ex novio, los ojos abiertos de par en par de esa zorra y la cara de asesino serial de Nicholas, con el puño aún cerrado y la frente alzada.

Edward se recompuso, con una enorme mancha en el pómulo izquierdo.

— Muchachito impulsivo, ¿eh?

Lo que pasó luego confundió a Lucy. Edward se lanzó sobre Nicholas y ambos comenzaron a enroscarse como dos serpientes, repartiendo golpes y puños de aquí para allá. La gente murmuraba alrededor, gritando sorprendida que dos muchachos estabas dándose de puños en el borde de la plaza, junto a la calle, a la vista de todo el mundo. Una gota de sangre voló junto las zapatillas azules de Lucy. Retrocedió, pensando de quién sería, y volvió a fijar sus ojos en la pelea. Vio de soslayo un rodillazo de Edward y luego un gemido de Nicholas. Su ex novio prosiguió a pegarle un puñetazo a Nick en la nariz. En las guerras todo valía. Quizá eso se estaba sobrepasando. Y la estúpida de Cecily, que le faltaban las palomitas de maíz para que estuviera viendo una película. Lucy corrió hacia el encuentro.

— ¡Deténganse! —bramó, con algo extraño en la voz. Ver a Nicholas sangrando le hacía mierda—. ¡DETÉNGANSE!

Intentó meter una mano y un puño la rosó. Era como intentar sacar un juguete de entre un juego de sierras. Sintió que iba a llorar. ¿Y si se mataban a los golpes, literalmente! Intentó volver a gritar, pero sólo surgió un 'Basta, los dos' ahogado por el llanto. Y llegó otro ángel guardián. Pero éstos eran dos, eran robustos, y estaban vestidos de uniforme azul. Ambos tomaron a los disputantes de los hombros con una fuerza bruta y los separaron. Ed y Nick continuaban mirándose con una ira venenosa, ambos chorreando sangre por todos lados. El más afectado era Nicholas, que no podía abrir un ojo. Ni siquiera volteó para mirar a Lucy y disculparse, no. La pelea continuaba a través del contacto visual. Eso no acababa allí.

Lucy miró a Nick y luego a los hombres que los habían separado. Con la preocupación atorada en la garganta, vio la insignia de policía que tenían grabadas en el bolsillo del uniforme.


Chris estaba en la calle cuando recibió la noticia. Aún continuaba huyendo de sus problemas, con la capucha adosada a la nuca, la vista baja y los bolsillos vacíos, salvo por su celular que siempre dejaba en silencio para continuar escapando de las responsabilidades. Cuando atendió el llamado, apenas pudo creer lo que sus oídos captaban. Sí, estaba huyendo de sus problemas, pero ahora quizá debería enfrentarlos al mismo tiempo. Debía ir a la comisaría. Por su mejor amigo.

Se desvió por Bulfinch y se bajó la capucha para no parecer un sujeto sospechoso. Se agitó la cresta, sonrió a un policía y fingió ser un muchacho de diecinueve años normal acercándose al departamento de policía de Boston. Se acercó a la puerta, subió las escaleras e inhaló fuerte, preparándose. Fue entonces cuando alguien le chistó. Volteó en redondo y vio a Lucy sentada en unos de los escalones, medio apoyada contra una pared. Tenía los ojos húmedos y una sonrisa triste. No le sorprendió no haberla visto. Estaba tan delgada que parecía invisible.

— Lucy —se acercó a ella, con preocupación—. ¿Cómo va todo?

— No sé si lo meterán preso o qué —explicó—. Ha sido una estupidez. Ha sido culpa mía.

— No te culpes —la regañó Chris, sentándose junto a ella—. Nick es medio impulsivo cuando quiere.

Lucy sofocó una risa, que pronto se ahogó en otro amago de llanto.

— Fue por tu ex novio —dijo Christopher—. ¿No es cierto?

Lucy lo miró curiosa, y asintió con la cabeza.

— Así es —afirmó, y desvió la vista. Se formó un silencio incómodo entre ellos—. ¿Te sientes mejor con lo de la otra vez?

Chris jugó con los cordones de sus zapatillas. Había esperado que no le preguntara eso. La verdad era que no se sentía mucho mejor. Sumado a ese problema, ahora estaba el tema de ese tal Kyle que había golpeado por un impulso estúpido.

— Sí, mucho mejor —mintió. Ella se quedó mirándolo con algo de curiosidad en los ojos—. O eso creo —añadió, para las sospechas de la muchacha—. ¿Llamaste a Johnny? Seguro le agarrará un ataque de pánico cuando llegue.

Lucy rió y, antes de poder añadir algo, la puerta se abrió de par en par. De allí salió un Nicholas hecho un saco de papas, sosteniendo una bolsa con hielo al ojo, una bolita de algodón ensangrentada en un agujero de la nariz, el pelo enmarañado, un par de manchas en la cara y una multa en la mano libre. Suspiró con no mucha alegría. Lucy se puso de pie como un resorte y Chris rió desde allí abajo.

— Mírate —lo señaló—. Te han hecho mierda.

Nick desvió rápidamente la vista hacia su mejor amigo. Sonrió. Al parecer, no se esperaba su presencia.

— Sigo siendo guapo —alardeó.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó Lucy. Nick agitó la cabeza de arriba a abajo, ejerciendo más presión en la bolsa con hielo. Lo que siguió fue una mueca de dolor.

Las puertas volvieron a abrirse de par en par. El sujeto que salió esta vez no tenía bolsa con hielo, pero sí las bolitas de algodón, las manchas, la multa y la cara de toro furioso. Detrás de él, salió la zorra de su noviecita arrastrada.

— Te voy a destruir —siseó Edward, volviendo a hacerle frente. Allí nomás. En las escaleras de la comisaría. Nick volvió a tensar la mandíbula. No tardaría en aproximarse otro acontecimiento. Chris miró todo desde allí abajo, confundido. ¿Con ese mamarracho se había enfrentado Nicholas y, además, lo había destruido? Chris llevó los ojos al cielo. Patético. Había peleado con sujetos peores en toda su vida...aunque no siempre había salido ganando. En la cara de Lucy volvió a reflejarse ese terror tan particular. No, no, no. Nadie, absolutamente nadie iba a destruir a su mejor amigo, a su hermano. Con una exhalación, se puso de pie, se paró a la derecha de Nicholas y cruzó los brazos bajo el pecho, como esos sujetos que cuidan la entrada a los antros. Ese tal Edward lo miró fijamente, con ojos brillantes, y entreabrió la boca. La verdad era que Chris, alto, delgado, con esos músculos en los brazos, esos orbes opacos que reflejaban rebeldía y esa pinta de mafioso...daba miedo. Deseó tener la capucha alzada. Eso daría más miedo.

— ¿Cuál es tu problema, mentecato? —lo encaró. Edward tragó saliva de modo notorio, pero luego se recompuso.

— ¿Y tú que tienes que ver...en ésto? —dijo. Chris avanzó un paso y se enfrentó a Ed. Sólo unos centímetros los separaban.

— Tocas a mi amigo —susurró, tétrico—, y me tocas a mí.

Edward retrocedió, espantado. Tomó a Cecily de un brazo, dispuesto a marcharse de allí. Señaló a Nick con un dedo acusador.

— Ya te agarraré solo —siseó, y arrastró a su novia lejos del lugar. El trío observó a la pareja marcharse hasta doblar en Bulfinch, allí por donde Chris había llegado.

Nick se puso a reír, disfrutando el acto de cobardía. Por consecuente, Chris lo acompañó. Hacía años que no reían así, hacía años que no compartían risas juntos. Cuatro años.

— Eres genial. —Nicholas miró a su hermano del alma con un cariño extraño en los ojos—. ¿Has visto su cara?

— Siempre para defender a mi hermanito menor —respondió Christopher, pellizcándole las mejillas como las abuelas molestas. Nick lo apartó de un manotazo malhumorado.

Lucy los miró y sonrió. Se sentía en casa así, al lado de esos dos personajes, sin nada que la presionara. Abrió su mente y se acercó un poco a ellos. Y de repente esa palabra le pisoteó la sien.

Gorda.

El pecho se le oprimió. Repentinamente sintió ganas de encerrarse en el baño más cercano y vomitar todo lo que había comido. Tragó para sacarse esa sensación ardiente de la garganta.

— ¡Santo cielo! —gritó una voz ajena, sacando a los otros tres de su trance. Voltearon en redondo para ver los ojos verdosos de Johnny abiertos de par en par, con una clara expresión de espanto. Tenía los dos primeros botones de una camisa desabrochada y se le asomaba un chupetón sobre el cuello. Le comenzaba a crecer el rapado cabello y la barba. Ya no parecía un niño. Detrás suyo, estaba Georgia, tomada de la mano de Jonathan, también bastante sorprendida —. ¡Nicholas! ¡Pareces leproso!

Nick reprimió una sonrisita tímida.

— Lo sé.

— Qué estúpido eres —lo regañó, como si fuera su padre—. Algún día te voltearán la cara.

El aludido no cambió de expresión. Otro ruido atrajo la atención de los que ahora eran cinco. Las puertas de la comisaría volvieron a abrirse de par en par y un policía, vestido con su uniforme, apareció bajo el umbral sosteniendo su walkie talkie.

— Sí, sí, 203 —decía—. Reportándose.

Tenemos un caso en la clínica de rehabilitación de Monument y Walford —hablaron por el otro lado del walkie talkie. El aparato emitió un sonido lluvioso—. Un sujeto, con seguridad nos han comunicado que era un afectado, ha golpeado a un recuperado. Es un caso severo. El golpeador escapó por Monument y nadie sabe por dónde fue luego.

— Voy para allá —respondió el policía, y bajó las escaleras a paso veloz. A continuación, se subió a una patrulla de policía con el número 203 a un costado. Aceleró y desapareció rápidamente. Los cinco muchachos observaron la escena, impactados.

Chris abrió los ojos y cayó en la cuenta. El pulso se le aceleró y miró a sus amigos. Ninguno sospechaba que podía ser él, el 'sujeto', el 'afectado', el 'golpeador'. Cerró los puños dentro de los bolsillos de su jersey, al punto de que las uñas clavándose en su palma comenzaron a dolerle. Su respiración se estaba alterando. Le costaba inhalar y exhalar normalmente. Sólo le salía una exhalación entrecortada, un intento de suspiro. Era un delincuente. Lo buscaba la policía.

— Drogadictos — negó Nick, reprobatorio—. Nunca sabes con qué te van a salir.

Todo el contenido en el corazón de Christopher pareció esfumarse hasta que sólo quedó algo arrugado y pequeño, como una pasa de uva. Se mordió el labio, conteniendo las ganas de llorar. Su mejor amigo, su hermano, pensaba eso de un drogadicto. Pensaba eso de él. ¿En qué estaba pensando Chris cuando había querido contarle? ¿O meterse en esa clínica? Menos mal que no se había metido allí. Nicholas hablaba de él y de su familia de drogones como si estuvieran enfermos. Aunque quizá...quizá lo estaban.

— Estoy de acuerdo con eso —señaló Jonathan.

Basta. Dejen de hablar. Ya no digan más.

Chris bajó la vista. Sentía ganas de llorar, pero no quería hacerlo. Contó hasta diez, clavó más las uñas en las palmas y miró alternadamente a todos.

— Sí —acotó, con una sonrisa triste—. Qué tontería, ¿no?


Woooooooho. Lamento TANTO haberme ido por tanto tiempo, pero recompenso con un capítulo largo. Y, durante todo este tiempo, ha pasado lo del atentado de Boston, ¡justo el lugar donde transcurre la historia! Pero tranquilos, que a los chicos no les ha pasado nada xD. Quizá yo sea una maldición y mis historias estén malditas, yo que sé.

Bueno, en fin, espero que les guste y DEJEN REVIEWS para esta larga ausencia :D