Un instante de silencio llena la habitación. Todo el sonido que la noche pretende entregar se halla contenido en dos pequeñas esferas. Una prisión de la que no puede escapar, un hilo que apenas lo conecta y desconecta de la locura (dependiendo ésto de su propia voluntad). Pero con los años aprendió que su voluntad es tan delgada como el hilo mismo y, descorazonado ante esta noción, su ser hizo el amor con los melodiosos acordes, la suave y precisa percusión, el cantar de otros instrumentos que su ignorancia no le permite precisar y con la letanía solitaria del artista. Invitante como ella sola, lo llevó por senderos insondables de poesía.

Imaginó una explosión estelar (algo galáctico y poderoso), que viajó desde sus oídos y estalló en su columna vertebral (se estremece), en sus manos atareadas (golpea el colchón siguiendo el ritmo, balanceando y haciendo bailar su pluma a un compás que no comprende) y a su cabeza (la agita y así, su orgasmo fluye a la tinta, alimentándola de sus propias curvas). Pausó el movimiento al llegar a la coma; lo retomó y una letra Mayúscula se alzó, impertinente, indiferente al blues de la pluma; se detuvo un largo minuto al llegar al punto final (un largo falsete donde muere la cuarta canción).

Ya no queda más silencio en el cuarto. Acaricia su pluma (que es casi un apéndice de su mano) y las esferas callan junto al artista incomprendido. Y la noche da a luz al insoportable ir y venir de los vehículos, al maullido sensual de un felino sobre el tejado, al llanto de un niño vecino y a la cháchara insignificante sobre lo cotidiano. Páginas gastadas yacen en la cama (porque le gusta hacerlo de ese modo, apoyándolas contra sus rodillas, sintiendo las palabras tan cercanas a sí como si las abrazara con sus versos y les dijera que las ama).

Pero no las ama. Recrea lo escrito, lo saborea, lo mira y lo vuelve a mirar, pero no hay poesía allí. Respira el aire cargado de su propia fantasía, de su éxtasis distanciándose, y sólo encuentra el vacío desolador de sus pesadillas. Su voluntad (que, recordemos, es tan fina como un hilo), se resquebraja.

Y entonces ve la Luna triste por la ventana y deja descansar el papel rugoso sobre sus rodillas; y sus manos (llenas de tinta) empuñan la pluma. Y vuelve a llorarle sus penas el trovador, encadenándolo a su demencia. Y desea, alguna vez, llegar a impregnar de esas magias a su tinta.