Habíamos discutido esa misma tarde. Te comenté sobre ciertos progresos en mi nueva colección de pinturas, en lo emocionado que estaba al respecto y hablamos largo y tendido sobre aquellos tediosos, pero si bien necesarios, momentos de inexplicable sequedad mental. Hablamos sobre todas aquellas incógnitas que aquejan al pintor en su arte que resulta tan simple para algunos a veces, reduciéndola a trazos de hermosa técnica y estrafalarios colores, cuando el verdadero artista desea trascender, superar, todo lo que está a la vista: tocar almas. Me hablaste del egoísmo del artista. Refuté tu teoría simplista, con aroma a perfume ostentoso y uñas pintadas de negro, cerniéndome sobre mis propios muros de soledad voluntaria. Te dije:

—Seguramente no reúna todas las condiciones para ser un artista en el estricto sentido de la palabra, ¿sabés? Pero hay algo en mí que, desde que puedo recordar, se identifica con cada una de sus letras, y así siento mío este nombre con el que me encasillan, lo vivo y lo disfruto. ¿Alguien te obliga a sentirte igual, querida?

Te dije "querida", porque pronunciar tu nombre en esas circunstancias me resultaba formal y asfixiante. Terriblemente íntimo. Te enojaste entonces, no sólo porque no me digné a llamarte por tu hermoso nombre de orígenes eslavos, sino por todo lo que había dicho, por lo que había callado y por lo que diría en un futuro inmediato, orquestado en esas paredes desgastadas de la pocilga donde yo vivía, cubierta su superficie de fallas que no me molestaba ni me importaba arreglar, de un pretencioso aroma a pintura gastada y a óleos frescos y con un escritorio que contenía todo lo que yo necesitaba en la vida para subsistir.

Tinteros, pomos aplastados y delgados como una joven a la que se le ven las costillas, pomos relucientes y brillantes, sin usar, y apenas tocados para ser ubicados allí y emplearlos en un futuro impreciso y de poca importancia; bocetos de paisajes imaginarios, de fantasías protagonizadas por dragones con un aliento de fuego que pretendía traspasar la página y quemarme los dedos; de mujeres luciendo su belleza de cabellos caobas y mirada ausente, contemplando un horizonte utópico que mis manos intentaban impregnar en sus ojos; de otras muchas cosas más que no vienen al caso, que había comenzado y nunca terminé, que me habían dado asco e inspirado mediocridad, y las oculté, y todo lo que era mi desorden de artista y la razón de mi vida se encontraba sobre esa madera roída de roble.

Te pedí que posaras para mí, pues tu expresión de furia inmensa sentía yo que podría incendiar cualquier lienzo e incluso mis propias manos.

—Estás loco como una cabra —prorrumpiste acercándote al borde de la mesa donde habíamos comenzado.

—Lo sé muy bien, amor. Te ruego que sólo pienses en eso: en cuán loco estoy, y en cuanto de equivocación hubo en mis palabras hoy, si es que acaso eso te va a hacer mirarme de ese modo.

Me sentí excitado como un adolescente cuando diste la media vuelta y te encaminaste a nuestra recámara dejando, a propósito y para que me deleitara en mi camino, que la delgada bata de seda beige se deslizara por tus hombros pálidos y pecosos. Que dejara entrever tan sólo la insinuante curva de tu espalda y me negara, aplastando la tela contra vos, ver más. Con apenas unos pasos felinos, terminaste de cruzar el umbral, y luego te tenía desnuda sobre la cama, con una pose digna de una dama majestuosa: el cabello castaño derramándose en hileras de bucles rebeldes e irregulares sobre el borde de la almohada, tus brazos flexionados: uno apenas cubriendo con los dedos un estómago delgado del que siempre te quejabas, y el otro, proyectado sobre tu frente, como si el deseo y la timidez llegaran a carcomerte a partes iguales. Me detuve en tus senos, redondeados y firmes, pequeños pero lo suficiente grandes como para agraciar las manos de un hombre con su suavidad láctea. La cintura estrecha, las caderas prominentes; tus piernas: una extendida en su totalidad sobre el colchón, dejando apreciar formas sinuosas como serpientes retorciéndose y la otra, flexionada apenas enseñando tu intimidad. Pero podías estar majestuosamente desnuda frente a mí, que no me importaba en absoluto. La pieza maestra de aquel cuadro eran tus ojos oscuros, ardiendo de odio.

¿Hacia quién?, me pregunté mientras te esbozaba. Por muy seguro hacia mí, pero también hacia ti misma. ¿Qué difícil es, verdad, querida, cuando tu cabeza es tan entramada que apenas llegas a entender algo tan primitivo como el odio?

—Hijo de puta —Me dijiste sin cambiar tu posición, con ese acento extraño que habías adoptado en los últimos tiempos.

—Ya lo sé, linda —Una vez más te insulté al negarte—. Así, mirame fijo. Sos hermosa.

Yo no mentía. Sos bella cuando estás furibunda, y adoraba retratarte así tanto como cuando reías por uno de mis chistes malos, o cuando llorabas desconsoladamente al recordar que, alguna vez, yo había golpeado a uno de tus cachorritos favoritos, un Golden Retriever que te había regalado una vecina, y sólo lo había hecho para plasmar tu auténtica tristeza; también la vez que te había golpeado (tan sólo una cachetada), o cuando te plasmé ebria en tu plenitud, gozando de mil placeres sexuales en tu plenitud, y cortando flores del jardín en tu plenitud. Todo.

—Sos mi musa, ¿sabés? No concibo nada más bello que vos, o al menos, no llegaré a concebirlo hasta retratarte como una humana completa.

—¿Una humana completa? —Preguntaste entonces, con una cuota de hartazgo y resignación; pero permanecías estática en tu pose y el odio aún fluía claramente.

—Pronto lo vas a entender.

Un largo silencio le siguió a esa afirmación. No pensaste nada en concreto, pero algo que venía rondando tu mente desde quién sabe cuándo (aunque quizás lo pensaste desde nuestro primer encuentro en ese bar en ruinas de Buenos Aires), te hizo decir:

—¿Y si no quiero verlo?

—¡Pero el final, la frutilla de la torta, la última joya de la corona es lo más importante!

Sonreíste entonces ante mi entusiasmo tan infantil y, como ya habían pasado dos horas, y sabías que mis manos estaban cansadas y tu boceto, casi comparable al despliegue sensual e iracundo minutos atrás, me hiciste una seña con el dedo, invitante, y fui yo a tu lecho, a nuestro lecho que hiciste tuyo esa vez (por derecho), porque jamás te sentí tan embravecida: tus besos me dejaban sin aliento (y, si me descuidaba, podrías sacarme sangre de las mordidas en los labios), tus manos eran seda líquida pura, deslizándose con insistencia, casi con inquina, sobre cualquier parte erógena mía que ya hubieras conocido anteriormente. Tus murmullos fueron obscenos y descarados; me gustó porque así lo eran siempre, tan parecidos a esas famosas uñas, negras como la noche y como lo que haríamos esa en particular.

Te entregaste a mí absolutamente.

—Te odio, ¿sabés? Te odio tanto, ¡pero no sabés cómo me calentás! —susurraste, gemiste y estallaste finalmente con el último jadeo entrecortado, y una lírica orgásmica que me alentó a continuar con más profundidad, hasta hacer que odiaras tanto tu propio clímax como me detestabas a mí.

La cena de esa noche, luego de lo ocurrido, fue tranquila. Por extraño que parezca, así es nuestra relación, y te vi conforme en ese instante milimétrico del tiempo, recargada sobre la mesa de desayuno, con más café en tu mano y cigarrillos en un paquete en la otra. Tu cabello era un desastre sin arreglo, y aún estabas desnuda, pero tu cuerpo ya no me resultaba tan atractivo como antes. Sería el hechizo del deseo, el que vuelve a los hombres ciegos, hasta conformes, e ilusos y hasta fantasiosos, y omite aquellas pequeñas estrías en la cara interior de tus muslos cremosos, ese plano valle que conectaba tus pechos cansados y demasiado acariciados por demasiados, demasiados hombres, y la tardía celulitis en tus piernas, y tu postura cansada y encorvada, y lo mucho que se te marcaban las costillas, y lo poco que me importaba que comieras mal.

Tus ojos oscuros eran lo único perfecto en ese cuerpo ya exhausto por los años (y no eras demasiado joven, ni vieja siquiera, pero aún así te sentías, muy cansada). Vivía para esos ojos, y acaricié tu pelo enmarañado y fui dulce al besarte. Suspiraste con alivio y cenamos.

—¿Y el antifaz que usás para dormir? —Preguntaste cuando ya estuvimos preparados para ir a dormir. Me giré de mi cómoda posición, agarré el antifaz del cajón y te lo enseñé sin interés— ¿Me lo prestás por hoy? —Te lo tendí sin ningún problema y continuaste mascullando cosas— Ando jodida de la vista, voy a tener que ir al médico...

Habré usado una onomatopeya para apoyar tu punto de vista. Hubo un silencio de minutos imprecisos, y me abrazaste por la espalda, como jamás habías hecho.

—Te amo —dijiste.

Yo no te amaba, pero te correspondí y te besé lánguidamente.

—¿Qué es lo que sigue?

Los cientos de retratos que había pintado de ti a lo largo de los años parecieron acompañar esa pregunta. Por un instante, los vi alzarse sobre sus marcos y verme desafiantes, tristes, coléricos, orgásmicos, alegres, perversos, asesinos, abusados, abusadores, pacíficos, enloquecidos, drogados, violinistas, pianistas y todo eso, como si vos misma se los hubieras ordenado.

—Vos sabés lo que sigue, querida. Dormí, te va a hacer bien.

—Está bien. Te amo —repetiste, pero no correspondí esta vez. Sólo dejé que te abrazaras a mi cintura, sintiendo la presión confortable en mi nuca del algodón de mi antifaz, y tu respiración, y me dormí.

Cuando desperté, no estabas abrazada a mí, sino con el cuerpo verticalmente extendido sobre la cama, boca arriba, una posición característica tuya. El antifaz aún cubría tus ojos. Me levanté, pateando alguna que otra lata de pintura en el camino y dejé que el aire fresco inundara la habitación. Respiré la paz del pequeño pueblo repleto de robles y lagos cristalinos en el que había decidido vivir y en el que habías entrado, volviéndote una parte sustancial de él, hacía algún tiempo.

Volví a la recámara para vestirme, pensando que tardarías en despertarte un rato más, y me percaté de una simpática hoja adornada con motivos florales que descansaba sobre mi escritorio.

Querido:

Esperé horas, días, meses, años y décadas, preguntándome a mí misma qué era lo que seguía, lo que continuaría dándole sentido a mi mundo.

Estoy tan cansada como quien ha batallado en la Guerra, porque todo muere a mi alrededor, y yo misma me marchito, sin saber siquiera cómo componerme y reconstruir lo perdido.

Pero ayer, querido, ¡lo comprendí perfectamente!

Que no es mi destino saber qué es lo que viene, ¿o no es eso lo que quisiste decirme? Por eso, despiértame y descubre el antifaz, y verás, amor de mi vida, el sentido de tu mundo con mis ojos.

Te amo. Tu querida Iskra.

Leí la carta e hice lo que me ordenaste. Descubrí el antifaz. Estabas muerta y había un pequeño frasco rosado sobre la mesita de luz. Vaya a Dios saber qué habías tomado. Pero yo sólo te acaricié el rostro y me permití unas cuantas lágrimas, y besar los labios levemente resecos y acariciar la pálida clavícula que entreveía el camisón.

Al instante, me había acomodado en una silla frente a la cama. Toda la luz matutina daba de lleno en tu rostro hermoso, con los ojos oscuros abiertos de par en par, como dos ventanales cristalinos y vacíos (y tan rebosantes de vida para mí), y no sé por qué me acordé de repente de esa fecha. 21 de Agosto. Entonces volví a acariciarte el rostro con cuidado, empuñé la carbonilla, aún entre lágrimas, reí ahogadamente y dibujé a mi musa muerta.

—Querida, eres el más bello obsequio de cumpleaños.