I

Adhair jon läin miräjän sirievo

Toda esta tundra de silencio que somos, que fuimos y que llegaremos a ser se encargará de dar el testimonio de nuestra memoria. El tiempo forja olvidos, cava tumbas como acantilados, perfora la habitación oscura que es el universo y en su centro coloca una estatua que se llama eternidad. Podemos vivir en una palabra. Llevar a cuestas tantos fardos como huecos tiene el corazón de los hombres.

Cada vez que pisaba la nieve era como si el surco hubiera sido horadado por el peso absoluto del tiempo. Cada persona que había sido hasta ese momento y todas las demás que eventualmente llegaría a ser se conjuntaban en los pasos ingenuos de la infancia. Delante de mí, un bosque. A mi alrededor, el frío del invierno y todo el silencio del que era capaz el mundo. Yo era el niño del silencio.


Cuando vio la revuelta en la plaza principal, a través de la ventana de su coche, Kirian supo que el silencio se volvería un privilegio del que ya no podría gozar. Adormilado, cansado por el viaje, tratando de contener su mal humor, palpó su cinturón para comprobar que ahí seguía la daga de siempre y, por si eso no bastara, buscó a tientas una de sus armas de fuego en la parte trasera. Con la mirada, les indicó a sus acompañantes que hicieran lo mismo. Nadie dentro del coche se atrevía a decir la primera palabra. El espectáculo de sangre, que tan lejano y minúsculo se veía desde el interior, los había dejado a todos sin habla. No parecía una lucha organizada entre bandos definidos, sino un caos en el que cada persona era el enemigo de los demás.

—¿No les parece que es un bonito día para matarse? —dijo Kirian con su voz grave, acaso melodiosa, estirándose y moviendo la cabeza de un lado a otro. Corrió las cortinas moradas del coche y un gran rayo de luz los cegó por unos instantes. En efecto, se trataba de un día soleado y de temperatura agradable—. Me voy de cacería. Ni se les ocurra hacerse los héroes. Ustedes quédense aquí y no hagan nada, a menos que tengan encima a un tipo amenazando con cortarles el cuello.

Nadie respondió. Ni siquiera hacía falta, porque al terminar de hablar Kirian salió a la plaza. Le pareció ver a alguien conocido en el suelo. Se trataba de un sujeto con una barba bien recortada, la cara llena de golpes y de sangre, la ropa rasgada y una guitarra destrozada que yacía a su lado. A juzgar por lo que estaba sucediendo, la peor de las suertes era para todos aquellos que habían decidido salir de sus casas para ir a la plaza. Quizá muchos de los que estaban tendidos en el suelo, inconscientes o muertos —no había tiempo para establecerlo con precisión— no eran más que personas desafortunadas que habían tomado la decisión de pasear en la peor de las horas. Esa podría ser suerte, pensó Kirian, con una sonrisa, al ver que alguien pateaba sin piedad a la persona que se le hacía familiar. Dio unos pasos y le dijo algo al cochero. El carro en el que él y otras dos personas viajaban había desaparecido. Ahora estaba solo en medio de la batalla.

Entonces, enfermo de memoria como estaba, logró recordarlo. La persona que le parecía conocida se llamaba Lerksinot, un nombre por demás extraño, de fonología improbable, que denotaba una procedencia extranjera. Había llegado al país muchos años atrás, o al menos eso era lo que les decía a todos a pesar de que no había ninguna afectación en su acento que pudiera corroborar su historia épica. En poco tiempo se había convertido en una especie de trovador que se ganaba la vida tocando la guitarra en la plaza y escribiendo poemas cursis por encargo. Un día como cualquier otro, afirmaba con ingenuidad impostada, le ofrecieron la posibilidad de entrar al mundo de la realeza. Desde entonces ganaría notoriedad en la ciudad. A pesar de su nueva condición siempre prefirió la vida bohemia, financiada, claro está, por el dinero de sus amigos ricos. Kirian había cruzado muy pocas palabras con él. Siempre le pareció un sujeto de lo más ridículo.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una mujer que, tratando de huir de un agresor, tropezó con él. Kirian también estuvo a punto de caer pero pudo guardar el equilibrio. Estaba a nada de gritarle, pero al ver el temor en los ojos dorados de aquella adolescente no pudo hacer otra cosa que guardar silencio y tomar suficiente aire para tratar de calmar su mal humor. Pensándolo fríamente, lo cierto es que no era necesario hacer tanto drama por un accidente, mucho menos cuando casi todas las personas gritaban y se lamentaban. La histeria colectiva no era para él. Segundos después un hombre apareció entre ellos. Era alto, moreno, grueso y fuerte aunque con pocos músculos. La mujer se abrazó a Kirian.

—Ya deja de correr, putita —dijo el hombre, eufórico y fuera de sí, preso de un delirio que le desbordaba por los ojos pequeños e inyectados.

No hubo respuesta. En ese instante Kirian pareció entenderlo todo. Dejó que el agresor dijera más palabras, la mayoría insultos nada ingeniosos y procacidades. Después alzó el brazo lo más que pudo y tomó del cuello al hombre, quien, de manera sorpresiva e inexplicable, no ofreció la más mínima resistencia. Podía sentirse la respiración agitada del hombre y el palpitar de sus venas hinchadas. Fue en ese momento cuando se escuchó el trote de varios caballos. Kirian esbozó una pequeña sonrisa al ver que por fin había llegado la guardia de la ciudad. Frente a Lerksinot estaba alguien que, con su espada —qué cursi, pensó Kirian, sobre todo en una época llena de fusiles—, había ahuyentado a todas las demás personas a su alrededor. El trovador pareció mascullar algunas palabras pero el ruido de la contienda no dejó escuchar a Kirian, que además tenía un asunto pendiente con el hombre al que tenía asido por el cuello. El abrazo de la joven era cada vez más fuerte y eso a él comenzaba a irritarle. No pasó más de medio minuto para que Kirian sacara la pistola y, sin dilación, le disparara en una pierna al agresor, que cayó por completo aturdido, lleno de miedo.

—¡Gracias, gracias! —exclamó ella con todas sus fuerzas, sin sentirse intimidada por la determinación para disparar del hombre al que estaba abrazada—. Tenía tanto miedo de ese hombre. No dejaba de seguirme.

—Esos vrilskiren[1] de mierda —espetó Kirian mientras la apartaba—. Ya, ya, no es para tanto —en un arranque de frivolidad, ignorando por completo el caos, se dio cuenta de que la ropa de la adolescente era elegante y que llevaba el pelo atado con una cinta de color negro.

—Lo siento… Son todos unos salvajes —a pesar del rechazo, ella volvió a abrazar a Kirian, quien tuvo que resignarse a esos brazos insistentes.

—Acabo de regresar a Adhair después de diez años y lo primero que me encuentro es esto —contestó Kirian, agitando la mano y limpiándosela en la espalda de la joven.

Dieron varios pasos hacia atrás. Lo hicieron de manera instintiva para poder alejarse de la revuelta. Kirian parecía hipnotizado por la visión de esa plaza atestada de personas que peleaban. Ella todavía temblaba y eso era lo único que le permitía a él permanecer en el presente. De otra forma no habría sido capaz de contener sus ansias por recordar esa misma plaza diez años antes, vacía y cubierta de nieve. Siempre que pensaba en Adhair se remitía inevitablemente a ese lugar. Ahora, con el peso del tiempo y la fuerza de los brazos de la adolescente todavía perturbada por la persecución del hombre que ahora yacía en el suelo, Kirian tenía frente a sí el centro de una ciudad que se presentaba ante él tan distinta como si hubiera transformado y resurgido de la crisálida de su propia memoria.

Una ráfaga de viento arrancó varias flores de color morado de los árboles que rodeaban la plaza. Una lluvia violeta cayó sobre todos. Kirian bajó la mirada y notó que varios pétalos habían aterrizado sobre la cabeza de la muchacha. Pero así como habían adornado a una adolescente temerosa, también se habían precipitado como un homenaje fúnebre a todos los que yacían muertos.

Un poco más calmados, después de un rato de silencio, vieron cómo la policía lograba poner un poco de orden en la plaza, la mayoría de las veces a fuerza de capturar a cualquier persona que estuviese en el campo de batalla, independientemente de que formara parte del disturbio. A juzgar por lo que se veía, la encomienda era clara: la prioridad era restablecer el orden sin importar quién padeciera las consecuencias. Sin embargo, el elemento definitorio de aquel encuentro fue la presencia de aquel hombre que tenía a Lerksinot a sus espaldas, el cursi de la espada que se retiraba mientras el artista bohemio gritaba cosas que a la distancia parecían ser unas gracias que se diluían en la algarabía de la pelea. El hombre a caballo por fin se acercó un poco más al lugar donde estaban Kirian y la mujer mientras trataba de asustar a la gente que quedaba, blandiendo su espada y haciendo relinchar al caballo. Parecía una exhibición ecuestre. Incluso la apariencia de ese hombre era notable. La ropa que llevaba puesta no era nada especial ni mucho menos parecía ofrecer la menor protección. En cambio, su cabeza estaba cubierta por un casco —¿quién carajo lo usaba en estas épocas?— que apenas dejaba ver unos mechones rubios. Lerksinot, que hasta entonces había tenido los ojos cerrados, volteó de súbito y se encontró con los ojos verdes de Kirian. Entonces se llenó de miedo y rehuyó la mirada.

Tan solo quedó la guitarra hecha pedazos a la mitad de la plaza.

—Ya vámonos —dijo Kirian.

Ese comentario hizo que la adolescente lo soltara y retrocediera unos cuantos pasos. Vio en sus grandes ojos dorados una sombra de desconfianza y temor. Notó que todavía tenía la pistola en la mano, así que la guardó. Tal vez la tensión entre ambos ni siquiera se debiera al arma. Kirian bien pudo haberse ido en ese momento, pero permaneció impasible frente a ella mientras el resto del mundo se desvanecía. Extendió el brazo y sacudió los pétalos de su cabeza. Ella no se resistió ni apartó los ojos de él. Un nuevo lenguaje de silencio había nacido entre ambos. Un idioma breve, tan efímero que habría de morir en el momento en el que alguno de los dos se atreviera a hablar.


Agradeceré cualquier comentario. Espero que les guste la historia.

1. En skylä, el idioma que se habla en Adhair, -en el plural del nominativo para los sustantivos del género nä. Así, el singular es vrilskir y el plural vrilskiren. A lo largo de la novela se utilizará esta forma.