Uno: A presentarse.

—Parece que el clima de hoy será bueno.

Un joven sonriente salió de una pequeña y ruinosa cabaña a las afueras de la ciudad de Akiyuri, con mochila al hombro. Es alto, delgado, de corto cabello castaño rojizo y ojos completamente castaños. Su uniforme, formal, mayoritariamente verde y complementado con una corbata amarilla en su cuello, se ve muy usado, pero bien cuidado. Antes de cerrar la puerta de la cabaña, se gira y fija la vista en una pequeña caja de madera que le sirve de mesa, donde está apoyada una fotografía de marco rojo. En la fotografía, puede observarse un matrimonio, un hombre pelirrojo y una mujer castaña, que se abrazan al tiempo que sonríen con alegría. El joven les dedicó un gesto de despedida.

—Papá, mamá, me marcho —dijo en un murmullo —Deséenme suerte.

Dicho eso, el joven salió y caminó por un sendero de tierra frente a él, hasta un árbol cercano, donde tenía encadenada una bicicleta con detalles rojos y un farol en el frente, junto a una canastilla. Le quitó el candado a la cadena, guardó con cuidado ésta en la canastilla de la bicicleta y montándola, pedaleó con ganas hacia la ciudad.

Mucho gusto, soy Kinokaze Fuji. Tengo quince años y curso el primer año de preparatoria. Seguramente se preguntarán qué hago viviendo en una cabaña que por el agujero del tejado y las ventanas tapadas con mantas, se ve como si se cayera a pedazos, pero ésa es una larga historia. El punto es que vivo ahí porque mi lema es "Todo tiene un lado bueno sabiéndolo buscar".

El joven siguió pedaleando, disfrutando de la brisa en la cara, y pensando en el día que le esperaba en la escuela. Estando a punto de llegar a una calle transitada, disminuyó la velocidad y consultó su reloj. Vio que le quedaba un poco de tiempo, así que no se apresuró y observó con detenimiento el camino que estaba a punto de dejar atrás. De pronto, notó una senda lateral que hasta el momento, no sabía que existía. Un letrero en el inicio del camino dice simplemente Hoshi.

—Vaya, qué casualidad —murmuró el joven, siguiendo su camino —No sabía que había gente viviendo por aquí.

Siguió pedaleando y pronto dejó atrás la tierra y la pedrería para encontrarse en calles asfaltadas. Con una sonrisa, minutos después comprobó que ha llegado a tiempo a la escuela, la preparatoria Akiai, y antes que suene la campana, fue al área para bicicletas a encadenar la suya.

—El farol se te cae, Kinokaze —le soltó con sorna un chico de cabello castaño claro, sonriendo con malicia.

—¿Ah, sí? —el joven se inclinó hacia delante de su bicicleta, intrigado.

—¡Fuji, qué bueno que llegaste! —saludó efusivamente un joven de cabello rubio oscuro, cuyos ojos castaños se desviaron de manera amenazante al otro castaño.

—Hola, Naga–kun —saludó Fuji con una sonrisa.

Este rubio es Haraki Nagase–kun, y es uno de mis mejores amigos. Es algo enérgico y un tanto brusco, pero en realidad es buena persona.

—¿Se te ofrece algo, Esaki? —inquirió un chico muy delgado, de cabello negro y ojos de un raro tono violeta, con los ojos entrecerrados.

Esaki, al ver a ese chico, salió huyendo.

—¿Llegaste bien, Fuji? —inquirió después el chico de ojos violetas, sonriendo de manera sutil y misteriosa.

—Si, claro, Shin–kun —aseguró Fuji —¿No me ves aquí de carne y hueso?

El chico de los ojos violetas es Kano Shinto–kun, mi otro mejor amigo. Él habla poco, pero es parte de su personalidad. Lo de que me vea de carne y hueso es en parte broma, pero… Es una larga historia.

—Sí, Kano, aquí está vivito y todo —afirmó Nagase, poniéndole una mano en la cabeza a Fuji y revolviéndole el cabello —Anda, Fuji, encadena tu bicicleta, es hora de ir a clases.

—Sí, sí, voy —Fuji se apresuró a colocarle la cadena y el candado a su bicicleta antes de seguir a sus dos amigos —¿Cómo estuvo su fin de semana, chicos?

—Pues normal —Nagase se encogió de hombros.

—Lo mismo digo —dijo Shinto indiferentemente —¿Y tú, Fuji?

—Pues… digamos que igual que el suyo —Fuji evitó ver a sus amigos a los ojos, puesto que en realidad, evitar que la lluvia te caiga en la cabeza con unas cuantas mantas no era precisamente pasar un fin de semana normal.

De pronto, al pasar por la puerta principal de la escuela camino al edificio central, ven una elegante limosina estacionada.

—¡Vaya, eso sí que es un auto! —soltó Nagase entre sorprendido y desdeñoso —¿Creen que algún ricachón se haya perdido por estos rumbos?

—La escuela es un buen lugar para buscar direcciones, ¿no? —meditó Fuji en voz alta.

—Buen punto —concordó Shinto —Será mejor entrar de una vez.

Los tres amigos caminaron con ánimo al edificio central y al entrar, fueron de inmediato al área de guetabakos y se cambiaron rápidamente los zapatos. Justo cuando entraban al salón, sonó la campana, así que acomodaron las mochilas y escucharon como un grupo de chicos, entre ellos Esaki, hacía comentarios acerca de la limosina a la entrada de la escuela.

—Yo digo que entrará un nuevo alumno —decía una chica de cabello largo —Y si es así, ojalá sea un chico, ¡aquí escasean!

Los chicos presentes la fulminaron con la mirada.

—Pues yo solamente espero que sea agradable —declaró Esaki —Y que no se quiera dar aires de grandeza.

—Jóvenes, buenos días, todos a sus lugares —indicó el profesor, un hombre rechoncho y bajito, moviendo en alto una mano donde llevaba una carpeta verde al tiempo que vagas contestaciones a su saludo se dejaban oír—Antes de comenzar la clase de hoy, quisiera presentarles a una nueva estudiante. Pase por favor, señorita.

La atención de los alumnos de inmediato se centró en la puerta corrediza del salón que quedaba cerca del sitio para el profesor. En cuestión de segundos, dicha puerta se abrió para dar paso a una joven de falta tableada verde y blusa del mismo color con cuello blanco y un moño amarillo al cuello. La chica era delgada, de cara ovalada, de largo cabello azul plateado y profundos ojos color gris azulado. Los chicos presentes soltaron murmullos de admiración al verla, mientras que las chicas se preguntaban cómo era posible el color de cabello que esa chica tenía. Suponían que debía ser algún tinte, pero se veía tan natural…

—Ella es Hoshi Saragi–san —presentó el profesor, al tiempo que escribía el nombre de la chica en el pizarrón —Espero que la hagan sentir bienvenida, ¿eh?

—¡Buenos días, Hoshi–san! —saludaron al instante la mayor parte de los chicos presentes, haciendo que sus compañeras gruñeran, molestas.

Fuji, en tanto, se quedó un momento pensativo. ¿Hoshi? Eso decía el letrero que había visto esa mañana, en el camino. Se encogió de hombros, pensando que seguramente era coincidencia.

—Qué extraño —murmuró Shinto, detrás de Fuji —Hoshi–san tiene un aura muy inestable.

—Ahí va, el reporte pormenorizado de auras de Kano —dijo Nagase con cierto aire divertido, a la izquierda de Fuji —¿Y eso qué, Kano? ¿Es algo malo?

—Siendo inestable, no sé si es bueno o malo —se limitó a responder Shinto.

Fuji no le dio la menor importancia a lo que decía Shinto, pero acabó de regresar a la realidad cuando el profesor anunció.

—Hoshi–san, puede tomar asiento frente a Kinokaze–kun, si no le importa.

El joven dio un respingo, poniéndose algo nervioso al ver a la guapa chica caminar entre los bancos para sentarse en el que estaba libre frente a él. La chica, mirándolo de reojo, le dedicó un gesto de desdén antes de tomar asiento.

—Engreída —musitó Nagase al notar eso.

Las clases se dieron con normalidad, y pronto se vio que la joven Hoshi era bastante inteligente, pues respondía las preguntas de los profesores a la perfección. Así las cosas, llegó la hora del almuerzo y varios se dirigieron a la cafetería. Unos pocos se retiraron a los jardines, a comer sus almuerzos hechos en casa. Y algunos de esos pocos fueron Fuji y sus amigos.

—Miren, no sé qué piensan ustedes, pero Hoshi no me agrada mucho —dijo de pronto Nagase, sacando de un pequeño estuche sus palillos —No es fea, pero se siente la importante.

—Eso es evidente —le hizo notar Shinto.

—Pero no hay que pensar eso si no la conocemos —objetó Fuji —¿Qué tal que solamente está nerviosa por su primer día de clases?

—Fuji, eres demasiado amable —se quejó Nagase —Siempre andas pensando bien de las personas, ¿tengo razón o no, Kano?

—Mucha —respondió Shinto de manera concisa.

Fuji esbozó una sonrisa nerviosa.

—Hoy nos vamos juntos, ¿no, Fuji? —cambió de tema Nagase —Me toca ir al restaurante.

—Sí, nos vamos juntos —corroboró Fuji, saboreando una onigiri —Espero que no me entretengan mucho, tengo un par de tareas atrasadas.

—Estando en las entregas, nunca se sabe —comentó Nagase con indiferencia —Y mira que a mí me toca bastante con eso de limpiar y atender mesas.

Los dos amigos trabajaban medio tiempo en el mismo restaurante, uno ubicado en el centro de Akiyuri que tenía servicio a domicilio.

—Pues les deseo buen día —dijo Shinto, bebiendo un poco de jugo de naranja —Sobre todo tú, Fuji, pues te hace falta el dinero. ¿No te cobran mucho de alquiler en donde estás viviendo?

—Pues… —Fuji sonrió un tanto nervioso, antes de mover negativamente la cabeza —No, para nada, son bastante considerados —se decidió a decir.

Si les digo que vivo en una ruina, Naga–kun es capaz de agarrar su motocicleta y reclamarle a la abuela. Y Shin–kun… No, mejor no imagino lo que haría Shin–kun.

¡Ah, pero es que no saben! Verán, hasta el invierno pasado vivía con mis padres, dos personas muy alegres y trabajadoras. Pero ellos murieron en un accidente de auto cuando iban de camino a una reunión de negocios, y me quedé solo. Entonces hubo unos cuantos problemas para hospedarme, pues no sé porqué mis demás parientes no podían hacerlo. Al final, mi abuela materna me dijo que me quedara con ella si quería y le dije que sí.

Sin embargo, hace un mes, mi abuela me informó que por una temporada, tendría que hospitalizarse por una enfermedad del corazón y me pidió que me hospedara con algún amigo. Pero Naga–kun vive en una casa de una sola planta con su madre y sus hermanas y en cuanto a Shin–kun, son seis de familia. No quise causarles molestias, así que le dije a mi abuela que no había problema, y recordé que en una de mis entregas por las afueras, había visto una cabañita solitaria. Así que sin más, me mudé allí, esperando que el dueño no apareciera un día y me corriera. Pero por si acaso, he estado ahorrando mi sueldo para pagar alquiler.

—Pues bien, come todo tu almuerzo, Fuji —invitó Nagase con entusiasmo —Eso te dará energías para recorrer la ciudad en esa bicicleta tuya.

—Claro, gracias —a Fuji no le quedó de otra que obedecer, no fuera que su amigo acabara mostrando su lado malo… con él.

—Pero insisto —al oír eso de voz del rubio, Fuji temió que siguiera con el asunto de su vivienda —Hoshi es una engreída.

Fuji suspiró imperceptiblemente, pero se le erizaron los pelos de la nuca cuando una voz femenina de timbre serio, sarcástico y frío habló a su espalda.

—Qué lástima que no te agrade, ¿sabes? Creo que me dará un ataque.

Los tres chicos se quedaron con la boca abierta. Ahí, de pie tras Fuji, se encontraba Saragi Hoshi, observándolos con frialdad y desdén.

—Oye, Hoshi, ¿no te enseñaron que espiar es malo? —se molestó Nagase.

—Y a ti, ¿no te enseñaron que hablar a espaldas de una es malo? —rebatió la chica, moviendo levemente la cabeza, con lo que el sol le arrancó reflejos a su plateada melena —Pero no importa, eres insignificante, Haraki.

—Oye, espera —la llamó Fuji, viendo que la chica ya se iba —Disculpa a mi amigo, Hoshi–san. Si no te conoce, no debería decir eso.

—¡Fuji! ¿De parte de quién estás? —gritó enojado Nagase.

La joven se quedó mirando un instante a Fuji antes de mover de nueva cuenta la cabeza, agitando su cabello, para a continuación retirarse tan silenciosa como había llegado. Los tres amigos, luego de discutir el comportamiento de Hoshi, terminaron su almuerzo y volvieron a clases.


—Nos vemos mañana, Shin–kun.

—¡Hasta mañana, Kano!

Nagase y Fuji se despidieron de Shinto antes de salir de la escuela rumbo a su trabajo. Era un trecho algo largo, pero por suerte los dos tenían medios de transporte: Fuji su bicicleta y Nagase, una motocicleta un tanto vieja, pero útil. En una parte de la carrocería, Nagase le había pintado una larga espada, señal de su afición por el kendo y las peleas. Así las cosas, se pusieron en marcha, no sin antes toparse con Saragi Hoshi, que iba caminando rumbo a la limosina que esa mañana había estado frente a la escuela.

—Así que Hoshi vino en esa cosa —comentó Nagase, poniéndose su casco.

—Su familia debe ser rica —aventuró Fuji.

Nagase se encogió de hombros, demostrando lo poco que le interesaba el tema. Los dos se fueron al trabajo, al que llegaron en minutos, y dejando las mochilas en el área de empleados, se pusieron los uniformes (de un infame color naranja) y pusieron manos a la obra.

A Naga–kun le ofrecieron ser repartidor antes que a mí, porque tiene una moto, pero él se negó por la simple razón de que carece de sentido de orientación, se pierde más fácil que yo. Así que al dueño no le quedó de otra que darme la vacante a mí, y hasta ahora me he esforzado mucho para no decepcionarlo.

—¡Kinokaze, qué bueno que llegas! —gritó Mikoko, la cocinera, a modo de saludo —Hay una orden que va a las afueras de la ciudad y la quieren rápido, ¿crees poder llevarla en media hora?

—Claro —afirmó Fuji, aunque no sabía si en realidad podría, ya que pronto sería la hora pico del tráfico —¿Cuál es la dirección?

Mikoko se la dio escrita en un papel junto con la caja de la orden y volvió a su puesto. Fuji fue a la parte trasera del restaurante, tomó el casco de Nagase y se montó en su bicicleta. En cuestión de minutos, había hecho la mitad del camino, así que llegaría a tiempo.

En Akigaoka, dar vuelta a la derecha en la primera desviación —leyó Fuji del papel, sin dejar de pedalear —Bueno, Akigaoka es donde vivo, así que sólo debo encontrar la desviación y…

Se paró en seco, puesto que había encontrado la desviación. Era aquella que ostentaba al inicio el letrero que decía Hoshi.

—Por favor, que sea coincidencia —rogó, antes de tomar la desviación y seguir su camino.

Al final de la vereda, se alzaba una casa considerablemente grande, de dos plantas, y que se veía con todas las comodidades básicas. Fuji apenas tuvo tiempo de echarle un rápido vistazo antes de desmontar, tomar la caja del pedido de la canastilla y avanzar hacia la puerta. A pesar de su esplendor, la casa se veía vacía y Fuji rogó esta vez que no le hubieran jugado una broma. Se acercó y llamó al timbre.

—¡Buenas tardes! —saludó educadamente —¡Su pedido de comida está aquí!

Nada se oyó del otro lado. Fuji volvió a llamar, repitiendo su saludo, pero todo siguió en silencio. Estaba por llamar una tercera vez cuando una voz de mujer gritó.

—¡Ahora voy!

—Vaya, no fue una broma —se tranquilizó Fuji, observando a ambos lados. Se percató que la casa tenía cochera, la que estaba abierta y dejaba ver un flamante convertible amarillo y un poco más allá, una bicicleta azul. Seguramente aquella gente era rica, ¿qué hacían pidiendo comida a domicilio? ¿Acaso no habían podido conseguirse una buena cocinera? De repente, la puerta principal se abrió de golpe.

—¡Ah, vaya, al fin la comida! —soltó una voz impaciente, la misma que había gritado antes —¿Cuánto es, niño?

Lo de niño no le gustó a Fuji, pero lo olvidó pronto al ver a la mujer que estaba frente a él, de largo cabello del color del trigo y enigmáticos ojos verdes. Vestía un kimono corto color amarillo oscuro atado con un cinturón azul. Su cara, de rasgos agradables, mostró un mohín de fastidio.

—Oye, niño, te pregunté cuánto es —espetó.

—Ah, sí, disculpe —Fuji le entregó la caja del pedido y se buscó en los bolsillos la nota con la dirección, donde también le habían anotado la cuenta —Aquí tiene, señorita —indicó, entregándole el papel.

La mujer lo tomó y revisó, para luego darse la vuelta, dejar la caja en una mesita cercana y tomar de la misma una cartera amarilla, de donde extrajo varios billetes. Los contó, asintió y se los entregó a Fuji.

—Aquí está, el cambio es tuyo —indicó la rubia y sin más, cerró la puerta.

—Gracias —musitó Fuji a la puerta cerrada, algo desanimado. Dio media vuelta para irse, contando el dinero, para luego regresar a toda carrera —¡Señorita! —llamó, al tiempo que timbraba.

—¿Ahora qué? —se quejó la rubia, abriendo de nuevo.

—Creo que contó mal —dijo Fuji, apenado —El cambio es casi lo que acaba de pagar.

—No, no me equivoqué —replicó la rubia, seria —Lo que pasa es que yo no pedí la comida, fue mi prima, pero como si ella pagaba no te daría nada de propina, lo hice por ella —sonrió maliciosamente al tiempo que seguía —Hazme caso, niño, y quédate con el dinero. Supongo que te servirá de algo.

Y de nuevo cerró la puerta de un golpe, sin decir más.

Fuji, totalmente extrañado, se guardó el dinero y fue a montar la bicicleta para irse. Miró atrás un momento antes de abandonar el lugar. Iba saliendo de la desviación cuando una sombra se le cruzó en el camino, lo que lo obligó a frenar bruscamente.

—¡Ay, lo siento! —se oyó que se disculpaba una chica, al ver que Fuji casi se cae —¿Estás bien, verdad?

—Sí, señorita, no se preocupe —Fuji sacudió la cabeza y se le quedó viendo un momento a la chica, que viajaba en una motoneta rosa de un tono muy oscuro y usaba un casco del mismo color en la cabeza, ocultándole el rostro —¿Está usted bien?

—¿Qué? ¡Ah, sí, perfectamente! —la joven se quitó el casco —Muchas gracias por preguntar, joven.

Era realmente bella. Su cabello era ondulado, de un raro tono rojo rosáceo, y sus ojos eran pequeños, negros y enmarcados por largas pestañas. Lucía un conjunto deportivo azul oscuro, que combinaba con la voluminosa mochila que cargaba a la espalda. Fuji no pudo dejar de notar que la mochila, en sus múltiples cierres, tenía colgantes en forma de cangrejo y algunos de luna creciente. Sin embargo, su aspecto decía que era una persona serena.

—Disculpe, joven, ¿al final del camino hay una casa? —inquirió la chica.

—Sí, la hay —asintió Fuji de inmediato —Les acabo de hacer una entrega.

Y se señaló el pecho, donde en el uniforme naranja podía verse un kanji con el nombre del restaurante en color negro, Akimomo.

—¡Qué bien! No fue una de sus bromas —musitó la joven para sí, intrigando un poco a Fuji —En fin, gracias por la información —se volvió a colocar el casco en la cabeza —¡Nos vemos! —y se marchó.

Fuji la vio alejarse y siguió su camino, y a mitad de éste, se dio cuenta de algo, ¿la chica había dicho nos vemos? Como si fueran a verse otra vez…

—¡Kinokaze, ya era hora! —regañó Mikoko cuando lo vio entrar al restaurante —Hay un par de pedidos aquí cerca, llévalos.

Y así pasó el resto de la tarde para el chico, lo que lo hizo olvidar su primera entrega del día. Ya entrada la noche, cuando él y Nagase salían, le contó a su amigo lo sucedido.

—¿Así que la desviación tenía un letrero que dice Hoshi? —se intrigó Nagase —Y a juzgar por la casita… No sería raro que resulte que Hoshi vive ahí, ¿no?

Fuji se encogió de hombros y llevando a un cruce de calles él y Nagase se despidieron y separaron. Nagase vivía a unas cuantas calles, mientras que a Fuji le esperaba un largo trecho a oscuras. Y para colmo de males, el cielo se estaba nublando y no llevaba impermeable.

—Creo que debo comprarme un paraguas mañana —pensó en voz baja el chico, sin dejar de avanzar por las casi solitarias calles cercanas a su cabaña —Si el clima sigue así, tendré que usarlo incluso en mi casa.

De repente, antes de llegar a Akigaoka, una motocicleta de gran tamaño se le atravesó, haciéndolo patinar y caerse. La bicicleta fue a dar unos metros delante de él, justo a la entrada del camino hacia su casa.

—¡Rayos! —se quejó Fuji, poniéndose de pie. Revisó que trajera la mochila a la espalda y luego se miró a sí mismo —Parece que no tengo nada. Ojalá mi bicicleta…

No pudo terminar la frase, porque entonces un auto pasó y empujó la bicicleta, lanzándola hacia Akigaoka. Fuji, contrariado y antes que sucediera algo más, corrió a recoger su medio de transporte, pero descubrió con pesar que una de las ruedas estaba torcida y la llanta de la misma, ponchada. Así no podría seguir.

—El paraguas tendrá qué esperar —se dijo en un cansado murmullo.

Tuvo que seguir a pie, por lo que ya era muy tarde cuando entró a su cabaña, luego de encadenar su maltrecha bicicleta al árbol de siempre. Depositó la mochila en un rincón, extendió su futón y echándose sobre él, miró el techo. Notó un diminuto agujero en él, pero no le dio la mayor importancia. Ya lo arreglaría en la mañana, antes de irse a la escuela.


La tormenta estalló poco antes de media noche. Toda Akiyuri se iluminó con relámpagos y se estremeció con los truenos, al tiempo que la lluvia arreciaba y salpicaba las calles, las ventanas y los techos. Y hablando de techos…

—¡No puede ser! —Fuji despertó inesperadamente al sentir agua en la cara. Luego notó, con horror, que el agujero que vio al acostarse ahora era del tamaño de un neumático.

Rápidamente se quitó de debajo del agujero, arrastró su futón a un rincón y se puso a trabajar. De otro rincón, tomó un par de tablas de madera que había sacado de un contenedor en una de sus entregas y buscó en qué subirse para alcanzar el techo. Por desgracia, no tenía más que la caja que le servía de mesa, así que esperó que no se rompiera mientras apoyaba un pie en ella. Con tabla en una mano, martillo en otra y unos clavos en la boca, logró pararse en la caja y comenzar a trabajar.

En tanto, cerca de allí, un par de figuras iban entrando a Akigaoka: una montada en una bicicleta todo terreno y otra que corría detrás, con lo que parecían patines en línea colgando de un hombro. Debido a la oscuridad, pasaron de largo la desviación con el letrero de Hoshi sin verlo y apuraron el paso, para encontrarse con la pequeña cabaña al final del sendero.

—Esto debe ser una broma —se quejó la figura en la bicicleta, acomodándose mejor la capucha de su impermeable gris. Tenía voz de chica entre enérgica y altanera —¿Y nos hicieron venir para esto?

—A mí me parece que no tenemos tiempo para esto —espetó la otra figura, también con voz de chica pero un poco más fría y malhumorada. Se arrebujó más en su impermeable rojo —Por lo pronto, entremos ahí a refugiarnos.

La otra figura asintió, dejó la bicicleta apoyada en un árbol cercano y se dirigió a la puerta, a la que llamó. Como nadie le contestó, decidió gritar.

—¿Hay alguien ahí? Wodaka, si esto es una broma, te las verás conmigo.

La otra figura, en tanto, observaba la cabaña de un lado a otro, notando que el techo tenía un agujero por el que la lluvia se colaba incesantemente. Sintiendo curiosidad, vio que había un árbol cercano por el que podría subir. Dejando abandonada a su acompañante, fue al árbol y en pocos minutos llegó al techo. De inmediato supo que había sido pésima idea, pues crujía, pero comprendió su error muy tarde, cuando el techo se hundió bajo su peso y cayó.

—¡Ahhhh! —gritó sorprendida.

La otra figura escuchó el grito, miró a su espalda y al no ver nada, comenzó a buscar. No tardó en descubrir el ahora enorme boquete del techo, así que sin miramientos abrió la puerta del frente de la cañaba. Se encontró con una escena que en otras circunstancias habría sido hilarante.

La figura de impermeable rojo había caído sobre algo… o alguien. Era Fuji, que apenas había terminado de reparar provisionalmente el techo con la tabla y bajaba de la caja entonces. Pero un crujido y un grito le advirtieron que tenía que hacerse a un lado, cosa que no consiguió.

—¿Qué rayos haces? —espetó la figura de impermeable gris —¿Y quién rayos es él?

—¡Yo qué sé! —se quejó la figura del impermeable rojo, poniéndose de pie con trabajos —Me caí del techo.

—Señorita, ¿me ayudaría? —pidió Fuji tímidamente —Usted cayó sobre mí, ¿recuerda?

—No tenemos tiempo para esto —intervino la joven de impermeable gris —Oye, chico, ¿por aquí no está la casa de las Hoshi?

—¿Las Hoshi? —se extrañó Fuji, arrodillándose para poder levantarse.

—Sí, las Hoshi, ¿no es aquí Akigaoka? —la del impermeable gris se oía nerviosa, como desesperada, hasta que ladeó la cabeza y dijo en tono más dulce —Oye, chico, hagamos esto: llévanos a la casa de las Hoshi y te hospedamos por esta noche en otra parte, ¿es un trato?

—Pero señorita… —intentó protestar Fuji.

—Salgamos de aquí —indicó la otra joven, que sin que Fuji hubiera podido evitarlo, cargaba con un par de bolsas de plástico.

—¡Esas son mis cosas! —se quejó el chico.

Sin decir nada, las dos chicas abandonaron la habitación, y Fuji no tuvo más opción que seguirlas. Procurando cerrar la puerta, el joven buscó con la mirada a las chicas y las encontró unos metros adelante, una de ellas montando una bicicleta todo terreno. Las alcanzó.

—¿Por dónde? —inquirió la del impermeable rojo al volver al camino de Akigaoka.

—Bueno, si buscan la casa de las Hoshi… —Fuji se estaba concentrando.

—Habla pronto, no tenemos toda la noche —soltó la de impermeable gris.

—Debe ser la desviación —dijo el chico de repente.

—No vimos ninguna cuando veníamos —se quejó la del impermeable rojo.

Pero Fuji solamente les indicó a señas que lo siguieran, así que las dos chicas le hicieron caso. Tras mucho correr (y la del impermeable gris, pedalear con las bolsas de plástico en la rejilla trasera de su bicicleta) vieron la desviación.

—Wodaka debería poner luz aquí —musitó la del impermeable rojo con fastidio.

Continuaron. Pronto pudo verse luz y en cuestión de minutos, Fuji contempló por segunda vez en horas aquella magnífica casa. Las chicas que lo acompañaban, sin perder tiempo, fueron a la puerta, y la de rojo cargó las bolsas de plástico con increíble facilidad.

—¡Wodaka, abre la puerta! —gritó la del impermeable gris sin más, sobresaltando a Fuji —Nos la pagarás caro por hacernos venir a esta hora, ¡abre ya!

La de impermeable rojo ladeó la cabeza, como pensativa, y se veía sumida en sus pensamientos, puesto que dio un respingo cuando Fuji le habló.

—Señorita, puedo ayudarle con eso —señaló las bolsas de plástico.

La joven ladeó la cabeza hacia él y Fuji logró distinguir en el interior de la capucha un rostro a medias, de piel clara. Un mechón de cabello rojo caía hacia la izquierda sobre su frente, tapando a medias uno de los ojos de la chica, de un tono impreciso de gris. El muchacho se desconcentró un momento, para luego estirar una mano hacia la que la chica usaba para cargar una de las bolsas.

—Ande, déme una —pidió, sonriendo ligeramente —Después de todo, son mis cosas.

Y sin querer, le tomó la mano a la joven.

Lo que sucedió a continuación fue de lo más raro, y Fuji no le halló explicación alguna. La chica lanzó un sorprendido y malhumorado ¡Ay, no! al tiempo que un pequeño torbellino la rodeada. Cuando el torbellino se disipó, Fuji se topó con que le tomaba la mano… a la figura de una niña de unos diez años.

—¿Ay no qué? —quiso saber la del impermeable gris, antes de notar la corriente de aire producida por el torbellino, mirar a su izquierda y soltar —¡No puede ser!

—¿Qué sucede? —una voz preocupada surgió de la puerta al ser abierta, y pudo verse a la chica de cabello rojo rosáceo a la que Fuji había visto aquella tarde, luego de hacer su primera entrega del día —¡Chicas! ¿Qué sucedió?

—¿Porqué tanto escándalo? —se quejó otra mujer a espaldas de la que abrió la puerta, la rubia que había atendido a Fuji —Estaba a punto de terminar mi artículo sobre… ¿Y esto? —sonrió burlonamente, viendo la figura de la niña a la que Fuji, sin darse cuenta, le seguía tomando la mano. Soltó una carcajada sin poder evitarlo —¡No puedo creerlo!

Fuji no entendía nada. Miró a la ahora niña largamente, incrédulo, pero no asustado. De pronto, una voz que conocía bien aunque solamente la había oído poco tiempo en un día, salió de la casa y espetó con desdén.

—¿Ahora qué hizo la Gorgona tonta?

Fuji por fin pudo soltar a la niña y girar la cabeza hacia la voz.

—¿Hoshi–san? —inquirió en un susurro.