Cincuenta y dos: El recuento.

—Recibamos con un fuerte aplauso a la representante de la generación, ¡Sei Mako!

La primavera había llegado a Akiyuri en todo su esplendor y con ella, la hora en que estudiantes de todos los niveles decían adiós a un ciclo escolar. Para los de la preparatoria Akiai, no era la excepción y menos con la generación que ese año se graduaba.

—¡Muchas gracias a todos! —saludó Mako, meneando una mano en alto y sonriendo a más no poder —Cómo pasa el tiempo, ¿eh? Hace tres años nos estaban dando la bienvenida en esta escuela y ahora nos despiden… —la joven rió suavemente antes de aclararse la garganta —A riesgo de que los profesores se enfaden y como ya nos vamos, me tomé la libertad de ceder el discurso de despedida —hubo sonidos de sorpresa y un par de gruñidos desde el sitio de los docentes antes que la chica anunciara —¡Con ustedes, Kinokaze Fuji!

Las ovaciones no se hicieron esperar, especialmente de parte de los integrantes de la clase C. Fuji, notablemente apenado y con un par de hojas en las manos, le tendió la diestra a Mako en cuanto llegó ante ella, cosa que la chica correspondió en el acto. Los profesores no tuvieron más remedio que aplaudir también, porque aquello sí era un acontecimiento.

—Buen día —inició el joven, acomodándose frente al micrófono y dejando las hojas en el atril —Antes que nada, espero que los profesores nos disculpen, a Mako–san y a mí, pero ella me pidió el favor, así que… —hubo algunas risas ante eso, porque todos los graduados sabían de sobra que Mako seguramente tuvo que rogarle al castaño —Ahora, el discurso… Espero que sea de su agrado, aunque no lo haya escrito yo. No tengo el talento de papá.

Hubo más risas, pero esta vez un poco menos altas.

—A lo largo de nuestro paso por esta preparatoria, hemos aprendido mucho —Fuji comenzó a leer con expresión increíblemente seria —No solamente las asignaturas que nuestros profesores nos impartían. Hemos convivido con la gente, preparándonos de manera inconsciente para la vida real. ¿De qué estoy hablando? Algunos de nosotros, durante este periodo, hemos vivido cosas que quizá no se repetirán, pero ayudarán a forjar nuestro futuro. Incluso los peores momentos que nos tocaron serán de utilidad. ¿Quién no ha sentido, en algún instante de su vida, que era diferente al resto? ¿Que no encajaba en ninguna parte, por más que lo intentara? Peor aún, ¿quién no ha sentido, alguna vez, que ni siquiera debería estar aquí?

Varios asistentes se removieron en sus asientos y los profesores se preguntaron con qué motivo Mako Sei había permitido que se leyera semejante discurso. Empero, no podían detenerlo, más que nada por la persona que lo estaba leyendo.

—A todos nos ha pasado y si no, pronto nos pasará —prosiguió el castaño, aparentemente sin notar la conmoción que ocasionaban sus palabras —Pero les aseguro que no hay de qué preocuparse. Basta con mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta que… siempre habrá alguien que nos necesita. Piénselo bien: si por alguna razón creemos que no hacemos gran cosa, hay que fijarnos en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestras parejas… Todos ellos agradecen que estemos aquí. Por eso nos acompañan ahora, que nos dirigimos a una nueva etapa. Por el simple hecho de existir, hay gente que nos ama. Es un milagro, ¿no? Y hay que luchar porque perdure. Así pues —Fuji se aclaró la garganta —celebremos por quienes nos apoyaron para llegar hasta aquí, ya sea que los veamos o no. Recordemos los días vividos en la Akiai como algo maravilloso, aún los más oscuros, ya que en ellos se notó más cuando brilló la más diminuta luz. ¿Porque saben qué? Todo tiene un lado bueno sabiéndolo buscar.

Fuji hizo una reverencia en cuanto terminó, lo cual fue inmediatamente seguido de un estruendoso aplauso. Varias de las chicas graduadas se habían conmovido, pero se negaban a soltar las lágrimas. Los alumnos de la generación saliente preferían sonreír y vitorear.

Su paso por la Akiai sí había sido maravilloso.

Al poco rato, los diplomas habían sido entregados y se formaron innumerables grupos, casi todos de amigos que recordaban anécdotas, se fotografiaban y se deseaban suerte.

—¡Fuji–kun! —Yayoi Fujioka, vestida con un pantalón de mezclilla y una holgada blusa verde, se apresuró a abrazarlo con su inseparable cámara en las manos —¡Eso fue genial!

—Ah… Gracias, Yayoi–san.

—¡Kinokaze, le estás poniendo el cuerno a Hoshi–kun! —bromeó Esaki a gritos.

—¿Eh? ¡No es cierto!

Esaki y demás chicos del grupo C se echaron a reír, ante el asombro de sus familiares.

—¿Kinokaze–san tiene novia? —se decepcionó una de las hermanas de Nakada.

El aludido asintió, sin dejar de reír.

—Fue muy gracioso. Kinokaze–kun no es del tipo que buscaba novia, pero desde que Hoshi–kun vino a la escuela, se hicieron amigos. Y cuando iniciamos el último trimestre, ella estuvo hospitalizada una temporada. Cuando volvió, se la pasaba junto a Kinokaze–kun y al preguntarnos qué sucedía, Saragi–san nos soltó: están saliendo, ¿qué, no se nota?

Las chicas invitadas a la graduación, conforme se fueron enterando de la historia, se desanimaron y también le clavaban una venenosa mirada a cierta pelirroja de ojos brillantes y aretes en forma de lirio, que con la diestra vendada, conversaba con la representante de su generación y una joven muy guapa de largo cabello azul plateado.

Mucho gusto en saludarlos de nuevo, soy Kinokaze Fuji. Finalmente mis amigos y yo nos graduamos de la preparatoria. Todos aprobamos nuestros exámenes de admisión, ¡incluso Shin–kun, que lo solicitó de última hora! Aunque la razón no me la ha dicho…

—¡Eh, Fuji–kun! —exclamó Yayoi, separándose del castaño y mirando de reojo a Shinto, quien a unos metros, charlaba con el resto de los Kano —¿Quieres saber un secreto?

Como el muchacho asintió, Yayoi murmuró unas cuantas palabras al oído y eso lo dejó atónito. A continuación, miró a la sonriente joven con ojos muy abiertos.

—¿Es en serio? —logró preguntar finalmente.

—Sí, sí —la joven Fujioka movió la cabeza arriba y abajo —Fuji–nisan cree que será complicado, pero estaremos bien. Shinto–kun vivirá conmigo y ambos vamos a trabajar.

—¿Tu hermano ya lo sabe?

—Sí, tuve que decírselo —suspiró Yayoi, desviando la vista a los árboles más cercanos, cuyas ramas se movían grácilmente debido a la brisa —A él, a Nami–san… y a mi padre. Al principio mi padre se molestó un poco, pero después se calmó. Si bien es muy serio, nos quiere mucho. Y Fuji–nisan puede ser igual, aunque un poco irritante.

—¿Qué tantos disparates dices? —inquirió una voz masculina y apacible, dándole un coscorrón de broma a Yayoi.

—¡Fuji–nisan, no hagas eso! —se quejó ella, haciendo una mueca —Creí que no vendrías, Nami–san comentó que tenías que trabajar.

—Tu sobrina me obligó —el hombre recién llegado, un castaño de traje azul marino, hizo una sonrisa de lado —Al parecer, las mujeres mandan en mi casa. Malvadas.

—¡No digas eso! Y ya que tienes tiempo, ¿no irás a la ceremonia de Fuuka–chan?

—Nami–san estará allí. Fuuka–chan lo dijo, ¡quiero que papá vaya con Fuji–nisan!

Los Fujioka se echaron a reír ante la cara de Fuji, completamente roja. En ese instante Shinto oyó el sonido, se volvió y al segundo siguiente entrecerró los ojos.

—¿Qué pasa, onisan? —quiso saber Hotaru.

—Nada —aseguró Shinto, sonriendo —Vi algo muy brillante.

Hotaru frunció el ceño, pero decidió no insistir.

—¡Oye, allí! ¿No es ese Fujioka Fujitaka?

—¿Quién, el abogado famoso de Tokio? ¡No, debe ser alguien más! Aparte, ¡está con Kinokaze! ¡Y con la novia de Kano!

—¿Ésa es la novia del misterio andante? Sí que el tipo tiene suerte…

—Fuji–kun, nos vamos —indicó Saragi, que se había acercado y les dedicó una inclinación de cabeza a los Fujioka antes de seguir —¿Ya tienes todo listo?

—Sí, sí, no te preocupes. Que les vaya bien, Saragi–san.

La chica asintió, le dedicó una leve sonrisa y se despidió con una reverencia.

—¡Nos vemos, Fuji! —Nagase alzó una mano, con Kina tomada de su brazo y una de sus hermanas aferrada a una mano de la trilliza morena —¡Pasaré a tu casa en estos días!

—¡De acuerdo!

—¿Ya te mudaste, Fuji–kun?

—Sí, ya. Fue más fácil de lo que esperaba.

—¡Entonces tenemos que visitarte también! ¿Qué te parece, Fuji–nisan?

—Supongo que puede hacerse. Ahora andando, jovencita, que tienes una cita.

—¿Quién te dijo eso?

—Tengo mis métodos para enterarme de las cosas. Andando.

Yayoi hizo un puchero, pero encogió los hombros y le dio un último abrazo a Fuji antes de sacar una foto de los tres juntos y seguir a su hermano. Aunque antes llamó a Shinto con un gesto y él acudió enseguida, dejando atrás a su familia. Fuji no pudo más que dedicarle una vaga sonrisa antes de sentir a alguien a su derecha.

—¿Qué, nos vamos también? —le preguntó la persona recién llegada.

—Si tú quieres…

—¡Kinokaze–kun! ¡Envíanos las fotos después!

—¡Sí, claro, Nomura–kun!

—¡Hoshi–kun! ¡Te enviaré las fotos que quedamos!

—¡Muy bien, Yamano, muy bien!

Poco a poco la escuela se fue vaciando, entre risas y buenos deseos.

¿Qué les deparaba el futuro a todos esos jóvenes llenos de sueños?

Eso sólo el tiempo lo dirá.


La primera mitad del año se fue agotando más pronto de lo que muchos esperaban. Al marcar el calendario el primero de junio, cierta casa se adornó de fiesta, pese a que la habitaban únicamente dos personas.

—¡Anda, Fuji, vámonos!

Gin, consultando su reloj, ya estaba en el recibidor, colocándose los zapatos. Cuando se alisaba el vestido, el muchacho apareció ante sus ojos, revisando el contenido de su cartera.

—Bien, bien, estoy listo. Oye, ¿a dónde quieres ir?

La pelirroja sonrió, se llevó un dedo a los labios y lo adelantó.

Hoy es cumpleaños de Gin–san, pero me pidió que si planeaba algo, fuera por la tarde. Quería que, tras desayunar, nos preparáramos para ir a un sitio, pero se negó a decirme a cuál. Por lo menos los dos estamos libres hoy, ya que tenemos horarios muy apretados.

La facultad de Historia es mucho más pesada de lo que creí, lo que sumado al trabajo de medio tiempo que conseguí como repartidor de una repostería, apenas me deja tiempo para hacer las tareas, comer y dormir. Por su parte, Gin–san se está esforzando mucho en la facultad de Literatura, lo que combina con el trabajo de medio tiempo que tiene en una librería. Incluso cuando cenamos la veo enfrascada en volúmenes enormes, lo que a los dos nos causa gracia. Más porque también me he llegado a sentar a la mesa con un libro en la mano.

—Gin–san, no es justo, ¿por qué no me dices a dónde vamos?

—Ya, ya, no tardaremos mucho.

Fuji arrugó la frente, preguntándose por qué Gin habría elegido aquel vestido para salir. Era muy bonito, pero siendo mayoritariamente negro, sentía que no le quedaba. Incluso ella misma le había mencionado que era el color adecuado, por lo que le pidió usar algo negro también. Fuji lo único que encontró fue un pantalón, el cual combinó con una camisa roja.

Ese detalle tuvo sentido cuando vio el sitio al que llegaron.

—¿Qué hacemos aquí? —inquirió él.

—Esta visita la debo hace mucho tiempo. Por favor, ven conmigo.

Sin quedarle más remedio, el castaño siguió a su novia al interior del Akisora.

Al llegar a su destino, Fuji se preguntó cómo es que no había pensado en eso antes. El mausoleo que se topó cuando Gin dejó de caminar era digno de una familia rica como los Hoshi. Incluso había una formación de estrellas en la parte superior de la puerta.

—Se supone que… fingieron un funeral para papá… y se inventaron la historia de un accidente. Pero… Creo que es mejor leer una lápida a verlo realmente.

Fuji asintió en silencio, a la vez que Gin levantaba poco a poco la diestra y la apoyaba en uno de los cristales de la puerta del mausoleo.

La mano derecha de Gin–san aún necesita rehabilitación. Tuvo que usarla para el examen de admisión a la Akitensai y pese a concedérsele tiempo extra, fue contraproducente para ella. Su médico, Karasu–dono y Shigu–san la sermonearon al respecto, pero por lo menos no fue algo irremediable.

—Desde que papá murió… evité venir aquí —confesó ella distraídamente —A la tumba de la familia. Vine antes al Akisora porque no me paraba frente a esto, pero… Siento que es momento de decirle a papá que… lamento mucho lo ocurrido. Y que pude ser feliz.

—Gin–san —Fuji la llamó y cuando ella se volvió, la tomó de la mano izquierda y caminó de espaldas llevándola con él —No fue tu culpa, ¿de acuerdo? Y estoy seguro que tu padre sabe que eres feliz.

Habiendo un banco de piedra a su espalda, Fuji se sentó en él y colocó sus manos en la cintura de Gin, apenándola un poco.

—Cuando mis padres murieron, también creí que fue culpa mía —confesó él, sonriendo con melancolía —Pero luego oí la versión de Endo–kun y vi que no era cierto. Solamente así pude entender que cuando los accidentes pasan, nadie es responsable.

Gin quedó confundida por un segundo, parpadeando continuamente, antes de sonreír e inclinar la cabeza hacia Fuji, deslizando la mano derecha por una de sus mejillas y la izquierda, posada en su hombro.

—Muchas gracias por estar conmigo —musitó ella, sin poder evitar el rojo en sus mejillas —No soy la mejor chica del mundo, pero…

—Claro, claro. Ahora resulta que el buen partido soy yo, ¿no?

Ambos rieron por un momento antes que ella acortara la distancia y lo besara. Al separarse, Fuji arqueó una ceja, aparentemente sorprendido.

—¿Y eso a qué vino? —quiso saber.

—Quería un adelanto de mi regalo de cumpleaños.

—Ah… Gin–san… Eso suena un poco…

Al verlo tan avergonzado, Gin no pudo evitar una carcajada.

—¿Gin–chan?

A ella se le cortó la risa como por arte de magia. Giró la cabeza con tal brusquedad que fue casi un milagro que no se lastimara el cuello. Fuji, que no reconocía la voz, también se volvió, pero la persona recién llegada no le resultó familiar.

Al menos hasta que se quitó los lentes oscuros y mostró unos ojos brillantes.

—No es cierto… —musitó Gin, moviendo la cabeza de un lado a otro.

El hombre cerca de ellos, ataviado con un fino traje marrón oscuro, era alto y de cabello castaño oscuro, casi negro, que relucía tanto al sol como sus lustrosos zapatos. Lo que no dejaba ninguna duda de su identidad eran sus ojos, de un tono gris que destellaba.

Eran idénticos a los de Gin.

—Por lo visto, cuando se liberaron de la maldición, yo… reviví —comenzó a explicar el hombre, dando unos pasos hacia la pareja —Creemos que porque fui el único al que convertiste. Fue complejo reorganizarme, demostrar que sigo vivo cuando se hizo mi funeral… ¡no se diga aprender a manejar las novedades de las computadoras, el internet y los celulares!

El sujeto sonrió ampliamente antes de echarse a reír, lo que pareció convencer finalmente a Gin de que no estaba alucinando. Soltó a Fuji lentamente, apartándose de él, para echarse a correr a los brazos de su padre.

—Y déjame decirte algo, Gin–chan —murmuró Tetsuya Hoshi, estrechando a su hija con ganas, en tanto ella escondía el rostro lloroso en su pecho —Estoy orgulloso de ti.

Gin no atinó a hacer otra cosa que abrazarlo más fuerte.


—Buenas tardes, Kinokaze–san. Fujioka–san nos avisó que vendrían, pueden pasar.

—Gracias.

Así como Gin había tenido su asunto pendiente, Fuji le pidió a ella que lo acompañara a un lugar. Luego de eso, podrían celebrar el cumpleaños de la chica en paz.

—Buenas tardes… Kasumi.

La recién nombrada, sentada en una mecedora de madera y con aspecto distante, apenas si reaccionó ante el saludo de Fuji. Se giró hacia él con los verdes ojos vacíos de toda emoción, para acto seguido regresarlos a la ventana. La blanca habitación, para pertenecerle a una publicista, era aterradoramente sencilla.

Cosa comprensible en el ala psiquiátrica del Akishiro.

Tras lo sucedido, Yayoi–san habló largo y tendido con su padre y su hermano; entre los tres arreglaron que Kasumi permaneciera internada en el hospital. Los médicos la evaluaron y la declararon prácticamente catatónica, pues apenas se movía, hablaba o daba otras muestras de cordura. Además, en la investigación que siguió (por insistencia de Yayoi–san, ya que yo no quería saber más del asunto), se llegó a la conclusión de que había sido Kasumi quien me atropelló el año pasado. El padre de Yayoi–san quiso pagarme una compensación, pero aclaré que no era necesario. Bastante tenía con ver a Kasumi allí y además, me alegraba mucho que me dejara tratar a Yayoi–san y a su hermano como… bueno, como mis tíos. Al fin y al cabo, lo son, ¿no?

—Vine a verte, como cada mes —comentó Fuji, sentándose en la cama, a la izquierda de Kasumi. Gin, con las manos a la espalda, se quedó de pie junto a la puerta —Hoy no podré quedarme mucho, es cumpleaños de mi novia. Yayoi–san te manda saludos, lo mismo que Fuuka–chan. Fujitaka–san, Nami–san y Fujiro–san… Ellos igual.

Gin hizo una mueca que borró casi enseguida. En realidad, Fujiro y Fujitaka, lo mismo que Nami, no querían saber absolutamente nada de Kasumi, pero Fuji era demasiado amable para decir eso, aunque fuera a una enferma que no daba señales de estarlo escuchando.

—No sé si algún día puedas ser la de antes, pero no te deseo ningún mal —aseguró el muchacho, con una sonrisa de medio lado —Ojalá te arrepintieras… —suspiró.

—¿Arrepentirme? ¿Quién eres tú para decir eso? —sin previo aviso, Kasumi le había respondido, mirándolo con los ojos llenos de furia —¡Tú no eres nadie! ¡Tú no existes! ¡Debí matarte cuando tuve la oportunidad, Kenji!

Estiró la mano para abofetear a Fuji, pero Gin se había movido desde el instante en que Kasumi comenzó a hablar, por lo que pudo sujetarle la muñeca.

—No se atreva a lastimarlo en mi presencia —amenazó la chica en un siseo.

Kasumi observó a quien la detenía, sus ojos perdieron poco a poco el débil brillo que habían adquirido y aflojó la mano, quedando a la deriva otra vez.

—Gin–san, ¿estás bien?

—Sí, usé mi mano buena. ¿Podemos irnos?

Fuji asintió, poniéndose de pie. A continuación, se acuclilló, tomó la misma mano que había intentado golpearlo y le dio un beso en el dorso. Al enderezarse, Kasumi se movió de nuevo, pero esta vez una sonrisa torcida le iluminó la cara.

—Eres todo un caballero, Ken, como siempre. ¿Me quieres mucho, no?

Definitivamente no lo entiendo. Los doctores dicen que conmigo es con la única persona que Kasumi logra soltar palabra, ¿pero eso es bueno, si siempre me confunde con Kazegami–san o con papá? No sé qué pensar al respecto. Más que nada porque siento que no me parezco a ninguno de los dos.

Fuji tragó en seco, respiró profundamente y musitó.

—Sí, te quiero mucho.

Eso pareció calmar a la mujer, quien apartó la vista y volvió a su semblante abstraído.

—Te quiero mucho, abuela.

Fue lo último que Fuji murmuró antes de marcharse, con Gin a su lado.


La fiesta de cumpleaños de Gin fue una cosa bastante curiosa. Fuji había logrado reunir a varios de sus ex–compañeros de la preparatoria, a pesar de que estuvieran ocupados con sus estudios o sus trabajos, prueba irrefutable de que la pelirroja se había ganado su simpatía, pese a ser un poco brusca y gruñona. Cosa que no había cambiado ni un ápice.

—¡No, Chiba, ni hablar! ¡No me pondré esa cosa para nada!

La nombrada y sus amigas, entre carcajadas, se habían unido para regalarle ropa a Gin y ahora intentaban que se la probara.

—Excelente fiesta, Fuji —felicitó Nagase, conteniendo la risa al ver cómo Gin se les escabullía (quizá por enésima vez) a Chiba y Gakusha —¿Qué nunca se cansan?

—No sé, Naga–kun. A propósito, ¿cómo te va en la escuela técnica?

—Excelente. La Akisharin tiene muy buenos maestros. ¡Hasta me están gustando las matemáticas! Quién lo diría…

—¿Matemáticas? Eso es raro en ti, Nagase —aseguró Shinto, sonriendo un poco.

—Tú sí que eres raro, Kano. ¿Cómo se te ocurrió entrar a Sociología?

—Sencillo: es la mejor forma de estudiar a las personas en su hábitat natural.

—Sí, claro… ¿No querrás estudiarte a ti mismo, Kano?

—No, gracias.

—Shin–kun, ¿cómo les va a Yayoi–san y a ti?

—Muy bien. Incluso ya tenemos un nombre.

—¿Un nombre? ¿Tan pronto? —el rubio casi escupió su bebida cuando oyó eso.

—No es pronto, Nagase. Falta muy poco. Elegimos el nombre de Kenji. ¿Suena bien, no?

Nagase hizo una mueca, sin decidirse a comentar algo, pero Fuji sonrió y asintió.

—Kano Kenji… ¡Sí, suena bien! —aseguró.

El motivo por el que Shin–kun decidió entrar a la universidad tan de repente fue porque… ¡él y Yayoi–san van a tener un bebé! Ella lo supo en Año Nuevo y prefirió hablar primero con su familia para después, darle la noticia a Shin–kun. Y yo que creí que mi amigo tardaría mucho en ser papá… ¡y ahora lo será de mi primo! Es una cosa bastante curiosa.

—Hablando del futuro Kenji… —soltó Nagase, risueño.

En un extremo de la habitación, Yayoi estaba a cargo de las fotografías, aunque muchos le decían que en su estado, no debería andar saltando de un lado a otro. Pero a la joven poco le importaba y cada vez que veía algo interesante, lo capturaba con su aparato.

Al cabo de un rato, llevaron el pastel a la mesa, donde Gin lo contempló con incredulidad.

—¿Así que por eso anoche estabas levantado? —indagó ella, mirando a su novio.

Él se encogió de hombros, con expresión de haber sido descubierto.

Todos rieron, aún siendo de conocimiento público que aquella casa, donde vivió la familia Kinokaze por muchos años, ahora únicamente la compartían Fuji y Gin.

Por cierto, ella miró las velas del pastel un segundo antes de soplarlas con ímpetu, deseando una sola cosa que, sin importar lo que sucediera, procuraría conseguir.


Cinco años después…

—Son tres mil cuatrocientos cincuenta yenes, por favor.

La pareja de ancianos sonreía con amabilidad al ser despachados, tras comprar los libros que habían solicitado hacía días. Cuando el hombre, con una reluciente calva, entregó el dinero, le comentó cortésmente a la empleada.

—Bonitos ojos, señorita. Puede quedarse con el cambio.

—Se lo agradezco mucho, Kawayama–san. Que usted y su esposa tengan buen día.

Los ancianos inclinaron la cabeza y se marcharon.

—¿Con que así consigues tantas propinas? —dijo uno de los empleados —Pues dime de dónde sacaste los lentes de contacto, que se ven geniales.

—¿Tanto tiempo llevo aquí y no te has dado cuenta? Mis ojos son así.

El empleado iba a replicar, pero su compañera consultó su reloj y se quitó el mandil del uniforme a toda carrera.

—¡Terminé por hoy, Takaya–san! ¡Ya me voy!

La diestra de la empleada, con una cicatriz en la palma, se agitó en señal de despedida antes que su dueña abandonara el local.

—Muy bien, todos, ¡a trabajar! —pidió una mujer madura y castaña con el cabello recogido en la nuca, antes de ocuparse de la caja.

Los demás siguieron con lo suyo, preguntándose qué privilegios tenía su compañera como para salir temprano ese día.

En sí no eran privilegios, sino un permiso solicitado desde hacía semanas.

La empleada, recogiéndose el largo cabello rojo castaño en una trenza, se caló una gorra con un lirio bordado y montó una desgastada bicicleta. Consultó su reloj de pulsera y comenzó a pedalear, esperando llegar a tiempo. El aeropuerto Akitori no quedaba a la vuelta de la esquina.

Aunque antes tenía que hacer una escala.

Una hora después, la entrada principal del aeropuerto estaba llena de gente. Muchos que transitaban por allí, extrañados, se quedaban viendo al singular grupo, cuyos integrantes tenían las más variadas fisonomías. Hasta los pocos niños en el conjunto tenían sus curiosidades.

—Mamá, mira ese verde tan bonito…

—¿Dónde, dónde?

—Allí, en el señor del sombrero.

Una pelirroja de grandes ojos verdosos se inclinó hacia un pequeño de cabello rojizo y ojos violetas que le sonreía y mordisqueaba una paleta de caramelo.

—¿Qué te he dicho de eso, Kenji? —inquirió un hombre de cabello oscuro y ojos idénticos a los del niño, ataviado con un traje azul marino.

—Que mamá no puede ver esos colores, papá.

—Correcto. Ahora fíjate a ver si aparece la combinación de colores que te describí.

—Tu hijo da miedo, Kano —aseguró cierto rubio, acomodándose la chaqueta negra que traía puesta —¡Se parece mucho a ti!

—Sí, claro, Nagase, lo que digas.

—¡Eh, quiero ver a ese primor! —soltó alguien a la derecha del rubio, una joven de cabello oscuro, dirigiéndose a un hombre de cabello azul —¡Mira nada más!

—Ah, Kina, ¿nunca habías visto a un bebé?

—Al tuyo no, Hat–san.

—Eso se siente tan raro… Mako–san, deja que Kina cargue a Haru y así estará callada.

—¡Oye, no digas eso!

—Ya, ya —una mujer de largo cabello castaño cenizo acomodo en brazos de Kina un pequeño bulto envuelto en una manta rosa —¡Haru–chan, sé buena con tía Kina!

—No sé cómo nos dejamos convencer de esto —comento en voz baja un hombre con el cabello castaño cenizo, aflojándose el nudo de su corbata verde botella.

—Vamos, como si no quisieras estar aquí —una mujer de melena oscura y ojos azules lo alcanzó a oír, dándole un gran abrazo —Además, llegará Saragi–san también, ¿no? ¡Eh, Mako! ¡Yo también quiero conocer a tu bebé!

En tanto la charla entre los integrantes de ese grupo seguía en esos términos, por las puertas principales entraron más personas, entre ellas la pelirroja de la trenza. Había dejado la bicicleta en casa y abordado un taxi, pues llevaba las manos ocupadas. Luego de acomodar sus ropas y morderse el labio inferior, había emprendido la marcha.

Aunque viendo al pintoresco grupo que también aguardaba, se escabulló como pudo y echó a correr hacia la puerta que, según recordaba, era la del vuelo que estaba esperando.

—Los pasajeros del vuelo cuatrocientos cincuenta y seis, proveniente de Londres, Inglaterra, podrán ser recibidos en la sala seis. Repetimos, los pasajeros del vuelo cuatrocientos cincuenta y seis, proveniente de Londres, Inglaterra, podrán ser recibidos en la sala seis.

—¿Ese no era el vuelo de…? —se exasperó una rubia ojiverde despampanante, vestida con un traje sastre color melocotón —¡Condenada Gin!

—Sí, nos la ha jugado —asintió un hombre joven que bajo una bata blanca de médico, mostraba una camisa roja y un pantalón negro de vestir. Sus zapatos negros relucían —En fin, ya que llegó Saragi, vamos a saludarla. Le prometí a Zukure–san darle algo de su parte.

—¿Y por qué no vino ella, Shigu?

—Tiene que supervisar un hotel en Etsujinja. Llegará a tiempo para mañana.

—¡Esa loca literata me las va a pagar! —reclamó Nagase Haraki con ganas.

—Sí, claro, Nagase.

El grupo se encaminó a la sala seis, en tanto la pelirroja de la trenza veía la escena a unos metros de distancia y suspiró.

—Al menos eso funcionará un rato —musitó, antes de encaminarse a otra sala.

La sala seis estaba llena, principalmente, por personas buscando a algún visitante distinguido, alzando letreros en inglés para ser fácilmente identificados. Así que fue una sorpresa que una mujer muy guapa, de largo y liso cabello azul plateado, se despojara del saco del traje azul lavanda para luego ir caminando con toda tranquilidad a las personas que, luciendo distintas unas de otras, se veía que venían juntas.

—¿A qué debo semejante comité de bienvenida? —inquirió, en perfecto japonés.

—A una treta de Gin —refunfuñó la rubia vestida de verde —¡Nos dijo que tu vuelo era el del niño! ¿Puedes creerlo?

—Ah, ¿es que todavía no llega él?

—No, aún no.

—Pues podemos llamarle, Wodaka, no te desesperes.

La rubia de verde hizo un mohín, al tiempo que la de cabello azulado sacaba su teléfono celular. El hombre de cabello castaño cenizo se acercó para ayudarla con su maletín.

—¿Cómo has estado? —inquirió él en voz baja.

—Perfectamente. Mi padre aceptó que negociara la apertura de una de nuestras empresas en Reino Unido y lo dejé allá cerrando el trato. Fue buena idea consultar la ley local, había datos que no habíamos tomado en cuenta, Endo.

El de cabello castaño cenizo asintió, con una ligera sonrisa.

—Ah, tendremos que esperar —dijo en ese momento el de cabello azulado, guardando su celular —No me contesta, lo que significa que no ha aterrizado.

—¿Cómo estás tan seguro, Hatsu?

—Saragi, Gin me dijo la última vez que él suele apagar el celular cuando vuela.

—Tenía que ser Gin quien te contara eso…

—Entonces, ¿vamos a informarnos acerca de los horarios? —propuso Nagase, no muy seguro de que los parientes de su pareja lo escucharan.

—Andando, Nagase, y después venimos a decirles —ofreció Kano.

Ambos amigos se acercaron a un mostrador con el letrero de Información y en lo que preguntaban lo que querían saber, se escuchó otro anuncio.

—Los pasajeros del vuelo novecientos ochenta y siete, proveniente de Fuyutani, podrán ser recibidos en la sala tres. Repetimos, los pasajeros del vuelo novecientos ochenta y siete, proveniente de Fuyutani, podrán ser recibidos en la sala tres.

La pelirroja de ojos verdosos, que aferraba una de las manitas de su hijo, sintió una vibración en su bolsillo, en el que rebuscó con su mano libre.

—¿Sí? Habla Kano —respondió, para después dejar escapar una exclamación —¡Ah, qué gusto! No sabía que también vendrían… Sí, claro, iré ahora —colgó y llamó a su esposo, que regresaba en ese momento —¡Shinto! ¡Viene llegando Inazuma–kun con su esposa!

—¿Ese idiota? —renegó Nagase por lo bajo.

—Vamos, cuñado, que esto se está poniendo bueno —saltó una pelirroja de ojos azules y brillante sonrisa.

—¿No te cayó bien desde que supiste quién es? —inquirió una rubia de ojos rosados.

—¡Yo eso no me lo trago!

Así las cosas, los Kano dejaron a sus acompañantes atrás para ir a la sala tres.

—¿Lo ubicas, Shinto?

—No, creo que no. Hay mucha interferencia.

—Ah, papá, papá, mira allá —el niño dirigió sus violáceos ojos hacia su derecha.

—¡Hola! —Inazuma Kazegami, elegantemente vestido con un traje azul marino y corbata plateada, sonrió y se acercó, acompañado por una mujer muy bonita ataviada con un vestido color azul cielo —Temíamos llegar tarde, ¿aún no está aquí?

—No, aún no —respondió Shinto, consultando su reloj —Nos dieron el vuelo y la hora equivocada, pero no tarda.

—¡Seguro fue cosa de la pelirroja! —se rió Inazuma.

—Los pasajeros del vuelo novecientos cincuenta y ocho, proveniente de Atenas, Grecia, podrán ser recibidos en la sala cinco. Repetimos, los pasajeros del vuelo novecientos cincuenta y ocho, proveniente de Atenas, Grecia, podrán ser recibidos en la sala cinco.

—¡Ese debe ser el vuelo! —se entusiasmó Inazuma, tomando la mano de su mujer y adelantando a los Kano.

—Parientes tenían que ser… —suspiró Shinto, granjeándose una risita de su esposa.

En tanto, la sala cinco estaba particularmente vacía, a excepción de unas tres personas que inmediatamente se reunieron con quienes esperaban. La pelirroja de la trenza, apretando un poco más aquello que le ocupaba las manos, contraía los labios nerviosamente, aunque de vez en cuando esbozaba una sonrisa ansiosa.

Finalmente apareció un hombre alto, de cabello castaño rojizo y traje gris oscuro, cuya corbata roja traía el nudo muy flojo. El sujeto sostenía un maletín negro con una mano y en la otra, un teléfono celular que estaba encendiendo.

—Ya está —musitó el hombre, apartando los castaños ojos del aparato, el cual guardó en un bolsillo —Espero que no tuviera problemas en…

Se interrumpió al divisar a la pelirroja, quien se mordió el labio inferior antes de sonreírle. Correspondió al gesto y se acercó a paso rápido, casi corriendo.

—¡Gin–san! ¡Ken–chan!

La pelirroja se movió un poco, al mismo tiempo que el niñito que ahora agitaba los bracitos en dirección a quien venía hacia él.

—¡Ken–chan, mi niño! —se alegró el recién llegado, estirando los brazos para cargar al pequeño y revolver su escaso cabello rojizo —¿Cómo has estado? ¿Te portaste bien con mamá?

El chiquillo balbuceó algo, entre risas.

—Fuji, anda, vamos por tu equipaje —pidió la pelirroja, contenta por la escena que tenía enfrente —Debes estar cansado, ¿no? ¿Cómo te fue?

—Excelente. Convencí a algunas personas de venir a dar pláticas en la Akitensai en el verano. ¿A ti ya te contestó Gensai–san?

Gin asintió con una leve sonrisa y se encaminaron hacia el área de equipaje.

—¡Fuji, no te escapes! —reclamó Inazuma, bromista, llegando junto al otro castaño —¿Ves, Kaede? ¡En cuanto está con su mujer y su hijo, no conoce a nadie! Qué ingrato…

—Ah… Hola, Inazuma–kun, Kaede–san. ¿Tuvieron buen viaje? Según sé, llegaban hoy.

—¿Cómo supiste…? No, espera, no me lo digas, mi querido tío te lo alcanzó a contar.

—Sí, lo hizo. ¡Shin–kun, Yayoi–san! ¡También vinieron!

—¡Primo Fuji! —saludó el pequeño hijo de los Kano, alzando los brazos.

—Hola, Kenji–kun, me alegra verte.

No tardaron en abandonar la sala, recorriendo los pasillos del aeropuerto y hallándose al poco rato con el curioso grupo que se había quedado en la sala seis.

Hubo un pequeño revuelo, dándole la bienvenida a Fuji Kinokaze, quien regresaba después de año y medio a Japón. Su intercambio por parte de la universidad se había alargado debido a la dedicación que había puesto a su tesis, cuyo tema apasionó a los griegos. Todos lo habían extrañado, porque aunque Fuji regresaba en vacaciones, no era suficiente.

Menos mal que había vuelto. Y más por lo que sucedería al día siguiente.


—¡Felicidades!

El ambiente, lleno de algarabía y buenos deseos, era el esperado en un evento como aquel. Los trajes ceremoniales de los actores principales eran soberbios y sus portadores, claro, sonreían con emociones entremezcladas, pero más que nada afectuosas.

¿Acaso podría ser de otra forma?

Mucho gusto en saludar nuevamente, soy Kinokaze Fuji. Ha pasado tiempo desde que terminé la preparatoria, ¿no? Todos hemos seguido caminos distintos, aunque de vez en cuando nos cruzamos. Pero ahora no es el mejor momento para acordarse de eso, ya que me perdería la mayor parte de la boda…

—¡Me alegro por ellos! —aplaudía una castaña de cabello ondulado, con la cara adornada por pecas similares a los diminutos lunares marrones de su vestido blanco —Pero es una locura.

—¿Qué cosa? —preguntó un castaño de ojos dorados y traje gris oscuro —¿La boda?

—¡No, qué va! La pareja que se casa.

—¡Pero si se hicieron novios hace años, Fumihi–san! ¿Por qué no confiesas que lo raro es que Kina se esté casando?

La castaña con pecas, haciendo un mohín, decidió abandonar el tema.

Fumihi–san es detective en la policía de la ciudad; suele encargarse de los casos más raros y complicados, resolviéndolos exitosamente. Miyizu–san, por su parte, estudió Leyes y se ha convertido en juez de la Corte, conocido por la calma en su voz y la justicia de sus sentencias.

—Hasta que sabrás lo que es el matrimonio, Nagase —fue la frase que Shinto Kano soltó para felicitar a su amigo.

—Sí, claro, Kano, como digas —el recién casado, pasándose una mano por el rubio cabello, hizo una mueca —Aunque no me gusta el disfraz…

Se refería al kimono verde oscuro con finas rayas azules que llevaba puesto.

Naga–kun no es del tipo tradicional, eso es evidente, aunque en el taller mecánico donde trabaja se lleva de maravilla con los clientes mayores. Pero ante la insistencia de Kyouseitekina–san, aceptó a vestir así en su boda. Por cierto, ella es actualmente aprendiz de Yami–dono, pues estudió Criminalística.

En cuanto a Shin–kun y Yayoi–san… Las cosas les han salido bien: él es un sociólogo al servicio del gobierno y ella se ha convertido en una fotógrafa de paisajes nacionales. Su hijo, Kenji–kun, cumplió cinco años y es un chiquillo muy despierto. Se toma con bastante humor el tener el mismo don que su padre.

—¡Pero qué guapo, Nagase–kun! —le sonrió una mujer joven de cabello castaño cenizo y vestido azul turquesa, acercándose con un bebé en brazos.

—¿Alguien te lo preguntó, veterinaria musical?

—Ah, es un buen marido el que has conseguido, Kina —apuntó Hatsu Hoshi, con su habitual expresión indiferente, ligeramente modificada por una diminuta sonrisa.

—Gracias por el voto de confianza, Hat–san.

Hatsu–san trabaja en una famosa empresa de Harusumi, innovando cuanto aparato electrónico existe, siendo la rama de la comunicación su especialidad. Se casó con Mako–san al año siguiente de que ella iniciara la carrera de Veterinaria y su hija, Haru–chan, tiene cuatro meses. Mako–san, por cierto, trabaja en el Harurou, el zoológico de Harusumi y ha hecho estudios sobre los efectos de la música en los animales que han llamado la atención de científicos de todo el país.

—¡Haraki–kun! ¡Hasta que te animaste a casarte!

—¿Hasta que me animé? Suena como si me llamaras cobarde, loquera.

—Kina, me alegro por ti, ¿pero por qué no te conseguiste a un hombre más amable?

—Ku–san, Haraki–san… Bueno, Nagase —rectificó la morena trilliza, con las mejillas sonrosadas —Él es amable. Pero siempre se ha llevado así con Soho–san.

—Sí, Kuren–san, no te preocupes. Haraki–kun es así.

Kuren–san labora para un reconocido hospital infantil, fabricando instrumentos para el diagnóstico y el tratamiento de diversas enfermedades. Recuerdo que nos sorprendió mucho cuando supimos que salía con Suzume–san desde poco antes de terminar la preparatoria, y lo más increíble es que se llevan de maravilla. Ellos planearon su boda para el año entrante, cuando Suzume–san finalmente concluirá su tesis en Psiquiatría.

—¡Felicidades a los novios! —celebró una mujer rubia de ojos verdes y kimono color vino con hojas de arce bordadas en hilo dorado y marrón.

—Wodaka, cálmate —le pidió con una sonrisa nerviosa un hombre de cabello oscuro y bigote, ataviado con un traje verde botella —Y dame esa copa, no deberías beber.

Wodaka–san sigue de periodista independiente, además de haber firmado un contrato con una revista de la Akihon para publicar una serie de semblanzas sobre personalidades de las Shi–Chou. El hombre que la acompaña es Odohara Kimitake, su marido, ¡sí, Wodaka–san se casó! Y aunque era contrario a su carácter perfeccionista, permitió que todo se arreglara en tan solo tres meses. Según me contaron, se conocieron en Etsujinja hace unos años y en este momento esperan a su segundo hijo. La primera, Karin–chan, apenas es menor que Kenji–kun por un año, y todo el mundo dice que es una Wodaka–san en miniatura… pero con la mayoría de los rasgos físicos de su padre.

—Mi hermanita se casó —comentó una morena de ojos oscuros y opacos, cuyo vestido violeta resaltaba sus curvas.

—Kara–nesan, ¿y tú cuándo? —quiso saber una rubia de ojos rosados.

—No sé. Tendría que conseguirme un buen partido, ¿y tú qué me dices, Toya–chan?

—¿Yo? Espero que Okura–kun termine la temporada. Dice que le ofrecerán un contrato.

—¡Qué lindo, tendrás un marido deportista! —comentó una pelirroja de ojos azules.

—¡Mejor no hables, U–nesan! Que ya me dijeron que andas saliendo con ese sempai tuyo de la universidad… ¿Sugita–san?

—¡Ah, cállate, Toya–chan!

Karasu–dono sigue siendo detective, una que otra vez coopera en los casos de Fumihi–san y claro, aún ayuda en ocasiones a Yami–dono. Itoya–san se convirtió en comerciante de antigüedades y su novio, Okura–kun, es un futbolista que ha ido ganando fama internacional últimamente. Umei–san es reportera, trabaja para el noticiero vespertino de una televisora de Akiyuri y según lo que he oído, está saliendo con un productor de telenovelas.

—¡Miren quién está aquí! —se entusiasmó una jovencita de largo cabello castaño, luciendo un vestido verde con flores azules estampadas —¡Ken–chan! ¡Ven acá con tu tía!

—Calma, calma —un joven rubio de traje verde contenía la risa —Ken–chan no se irá a ninguna parte, Fuuka–chan.

—¡Pero míralo, Aishi–kun! ¡Es tan tierno…!

Fuuka–chan y Aishi–kun han sido los mejores amigos desde que se conocieron en primaria y rara vez se ve a uno sin el otro. De hecho, entraron a las mismas escuelas para no separarse. A Wodaka–san eso le hace gracia, pero a Fujitaka–san parece enojarlo un poco. Los dos están ahora en la Akiai, en el mismo grupo (para su buena suerte, según sus propias palabras) y el curso anterior les tocó representar el cuento de Akiyuri, siendo Fuuka–chan la Yuri–hime y Aishi–kun, el campesino. ¡Eh, yo no insinúo nada! Ellos dos son los las personas más incrédulas que puedan imaginarse. Y Kokoro–dono, ahora que me acuerdo, diseñó los kimonos de los novios; pues abrió su propia empresa de modas. Claro, afiliada a la Alianza Aki–Hoshi.

—¡Eh, no molesten! —regañó una pelirroja de cabello largo y vestido rojo con lirios blancos pintados —Kenichi, ¿estás bien?

Ahora la pelirroja cargaba a su pequeño de rojizo cabello, quien no dejaba de reír y mover las manitas hacia Aishi y Fuuka debido a los gestos graciosos que le dedicaban. A ellos no tardó en unirse el matrimonio Kazegami, puesto que a Inazuma le encantaba sacar de quicio a la pelirroja, aunque fuera en broma.

Inazuma–kun es, actualmente, el presidente del Corporativo Kazegami, por lo que se la pasa viajando. Su esposa, Kaede–san, es su asistente personal y por lo que me han contado, están tan ocupados que no pueden permitirse hijos en este momento. Pero Inazuma–kun está decidido a tenerlos y para hacer rabiar a su familia, alega que quieren que se parezcan al abuelo Ken y a mí. Creo que el abuelo Ken hizo bien en dejar a Inazuma–kun como heredero de la mitad de sus bienes y albacea de la otra mitad, que es mía, antes que la edad lo venciera y falleciera durmiendo tranquilamente en su cama, poco antes que volviera de Grecia. Yo no habría sabido qué hacer con tal fortuna.

—Sí, es mi turno —de repente, un hombre de cabello negro con destellos rojizos y traje negro impecable se había acercado, estirando los brazos hacia el niño y éste, con una enorme sonrisa, hizo ademán de irse con él —Soy su tío favorito.

—¡Tío! —exclamó el niñito, agitando sus menudos puños en alto.

—Te aprovechas de su inocencia, Shi–kun —señaló, risueña, una mujer de cabello rojo rosáceo y un vaporoso vestido color palo de rosa.

—Por ahora me conformo con Kenichi, Zukure–san. Además, debo practicar.

La aludida rió, abrazándose su abultado vientre a causa de la risa.

¿Recuerdan que Zukure–san presentaría un proyecto de titulación? Pues bien, éste resultó ser un hospital pediátrico, el primero de Akiyuri y financiado por la rama farmacéutica de la Alianza Aki–Hoshi. Supongo que fue por eso que resultó fácil convencer a Shigu–san de ser su director. Mientras él está en el hospital, Zukure–san supervisa en todo el país la construcción de hoteles, oficinas y mansiones diseñadas por ella, lo que le da suficiente dinero como para invertir en proyectos sociales, como orfanatos. Ellos dos se casaron a finales del año que salí de la preparatoria y Shigu–san está radiante de alegría (a su modo, claro) porque por fin tendrán a su primer bebé.

—Gin, ¿te han llamado ya? —quiso saber Shigu, meciendo un poco al niño en sus brazos.

—Ah, sí. Tengo la respuesta de Gensai–san. Le comenté a Fuji que…

—Claro, Fuji–kun debía enterarse antes que nadie —comentó cansinamente una mujer de cabellera azul plateado y vestido azul cielo.

—Mira, ejecutiva, deberías dejarme en paz por una vez.

—Ustedes dos nunca cambian, ¿cierto, Saragi? —comentó Shigu con una media sonrisa.

—Sí, claro. Como si eso fuera posible…

—¿Va a venir Sei–kun, Sara–chan? —inquirió Zukure.

—No estoy segura. Tenía que verse con un tal… Sakuragi, de Hokkaido. Le dije que no hacía falta que se tomara la molestia, pero insistió en hacer lo posible por llegar al brindis.

Saragi–san ahora se encarga de la logística de la Alianza Aki–Hoshi, sobre todo cuando decide operar en el extranjero. Está comprometida con Endo–kun desde hace un año y esperan casarse dos meses antes que Kuren–san y Suzume–san. Endo–kun ahora es abogado y vicepresidente de la firma de su padre.

—Gin, ¿qué dijo Gensai–san? —quiso saber Shigu, aprovechando que le devolvía el niño a su madre para susurrar la pregunta.

—Todo estará bien, es un hecho. Y saldrá en un mes.

—¿Tan pronto?

—Bueno, matasanos, la edición fue prácticamente nula y por eso la aprobación salió enseguida. Así que… ¿quieres una copia?

—Autografiada, si eres tan amable.

Gin sacó juguetonamente la punta de la lengua y asintió.


El verano era agradable, muchas familias se iban de viaje y quienes tenían trabajo lo desempeñaban sin evitar quejarse por el calor. De todas formas, lo que causaba sensación era el anuncio puesto en cada librería no solamente de Akiyuri, sino del país entero.

A LA VENTA UNA OBRA DE KINOKAZE GIN,

CON COLABORACIÓN DE KINOKAZE FUJI:

TELARAÑA

LAS COSAS NO SON LO QUE PARECEN, MUCHO MENOS LOS SENTIMIENTOS

Por sí mismo, el apellido Kinokaze era reconocido y apreciado, al menos desde que se supo que era parte del nombre real de Fuyuno Okami. Sin embargo, nadie sabía bien de qué trataba el libro y solamente por los autores se decidieron a comprarlo.

No se arrepintieron.

Ese mismo día, justo cuando las librerías se volvían locas atendiendo la demanda surgida, una pequeña familia se había ido a pasear por la playa muy temprano. Mientras el niño, cuyo cabello lanzaba destellos color rubí por la luz del sol, corría intentando alcanzar las olas, los padres iban tras él, a paso lento y tomados de la mano.

—¿En serio no quieres ir por la ciudad a ver qué tal va, Fuji?

Ella, con el cabello rojo castaño atado en una coleta alta, sonrió con aire divertido ante la mueca de su acompañante, un hombre cuyo cabello castaño rojizo era revuelto por la brisa.

—No, Gin–san, gracias. La foto en la contraportada hará que nos reconozcan y no quiero preguntas hasta la conferencia de prensa. Ahora entiendo por qué papá pidió anonimato.

La pelirroja se echó a reír, tapándose la boca con la mano izquierda para amortiguar un poco el sonido.

Con ese ademán, mostraba su anular, adornado por una argolla dorada y un anillo con una brillante piedra roja engarzada. La argolla, de hecho, era casi idéntica a la que el castaño llevaba en el anular izquierdo.

—Ah, se me olvidaba… —comentó ella, bajando la mano y tratando de imitar el tono de voz de Hatsu Hoshi, el más indiferente de la familia —Tuve un sueño.

—¿Un sueño? ¿Y de qué trataba?

—Taisho–sama venía a darme las gracias. Y quería saber si no me importaría criarlo.

—¿Criar a Taisho–sama?

La mujer volvió a reír, pero esta vez de manera más suave. A continuación, detuvo sus pasos, haciendo que su acompañante se parara también, y luego ella se paró sobre las puntas de sus pies para susurrarle algo al oído.

El niño de ambos, que se había cansado un poco de corretear al mar, se giró al escuchar una especie de grito. Fue hacia sus padres, pensando que había ocurrido algo malo, pero al ver cómo su padre giraba con su madre en brazos, supuso que era algo bueno.

Y se acercó a saltos, riendo, pidiendo con su vocecita infantil y palabras a medias que lo dejaran entrar al juego.

Gin–san hizo lo que yo, aún teniendo a semejante padre, no conseguiría jamás: convertirse en novelista. El argumento de su primer libro tiene como protagonista a un joven de preparatoria que sin querer, se ve involucrado con un clan poderoso con curiosos dones y una maldición milenaria. Les suena familiar, ¿verdad? Cuando ella planteó la idea a sus parientes, hubo protestas, pero estando la obra enmarcada en la ficción y con obvios cambios de nombres y escenarios, se llegó a un acuerdo. También ayudó el hecho de que Mezuki y Hitomi no estuvieran presentes, aunque poco habría importado: Tetsuya–san se divorció de Hitomi en cuanto "volvió a la vida", ella dejó de ser una Hoshi y se fue a vivir al sur, acompañada por Mezuki, que según Gin "renegó de su familia como si de criminales se trataran". No sabemos nada de ellas desde entonces.

Para que su obra saliera bien, Gin–san entrevistó a todo aquel que creyó necesario, en tanto yo le facilité mi diario y algunos detalles más. Y el resultado está a la venta hoy, "Telaraña", aunque el título siento que no le queda. Gin–san aseguró que sí, porque los Hoshi habían estado apresados por mucho tiempo por los irrompibles hilos del destino, los malos entendidos y el odio, además de haber de manera aislada unas cuantas hebras de generosidad, amistad y amor. ¡Eh, ella fue quien lo describió así! Se nota que estudió Literatura y se graduó como la mejor de su clase. Y también que tiene una suerte excelente: a Gensai Moriko–san, la editora a cargo del trabajo de Gin–san, le agradó el manuscrito desde que leyó la primera página.

Pidió que mi nombre apareciera como colaborador, porque le ayudé en cuanto a desarrollar la cronología de la novela. Estudiar Historia Universal te da una perspectiva bastante interesante de lo que ya ocurrió y te hace desear aprender de ello. Al menos fue lo que les dije a los alumnos de la Akiai (donde Fuuka–chan y Aishi–kun estuvieron encantados de verme) cuando fui a dar una conferencia sobre la influencia del extranjero en Japón, antes de irme de intercambio a Grecia. Allá investigué a fondo la mitología y qué tanto se entremezcla con lo verídico. Y terminada mi tesis, pedí trabajo en la Akiai y me admitieron como profesor en prácticas a partir del siguiente curso escolar.

Papá, mamá, ¿qué más puedo pedir? Gin–san y yo nos casamos el febrero siguiente a que los Hoshi se liberaran, entre caras alegres y sinceras felicitaciones de todo el mundo. Kenichi, nuestro hijo, es lo que más amamos en este mundo y tuvimos la fortuna de que el abuelo Ken lo viera nacer y aprobara su nombre antes de morir. Pero ahora que lo pienso, ya sé qué más pedir.

Que el hijo que espera Gin–san ahora mismo nazca bien y que podamos hacerlo tan feliz como a su hermano.


Otros cinco años después…

—¡Mamá, papá, ya es hora!

Un niño de cabello castaño, colocándose los zapatos, miraba una y otra vez a su espalda. Era el primer día de clases y no solamente para él.

—¡Quiero ir contigo, onisan! —pidió un pequeño de roja cabellera y ojitos plateados, cuya ropa era cubierta por una batita a cuadros azules y amarillos.

—No puedes, Taisho, ya te lo dije.

—¡Taisho, no has tomado tu bento!

—Anda, que se nos hace tarde —le pidió el niño castaño a su hermanito.

—¡Fuji! ¿Estás listo?

—Claro que sí, Gin–san, enseguida voy.

—¡Taiyou, no juegues con los palillos!

Por toda respuesta, una risa infantil se dejó oír. Luego, llegaron corriendo a la puerta Taisho y un pequeñito que parecía su copia, con la diferencia de que sus ojos eran verdes y su cabello ligeramente más claro, con unos destellos dorados a la luz.

Minutos después, los padres aparecieron en la puerta, él vestido de traje y cargando un maletín; ella, con una blusa blanca y un pantalón de mezclilla, pasándose la mano por el flequillo y con un casco bajo el brazo.

—¿Seguro que puedes hacerte cargo, Fuji?

—Seguro. Ve con cuidado, Gin–san, que saldré a tiempo a recoger a Taisho y a Taiyou.

El niño mayor hizo una ligera mueca de impaciencia en lo que todos salían.

—¡Que les vaya bien! —se despidió la pelirroja con una mano en alto, ya montada en una bicicleta y con el casco puesto.

Los otros le devolvieron el saludo desde el auto familiar, sencillo y color rojo, antes de que el padre arrancara.

Y esto es casi todos los días… ¡Ah, claro, no han de saber quién soy! Mucho gusto, me llamo Kinokaze Kenichi, tengo nueve años y voy en cuarto año en la primaria Akiyu, en la ciudad de Akiyuri. Mamá era la de la bicicleta, se fue a su trabajo en una librería, ¡cosa que no entiendo, cuando ella misma escribe libros!

Hoy mis hermanitos, Taisho y Taiyou, entran al último año de preescolar. Son como la peste, corriendo por todos lados, haciendo travesuras y quejándose de no ir a la escuela conmigo. ¡Como si quisiera eso! Tenerlos en casa me basta.

Le ha tocado a papá llevarnos a la escuela. Él sabe mucho, es profesor en una preparatoria, nos cuenta que es la misma donde estudió junto con varios de nuestros tíos y con mamá. Quisiera ser más grande para ir allí…

Y bueno, tengo muchos primos con los que puedo jugar, mamá y papá son muy buenos conmigo y aunque me molesten, quiero mucho a mis hermanitos. Además, cuando algo me sale mal, repito algo que papá suele decir y que según él, se lo copió al abuelo Kenji, que murió hace mucho.

"Todo tiene un lado bueno sabiéndolo buscar".


Sábado 26 de Febrero de 2011. 5:05 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

A muchos les sorprenderá la presente nota, la última de esta historia, originalmente escrita como un capítulo aparte por su servidora. Sí, finalmente ha llegado la hora de decirle adiós a Fuji, a los Hoshi y a todos los que participaron en Telaraña, haciéndola algo que nunca creí que saldría así.

Hace cuatro años (cumplidos el pasado mes de diciembre), yo estaba en otras cosas. Era el 2006 y todavía estaba en la universidad, además de que me enfrasqué por unos días en los capítulos finales de otro de mis fics, El Torneo de las Tres Partes (abreviado ET3P en casi todas mis notas). De hecho, en las notas finales de los mencionados capítulos, hablaba de estar con una historia nueva, que era ésta. Y el primer capítulo de esta humilde obra apareció por primera vez en una página que hoy en día ya no existe, lo cual lamento mucho.

Pero no vengo a desgranar lo que ocurrió hace ya tanto tiempo, porque además, no me acuerdo de todo, debo reconocerlo. Lo que sí siento necesario es agradecerles a todos y cada uno de quienes se pasaron por la historia y leían, comentaban qué tal les parecía, decían a qué personaje amaban y a cuál odiaban, soltaban qué creían que pasaría en el siguiente capítulo… Incluso les agradezco a quienes nada más pasaron y leyeron, porque significa que les interesó la historia lo suficiente como para estar al pendiente de ella.

Va a ser difícil pasar mis días sin estar ideando nuevas cosas para Telaraña. Quiéranlo o no, han sido cuatro años en los cuales reí, me enojé y sufrí con los personajes. Era algo que nació de mi gusto por el manga Fru Ba (Fruits Basket), pero repito, nunca se me pasó por la cabeza que llegara a tanto. Fui haciendo la historia inspirada en el mencionado manga por puro gusto y poco a poco me enfrasqué tanto como otros de mis fics. Y sí, igual que al resto de mis creaciones, le tengo un cariño especial.

Habrá cosas que quedaron en el aire, como en todo fic. Se aceptan preguntas (pero créanme, hice todo lo posible porque la historia quedara resuelta al llegar a su último capítulo, ¡y vieran cuánto me costó…!), aunque si tengo tiempo (e ideas), daré a conocer algunas curiosidades en uno de mis también mencionados Omakes. Dos de ellos podrían tomarse como Bonus y si los leyeron, saben de cuáles estoy hablando. Si no, ¡de lo que se pierden!

Ya, me calmo, que en sí no quiero mostrarles (o demostrarles, según sea el caso) qué tan loca puedo ponerme. Me estoy despidiendo, pero supongo que es cierto eso de que entre más te entretienes en este tipo de cosas, es porque menos quieres que acaben. Y en cierta forma, es verdad. Solamente que no quería hacerlo tan evidente.

Pues bien, queridos lectores, me dio mucho gusto conocerlos. No digo precisamente adiós, aunque Telaraña ya acabó, porque varios de mis fics siguen en proceso y pueden pasarse por ellos si quieren seguir al tanto de mí. Y repito, quizá haga unos Omakes más, si es que les surgen preguntas de la historia que según ustedes, yo no resolví.

Por lo tanto, solo les diré hasta luego. Cuídense mucho y nos leemos en otra ocasión.