Magia, o cuando vence la locura

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Sinopsis: ¿Crees en la magia? Lo lógico sería decir que no, ¿verdad? Pero ¿y si te dijera que hay una forma científica de conseguirlo?... ¿Y si te dijera que estoy dispuesto a todo para lograrlo?


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Prólogo

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Wase agradece inmensamente que su piel oscura no le permita mostrar su sonrojo. Está convencido de que, si no fuese mulato, su rostro estaría más encendido que el pelo de Jandro.

Pese a que se ha despedido de sus amigos hace ya casi media hora, aún tiene las mejillas ardiendo, como si llevase todo el día al sol. No es así, porque ha anochecido hace horas, pero igualmente Wase está encendido, sumido en un curiosamente agradable sofoco. El joven se aparta las rastas de la cara y siente deseos de echarse a reír de alegría. Nunca pensó que sería capaz de hacerlo, de decírselo. Pero lo ha conseguido, que es lo que cuenta.

Su sonrisa se evapora cuando mira el reloj. Sabe que Alicia ya debe de haberse dado cuenta de que no está en su dormitorio, y también que su tutora le echará una bronca impresionante en cuanto ponga un pie en el orfanato. Tampoco es que a Wase le importe en exceso. Lleva escapándose del lugar que es su única casa desde los ocho años, y ni Alicia, ni Elsa, ni Felipe ni ninguno de los profesores ha logrado aún encontrar un castigo que lo disuada de seguir repitiendo.

No obstante, Wase decide darse prisa. Después de todo, Alicia Medina es la directora del orfanato, su tutora legal y lo más parecido a una madre que el joven ha conocido, y no quiere preocuparla. Desde la desaparición de una niña que vivía no muy lejos del orfanato, la mujer está inquieta y se muestra más severa que nunca respecto a la hora de vuelta y las escapadas.

Entra en el callejón de las Agujas automáticamente, con esa agilidad que da conocer una zona a la perfección. Puede que nunca le hayan interesado en exceso los libros –porque seamos francos, ¿de qué sirve un complemento circunstancial a la hora de defenderse de alguien?–, pero Wase es una persona eminentemente práctica y se conoce Odaria como la palma de su mano.

En realidad, el callejón de las Agujas no se llama así, pero el hecho de que sea un punto de encuentro para traficantes y drogadictos ha hecho que todo el mundo olvide el antiguo nombre de la callejuela. Wase saluda a Jennifer, que hoy parece estar más colocada que de costumbre, y ríe para sus adentros. Pese a que no le hace ascos a fumar, no le atraen en demasía las sustancias fuertes.

El joven camina por la calle de las Rosas, mordiéndose el labio al pensar en la bronca que se le viene encima, y escucha un sonido, como de pasos, a su espalda.

—Oye, Jenny, sabes que las anfetas no me van—murmura, medio riendo y casi olvidando su preocupación por la regañina, sin detenerse.

Apenas pasan coches por la calle, y por algún motivo eso incomoda a Wase. Pese a que suele quejarse de los lugares a los que va con Jandro y el resto, siempre atestados de jóvenes, lo cierto es que la falta de gente no le da buena espina.

No puede evitar girarse varias veces, ignorando a la vocecilla que le sugiere que tiene manías persecutorias. Aun con las farolas encendidas y la fuerza que sabe que tiene, Wase no está tranquilo. Se muere de ganas por llegar al orfanato, escuchar el sermón de Alicia e irse a dormir.

—Oluwaseun.

Wase se detiene en seco al escuchar su nombre completo. Enfadado, porque detesta que lo utilicen, pero también preocupado. Porque no ha reconocido a la voz que lo ha llamado, apenas un susurro. Ni Jandro, ni Alicia, ni Jenny…

Se vuelve lentamente, esperando quizá reconocer al recién llegado cuando vea su rostro, pero antes de que pueda girar siquiera un cuarto de vuelta un empujón en la espalda hace que trastabille, y un pie salido de no se sabe dónde manda a Wase derechito al suelo.

El muchacho intenta ponerse en pie, pero el desconocido se lo impide. El muchacho nota la rodilla de su atacante en la espalda, y unas férreas manos le inmovilizan las muñecas.

—Suéltame—gruñe, sabiendo que no van a hacerle caso. Trata de patalear, pero sus piernas no llegan a golpear nada.

—Lo siento—Wase intenta, antes de emitir una llamada de auxilio, ver al portador de la voz. Pero apenas logra atisbar la forma alargada de su rostro por el rabillo del ojo—. Has de saber que no tengo nada contra ti—el grito se queda atascado en su garganta al escuchar al hombre –porque es lo único que sabe de su atacante– hablar con esa frialdad tan escalofriante—. Eres tú porque no tienes familia—Wase se estremece—. Nadie te echará de menos.

Wase piensa en Jandro y el resto de sus amigos.

—Eso no es… ¡Ah!

El dolor agudo que le atraviesa la garganta hace que el joven se quede congelado, aterrado, sin intentar resistirse. Nota el líquido deslizarse hacia sus venas y trata de gritar cuando la jeringuilla sale de su cuello, pero algo se lo impide. De repente la cabeza le pesa demasiado para mantenerla erguida.

Como si fuese eso lo que estaba esperando, el desconocido deja de sujetar a Wase cuando el muchacho deja caer la cabeza, haciéndose daño. Wase intenta deshacerse, sin éxito, de la somnolencia que se apodera de su cuerpo y su mente.

Trata de girarse, de ver al hombre que lo está envenenando. Sus movimientos son torpes e imprecisos, pero inexplicablemente lo consigue.

Los ojos se le cierran. Wase parpadea con furia, y entonces descubre al hombre que lo mira, de pie junto a él, con frialdad. Aún tiene la jeringuilla en la mano.

Lo último que ve son sus ojos. Unos ojos negros, negros como la tinta, como la noche, como el miedo. Negros como la oscuridad que engulle a Wase y monopoliza sus pesadillas.


Notas de la autora: De momento, ésta es la historia original más larga que tengo planeada. Subiré regularmente, una vez a la semana más o menos. Oh, también aclarar que es mía y no tenéis permitido llevárosla por ahí sin mi permiso.

Más cosas... Bueno, supongo que sobra decirlo, pero las opiniones, ideas, razonamientos, etc. que aquí se exponen son de los personajes, no míos.

Creo que de momento eso es todo. Ya irán saliendo cosas, ya... cuando me acuerde.

En fin, ¿qué os ha parecido?