¡Buenas noches! (hora española)

Gracias a Menyidir Minni, Orgullo Verde y Plata, Roxy y Sorg-esp por los reviews en el/los capítulo/capítulos anteriores (hoy estoy puntillista).


XI

Confianza

o-o-o

Al despertar, Alaia se da cuenta de dos cosas.

La primera es que Leo está dormido. El muchacho tiene la cabeza apoyada en su hombro y respira profundamente, su presa alrededor de la cintura de la joven suave pero firme. El pelo rubio, ya casi seco, está enredado y despeinado, y a través de su boca entreabierta se escapan débiles ronquidos.

La segunda es que siguen en la iglesia. Ayer la tormenta no parecía tener intención de amainar, así que Alaia y Leo se quedaron hablando a la espera de que el cielo se aclarara. En un determinado momento, Alaia interrumpió su explicación del diseño de la Plaza Roja de Moscú al darse cuenta de que Leo no la escuchaba. Más que molestarse, se alegró de que estuviera descansando; es obvio que le hace falta, a juzgar por lo tranquilo que parece. Probablemente ni siquiera esté soñando nada.

La muchacha observa dormir a Leo. Sabe que lo está pasando mal por no saber dónde está su hermana, y ni siquiera ha intentado comprender cómo se siente; sabe que está fuera de sus posibilidades. Pero se siente orgullosa de haber conseguido que duerma.

El sueño de Leo termina cuando a Alaia le suena el móvil. Mientras la muchacha se lleva la mano al bolsillo de los vaqueros y saca el aparato, el joven da un respingo y mira alrededor, desorientado. Alaia lee Papá en la pantalla y enseguida se siente culpable. No le dijo nada; debe de estar preocupado.

—Dime—murmura cuando descuelga, temiendo la bronca.

—¿"Dime"? Dime tú, Lala, qué excusa tienes para desaparecer sin dar la menor explicación. Llevo toda la noche llamándote. ¿Has salido con algún amigo?

Alaia se muerde el labio.

—Eh… sí, papá. Me he quedado a dormir en casa de Bea… Se me pasó avisarte. Lo siento.

El gruñido de su padre es perfectamente audible.

—Te quiero en casa en veinte minutos. Por muy mayor de edad que seas, sigues viviendo bajo mi techo y…

—Vale—lo interrumpe Alaia—. Ya voy.

Cuelga el teléfono y mira a Leo, que a su vez la observa con algo de burla. El sueño hace que su rostro tenga un aire más inocente, más infantil.

—Acabo de enterarme de que me llamo Bea y de que esto es una casa—comenta.

—Es la casa del Señor—replica Alaia, poniéndose en pie y dirigiéndose a la puerta de la iglesia. Leo la sigue y toma su mano—. Y si le digo a mi padre que he pasado la noche con un chico estaré bajo arresto domiciliario hasta que cumpla los cuarenta.

Leo emite un sonido a medio camino entre un gruñido y una risa.

—Pero si ni siquiera hemos hecho nada.

Alaia nota sus mejillas enrojecer y opta por cambiar de tema:

—¿Qué tal has dormido?

El joven la mira mal.

—No quería dormir, te lo dije ayer. Pero bien—admite a regañadientes.

Alaia sonríe y se acerca a él para besarlo. Por lo que se ve, a Leo tampoco le molesta.

o-o-o

Jandro pasa la mañana más que alegre. Ni siquiera le preocupan los cuchicheos de sus compañeros, los que han dejado de preguntarse por qué intentó suicidarse y ahora simplemente comentan que parece muy contento para ser alguien que estuvo a punto de matarse hace una semana. Apenas habla con nadie que no sean sus amigos; los cuales, pese a que también cuchichean, lo hacen con menos saña.

Cuando sale del instituto llama a Alaia. A ella, porque sabe que dar con Leo si él no quiere que lo encuentren es misión imposible. Y porque es innegable que le cae mejor que el rubio.

—Jandro—sisea la joven. Parece enfadada—. Más te vale que sea importante, porque se me ha caído algo que creo que es tóxico cuando ha sonado el móvil.

—Lo siento—se disculpa el joven con sinceridad—. Pensaba que ya habrías salido, por eso que dicen de que la universidad es un chollo…

—¿Universidad chollo? Eso no existe, son los padres—replica Alaia, y Jandro se echa a reír—. De todas formas, ¿qué querías?

Jandro se muerde el labio.

—No se sabe nada de la hermana de Leo, ¿verdad?

Alaia tarda unos instantes en responder:

—No.

—Tenemos que buscarla.

Se produce un corto silencio, que Jandro aprovecha para intentar, de nuevo, recordar qué ocurrió unos minutos antes de que perdiera el sentido el día que desapareció Diana. Y, de nuevo, no lo consigue.

—Jandro, no fue tu culpa.

—Eso no lo sabes.

—Ni tú tampoco. A menos que te acuerdes de lo que pasó y lo niegues para disimular—Alaia suspira—. Mira, podemos quedar a las… seis, que es cuando salgo hoy de clase. Yo me encargo de que Leo también venga.

Jandro no puede evitar la sonrisa ligeramente burlona que se forma en sus labios.

—Estáis juntos, ¿no?

Casi puede oír cómo las mejillas de Alaia se tornan rojas.

—Eso no es asunto tuyo. Además, a ti te gusta Wase.

Ahora le toca a Jandro sonrojarse. Maldita sea, ¿tan evidente es?

—Eso tampoco es asunto tuyo—replica finalmente—. Bueno, entonces quedamos a las seis en el parque de la calle Primavera, ¿no?

—Vale.

o-o-o

Cuando llega al parque en el que lo ha citado Alaia, Leo se pregunta si eso hará algún daño a su hermana. Supone que si le cuenta todo lo que digan a su padre, no. O quiere suponerlo. Se obliga a pensar en ello para no imaginarse el estado de Didi.

Encuentra a la muchacha cómodamente repantigada en uno de los bancos, con el enorme bolso en el que guarda las cosas de la facultad en el regazo. Una repentina envidia se apodera de Leo. Nunca destacó en clase, pero no puede negar que echa de menos ir al colegio. Su vida era infinitamente más fácil entonces. Y el hecho de que Alaia esté en la universidad y Jandro en el bachillerato no hacen sino convencerlo más de que quizá, sólo quizá, estaría mejor si empezara a estudiar de nuevo.

Luego recuerda que no puede. Desde que desapareció Didi su madre está peor; ha vuelto a beber tanto como cuando el padre de Leo se marchó para no volver y es imposible mantener una conversación en condiciones con ella. A veces, Leo se pregunta en qué momento sus roles se invirtieron, cuándo tuvo él que asumir el papel de responsable de la casa. Y sabe la respuesta, y eso no hace sino alimentar el odio que ya siente hacia su padre.

—Eh, Leo —el joven vuelve a la realidad cuando Alaia chasquea los dedos ante él. Parece preocupada—. ¿Has vuelto a la Tierra? ¿Ya?

—¡Hola!

Leo se gira para mirar a Jandro, que entra caminando a buen ritmo en el parque. Desde luego, tiene mucho mejor aspecto que la última vez que lo vio. No obstante, la sonrisa de su rostro se evapora cuando mira al rubio. Recorre los metros que le quedan hasta llegar a ellos cabizbajo.

—No sigas con eso—susurra Alaia en voz baja. Leo arquea una ceja, extrañado, pero la joven mira a Jandro. Él sacude la cabeza y se aventura a alzar la mirada.

—Lo que tú digas—murmura.

—¿Para qué estamos aquí?—inquiere Leo, optando por ignorar ese intercambio de palabras que no comprende.

Jandro cambia el peso de un pie a otro.

—Tenemos que encontrar a tu hermana.

Leo se muerde el labio. Maldita sea, no puede permitir que hagan eso. Sabe que, si hay algo que no interese a su padre, es que metan las narices en sus asuntos. Sabe que si deja que Alaia y Jandro investiguen su hermana se alejará aún más de él.

—No—se escucha decir antes de tomar la decisión.

Jandro lo mira de hito en hito. Alaia entorna los ojos, enfadada.

—¿Qué?—inquiere el pelirrojo—. ¿Cómo que no? Es tu hermana. Tienes que…

—Se la llevaron porque nos metimos donde nadie nos había llamado—lo interrumpe Leo, forzosamente calmado—. Si seguimos con esto…

—Y si no seguimos también—replica Alaia. Leo mira sus ojos dispares—. Leo, desengáñate; la quieren para lo mismo que querían a Wase y van a hacerlo tanto si investigamos como si no.

Leo palidece. No. Se niega a creer que no haya ninguna posibilidad de ayudar a Didi, que no haya nada que esté en su mano hacer para recuperarla. Alaia está equivocada. No tiene ni idea de lo que está diciendo; si hace lo que su padre le ha pedido, él le devolverá a su hermana.

Sin embargo, antes de lograr encontrar las palabras adecuadas, se da cuenta de que Alaia y Jandro miran, extrañados, algo que hay tras él. Leo se da la vuelta, sin poder disimular su curiosidad.

Al instante, todo desaparece de él, y lo único que queda en su interior es odio.

Sigue conservando el aire apuesto que tenía la última vez que Leo lo vio. El pelo castaño, si bien salpicado de algunas canas, está tan brillante como el joven recordaba. Diminutas arrugas han aparecido alrededor de los ojos verdes que sus dos hijos han heredado, ojos que están clavados únicamente en Leo.

—Buenas tardes, Leonardo. Has crecido bastante desde la última vez que te vi.

Leo no es consciente de nada más. Unos segundos más tarde, el mundo entero está teñido de rojo y la única idea que tiene sentido en su mente es la de matar a Javier Robles con sus propias manos.

o-o-o

Lerato se arrepiente de muchas cosas, pero no de haber tenido a su hijo.

Es cierto que cuando descubrió que estaba embarazada, estando a pocos días de subir a aquella patera con decenas de compañeros –a muchos de los cuales no ha vuelto a ver– estaba aterrada. Tampoco va a negar que sus primeros meses en España, asustada, sin conocer a nadie y con una pequeña vida creciendo en su interior, fueron horribles. Ni que le dolió en el alma tener que dejar a su bebé en la puerta del orfanato, con dos cartas: una en la que hablaba del nombre del niño, y otra que esperaba que le dieran cuando creciese y que probablemente Wase jamás haya leído.

Cuando Lerato se reencontró con el padre de Wase se alegró de que él no la recordase. A ella también le gustaría olvidar aquella noche en la que los misioneros que habían construido un pozo cerca de su aldea hicieron una pequeña fiesta para celebrarlo, cuando aquel hombre cobró de ella por la labor hecha. Pero no puede, por más que lo intente. No puede olvidarlo, al igual que tampoco puede evitar alegrarse de que ese cerdo no tenga la menor idea de que Wase es hijo suyo.

Sacude la cabeza, tratando de apartar esos pensamientos de su mente. Eso ya es pasado, y como tal debería quedar enterrado. Ahora, lo único importante es la certeza de que Wase ha logrado lo imposible. Escapar de las garras de ese fanático. Y está recuperándose.

Lerato es consciente de que probablemente jamás logre reunir el valor necesario para hablar con su hijo. Recuerda lo que dijo su amigo, ese muchacho pelirrojo y con una palidez tan acentuada que no hay manera de considerarla sana. Que Wase prefiere pensar que su madre está muerta. Lerato sabe que probablemente se lo merece, pero tiene claro que, entre ver a su hijo morir de hambre y permitir que la odie, prefiere lo segundo.

Pero, a pesar de eso, necesita comprobar que esté bien con sus propios ojos.

Sube las escaleras del hospital lentamente. Sabe que sería más práctico coger el ascensor, pero a Lerato esos cacharros no le gustan. Se ha criado en el campo y detesta el asfalto, el metal y los lugares cerrados.

Cuando llega a la cuarta planta enfila el pasillo a paso lento, buscando la habitación en la que sabe que está su hijo con calma. Cuatrocientos setenta y dos… cuatrocientos setenta y siete…

Cuatrocientos ochenta y uno.

Sin embargo, Lerato no entra. Ve a una mujer delgada de rostro severo, con el cabello negro salpicado de canas y los labios finos. La reconoce. Es la directora del orfanato, y Lerato sabe que Wase está muy unido a ella.

Pero la expresión preocupada de su rostro la asusta. Lerato quiere preguntar qué ocurre, por qué mira la puerta de la habitación de su hijo tan alarmada, tan tensa que parece que se va a quebrar en cualquier momento, pero en su lugar se muerde el labio y la observa. Alicia –o algo así es su nombre– no parece percatarse de su presencia.

Lerato se apoya en la pared y espera con ella. Algo le dice que no le van a permitir entrar a la habitación de su hijo, sea lo que sea lo que esté ocurriendo con él. El miedo se adivina en sus ojos oscuros y su rostro anguloso mientras aguarda alguna noticia de Wase.

Las horas pasan con una lentitud exasperante. A Lerato no le gusta estar consultando constantemente el reloj, pero lo hace para distraerse con algo, lo que sea, con tal de no pensar en lo que puede haberle pasado a su hijo.

Tras lo que parecen dos eternidades y según el reloj es sólo una hora y cuarenta y tres minutos, la puerta de la habitación de Wase se abre. Por ella salen cuatro médicos, uno de los cuales se acerca a Alicia. Los otros se alejan a paso rápido por el pasillo, como si no quisieran estar ahí. Lerato agudiza el oído.

—Lo siento—dice el médico; parece realmente arrepentido—. Lo siento porque podría haberse evitado. Sufrió una crisis de ansiedad y se ordenó sedarlo—explica—. Pero la enfermera confundió las dosis.

Lerato palidece; vagamente se percata de que Alicia parece estar en el mismo estado de ella.

—Está…—musita—. Wase… no está… No puede…—balbucea.

El médico niega con la cabeza, apesadumbrado.

o-o-o

A Diana no le gusta dormir.

No le gusta porque casi nunca recuerda lo que sueña, y eso hace que se aburra y siempre se despierte dando saltos y con ganas de que Leo la lleve a dar paseos por ahí; y, cuando su hermano no está por la labor, va ella sola. Algo que no gusta a Leo, Didi lo sabe, pero que a ella le encanta.

Sin embargo, últimamente dormir no sólo no le gusta, sino que le da miedo.

A Diana le dan miedo las pesadillas. Normalmente sueña con monstruos que intentan comérsela o que la persiguen hasta que cae por un abismo. Lo bueno es que cuando se despierta siempre puede ir a la cama de Leo y su hermano la consuela y le deja dormir con él para que los monstruos la dejen en paz durante lo que queda de noche.

Pero últimamente, sus pesadillas son diferentes.

Didi sueña con paredes negras a su alrededor, con una habitación sin puertas por las que salir ni ventanas por las que mirar. Y chilla, llora y da patadas, pero no puede escapar por mucho que lo intente. Ni siquiera puede despertarse, mucho menos ir con su hermano y pedirle que la consuele. Y las pocas veces que despierta, está en una habitación que a pesar de tener puerta es tan oscura como la de sus sueños, sola y sin poder moverse de la cama.

Y entonces, cuando la escucha llamar a Leo –porque seguro que Leo viene en cuanto la escuche, seguro– llega un hombre que a Didi le da mucho, mucho miedo, porque tiene los ojos hechos de oscuridad como los monstruos y cuando sonríe enseña los dientes y parece que va a comérsela, y le pincha –y a ella no le gustan las agujas– y entonces se duerme de nuevo y se encuentra atrapada en ese lugar sin puertas ni ventanas.

Por eso ahora Didi, pese a estar despierta, no hace ruido. Llora en silencio, porque no quiere dormir más y sabe que tarde o temprano vendrá ese hombre a obligarla a cerrar los ojos y encerrarla de nuevo en la habitación. Porque tiene miedo y porque quiere que su hermano esté con ella. Porque la oscuridad le da pavor y porque empieza a sospechar que no va a venir ningún monstruo como los de sus pesadillas, sino uno mil veces peor.

—Leo—pese a que sabe que no debe hablar, Diana no es capaz de mantenerse callada. El silencio que la rodea ya es demasiado denso, y la niña a veces tiene la sensación de que no escucha nada porque se ha quedado sorda; en ese sentido, el sonido de su voz representa la certeza de que aún conserva el sentido del oído. Y si su hermano la escucha llamarlo, vendrá a por ella. Igual que siempre va a buscarla cuando sale a dar uno de sus paseos, para cogerla de la mano y llevarla de vuelta a casa. Didi está convencida de ello.

Cierra los ojos y sorbe por la nariz, pensando en su hermano, en cómo la va a rescatar y se va a encargar de que el hombre de los ojos negros no vuelva a hacerle nada. Y Didi puede tener muchas dudas, pero que Leo la rescatará es la certeza más fuerte a la que puede aferrarse.


Notas de la autora: No me odiéis por la última escena. Precisamente era para demostrar que Didi sigue viva...

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