¡Buenas noches!

Gracias a lunitadiciembre por los reviews de los capítulos anteriores.


XIV

Conspiración

o-o-o

Leo observa cómo los primeros rayos de sol se cuelan en su habitación, reflejándose en la nieve que lleva toda la noche cayendo y dando a Odaria un aspecto brillante.

No ha pegado ojo, aunque tampoco es que le extrañe. Ya durmió ayer, y pese a que aún le faltan bastantes horas de sueño por recuperar, no está tan agotado como esperaba.

Está leyendo por enésima vez el mensaje que le mandó su padre anoche, en el que los citaba, a él, Alaia y Jandro, en casa de Lerato, para hablar sobre cómo iban a rescatar a Diana. Leo no está seguro de lo que siente por su padre, pero tiene claro que no es ese cariño incondicional que atesoraba cuando era niño. No obstante, y pese a que lo ha intentado con todas sus fuerzas, tampoco es capaz de odiarlo. Es su padre, después de todo.

Con un bufido, el joven se acerca al armario y busca ropa abrigada. Frunce el ceño, algo extrañado, cuando ve que el jersey que tenía pensado ponerse tiene un agujero, y luego recuerda que su hermana lo recortó "sin querer" (o ésa era la excusa). No obstante, Leo se lo pone igualmente antes de salir de casa y dirigirse a la de Lerato. Se ha encargado de avisar a Alaia y Jandro para verlos ahí.

No obstante, cuando llega al lugar el único que está es el pelirrojo. Pese a no tenerle demasiado cariño ni saber qué le ocurre, Leo no puede evitar compadecerlo; da la impresión de que él tampoco ha pegado ojo, a juzgar por las marcadas ojeras que hacen que sus ojos grises parezcan saltones.

—¿Dónde está Alaia?—pregunta, decidido a no interferir en lo que quiera que le ocurra a Jandro.

—No lo sé—admite él—. No la he visto desde ayer.

Parece tener la cabeza en otra parte. De nuevo, Leo se siente tentado de preguntar, pero finalmente elige llamar a la puerta y averiguar qué es lo que tiene que decirles su padre.

Javier abre la puerta unos segundos más tarde. Observa a los dos muchachos.

—¿Y Alaia?—inquiere.

Leo se encoge de hombros, intentando ignorar la pequeña burbuja de inquietud que se ha instalado en su pecho.

—Quizá esté durmiendo—sugiere, intentando convencerse de sus palabras—. Todavía es temprano, y con la nieve nadie tiene ganas de levantarse…

Javier arquea las cejas. Parece preocupado.

—No sé… Gabriel dijo que me llamaría anoche para hablar sobre Diana, pero no lo ha hecho…—sacude la cabeza—. De cualquier forma, ya nos ocuparemos de eso. Pasad adentro; tenemos asuntos urgentes que atender.

o-o-o

Cuando Alaia despierta, no abre los ojos.

Siente una extraña opresión en el pecho, como si tuviera un enorme bloque de hormigón sobre ella. La cabeza también le pesa; es como si acabara de salir de la ducha, con el pelo empapado y su centro de gravedad desestabilizado. Y sus párpados parecen pegados con cola.

Es como si estuviera resfriada, pero curiosamente no tiene la nariz taponada, ni siente ningún tipo de malestar. Intenta sonreír al pensar que podrá quedarse todo el día en la cama.

En ese momento recuerda.

Alaia siente que se ahoga al revivir sus últimos recuerdos. Por un momento casi logra convencerse de que no son más que una pesadilla, pero una repentina punzada de dolor en el brazo hace que comprenda que la jeringuilla, el horrible sopor y su padre observándola impasible mientras perdía el conocimiento son terriblemente reales. Que lleva cuatro años viviendo con un monstruo.

El miedo es lo único le da la energía suficiente para abrir los ojos.

Pese a que se encuentra en una habitación que tiene una distribución similar a la suya, no hay absolutamente ningún elemento que le resulte familiar. El lugar tiene forma de triángulo, no hay pósters y las ventanas no tienen cortinas… porque no hay ventanas. Hay un escritorio en un rincón, y una estantería junto a él que está completamente vacía.

Alaia se incorpora con cierta dificultad. Tiene que salir de ahí, escapar de las garras de su padre… porque es obvio que su padre está cerca. Y no sabe si le da más miedo Gabriel Guerra o el hecho de temer a su propio padre.

Respira hondo, y una parte de ella desea encontrar a Leo sólo para decirle que se equivocó. Que eso de que su padre no vaya a hacerle daño no es cierto. Que la ha drogado y llevado… ¿adónde?

Lo cierto es que Alaia esperaba algo que la retuviera. Algo distinto de la puerta… Recuerda que Jandro le habló de las muñecas despellejadas de Wase y se mira las manos, que no tienen absolutamente nada reteniéndolas.

A lo mejor Leo tiene algo de razón.

Haciendo un esfuerzo para que su cuerpo pese menos, la muchacha saca los pies por un lado de la cama y se pone en pie. Tarda unos segundos en conseguir mantener el equilibrio, se dirige hacia la puerta, aunque algo le dice que es inútil; su padre no va a dejar que escape así como así.

Pero la puerta está abierta. La sorpresa es tal que Alaia teme por un momento caerse al suelo; no obstante, finalmente sale de la habitación sin grandes contratiempos.

Se encuentra en una especie de recibidor pentagonal; al igual que en el dormitorio en que se ha despertado, no hay ninguna ventana, ningún hueco por el que se cuele la luz del exterior. Alaia sospecha que, esté donde esté, el lugar en que se encuentra se halla bajo tierra.

En el centro de cada uno de los cinco lados de la habitación hay una puerta. Tres de ellas son simples, pero hay dos que son dobles, cada una situada a un lado de la estancia de la que acaba de salir. Pensando que no tiene mucho que perder, Alaia decide entrar en la que hay a su derecha.

En cuanto abre la puerta escucha una especie de silbido que le pone los pelos de punta. El sonido le recuerda a Isaak, un compañero de clase en Rusia que tenía asma, y que en una ocasión le dio una crisis tan fuerte que tuvieron que llamar a una ambulancia. Alaia se estremece.

Y se queda boquiabierta cuando descubre, tumbada en la cama, a Diana.

La niña parece estar aterrada. Unas extrañas esposas que apresan sus muñecas y sus tobillos la mantienen sujeta a la cama, impidiéndole moverse. Tiene una mascarilla que le está tan grande que casi le cubre toda la cara y el rostro lleno de lágrimas. Alaia duda que la haya visto siquiera y se fija en que aún tiene el vestido verde que llevaba puesto el día que desapareció.

Preocupada, se acerca a ella. Didi intenta alejarse como puede, pero cuando la reconoce la mira con sorpresa.

—Eres la amiga de Leo—toma aire y, de nuevo, Alaia escucha ese horroroso silbido. Más lágrimas brotan de los ojos verdes de la niña—. No puedo respirar—susurra.

Alaia le acaricia el pelo.

—Intenta respirar hondo, muy hondo. Así—hace una demostración. Tras unos segundos, Diana la imita. Una violenta tos le sobreviene a mitad de la inspiración, pero lo intenta de nuevo. Alaia se pregunta si lo que le ocurre a Diana es simplemente por el miedo, o hay algo más. Se estremece y mira alrededor en busca de algo para liberar a la niña de esa presa de metal.

Ahora que mira, se da cuenta de que esta habitación también es triangular, como el lugar en que ha despertado. Aunque en ésta las paredes están cubiertas de armarios repletos de lo que su padre denomina "cacharrería de médicos" y sustancias en las que prefiere no pensar, vagamente visibles a través del cristal traslúcido de la puerta.

Alaia los abre todos, sin saber exactamente qué espera encontrar para sacar a Diana de ahí. Ha visto que las esposas tienen huecos para una llave, pero no ve ninguna. La muchacha se muerde el labio cuando abre todas las puertas y no encuentra nada. Desde la cama, Didi la observa con curiosidad; ya no parece tener tantas dificultades para respirar.

Tras pensarlo un poco, Alaia se acerca al armario en el que su padre guarda los utensilios. Coge con cuidado algo que tiene pinta de bisturí y se acerca a la cama. Diana trata de alejarse de ella.

—¿Qué es eso?—pregunta, mirando el objeto con miedo. Alaia se pregunta, con tristeza, qué le ha ocurrido para estar así de desconfiada.

—No te preocupes; no te voy a hacer nada. Pero no te muevas, ¿vale?—y, dirigiéndolo hacia la base del aro de metal que rodea la muñeca derecha de Didi, empieza a aflojar los tornillos que la sujetan.

o-o-o

—Flipante—se le escapa a Jandro cuando Javier les muestra, a él y a su hijo, el plano del lugar en que está el padre de Alaia.

Es un laboratorio subterráneo; una suerte de edificio que crece hacia abajo hasta cinco plantas, con forma de estrella de cinco puntas. Javier ha marcado en un plano de Odaria y sus alrededores dónde se encuentra el lugar, al sur de la ciudad. Jandro no puede evitar recordar que fue por esa zona donde encontró a Wase después de que éste escapara.

—La verdad es que sí—admite Leo como a regañadientes. Luego mira alrededor; parece incómodo—. ¿Se puede saber dónde narices se ha metido Alaia?—murmura como para sí.

—No lo sé. Pero escuchad; cuando entremos saltará la alarma—explica Javier—. No obstante, no sabemos si Gabriel estará ahí o no. En caso de que no, lo que tenemos que hacer es bien sencillo: coger a Diana y largarnos.

—¿Y si está?—inquiere Leo.

Su padre se encoge de hombros.

—Básicamente lo mismo, pero con más dificultades. Gabriel estará armado, pero…—Javier sale de la habitación resueltamente. Cuando vuelve con dos pistolas en las manos, Jandro retrocede por instinto. La única arma que ha visto en su vida –y que pueda representar un peligro– es la de su padre, y aún recuerda la impresionante bronca que se llevó cuando, a los seis años, la cogió y se le disparó, afortunadamente sin herir a nadie—. Nosotros también lo estamos.

—Tendrán puesto el seguro, ¿no?—inquiere Jandro, mirando las dos pistolas con desconfianza. Leo coge una y la observa desde distintos ángulos con curiosidad.

—Evidentemente—responde Javier con cierta irritación. Un extraño sonido brota de la garganta de Leo. Por un segundo, Jandro está convencido de que se trata de una risita sofocada, pero cuando lo mira el joven tiene el rostro serio.

—¿Y no sería más fácil…?—Jandro se sonroja cuando nota todas las miradas puestas en él—. Digo, sería más sencillo avisar a la policía, ¿no?

Javier suspira.

—Sí, sería más fácil. Y más lento, también—se produce un tenso silencio—. Escuchad, chicos; lo que os estoy pidiendo que hagáis es peligroso. Por eso no quiero obligaros a nada. Ambos sois libres de no acompañarme.

Leo lo mira con los ojos entornados.

—No puedes decir en serio que crees que voy a quedarme sin hacer nada. Es mi hermana y voy a sacarla de ahí—declara, señalando el plano que hay sobre la mesa; entonces se vuelve hacia Jandro—. ¿Y tú?

Él suspira.

—Lo cierto es que lo más lógico, ahora que Wase, que es el principal motivo de que me metiera en esto, está…—la palabra bien le hace daño porque sabe que eso no es cierto—, ha aparecido, sería que dejara de meterme en líos. Además, ese tío casi me mata… Pero voy con vosotros.

Leo lo mira como si dudara seriamente de su salud mental. Lo cierto es que, si lo piensa seriamente, Jandro tampoco está seguro de estar bien de la cabeza. Pero sabe que, a pesar de lo que diga Alaia, él tuvo la culpa de que Gabriel Guerra se llevara a Diana; lo menos que puede hacer es ayudar a Leo y Javier a rescatarla.

—Bien—Javier da una palmada—. Entonces sólo falta terminar de planearlo todo; con un poco de suerte, mañana podremos tener a Diana de vuelta.

o-o-o

Cuando Diana se pone en pie, se tambalea de tal manera que Alaia tiene que sujetarla para evitar que la niña se caiga al suelo. Tras unos minutos, logra recuperar más o menos el equilibrio, y la joven considera oportuno dejarla andar por su cuenta.

Ahora tiene más claro que nunca que su padre le ha hecho algo. Tiene varios pinchazos en el brazo derecho, e incluso ahora que se ha tranquilizado respira con cierta dificultad. Alaia le da la mano y la guía hasta la habitación pentagonal. Tienen que salir de ahí.

—Oye, Alaia—la llama la niña—. ¿Dónde está Leo? ¿Va a venir?

Alaia la mira.

—Ha estado buscándote por todos lados—responde—. Y sí, va a venir—puede que no con la misma convicción terca e infantil que Diana, pero ella también está segura de que Leo, Jandro y Javier harán lo que puedan por sacarlas de ahí. Como que se llama Alaia.

Claro que no tiene la menor intención de quedarse de brazos cruzados hasta entonces. Mira a las tres puertas que aún no ha visto: las dos simples y la doble que se encuentra a la izquierda de la del dormitorio en el que ha despertado.

—¿Cómo se sale?—inquiere Diana.

—No lo sé. Tendremos que explorar.

Finalmente, Alaia decide probar suerte en una de las puertas simples. Tirando con suavidad de la niña, se acerca a ella y gira el pomo.

Lo que encuentra es mucho menos espectacular que lo que quiera que esperase. Esa habitación, también triangular, está llena de productos de limpieza, fregonas, escobas y recogedores. Alaia no puede evitar sorprenderse al encontrar algo tan común en medio de ese lugar que debe de haber supuesto un infierno para muchas personas.

—Por aquí no se sale—observa Diana.

Alaia la mira con cierta diversión.

—Me he dado cuenta. Vamos a probar con otra puerta.

Tras cerrar la puerta del cuarto de la limpieza tras ellas, Alaia guía a Diana hasta la otra puerta simple. No obstante, ésta no se abre, y la muchacha comprende que la salida está por ahí. Didi, en cambio, se dedica a intentar girar en ambos sentidos el pomo de la puerta, sin ningún éxito. Alaia advierte que la niña empieza a tener dificultades para respirar de nuevo y le recomienda dejar de hacer esfuerzos.

Supone que la puerta que queda, la más grande, ha de estar abierta. Si está en lo cierto, su padre sólo quiere impedirle que salga, no hacerla sentir como una prisionera. Prueba de ello es que no la ha esposado a la cama, como ha hecho con Diana. Con cuidado tira de la niña para guiarla hasta la única habitación sin explorar.

o-o-o

Cuando Leo sale de la casa de Lerato, el primer lugar hacia el que se dirige es el hogar de Alaia.

No va a negar que, pese a que él mismo le aseguró que dudaba mucho que su padre le fuese a hacer daño, está preocupado. Después de todo, Gabriel Guerra está loco de remate. Aunque quizá sea simplemente que Alaia aún no ha logrado asimilar que es hija de un monstruo. En cuyo caso, Leo no puede culparla.

Sin embargo, en cuanto llega a la entrada se da cuenta de que algo no va bien. Todas las cortinas de la casa están echadas, y… Con curiosidad, Leo observa la nieve inmaculada que hay cerca de la puerta. Tarda unos segundos en percatarse de lo que le resulta extraño.

No hay huellas. Ni una, pese a que ha dejado de nevar poco antes del amanecer. Es obvio que nadie ha salido de la casa últimamente… ni entrado, deduce Leo. No hay ningún coche aparcado en la acera, ni tampoco marcas de ruedas junto a la cochera.

Algo en todo eso hace que se le encoja el corazón. ¿Y si se ha equivocado? ¿Y si Gabriel le ha hecho algo a Alaia? Leo se muerde el labio, preocupado. Tiene que comprobarlo.

Sin embargo, antes de que pueda decidirse a hacer nada, una muchacha baja, con un alborotado cabello castaño y los ojos claros, se acerca a la puerta a grandes zancadas y literalmente la aporrea sin muchos miramientos. Leo arquea las cejas, sorprendido, preguntándose quién es esa chica.

A la joven le suena el móvil, lo que hace que interrumpa la paliza que le está dando a la puerta. Leo medio espera que el padre de Alaia salga de un momento a otro para preguntar qué diablos está ocurriendo, pero eso no sucede. El muchacho no puede evitar agudizar el oído para enterarse de la conversación que está manteniendo la chica por teléfono.

—No, aquí se ve que no está—murmura—. Pues la voy a matar. Habíamos quedado para hacer el trabajo y nos ha dejado tiradas—le da un puñetazo a la puerta—. Creo que en su casa no hay nadie; si no, ya habrían abierto—se produce una pausa—. Vale. Pero no pienso poner su nombre en el trabajo, que quede claro. Ya le vale.

Leo es consciente de que ha palidecido al escuchar la conversación de Bea, pero no le importa. Al igual que tampoco le preocupa la mirada llena de curiosidad que le dedica la muchacha cuando se aleja de la casa.

Todo lo que puede pensar es que, después de todo, no tenía razón.

o-o-o

Alaia se queda boquiabierta al entrar en la habitación. Es triangular, aunque a estas alturas la muchacha ya no se sorprende por eso. Lo que hace que la joven se quede estupefacta es la cantidad de televisores que hay. Está convencida de que muestran imágenes de las cámaras que hay en ese lugar. Pero hay muchas; ¿cómo de grande es ese sitio?

—¿Aquí se pueden ver los dibujos?—inquiere Diana, acercándose a uno de los televisores.

—No.

Alaia se queda helada al escuchar la respuesta que no ha dado ella. Ve a Didi volverse, contempla sus ojos llenos de terror, y sabe lo que va a encontrar antes de girarse.

Efectivamente, cuando se da la vuelta se encuentra cara a cara con su padre.

—¿Qué quieres?—pregunta en voz baja—. ¿Por qué…?

Gabriel Guerra sonríe. El gesto, junto a sus ojos negros –hoy se ha quitado las lentillas–, ya no le parece inquietante a Alaia. Ahora le parece terrorífico, como salido de una pesadilla. Antes de ser consciente de ello, la joven retrocede un paso.

Su padre parece dolido por su reacción.

—Suponía que eras más lista, Lala—comenta—. O que al menos te habrías hecho una idea, después de todo lo que has investigado con tus amigos.

Alaia intenta ignorar la desazón que se apodera de ella. Algo le dice que debería odiar a su padre, pero en su lugar la muchacha sólo siente desesperación ante una realidad que teme. Una realidad en la que está definitivamente sola en el mundo.

—Tú…—traga saliva—. No puede ser cierto. Que toda esa gente…

—No quería hacerlo—le asegura su padre—. Pero para progresar hay que hacer ciertos sacrificios…

—¡Intentaste matar a Jandro!—le reprocha Alaia—. Y mataste a muchas personas por esto—sacude la cabeza—. Estás loco.

Gabriel inclina la cabeza hacia un lado.

—Quizá—admite—. Pero he conseguido algo por lo que llevo años luchando. La hija de Javier es la prueba de ello.

Alaia escucha la respiración de Diana tras ella. Se ha acelerado, y de nuevo se escucha ese silbido cada vez que toma aire.

—Está ahogándose—replica—. No has conseguido nada.

—Ha resultado ser alérgica a uno de los componentes—explica Gabriel con calma—. Estaba descansando; planeaba devolvérsela a su padre. Después de todo, teníamos un trato. Lo bueno es que estoy completamente seguro de que tú no eres alérgica a nada; yo mismo lo he comprobado.

Alaia retrocede hasta notar a Didi pegada a ella.

—No voy a tomarme lo que quiera que sea eso—declara.

Gabriel arquea una ceja.

—Oh, lo harás. Entre otras cosas, porque no es algo que puedas decidir no comerte. Además, luego lo comprenderás y me lo agradecerás.

Alaia aprieta los labios firmemente. Tiene la sensación de que si los despega va a vomitar.

o-o-o

Cuando Leo les cuenta lo ocurrido, Jandro tiene la impresión de que el joven va a caer desmayado de un momento a otro. Está tan pálido y su voz denota tanto miedo que parece estar a punto de desvanecerse a cada instante.

Al oír a su hijo, Javier se pone en pie y empieza a caminar por toda la habitación. Pasan varios minutos sin que nadie diga nada; Jandro no puede evitar pensar en Wase y estremecerse al pensar que muchas personas pasaron por lo mismo que él y no lo contaron.

—Vale—dice el hombre finalmente—. Esto lo cambia todo… Para empezar, Gabriel no se hubiera llevado a su hija a menos que estuviese totalmente seguro de que lo que va a hacer no supone ningún peligro para ella. Y sé, porque él mismo me lo dijo, que con el hijo de Lerato no lo estaba. Eso significa que ha usado a Diana—Leo aprieta los puños con rabia—. Y supongo que ha ido bien; de lo contrario, no se arriesgaría a probarlo con Alaia.

—Entonces, ¿qué?—inquiere Jandro.

—No podemos dejarlo para mañana—responde Javier someramente—. Tenemos que ir esta noche.