El día

Los girasoles lo miraron, y el aparto la mirada. No estaba acostumbrado a tanta atención. La gente solía caminar consiente de que el estaba allí, pero lo ignoraban. Si alguien por curiosidad mirase hacia arriba, de inmediato lamentaba su intento, al verse encandilado por su brillo.

Pero los girasoles no. Lo observaban sin avergonzarse de su atrevimiento. Los plebeyos de rostros morenos no parecían reverenciarse ante el. Permanecían inmóviles, solo volteando el rostro cuando se movía, intentando esquivarlos.

Finalmente, en un intento por huir de sus constantes miradas, llego al suelo. Noto que no era sólido y podía traspasarlo.

Fue así como los girasoles bajaron sus cabezas, entristecidos por la partida de quien admiraban. El sol permaneció del otro lado del suelo, triunfal. Pero pronto se impaciento al sentirse tan solo, y empezó a extrañar a sus fieles observadores.

Espió que hacían ahora que el había partido, y pudo ver que parecían adorar al suelo en su ausencia.

Sintiéndose celoso, salio de su escondite y vio, complacido, que los girasoles volvían a admirarlo.

Desde entonces, el sol huye y vuelva a sus espectadores con caprichosa impuntualidad.

Ellos, sin embargo, lo esperan con paciencia y sin protestar.

La noche

Cuando el sol decidió ocultarse, el mundo quedo a oscuras.

Los hombres no podían verse unos a otros, y los animales se echaban para no tropezar con las sombras.

Una hermosa doncella, de tez blanca y ojos negros, sentándose bajo el cielo, se pregunto como podría socorrer a su pueblo, que aguardaba ciego la llegada del sol.

Decidió que debía ir en su búsqueda, y le explicaría porque debía volver. Pero no sabia como subir al cielo y viajar hasta donde el se ocultaba.

Sintiéndose desgraciada, comenzó a llorar.

Sus lágrimas se apiadaron de ella, y ascendieron al cielo, para que pudiese llegar al sol trepándolas. Brillaban para que la joven de ojos negros pudiese verlas en la oscuridad.

Viendo lo que había sucedido, dejo de llorar y comenzó su travesía.

Se detuvo al llegar a la cima, y desde allí pudo ver el escondite del sol.

Estaba tan atenta en su tarea, que no pudo notar lo que sucedía en la tierra.

Los hombres y animales podían ver. Todo estaba cubierto por una tenue luz blanca.

Al mirar al cielo, vieron que la doncella de rostro pálido estaba allí, rodeada de cientas de pequeñas luces que la embellecían.

Luna era el nombre de la joven que perseguía al sol. Al llegar a su escondite, no lo encontró, pero encontró sus huellas. Las lágrimas, fieles a su ama, la siguieron para protegerla.

No vio que, detrás de ella, el sol se asomaba y los girasoles elevaban sus rostros morenos.

Luna jamás encontró al sol, ya que el había partido cuando ella llegaba.

Pero no estaba cansada ni sola: Sus lágrimas la guiaban para que los hombres tuviesen la esperanza de que el sol pronto volvería.