001: Albedrío.

(Abierto)

Allá, donde las ideas se pierden…

Ahí, donde parece que nada extraordinario puede suceder…

Ahora, cuando se cree que ya no hay sueños…

—¡Bienvenida sea!

Las calles no son lo que solían ser. La República de Mexitlán se sumía cada vez más en la situación global, llena de pena, inseguridad, agresión y miedo. La gente vivía lo mejor que podía, pero sin intentar algo más allá de sus posibilidades. ¿Para qué, si de todas formas no serviría de nada?

Pensamientos increíbles en un mundo lleno de maravillas, ¿no?

—¿Qué demonios…?

En una ciudad común y corriente, nadie espera demasiado. No cuando se ha pasado por mucho en la vida.

—¡Gente, gente! —se oía que decían sin parar, pero no se veía la fuente de las voces, agudas e infantiles —¡Vino gente!¡Gente!

—¿Y eso es tan extraño?

La pregunta paró todo sonido, por lo que un desagradable silencio cayó en la estancia.

Aquel lugar, ubicado al final de un estrecho callejón entre dos altos y grises edificios, no tenía una fachada convencional. Era como una casita sacada de un grabado antiguo, de reluciente madera pintada de varios colores, algunas ventanas cuadradas en la planta baja y ventanas circulares en la planta alta. En el techo se distinguían lo que parecían antenas, pero eran de formas tan extravagantes que muchos se preguntarían qué eran lo que captaban. Una de las antenas, la más grande de todas, tenía por terminación un sol dorado con varias puntas a modo de rayos metido en el hueco de una plateada luna creciente. Al final de cada dorado rayo, había una estrella de distinto color.

Una chica había caído ahí por casualidad. Iba ensimismada, preguntándose qué hacer y distraídamente, se desvió de su rumbo y entró al callejón. Y cuando quiso salir, se dio cuenta de la casita y de que su puerta estaba abierta. Así que asomó la cabeza, sintiendo la misma curiosidad que una niña pequeña, y se encontró con un largo pasillo que poco correspondía al exterior del lugar.

Un corredor de techo alto y blancas paredes fue el que la recibió. No daba crédito a sus ojos, pero sabía que era real porque había estirado una mano para tocar una de las paredes, que parecía tenuemente resplandeciente, y descubrió su tacto, liso y frío. Retiró la mano al instante, como si ese descubrimiento fuera demasiado para ella, para a continuación escuchar cómo esas voces infantiles le daban la bienvenida y sonaban tan alegres por ver a alguien allí. Y cuando preguntó si eso era tan extraño, creó el silencio, lo que por cierto, la incomodó más que la inverosímil apariencia de la casa.

—¿Qué sucede? —quiso saber la joven en un susurro —Acaso… ¿acaso dije algo malo?

—No necesariamente. Depende del punto de vista.

La nueva voz, amable y varonil, sobresaltó a la muchacha. Giró la cabeza de un lado a otro buscando al dueño, que acabó descubriendo frente a ella, al final del pasillo. Era un hombre de aspecto joven, aunque el traje azul marino a rayas grises, la camisa blanca y la corbata gris satinado le conferían cierta seriedad. Su tez era de un tono moreno amarillento, como era común en la gente del desierto, y sus oscuros cabellos hacían juego con sus ojos, brillantes y penetrantes. Tras él, un niñito rubio y una pequeña morena le aferraban las manos con fuerza, aunque veían a la recién llegada con amplias sonrisas.

—Perdón, señor, ¿es su casa? —quiso saber la joven, apenada por ser descubierta en una propiedad ajena.

—Sí y no. Pero como ya dije, todo depende del punto de vista. Ahora, dígame, ¿cómo se llama?

La chica suspiró.

—Ahí va… —musitó, sin muchas ganas de contestar.

—No presiones, querido. Mejor hazla pasar.

Una nueva voz, femenina pero algo apática, resonó en el corredor, pero su dueña no se veía presente. Los niños alzaron la vista con ilusión, pero el adulto presionó sus manitas por un instante y ambos recuperaron la compostura.

—Vittorio, Alhelí, ¿serían tan amables de recordar lo que deben hacer? —pidió el hombre con voz amable —Tenemos una invitada.

Los niños asintieron en el acto, soltaron al hombre y se fueron saltando por el pasillo, tomados de la mano.

—Y usted, señorita, será mejor que me siga.

La aludida no tuvo más remedio que obedecer, en vista de que no pensaban hacerle nada malo. Al andar por el pasillo, observó varios cuadros, carteles y fotografías, aunque frunció el ceño al creer que… No, mejor no pensar en ello. Seguro era una alucinación suya. ¿Cómo era posible que algo inanimado, de buenas a primeras, cobrara vida ante ella?

—Por aquí, por favor.

El hombre de traje le indicaba la puerta al final del pasillo, que pese a su apariencia, era muy corto. Lo habían recorrido a paso moderado y no habían tardado ni un minuto en llegar al final.

—Ah… gracias —dijo la chica, porque según lo que veía, tendría que abrir la puerta ella misma para poder entrar. Así lo hizo.

Al otro lado, una espléndida sala apareció ante sí. El estilo era elegante, un tanto rebuscado pero ciertamente acogedor. Los muebles, en su mayoría de madera con tapicería azul y ricos bordados metálicos, estaban dispuestos de tal forma que no se estorbaran entre sí y tampoco al tránsito de la gente. Como demostraba en ese momento un hombre castaño de uniforma blanco que iba de un lado a otro, jugueteando con un gorro blanco entre las manos.

—Ah, miren, es cierto —pronunció en ese momento la femenina voz apática de antes —Tenemos visitas.

La dueña no tenía nada que ver con su propia voz. Era una mujer muy hermosa, de rubios cabellos que caían en su nuca en delicadas ondas. Sus ojos, de un verde vivo y destellante, observaban todo con una atención que rayaba en el escrutinio. Sus ropas, consistentes en una falda recta color violeta y una blusa color perla, eran parcialmente cubiertas por una bata blanca que en el bolsillo superior izquierdo, mostraba un emblema conocido tanto nacional como mundialmente.

—¿Eso no es del CIIG? —quiso saber la joven, sin poder contenerse.

El CIIG era el Centro Internacional de Información Genética, una de las organizaciones más importantes del planeta. Hacía algunos años habían corrido varios rumores sobre actividades ilícitas, cosa que pareció confirmarse cuando se abrió una investigación que incluía todas sus sedes. Pero si una mujer como aquella rubia trabajaba allí…

León, ¿podrías dejar de pasearte y mejor traernos algo de comer?

No sonaba a orden, pero el hombre que iba de un lado para otro se detuvo y se colocó en la cabeza el gorro blanco, que resultó ser de chef. El castaño, con una radiante sonrisa que hacía destacar sus ojos color ocre, se retiró por otra puerta, al fondo de la habitación.

—Ahora, veamos… ¿Khaos, no?

La joven dio un respingo, pero se recuperó enseguida y asintió.

—No parece gustarte mucho —la mujer rubia hizo una mueca.

—Significa "vacío", Viola —señaló educadamente el moreno de traje.

La rubia asintió en señal de comprensión.

—¿Porqué llamarían así a una niña tan preciosa como ésta?

Khaos se sobresaltó al ver que tras ella, ahora se encontraba una mujer de aspecto tan joven como el propio, con un largo y ondulado cabello negro azulado que caía por su espalda. Sus ojos eran de un azul intenso, oscuro y vivo, en tanto su vestimenta estaba llena de color y alegría. Al llevarse las manos a las mejillas, Khaos le distinguió en el anular izquierdo una argolla de matrimonio y un anillo de compromiso.

—¿Te parece que es linda, Azur? —inquirió Viola amablemente.

—¿Cuándo me he equivocado en eso? —preguntó Azur a su vez, caminando en torno a Khaos y observándola con detenimiento —Tiene buen porte, un lindo rostro, cabello bien cuidado, ojos expresivos… Y su estilo parece auténtico —Azur tomó una de las mangas de la blusa de Khaos y se la acercó a los ojos —¿Hace cuánto que no se ve eso por aquí, eh?

Viola se encogió de hombros, en tanto su moreno acompañante sonreía.

Khaos no creía ser fuera de lo común. Cierto, le gustaba mostrarse erguida y serena, pero porque le ayudaba entre la gente. Su rostro, de forma ovalada, era algo que le agradaba de sí misma, no iba a negarlo. Su largo cabello, lacio y de un claro tono gris, era raro, pero procuraba peinarlo con cuidado y casi siempre lo recogía porque no se decidía a cortárselo. Sus ojos, que a simple vista solían espantar porque en apariencia carecían de color en el iris, eran en realidad de un color gris azulado muy tenue, que podía oscurecerse si la enfadaban. Y en cuanto a lo que Azur denominaba estilo, se trataba simplemente de ropa cómoda, opaca y deslucida, con el único afán de pasar desapercibida.

—Azur, siéntate con Viola, por favor —pidió el moreno de traje —León nos traerá algo de comer. Niños, ¿no tienen tareas qué hacer?

Los dos pequeños se miraron, abrieron los ojos de forma excesiva debido a la sorpresa y miraron enseguida al hombre.

—¡Ahora la hacemos, papá! —afirmaron los chiquillos.

—Muy bien. Despídanse de mamá y vayan a hacerla.

Ambos obedecieron, se acercaron a Viola y cada uno depositó un beso en su mejilla antes de correr a la puerta por la que Khaos, que los veía con cierta fascinación, había entrado.

—Bien, hablemos de negocios —anunció Viola de improviso, captando la atención de los presentes —Azur, ¿tardarán mucho los demás?

—No que yo sepa. Verne quedó de darse una vuelta aprovechando que está en la ciudad, Amaranta tiene un poco de tiempo en su apretada agenda —Azur esbozó una sonrisita al decir aquello —¡Ah! Y Ryoko ya te avisó que iba a llegar tarde por una emergencia, ¿cierto?

Viola asintió justo cuando León entró con dos charolas llenas de platos humeantes y alguna clase de fuente. Azur, que se había sentado a la derecha de Viola, se levantó enseguida y le ayudó con una de las charolas, cosa que el otro agradeció con una sonrisa.

—Puedes sentarte, Khaos —invitó Viola —Alí, tú también.

Miraba al moreno de traje, quien movió la cabeza afirmativamente y se colocó a su izquierda.

—Te preguntarás, Khaos, y con razón, el por qué estás aquí.

Lo dicho por Viola desconcertó por un instante a la aludida.

—Ah… ¿estoy en problemas? —inquirió de repente, confusa.

—Oh, no, para nada. Por eso te lo estoy preguntando.

Nunca, en lo que llevaba de vida, Khaos se había encontrado con una persona tan peculiar como Viola. Y los que estaban a su alrededor no se quedaban atrás, porque de pronto, el moreno Alí desvió la vista de ella y se pasó la diestra por el brazo izquierdo, frotándoselo.

—No sé porqué, pero me estoy congelando —comentó como si nada.

—Perdón —musitó Khaos, aferrando un mechón de su melena y retorciéndolo entre sus dedos, tan níveos como el resto de su piel.

—¿Y eso? —se extrañó Azur, mirándola con las cejas arqueadas.

—Nunca había estado cerca de algo así —para sorpresa de Azur, fue Alí quien contestó —Puedo saber lo que es a esta distancia.

—Muy raro, ¿no te parece? —comentó Viola de manera indiferente.

—Empiecen a comer de una vez —pidió León con voz cansina.

Todos obedecieron, aunque Khaos apenas pudo probar bocado. Algo en lo que había dicho Alí le había llamado poderosamente la atención, porque le recordaba una noticia de hacía algunos años, algo muy sonado…

—¡Lamento mucho la demora! —se disculpó apresuradamente una mujer de cabello castaño dorado, vestida con un traje verde oscuro, entrando en la sala apresuradamente —Recibí el mensaje esta mañana, así que hice un hueco para venir. ¡Qué bonita! —exclamó, fijándose en Khaos.

—Oiga, yo no…

—¡Vaya, Amaranta! Estás de acuerdo conmigo —comentó Azur con sorna.

—Sí, lo sé —la recién llegada soltó una risita, aflojándose el nudo de la corbata amarilla anudada a su cuello en tanto tomaba asiento —Es una señal del fin del mundo, ¿cierto?

Azur correspondió a esas palabras con una sonrisa y se llevó a la boca un trozo de carne asada, colocada en uno de los platos que León había llevado. Amaranta, por su parte, agradeció apresuradamente la comida y también la probó.

Khaos observó al grupo de personas ahí reunido, queriendo encontrar una explicación razonable para lo que estaba ocurriendo. Se preguntó, por un momento, dónde estaban los dos niños, y si estarían comiendo algo tan sabroso como lo que ella degustaba. Se notaba que el tal León era un profesional, ¿cómo, si no, podría preparar una crema de perejil tan exquisita? Tomó un panecillo y lo sintió caliente entre sus dedos, seguro estaba recién hecho…

Un momento, ¿estaba sintiendo el calor del panecillo?

Soltó el alimento bruscamente, haciendo que cayera en su plato de crema y salpicara a su alrededor. Los otros comensales la observaron con curiosidad ante tal hecho.

—Ah, ya lo notaste —dijo Viola como si nada.

—¿Cómo? —fue lo primero que logró decir Khaos, mirándose la mano —Yo… yo nunca… ¿Cómo pasó?

Los demás se miraron unos a otros, sin entender del todo.

—Alí, ¿qué es ella? —inquirió serenamente Viola.

—Algo muy raro… Tiene que ver con algo frío —respondió el nombrado, frunciendo el ceño —Pero no existe algo así en las clasificaciones actuales —se volvió hacia Viola.

—No, por supuesto que no. La especie fue dada por extinta poco antes de la firma del TRAPIR. Aunque si lo que sabemos es correcto, el viejo CIIG tuvo algo qué ver en esto —y señaló a Khaos con la cabeza.

La chica creyó ver una mueca de dolor en Alí y eso la hizo recordar.

—Saber la especie de cualquiera… ¡El Homo Revelio! —exclamó por lo bajo, intentando no sonar maleducada —Fue un escándalo hace como diez años. Leí todo al respecto y…

Supo que había acertado ante el hermetismo en el que se sumieron a su alrededor. No podía creer que estuviera frente a aquel ser que los diarios habían catalogado como experimento ficticio de algunos científicos desleales del CIIG. Había sido terrible que la Universidad Pública de Hidracalia fuera tomada por asalto, pereciendo en un secuestro masivo varios miembros del Concejo Universitario de Estudiantes de aquel entonces. Los responsables solamente reconocieron que se les había enviado a recuperar a un experimento perdido, que se suponía que daba origen a una nueva clase de humano. La descripción de las supuestas habilidades del nuevo ser conmocionó a muchos, pues aún existían quienes querían llevar una vida tranquila sin tener que andar divulgando la especie a la que se pertenecía a menos que fuera necesario. En aquel mundo, lleno de varios seres que únicamente tenían de humana la apariencia, la discreción era sumamente valiosa. Se le consideraba como una de las razones para que la armonía hubiera durado tanto desde que en el siglo XIX se firmara el Tratado de Paz Interracial (mejor conocido como TRAPIR) y entrara en vigor. Khaos había creído que la existencia de un humano único era algo interesante, y se sintió identificada. No sabía de dónde había salido.

—Precisamente por eso pudiste llegar aquí, Khaos.

Viola le sonreía y ella lo agradeció mucho. No veía seguido sonrisas dirigidas precisamente a ella.

—Nosotros, que somos siete amigos, creamos este lugar, que para la gente común, se hace pasar por un negocio de compra–venta —Viola alzó una mano para abarcar su entorno —Compramos lo que otros no quieren y lo vendemos a quien lo solicita. Sin embargo, eso puede abarcar tantos significados, que de vez en cuando, encontramos algunas… transacciones difíciles. Aún así, rara vez rechazamos un trato.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó Khaos finalmente.

—Sencillo: entraste porque así debía ser. Tienes algo que podríamos comprarte. O tal vez nosotros podamos venderte algo.

Khaos sí que se estaba confundiendo. Ella no tenía nada de valor y mucho menos contaba con dinero para comprarse algunos de los lujos con los que soñaba despierta. Viola era una mujer hermosa y enigmática, pero ahora también la consideraba una chiflada.

—No te queda claro, ¿eh? —comentó una voz femenina.

Khaos se giró hacia la entrada de la sala, donde recargada en el marco de la puerta, se hallaba cruzada de brazos una mujer delgada, de piel más blanca que la suya y largo cabello negro peinado en una coleta. Sus rasgados ojos eran de un marrón diáfano como el cristal y sus ropas de calle eran medio cubiertas por una bata blanca similar a la de Viola.

—Creí que llegaría al último, ¿saben? Y Viola, ten la amabilidad de explicar todo de manera coherente —pidió la recién llegada, que se movía con la ligereza de una niña y la elegancia de una bailarina de ballet —Ella no te conoce. Por cierto… —arrugó la nariz levemente —No me gusta cómo huele —admitió tras unos segundos, tragando en seco.

—¿Algo desagradable, Ryoko? —preguntó León.

—Al contrario. No sé qué sea esta niña, pero huele demasiado bien. Necesito un suplemento, si no te importa —miró a León significativamente.

Antes que alguien se moviera, Viola chasqueó los dedos y una lata apareció en la diestra de Ryoko, quien la abrió y apuró el contenido de un trago. En tanto, Alí se aclaró la garganta.

—Ahora que lo recuerdo, ninguno de nosotros se ha presentado —hizo notar —Ella es Viola Médici, mi esposa —señaló a la rubia con un gesto de disimulado orgullo —Ellos son Napoleón Eaglepass y Azur Blasón —tanto Azur como León le dedicaron a Khaos sendas sonrisas —Ella es Amaranta Montemayor —la nombrada inclinó la cabeza cortésmente —La que acaba de llegar es Ryoko Akai —la mujer con el suplemento hizo lo que a todas luces era una reverencia, que Khaos correspondió torpemente, dado que estaba sentada —Y yo soy Alí Arafat.

Poco a poco, Khaos relacionó los nombres con algunas noticias. Amaranta salía en televisión por ser la Subsecretaria de Economía. Ryoko era nombrada en casi todos los hospitales de Hidracalia como una obstetra dedicada. Azur poseía prestigio como publicista y artista plástica. Napoleón era el creador y dueño de la cadena de restaurantes Eat & Go Out!, que se había vuelto muy popular con clases de verano para niños. Y Viola era actualmente jefa de investigación genética en la sede nacional del CIIG. Únicamente Alí permanecía con un bajo perfil, lo que debido a su condición de especie no reconocida, era adecuado.

—Eh, ¿empezaron a comer sin mí? —entró en ese instante un hombre de tez aceitunada, increíblemente guapo, de cabello cenizo y alborotado. Sus ojos, de un suave tono castaño grisáceo, le daban un aspecto misterioso y a la vez atrayente. En un brazo cargaba con una bata blanca —Espero me comprendan, pero tuve que pasar a la Reservación Galfo. Para asegurarme que todo va bien, ya saben —se sentó en una silla que Viola había hecho aparecer segundos antes y tomó un tenedor de los varios ahí dispuestos —León, ¿hiciste mi rollo de carne?

—Verne, eres de la única especie que conozco que se comería ese rollo de carne relleno de menudencias —Napoleón hizo una ligera mueca de desagrado —Por eso no lo tengo en el menú de los restaurantes.

—Tampoco tienes en el menú mi langosta al vino blanco —destacó Azur.

—Eso, bonita, es porque fue un regalo para ti.

—¿Regala comida? —se interesó Khaos de repente.

Los demás la miraron al instante, lo que hizo que se sonrojara.

—Lo siento —se disculpó.

—No pasa nada —aseguró Alí de manera tranquilizadora —A León le encanta hablar de sus creaciones. Ha hecho al menos un platillo exclusivo para cada uno de nosotros.

—No sigas, camarada, porque me apenas —bromeó Napoleón entonces —Y por cierto, ¿querrá tu esposa explicarnos cómo es que esta linda señorita llegó con nosotros? —con la cuchara que sostenía, señaló a Khaos —Si sus hechizos funcionan bien (y siempre lo hacen), sólo gente que necesite de nuestros servicios pueden entrar al Albedrío.

—¿El Albedrío? —murmuró Khaos, sin comprender.

—Sí, así se llama este lugar —confirmó Viola —Hace alusión al poder que tenemos los seres racionales de elegir nuestro camino. Todo lo que te pasa, de manera directa o indirecta, es consecuencia de tus decisiones. Así que… ¿estarías dispuesta a negociar con nosotros?

—Pero… ¿cuáles serían los términos? —inquirió Khaos con cierta aprensión —Veo que… al menos usted es hechicera —miró a Viola directo a los ojos —Sé que si hago un trato con un hechicero, éste puede obligarme a cumplir de cualquier forma y…

—Oh, no soy de esa clase de hechiceros —cortó Viola amable, pero firmemente —Pero es cierto que, en la medida de lo posible, haría que cumplieras con nuestro trato sin causarte daños. Eso, claro está, si llegamos a concretar un trato.

—Ah, ya…

—Por otra parte, no creas que una hechicera es de lo único que debes preocuparte si no cumples un trato con nosotros —disparó en ese momento Ryoko, terminándose su bebida y encajando con sorprendente facilidad sus uñas en la lata —Los demás somos de especies que debes temer. Y Alí… Bueno, él podría hallar alguna buena traba legal para perjudicarte.

—Ryoko, amiga mía, te hizo daño el matrimonio —renegó León.

–No, sólo soy realista. Además, no me hizo daño el matrimonio. Me hizo daño que quisieran meterse con Ryoichi.

Khaos arqueó una ceja, pero no quiso saber más del asunto cuando vio que los amigos de Ryoko hacían leves gestos de comprensión.

—Muy bien, entonces vamos a negociar —pidió Viola, chasqueando los dedos de nueva cuenta, con lo que unas cuantas hojas de papel aparecieron sobre la mesa de centro, entre un plato con chuletas de cordero y la fuente, que resultó contener el postre: chocolate derretido y frutas frescas —Khaos Aglaia Áphatos…

—¿Cómo sabe mi nombre, si puede saberse? —preguntó la mencionada de pronto. Era de llamar la atención que una persona a la que jamás había visto diera muestras de conocerla bastante bien.

—Eso, si todo sale bien, te lo diré después —Viola le dedicó una sutil sonrisa —¿Qué quieres vendernos?

—Yo no tengo nada valioso —replicó Khaos en el acto.

—Depende del punto de vista —señaló Alí, como un profesor repitiendo amablemente una lección —¿Qué es lo que más te importa?

—Pues… yo…

No sabía por qué, pero la chica de cabello gris no podía contestar esa pregunta. Y teniendo la respuesta revoloteando en su cabeza…

—Yo… no quiero dañar a nadie —logró decir finalmente —Yo… por mi poder… La gente no quiere acercárseme. Quisiera… que hubiera una forma de estar con la gente sin lastimarla. Y así ya no estar sola…

Los siete amigos en torno a Khaos se miraron por un momento, para después ser Ryoko quien se acercara a ella y le acariciara la cabeza.

—Seres tratados mal por lo que son no tienen nada de culpa —aseguró en voz baja —No te preocupes, ¿quieres?

—Oiga, yo que usted no me tocaba —Khaos quiso apartarse, pero Ryoko, sujetándole el cabello, no la dejaba —¿Sabe lo que soy?

—No, pero puedo enterarme. ¿Alí?

El nombrado ladeó ligeramente la cabeza, en actitud pensativa, antes de aclararse la garganta.

—No necesito tocarla, lo supe hace rato. Ella… atrae a la muerte.

—Con razón me huele tan bien —Ryoko emitió una risita que procedió a explicarle a una atónita Khaos —Soy hematófaga, ¿sabes? Mi especie siempre busca una muerte temprana. No sé porqué.

Al ver a Ryoko encogerse de hombros, Khaos tuvo la certeza de que, sin importar lo que sucediera, con aquellas personas todo saldría bien. Así que se inclinó, tomó las hojas de la mesa de centro y se acomodó en su asiento para leerlas tranquilamente. Los demás a su alrededor, luego de ver eso con agrado, siguieron comiendo.

Ya tenían ganas de saber de qué tanto Khaos era capaz.