044: Recuérdame.

(Archivado)

Recuérdame… cuando mires a los ojos del pasado…

Cuando ya no amanezca en tus brazos… y que seas invisible para mi…

(La Quinta Estación & Marc Anthony)

No sabía qué hacía allí. Esa casa era enorme, demasiado refinada... y silenciosa.

Y eso que estaba llena de gente.

Varias personas recorrían los pasillos hablando en susurros, en tono abatido, claramente esperando lo peor. No lo entendía tampoco, pero no se atrevía a preguntar.

—Por aquí, hija.

Su padre y su madre la guiaron hasta una habitación de la segunda planta, muy grande y decorada con elegancia, con el espacio suficiente para que en una esquina, se instalara una pequeña mesa redonda sobre la que descansaba un servicio de té, y dos sillas.

Una de las sillas ya estaba ocupada.

—Muchas gracias por aceptar traerla. Hola.

La mujer, pensó, era guapa de una manera especial. Tenía el cabello corto y negro, con unos intensos ojos azules que llamaban la atención aún con las gafas que tenían delante. Era delgada, se notaba aún con la holgada bata que vestía sobre un camisón largo, ambas prendas de un tono violeta claro, parcialmente cubiertas por el chal sobre sus hombros, color azul marino.

—Hola —correspondió en un murmullo, alentada por sus padres.

—Por favor, siéntate. ¿Pueden esperar afuera, por favor?

La mujer se dirigía a sus padres. No quería que salieran, se pondría nerviosa. Pero bastó ver a esa señora sonreír para intuir que se podía confiar en ella.

—Te llamas Viola, ¿verdad? —inquirió la mujer, a lo que asintió con la cabeza—. Tus padres me comentaron que últimamente no te sientes bien. Con tus habilidades, quiero decir.

—¿También le dijeron lo que veo? —inquirió hablando muy bajito, abriendo los ojos como platos.

—Un poco. Verás, no eres la única hechicera en el mundo que puede hacer eso. El problema es que esa habilidad no se hace, nace. Tal vez por eso tienes problemas.

—¿Nace? ¿Quiere decir que siempre la he tenido, señora…?

—¡Oh, lo siento! —la mujer le tendió una mano de finos y pálidos dedos—. Beelia Masada de Cardinal. Mucho gusto.

Estrechó su mano, notándola un poco fría. Ahora que lo pensaba, la señora se veía enferma. Quizá por eso se veía tan abatida la gente que hablaba en los pasillos. Debían quererla mucho.

—Como decía, Viola, naciste con esa habilidad. Quizá al principio te mostraba cosas sencillas, que creíste haber soñado o vivido antes —asintió repetidas veces con la cabeza y la señora de Cardinal le dedicó una leve sonrisa, pero no como la primera, bonita y cálida, sino un poco más tenue y triste—, pero ahora estás viendo cosas que no comprendes, con gente que no conoces, y eso te asusta, ¿verdad?

Apenas pudo asentir. Aunque esa mujer se portara amable, temía que de un momento a otro, la tratara como los demás que se dieron cuenta de que no era una hechicera ordinaria. De por sí la mantenían alejada…

—Mira, todo eso que ves todavía puede cambiar, ¿sabes? —le confió la señora de Cardinal, adoptando un tono de voz dulce y tranquilo—. Puede cambiar porque se trata del futuro. Es el futuro de personas que vas a conocer. Si lo puedes ver, quiere decir que podrías ayudarles. Pero eso depende de ti. Nadie te va a obligar.

—¿De verdad? Si veo que es algo malo, ¿puedo…?

—Tal vez. Porque, lamento decirlo, a veces hay que dejar que pasen cosas malas. Algunas personas solamente así pueden aprender.

—¿Y cómo voy a saber qué debe pasar y qué puedo cambiar?

—Eso, pequeña, debes averiguarlo tú misma. Te tomará tiempo y mucha, mucha práctica. Quizá te llegues a equivocar y deberás cargar con eso en tu conciencia. Pero espero que sean más las veces que aciertes que las veces que falles.

—Señora, ¿cómo sabe tanto de eso?

—Bueno, la mejor forma de tratar un tema es por experiencia propia.

No era tonta. Sus profesores alegaban que era demasiado lista para su edad. Por eso no le tomó ni dos segundos comprender esa frase.

Esa amable señora también veía cosas que todavía no pasaban.

—Tus padres comentaron que una vez te encerraste en tu cuarto, no hablabas y apenas comías. ¿Viste algo muy malo? ¿Algo muy triste?

Al oír la pregunta, no pudo evitar recordar la visión a la que se refería, de hacía un par de años. Aparte de que le parecía muy mala, de pronto la llenaba un sentimiento intenso, que le provocaba una especie de vacío en el pecho, casi como si se ahogara.

—¡Oh, pequeña! ¿Estás bien? ¿Por qué lloras?

—No sé… —susurró, restregándose la cara para quitarse las lágrimas—. Esa vez… La gente que vi… No conocía a nadie, pero… Había un muchacho… Un muchacho que vi y casi me hizo llorar… Y no sé por qué… No quiero acordarme otra vez…

—Si quieres, puedo hacer que ya no te acuerdes —propuso la señora de Cardinal—. Pero solo si estás segura. Además, puedo hacer que te acuerdes de todo eso cuando lo necesites, no antes.

—Yo… No, señora, gracias. Usted dice que tal vez voy a conocer a estas personas, ¿no? A todas las que veo. Entonces, quiero acordarme de este muchacho. Quiero saber quién es en cuanto lo vea. Y… Y lo cuidaré. No va a pasarle nada.

—Buena suerte, pequeña. Puedes irte. Espero haberte ayudado.

Asintió, bajando de la silla, para luego tenderle la mano de nuevo a la señora de Cardinal.

—Ah, una cosa más —dijo entonces la mujer, sonriendo de forma aún más bonita que la primera vez—. No te preocupes si ahora estás sola. Será duro y triste, pero lo superarás. Después de eso, serás muy, muy feliz.

—¿De verdad, señora?

—Por supuesto. ¿Tú quieres ser feliz?

—Sí, quiero ser feliz con mi mamá y mi papá. Y quiero amigos.

—Bien dicho. Podrás tener lo mismo que yo, ¿sabes?

—¿Lo mismo que usted?

Beelia Masada de Cardinal seguía sonriendo, y eso la reconfortaba. Era el anuncio de una verdad simple y a la vez tan maravillosa, que sabía que recordaría por siempre.

—Sí, pequeña. Yo tengo amor por todas partes, y eso me hace feliz. Me aman mis padres, mi hermano, mis amigos, mi esposo… Y tú también pasarás por lo mismo.

—¿Yo también?

—Sí. Te aman tus padres y te amarán tus amigos. Incluso un día te amará un muchacho y te casarás con él, como se casaron tus padres. Hasta ayudarás a otros a tener todo eso. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—Sí, creo que sí. Gracias, señora.

La mujer meneó la cabeza, restándole importancia, viendo salir a una niña menos melancólica y más dispuesta a esforzarse porque no la controlaran sus habilidades. Solo hasta que la pequeña cerró la puerta tras ella, Beelia Masada de Cardinal mostró una mueca de desaliento.

Detestaba manipular el futuro de los demás, pero no había remedio. Su habilidad le había mostrado lo que pasaría si no intervenía y mejor cargar en su conciencia un poco de astucia con una niña de diez años que el dejar que la pobrecilla enloqueciera con su don, porque en ese caso, no llegaría jamás al momento y al lugar donde, dentro de unos años, conocería no solo a quienes serían sus mejores amigos, sino también al amor de su vida. Con todos ellos, después, haría un bien mucho mayor.

Al final, los aciertos en ese asunto pesaban más que los fallos.

–&–

Otro día de trabajo, otra cosa que salía bien.

Si–Wang Quilin no podía pedir más.

Cierto, al principio, el desarrollar esos laboratorios "camuflados" para la creación de sus Proyectos fue una apuesta arriesgada. Si el señor Maat hubiera recibido aviso alguno, sus esfuerzos resultarían en vano. Pero el anterior presidente internacional del CIIG jamás sospechó lo que hizo, por lo que se retiró en cuanto le llegó la hora dejándolo a cargo, cosa de lo que Quilin, en persona, se encargó.

Ahora, al mando del CIIG, disponía de múltiples recursos, cuando quisiera y donde quisiera. Sabía cómo disimular ciertos detalles ante quien hiciera falta, no había problema. Varios de sus más interesantes Proyectos progresaban. Estaba tan cerca de obtener lo que deseaba…

Eso si lograba detener esas "liberaciones".

Habían pasado años desde que dio por perdido al Homo Revelio. No sabía dónde estaba, pero confiaba en que sus habilidades no lo hallaban porque había muerto. Todo lo referente al Revelador se catalogó como Secreto Alfa, lo que en lenguaje del CIIG quería decir que poquísimas personas tenían acceso a esa información, antes de olvidarse. Debido a la complejidad de la manipulación genética para ese Proyecto, Quilin no lo repitió, al menos no por el momento.

Lo que lo animó aquel día fue el informe sobre la investigación encabezada por Tenryu. Por lo visto, su variable era prometedora.

Quizá hiciera una visita pronto a ese laboratorio.

–&–

Ten, últimamente, no dormía mucho. No de forma normal.

Buscaba sueños de gente en la que pudiera confiarse para tirar abajo lo que Quilin hacía, pero no obtenía buenos resultados a menudo. Por lo visto, los que firmaban contratos para los Proyectos estaban lo suficientemente asustados como para no arriesgarse.

Al menos la mayoría.

—¿Cómo va la lectura del patrón?

Por poco Ten dio un respingo, pero logró serenarse y seguir con la vista fija en el enorme tablero de controles, específicamente en una pantalla cuya gráfica circular cambiante resultaba incomprensible para la gente común, pero no para él.

—Buenos días —saludó en primer lugar, antes de presionar un botón y con ello, obtener una impresión rectangular muy similar a la producida por los sismógrafos, con una gráfica de picos que subían y bajaban—. El patrón parece ser normal, al menos para tratarse de un monstruo con habilidades del sueño. Las únicas alteraciones son ocasionales, cuando sus habilidades, por lo visto, actúan de manera inconsciente —señaló unos cuantos picos en la gráfica que, con diferencia, eran más elevados que el resto—. Esta lectura es de anoche. Según los registros de nuestros aparatos, estaba soñando.

—¿Soñando? ¿Tan pronto? —Quilin sonó impresionado, aunque su rostro apenas cambió de expresión al mostrar una débil sonrisa—. ¿Y usó alguna habilidad mientras soñaba?

—Parece que sí, pero no logramos identificarla. Después de que dejara de usarse, el escaneo cerebral presentó actividad, una parecida a cuando un niño normal retiene información como, por ejemplo, en clases.

—¿Quieres decir que obtuvo información en el sueño que tenía?

—No. Obtuvo información en un sueño en el que estuvo. El patrón, justo aquí, señala que no estaba en su propio sueño. Lo hemos comparado con patrones OCUHMA de otros monstruos con habilidades similares.

Mientras Ten señalaba otro pico de la gráfica, intentó por todos los medios no mostrar estupefacción mezclada con orgullo.

Eso lo reservaba para esa noche.

–&–

Noke estaba segura de estar en casa al dormirse esa noche. Pero de pronto, se vio en un sitio desconocido, oscuro y que daba una sensación de frialdad intensa debido al abundante metal en aparatos e instrumental.

¿No era ese un laboratorio? Una vez Ten se lo describió…

—Buenas noches, Mononoke–san.

El saludo de su marido la desconcertó y alivió a partes iguales.

—Buenas noches, ¿todavía no vendrás a casa?

—No, lo siento. Debo resolver un inconveniente.

Ella abrió los ojos de par en par, atónita.

—A él no le pasa nada malo —la tranquilizó Ten—. Bueno, no del todo. Parece que poco a poco, logra darse cuenta de su entorno, aunque le falta controlar sus habilidades. Hay que agradecerle a la hibridación.

—¿La hibridación?

Ten se encogió de hombros, dando a entender que era complicado explicarlo, por lo que Noke no insistió.

—Es su cumpleaños, ¿recuerdas?

Ante la acotación de su marido, Noke volvió a sorprenderse, para luego sonreír con aire triste.

—No puedo creer que el tiempo pase tan rápido —musitó, acercándose a él, dándose cuenta entonces de que vestía un kemoni azul celeste con detalles plateados, que en realidad eran delicadas y finas espirales. Le recordaban a las olas del mar, quizá por eso se soñaba con él.

—Ni yo. He pasado años metido aquí para poder llegar a esto. Pero quizá no sirva de nada.

—¿A qué te refieres?

Ten suspiró, con semblante abatido. Noke supo entonces que no la había llamado solamente porque fuera cumpleaños de ese niño que, por necesidad, había dejado ir hacia donde pudieran salvarlo.

Habían sido dos largos años de esas visitas esporádicas, en las que Noke contemplaba, entre fascinada y melancólica, cómo su bebé lograba vivir, gracias en gran parte a los esfuerzos de Ten, que en los viajes que hacía por orden de Quilin, investigaba cualquier dato que, según él, le ayudara a su hijo. Le dolía demasiado no poder regalarle un arrullo o una caricia, pero sabía que Ten estaba igual que ella, o incluso peor, ya que lo veía a diario tratado como un espécimen más en el trabajo.

—A Wang se le ha metido en la cabeza un traslado.

Ante semejante noticia, Noke se quedó paralizada.

—¿Por qué? —inquirió en un murmullo.

—La sede internacional recibirá a varios científicos en unos meses, de casi todos los continentes. Entre ellos hay algunos con habilidades lo bastante "peligrosas", según Wang, como para cuidar las apariencias. Además, este laboratorio ya no le parece seguro.

—¿Y a dónde piensan enviarlos?

—La cuestión es, Mononoke–san, que solo quiere trasladar a Aoi.

Por más que le gustara el nombre que ella y Ten le daban en privado a su hijo, Noke no dejó escapar lo que esa frase implicaba.

—¿Y tú? ¿Qué hará contigo?

—A mí no puede alejarme de la sede internacional. Por más que me dé órdenes debido al contrato de los Proyectos, sigo siendo representante de Nihotto. Si quiere trasladarme, deberá hablar con Meiji–dono y estoy casi seguro de que él no aceptará algo así.

—¿Entonces? ¿Qué pasará con Aoi?

—Habrá que protegerlo. ¿Tienes ya la cita?

Noke asintió.

Dos años bastaban para idear un buen plan. Decidieron que, por más que quisieran, ir contra el contrato de Ten era arriesgado, por lo que Noke optó por firmar otro por su cuenta, pero quedó pendiente por mucho tiempo. En esos días ella fue recomendada para ser una de las traductoras de la reunión anual de la CIC, en la Isleta de la Paz, con lo cual pudo codearse con algunas de las personas más reconocidas del mundo. Incluso tuvo la ocasión de ver, aunque fuera de lejos, al Cardinal en turno que ocupaba el puesto vitalicio de la Cámara Interracial de la Concordia: el marido de la hechicera que predijo la muerte de su clan. El solo pensar que la señora de Cardinal podría andar por allí la animó a acercarse a ese hombre, pese a verlo rodeado de gente, y tuvo la suerte de que el señor Cardinal aceptara hablar con ella y escuchara su petición con paciencia antes de declarar que, por desgracia, su mujer estaba delicada de salud y no podía ayudarle.

Sin embargo, quedaba otra salida: la Clasificación.

De vez en cuando, se daba algún acontecimiento ilícito y violento que ponía en riesgo la vida de personas inocentes, o de algún testigo vital para ayudar a esclarecer los hechos. En tales circunstancias, la CIC contaba con hechiceros cualificados para tomar todo aquel recuerdo que hiciera alusión a una de esas personas, lo manipulaban y hacían que dicha persona quedara en el olvido, para luego darle una nueva identidad que, por tiempo indefinido, haría que quien quiera que la buscara no la encontrara. El nombre completo de dicha acción era Clasificación de Protección, y la relación de personas a las que se ayudaba, con su correspondiente identidad nueva, era conocida como Lista Clasificada. Muy pocos tenían acceso a esa lista, incluso entre los miembros de la CIC, así que era bastante segura. Por otro lado, rara vez se podía escoger cómo desaparecer de la memoria de los demás, eso era decidido por los hechiceros a cargo del procedimiento, cuyas identidades tampoco eran de dominio público. Algunos creían que la oportunidad de manipular las mentes de la gente era atroz, pero como esos hechiceros firmaban uno de los contratos más estrictos entre los de su misma especie, ¿cómo alguien iba a creer que harían mal uso de su trabajo?

Esa era la posibilidad que se les ofrecía a Noke y a Ten, con la condición de que ayudaran a reunir todas las pruebas posibles contra los malos manejos de Quilin en el CIIG. Ten, directamente, no podía decir nada contra Quilin mientras durara su contrato, pero Noke sí, aunque no se explayó tanto como hubiera querido al entrevistarse por primera vez con el señor Cardinal, dado que su acercamiento a él fue improvisado y en medio de la más importante asamblea de la CIC internacional. Por eso había solicitado una cita para entrar en materia.

Pero el saber que había alguna forma de que aquel embrollo tuviera un final feliz, no hacía que Noke se calmara.

—Tengo miedo, Tenryu–san.

La afirmación hizo que Ten se tensara, fue algo apenas perceptible para cualquiera que no lo conociera, pero notorio para Noke.

—Lo sé, pero tenemos que hacer algo —aseguró él.

—¿Cómo es que todo acabó así?

Era una buena pregunta. Costaba creer que hacía unos años cada uno viviera con alegría, sin preocuparse por nada demasiado grave o cruel, y que ahora debieran emplear todos cuanto poseían (su tiempo, su mente, sus facultades monstruosas…) tan solo para lograr que su hijo existiera.

—Quisiera saberlo, Mononoke–san. Ahora ya no hay marcha atrás.

—¿No podemos llevárnoslo? Tenryu–san, onegai

Ten apretó ligeramente los labios. Noke rara vez empleaba ese tono de voz, triste y desesperado.

—Quisiera, pero entonces, ¿de qué serviría todo lo que hemos pasado para llegar a este momento?

Se negó a mirar a su esposa, fijando los ojos en un tubo de cristal, que lleno de un líquido espeso, translúcido y ligeramente verde, contenía el cuerpecito del que, según los expedientes de los Proyectos, se conocía como "hipnófago". Su hijo no perjudicó a su madre intencionalmente cuando fue concebido, sino que mostró una alteración en su genética que lo convertía en una nueva especie. Pocos podían jactarse de engendrar nuevas especies y él no debía hacerlo.

Por su parte, Noke también veía el tubo, a su niño que ese día cumplía dos años. El hecho de declararse ese día como el de su nacimiento Ten se lo explicó nombrando algo sobre maduración física y efectos seudo… Seudo–algo. Ahora no lo recordaba.

Era el saber que no podía abrazarlo lo que casi la hacía llorar.

—Pero me parece tan cruel… Somos sus…

—Precisamente por eso hacemos el esfuerzo —replicó Ten, sintiendo que esas palabras le dolían en el alma mucho más que cualquier otra cosa—. Debemos pensar en el futuro. Ese es nuestro deber, a fin de cuentas.

—Saberlo no hace que me duela menos —replicó Noke enseguida—. Si tan solo pudiera tocarlo una vez… Una sola vez nada más…

Él la comprendía. Innumerables veces deseó eso mismo, pero durante el día el laboratorio estaba a reventar de colegas y auxiliares; además, los artefactos que monitoreaban al niño detectaban si había un procedimiento fuera de lugar o a una hora inapropiada. Las únicas veces que pudo tenerlo en brazos fueron al sacarlo del tubo para algún estudio clínico, con lo cual se aseguraba, afortunadamente, de que no lo dañaran.

—No podemos ni siquiera hacer eso. No ahora, que apenas está en esa etapa. Pero antes de firmar, puedes dejarle algo en sus sueños. Quizá después lo recuerde y lo conforte. Yo haría algo parecido, pero…

—Ya, tienen registrado tu patrón OCUHMA… Lo intentaré, lo prometo.

Ten asintió en silencio, apesadumbrado pero firme. Lo que Noke estaba por hacer con ayuda de la CIC era algo enorme, sobre lo que no tendría probabilidades si él no hubiera hecho uso de sus habilidades del sueño para confesarse. No, ahora lo que más le preocupaba era su hijo, porque si Quilin de verdad lo mandaba a otro laboratorio, ¿cómo podría saber que sobrevivía? ¿Cómo se aseguraría de que algún día Noke y él se encontraran? ¿Lograría, tarde o temprano, decirle cuánto lo quería y pedirle perdón por la "vida" que había llevado?

Solo había una forma de averiguarlo.

–&–

Idénticas físicamente, a excepción del color de ojos. La mayor tenía sus intensos ojos azules; su hermana menor, los verdes orbes de su padre. Eran tan pequeñas, tan inocentes…

A Beelia Masada de Cardinal le costaba mucho despedirse.

—¿Han entendido cómo se hace? —inquirió con suavidad.

—Sí, mamá —la niña de ojos azules asintió vigorosamente con la cabeza, agitando su brillante pelo castaño, siendo imitada por su gemela.

—Me alegra. Por favor, díganle a su padre que venga.

Las dos niñas dieron un grito de júbilo antes de salir de la habitación, sin preocuparse por preguntar cómo sabía su madre que su padre ya estaba en casa.

La señora de Cardinal dejó escapar un suspiro en cuanto la dejaron sus hijas. Normalmente no se dejaba llevar por la melancolía, pero era inevitable en los últimos días, por ponerse a recordar todo lo que había vivido para llegar a ese momento, lo que pensaba dejar atrás y la carga tan pesada que reposaría sobre sus hijas. De haberse mantenido firme en el pasado, nada de eso habría ocurrido, pero también estaría sola, por lo que no se arrepentía.

Llamaron entonces a la puerta de la habitación.

—Adelante.

Entró un hombre alto y castaño. Vestía un traje azul marino que, de algún modo, resaltaba sus ojos verdes, amables e inteligentes. La señora de Cardinal sintió un familiar sobresalto en el corazón, un latido más apurado, antes de sonreír con ternura. Jamás dejaría de agradecer el día que lo conoció, por más que el futuro que tuvo ante sus ojos a partir de ese suceso se mostrara, en algunos casos, doloroso y sin sentido.

—¿Cómo has estado, Bell? —inquirió el hombre, sonriendo a su vez y ocupando la silla a un lado de ella, tomándole una mano con delicadeza.

—Bien, gracias. Las niñas son obedientes, rara vez debo regañarlas.

—¿Rara vez? Si hicieron alguna travesura cuando les pedí que…

—Jóskua, son niñas. Quedamos en que vivirían lo más normales que se pudiera. No te eches para atrás ahora.

—No es por eso, Bell. Fue por…

El hombre no completó la frase, pero no hacía falta. Ella, mejor que nadie, sabía qué tan mal estaba y cuánto tiempo le quedaba. Para sorpresa de varios, entre ellos los médicos, sobrevivió lo suficiente como para tener a sus hijas, y no solo eso, sino que logró estar con ellas en sus primeros años. Esperaba que eso fuera suficiente.

—Lo sé, lo sé —dijo entonces la señora de Cardinal, suspirando—. Y dime, ¿cómo van los preparativos en la isleta?

—Bien, dentro de lo que cabe. Un hechicero de la Clasificación tiene cita con una nihotti que tiene datos sobre las actividades del CIIG que están resultando dudosas.

—¿En serio?

Bell, no salgas ahora con que no sabías nada.

La mujer sonrió un poco más, esta vez con aire divertido.

—Lo admito, algo sé —confesó—. Voy a establecer un contrato.

—Espera, ¿no dijiste que ya no harías contratos?

—Sí, lo dije. Pero este lo redacté hace tiempo. Solo falta firmarse.

—¿Y por qué no lo firmaron en cuanto lo redactaste?

—Él no sabe que va a firmarlo.

El señor Cardinal frunció el ceño, antes de asentir.

—¿Cuándo? —inquirió.

—Cuando él se dé cuenta de que no podrá solo con lo que le espera.

—¿Y está solo?

—No, y ese es el problema. Mientras no se crea solo, no firmará el contrato. Y es necesario que lo firme.

—¿Qué tan necesario?

—De eso dependerá la supervivencia de todo lo obtenido con ayuda del TRAPIR. Nos afectará indirectamente por las niñas, pero nada más.

—¿Y el contrato tienes que hacerlo tú?

—Sí. Eso evitará que alguien dé conmigo en un futuro. Además, lo traspasaré a la Clasificación.

—Eso es irregular, ¿no te parece?

—Lo sé. Pero alguna ventaja debe tener ser quien manda.

Jóskua Cardinal sonrió, resignado, antes de acercarse a su mujer y darle un beso suave y lento.

—De acuerdo —pronunció—, confió en ti.

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(Recuérdame amándote…

Mirándote a los ojos… Atándome a tu vida…)

Bienvenidos sean a la segunda R de Rilato.

La canción usada esta vez es de los españoles de La Quinta Estación, haciendo dúo con Marc Anthony, un latino de quien solo tengo una canción como solista, pero ese es otro cuento. Aquí es evidente el por qué usé ese título y esa cita, ¿verdad?

Vuelve a salir la niña de hacía unos capítulos, pero ahora Beelia Masada de Cardinal, al hacer su aparición, nos confirma que la niña es Viola Médici, ¿alguien se acuerda que Viola mencionó este encuentro? Seguro que sí, pero nunca dijo por qué conoció a la señora de Cardinal. Ahora ya lo saben… o al menos deben sospecharlo.

Una breve escena mostrando a Quilin nos da a entender que ha pasado bastante tiempo desde que el Homo Revelio (es decir, Alí) desapareció, lo que significa que otra vez se dio un salto temporal en la trama y que, por algún motivo, Quilin lo ha dado por muerto. ¿Por qué, si se supone que los Proyectos están "diseñados" para ser hallados por él en cualquier parte? Hagan sus apuestas.

Por otro lado, Ten ha debido mostrar parte del avance de su hijo a Quilin, procurando no verse como padre orgulloso hasta que llama en sueños a su esposa, para que vea al niño, debido a que ese día es su cumpleaños. Es en esta escena en sueños que se explica lo que es la Clasificación, cosa que solo indica que Mononoke, si su cita va bien, está a punto de entrar a ella. Dato aparte, ¿sabían que parte de esa escena también ya había salido? Vamos, hagan memoria…

Al final aparecen por un momento unas gemelas castañas que también sabemos quiénes son: las hijas de Beelia, que en la primera parte solo se vieron una vez, en compañía de su primo Alberto Masada, ¿se acuerdan? La señora de Cardinal sabe que no le queda mucho tiempo, por lo que trata de dejar en orden cualquier cosa que ayude al futuro no solo de su pequeña familia, sino también del mundo. Por la conversación que tienen ella y su marido, se da a entender que la jefa de los hechiceros de la Clasificación es, precisamente, la señora de Cardinal, lo que visto sus facultades, es bastante posible. ¿Qué contrato pretende trasladar a la Clasificación esta mujer y para qué? Vamos, hagan uso de la parte más truculenta de su mente, quizá acierten.

Cuídense mucho y nos leemos en la segunda S.