ENCUENTRO

Por Cassie Gemini

- Me sigue intrigando tanto no poder leer en tus ojos lo que sientes…

El ruido de la muchedumbre adornaba el lugar, invadido por la humedad que desbordaba de la fuente colocada al centro de aquella vieja plaza, ese día había más gente de lo normal, como si la vida no quisiera que nos quedáramos solos; a espaldas nuestras, los niños que rodeaban la fuente, jugaban a asustar a las palomas que se posaban cerca en busca de alguna migaja, sus madres los vigilaban desde lejos, sin perder de vista a los pequeños pero al mismo tiempo sin descuidar la conversación con las amigas a las que hacía tanto tiempo no veían, algunas hojeaban una revista de temas cotidianos: salud, hogar, moda, etc., la vida no cambiaba en un lugar como este, incluso para mí, que había vivido tanto tiempo alejado de él.

- Y eso que tiene – dijo ella, en tono no de interrogante, sino restándole importancia a la conversación, después de todo había aceptado de no muy buena gana sentarse conmigo a tomar un café.

En el irregular horizonte que formaban las viejas azoteas de tejas rojas, se arrastraban los últimos rayos del sol del día, no tardaría mucho en oscurecer, ella sujetaba entre sus dedos un delgado y blanco cigarro de donde se disparaban finos hilos de humo cristalino, que la rodeaban en una especie de danza, subiendo por su brazo hasta su hombro y le acariciaban el cabello justo antes de formar uno mismo con el aire húmedo del ambiente, después de dar un pequeño beso a su cigarrillo, conservaba un instante el humo dentro de sí para después expulsarlo pausadamente, como si no quisiera que aquello terminara.

- Tiene mucho – le respondí – al menos para mí, creo que fue lo que siempre me gustó mucho de ti, que eres tan misteriosa, y es bueno ver que no lo has perdido.

El café también se encontraba lleno, había sido cuestión de mucha suerte que encontráramos una mesa desocupada y en la terraza, donde ella podía fumar plácidamente, mientras se perdía en sus pensamientos, enfocando la mirada al vacío, evitando en todo lo posible mirarme la cara, quizá por miedo, quizá por repulsión, quizá por indiferencia, nunca lo supe.

La historia de ella y yo, al menos la que me llevó hasta ahí en aquel momento, sucedió mucho tiempo atrás, cuando los dos éramos muy jóvenes aún y no teníamos ni idea de que algún día terminaríamos así, ni siquiera pensábamos en lo que podía pasar mañana, simplemente porque no nos importaba. Íbamos a la misma escuela, y llegamos a entablar un par de conversaciones, aunque nada importante, ¿de qué tanto pueden hablar un par de chiquillos en los pasillos de la escuela?, a decir verdad no mucho, pero mantengo muy vivo el recuerdo de cómo era ella físicamente: siempre usaba el cabello recogido, en ocasiones llego a usar trenzas. Una de cada lado, que se mantenían estáticas en una sola posición, dándole el aspecto de ser falsas, como si solamente las hubieran pegado ahí, pero en aquellas ocasiones, su cambio de peinado intrigaba tanto a los demás, que supongo esa fue la razón por la que dejó de intentar verse diferente, siempre le molestó tener que responder tantas preguntas, y más aquellas tan inverosímiles como "¿qué te pasó?", "hasta que te peinaste" y comentarios así de ridículos, los chicos a veces podemos ser muy crueles, incluso sin tener la plena intención de serlo; su uniforme siempre estaba impecable, aun cuando hacíamos deporte, y poseía una elegancia natural que conservó perfectamente hasta la adultez, su caminar incluso resaltaba su esbelta figura que se apreciaba hermosa desde niña, y se volvió más exquisita conforme pasaron los años.

Siempre, cuando sonaba el timbre de salida, ella era la última en guardar todo y salir del salón, no porque fuera demasiado estudiosa, sino que siempre vivía apartada de este mundo, siempre pensaba en algo más, miraba algo más, para ella siempre era algo más.

- Sigues viviendo en el pasado – esbozó una pequeña sonrisa para acompañar su comentario - ¿por qué te esfuerzas en recuperar algo que ya está más que perdido? – me dijo mientras escapaba un poco de humo entre las palabras.

No intento recuperarlo, solo quería que supieras algunas cosas - le respondí, pero la mitad de la respuesta era mentira.

Uno de aquellos días, después de que el timbre sonó, y todos salieron apresurados, mientras ella guardaba sus cosas lentamente en su bolsa, sin levantarse del asiento, me acerqué hasta ella, me había pasado toda la mañana mirándola, observaba como su mirada iba más allá de lo que las frías e insípidas paredes ofrecían y permitían ver, mantenía la vista fija en algún lugar lejos de aquí, y mientras su manos actuaban de manera independiente, una jugueteaba con el lápiz entre sus delgados y negros cabellos rizados, la otra sostenía no muy firmemente su cabeza apoyándose en su mentón, cruzaba las piernas y la punta del pie que mantenía en el aire, el derecho en este caso, formaba pequeños círculos perfectos con la punta, mirar aquel hermoso espectáculo me hizo darme cuenta de que estaba fascinado por ella, de que en cierta forma sentía una especie de atracción que invariablemente, tarde o temprano, tenía que consumar, y lo hice en cuanto sonó aquel chirriante timbre.

- Hola.

- Hola - me dijo mientras se levantaba lentamente de su butaca y se acomodaba el cabello, pues el pequeño chongo que formaba se había aflojado debido a la jugarreta del lápiz, noté que incluso su cabello era fascinante, pues no recuerdo haber visto nunca unos rizos tan perfectos, ni antes ni después de eso.

- He visto que tomamos el mismo camino a casa.

- Si, solo que yo siempre me quedo atrás – y sonrió tímidamente.

- ¿Por qué no nos vamos juntos?

- Si, ¿por qué no?

Ella hablaba mucho, demasiado en ocasiones, no recuerdo con exactitud de que hablamos (o me habló) en esa ocasión porque yo estaba absorto en la profundidad de su mirada, de aquellos ojos oscuros, que, aunque no me veían directamente, podía ver que siempre ocultaban algo. Hicimos como unos quince minutos hasta su casa, a mí me tomaba mucho menos, y esa era la mitad de mi camino, pero ella, al parecer estaba tan acostumbrada a hacer todo tan lento, que incluso el tiempo le parecía demasiado, no le di importancia, al menos habían sido los mejores quince minutos de mi vida hasta ese entonces.

- Bueno, yo aquí me quedo.

- Si, ya se.

Y como si en cierta forma hubiera estado leyendo mis deseos, me dio un tímido abrazo como despedida.

- Gracias por acompañarme – agregó mientras tomaba camino hacia la puerta de sus casa.

- Podemos hacerlo todos los días, si quieres – respondí, de pie, estático, mirándola alejarse poco a poco, girando su cabeza para poder mirarme la cara.

- Si, si podemos – y entró en su casa.

Tomó otro cigarrillo de la larga cajetilla, lo llevo hasta sus labios y lo encendió despacio, con la gracia que la caracterizaba, jaló un poco y después de soportarlo un par de segundos, arrojó el humo al aire en diminutas volutas, así me di cuenta de que no había cambiado mucho, seguía sentándose en la misma posición, mirando al vacío, con sus intensos ojos negros, su mano derecha sujetando al cigarro, que suplía al lápiz, y su otra mano sosteniendo apenas su cara, apoyada en el mentón, su cabello esta vez lo llevaba suelto, pero sus rizos seguían como en aquel entonces, tan fascinantes, su pierna derecha colocada sobre la izquierda, cruzada, y formando pequeños círculos con la punta del pie.

- ¿De qué cosas? – preguntó sin apartar la mirada del horizonte enrojecido.

- A decir verdad, todo empieza con una pregunta – respondí.

- Te escucho.

- ¿Qué fue lo que hice tan mal para que te alejaras de mí?

Al poco tiempo nos hicimos algo más que buenos amigos, cuando caminábamos de regreso a casa después de la escuela, me dejaba tomarle la mano, recuerdo que la primera vez me puse tan nervioso que tuve que soltarla porque estaba sudando de una manera vergonzosa, ella no hizo ningún comentario al respecto, pero sonrió discretamente cuando decidí soltarla; las veces siguientes, fue más fácil, ella lo hizo más fácil, pues tomó la iniciativa, y no me soltaba hasta que llegábamos a la puerta de su casa, donde, como siempre, se despedía de mí con un abrazo, y después de un tiempo, comenzó a agregarle un "te quiero", cosa que me hacía de lo más feliz, "yo también te quiero, negrita" - solía decirle así, no de forma despectiva, sino con un cariño especial, pues tenía una tez morena que termino por encantarme de sobremanera.

Una de tantas noches, recuerdo, teníamos ya varios años considerándonos "pareja", fui corriendo hasta su casa, ella dormía en uno de los cuartos que daba hacía la calle, en el otro estaba su hermana, de la cual me había convertido en buen amigo, y ella de mí, inclusive durante algún tiempo nos hicimos inseparables los tres, y ella iba con nosotros a todos lados, era más chica que mi negrita, un par de años, y yo creo que era de familia, porque también tenía un particular encanto, era bonita, y muy agradable, y nuestra cómplice en prácticamente todo lo que hacíamos; miré hacia su ventana y observé la luz encendida, así que me decidí y arroje una pequeña piedra, después otra segunda al no obtener una respuesta, y luego ella asomó su intensa mirada.

- ¿Qué pasó que haces aquí tan tarde? – me dijo susurrando en voz alta.

- Tenía unas ganas insoportables de verte otra vez.

- Pero te acabas de ir hace – se torció un poco para mirar el reloj que colgaba de su pared – una hora y media.

- ¿Y que tiene?

Ella dibujó una delgada sonrisa en su rostro, supongo que en cierto modo le gustaba darse cuenta de que, a pesar del tiempo que ya teníamos juntos, aún conservaba aquella fascinación del primer día.

- ¿Quieres subir? – dijo sin cambiar el tono, pero el susurro se escuchaba perfectamente en el amplio silencio de la noche.

- Si

Pasó un minuto antes de que bajara y abriera la puerta delicadamente, con la intención de no hacer ningún ruido, entré despacio en la casa después de besar sus labios y subimos hasta su cuarto, no era grande, pero tenía toda su esencia: una pequeña cama al centro, resguardada por dos lámparas de piso, una a cada lado, un tocador con un gran espejo y un clóset, y en un pequeño mueble destinado para eso, colocados con cierto desorden, al parecer hecho a propósito, sus libros y discos, para lo que teníamos gustos bastantes similares.

- ¿Zurdok?, ¿en serio? – le dije mientras sostenía el disco en mi mano y la miraba entre extrañado y fascinado a la vez.

- ¿No te gustan? – me respondió.

- Son de mis bandas favoritas – respondí indirectamente a su pregunta, mirando el disco entre mis manos y sonriendo ligeramente – ahora estoy seguro de que tú eres la indicada – le dije volviendo la mirada hacia con ella, sin quitar la sonrisa de mi rostro.

- ¿Soy la indicada porque me gustan las mismas cosas bizarras que a ti? – me dijo con un tono de burla.

- Por muchas otras cosas también – contesté mientras ponía el disco en su estéreo y lentamente caminé hacia ella hasta tomarla con ambos brazos por la cintura, ella se dejó tomar.

Comenzamos a besarnos tímidamente, después se volvieron más intensos y profundos, sentí su cuerpo temblar y estremecerse, pero me detuve a intentar algo más, fue ella quien lo hizo, guio mis manos hasta debajo de su cintura, me dejó acariciarla y ella lo hizo conmigo, sin abrir ni un segundo los ojos imaginé todo lo que mi tacto sentía: la calidez de su piel, la textura de su cuerpo, la tersura de sus caricias, todo, formando un pequeño hueco en aquel espacio, en aquel tiempo, una pequeña gran casualidad provocada del destino, que nos daba oportunidad de entregarnos el uno al otro.

- Ayúdame – me dijo después de forcejear algunos minutos con los botones de mi pantalón.

No me di cuenta de cuando fue que terminamos desnudos cuerpo a cuerpo, tumbados sobre su cama, dejando que aquel destino condescendiente se hiciera cargo de la situación, miré sus ojos con las luces apagadas y le dije que la amaba, "yo también te amo", me respondió, y nos abandonamos fundidos al momento.

- ¿Qué fue lo que hiciste tan mal?, tu deberías saberlo – dijo, y su expresión cambio, ahora no se encontraba disuelta en una realidad distante, sino que se plasmó ahí, en ese momento.

- No, no lo sé, por eso quiero que me lo digas.

Un silencio abrumador nos rodeó de repente, sentí como si todo el mundo, todas las personas alrededor dejaran de hacer lo que estaban haciendo, solo para mirar como todo aquello se volvía una auténtica realidad, miré alrededor, y nadie nos miraba, pero el peso de alguna culpa, pasada y desconocida hasta entonces para mí, me ponía el peso de todo sobre la conciencia.

Soltó discretamente un filamento de humo por sus labios entreabiertos.

- Te fuiste – dijo después de unos segundos que parecían eternidades – me prometiste que te quedarías conmigo, y no lo hiciste.

Poco tiempo después, las cosas comenzaron a ponerse raras entre nosotros; seguíamos caminando juntos hasta su casa después de la escuela, a veces tomaba su mano, a veces no, pero ya no parecía tener importancia, las cosas que antes hacían mágica la relación, empezaron a carecer de sentido, y el tiempo se convertía en ocasiones, en enemigo de ambos, pues prácticamente contábamos los segundos para que se llegara la hora de al fin despedirnos, simplemente, la chispa ya no estaba, aquella chispa que alguna vez inició el fuego de algo bello entre nosotros, se había extinguido de una manera tan repentina como extraña, y no sabíamos porque.

- ¿Por qué quieres irte? – me cuestionó con un gesto doloroso.

- Solo estoy cansado de esto – respondí fríamente.

- ¿De nosotros?

- No, no de nosotros, no de ti, de esto, este lugar, esta gente, siento que me detiene.

- Pero yo formo parte de este lugar, de esta gente, y tú también – me dijo mientras tomaba mis manos y hacia pequeñas caricias con sus pulgares en el dorso de aquellas.

- Ven conmigo, no tienes por qué seguir aquí, no tiene por qué estancarte.

- Yo no me siento estancada.

- Pues yo sí.

Aquella frase pareció tener un efecto adverso, sus manos soltaron las mías y sentí como su mirada se vaciaba frente a mis ojos, mientras mis manos caían lentamente y se estremecieron junto con el resto de mis cuerpo una vez estáticas, el vacío que ahora dominaba su mirada me decía que había quebrantado un equilibrio inmutable dentro de ella, de nosotros, aún la amaba, demasiado, pero el peso de mis palabras arrastraba consigo un mayor significado para mis acciones.

- ¿Y te vas a ir? – me dijo mientras me tomaba entre sus brazos, tratando de rescatar algo que daba por perdido, pero que aún conservaba una pequeña esperanza.

- No sé.

- ¿Ya no me amas?

- Con todo lo que se puede amar a alguien.

Recargó su cabeza contra mí, sentía el vaivén de su pecho al respirar en mi abdomen, estaba conteniéndose para no llorar, quería ser fuerte para no dejarse doblegar por mis tonterías.

- Prométeme que te quedarás conmigo – me dijo sin cambiar de posición, sentí su mirada sobre el suelo, pero viendo más allá.

Aquel momento movió algo dentro de mí: sus caricias, sus palabras, ella, toda ella, era la única razón por la que me quedaría allí.

- Lo prometo.

Mentí. Al día siguiente, antes de que saliera por completo el sol, estaba camino sin rumbo a ningún lugar.

Nunca entendí el verdadero valor de una promesa.

Pasaron algunos minutos antes de que pudiera escuchar lo que me rodeaba, ésta vez el silencio que me incomodaba no era el de los demás, sino el mío, sentía que cualquier palabra que dijera, sería idiota, inútil, inverosímil, pues sería tratar de darle una explicación a ella de algo que yo no comprendía, pero que ella conocía a la perfección, el sentimiento de cómo un corazón, que permaneció vivo tanto tiempo alimentándose de una falsa promesa, lentamente se marchitó.

- Nunca tuviste nada que ver con la decisión de irme, esa siempre fue mi idea. Sé que te fallé y lo siento, aunque también sé que está demás que te lo diga, pues eso ya no solucionará nada, ni mejorará ni empeorará nada. ¿Recuerdas lo que quería ser cuando fuera grande?

- Si, querías ser trotamundos, querías conocer cada país, hablar cada idioma, llegar a cualquier punto en el mapa para conseguir cualquier trabajo mediocre y mal pagado, hasta que juntaras el suficiente dinero para salir de ahí y aterrizar en otro punto cualquiera y hacer exactamente lo mismo – y lo extraño es que lo recordaba textualmente como se lo dije, con cada punto y coma.

- Así es.

- ¿Y lo fuiste?

- En cierto modo sí.

El sol se había tardado más de lo normal en ocultarse, a esta hora debería ya estar oscuro, pero esta vez no, la intriga por mirar el desenlace había parado por completo el tiempo, hasta respirar me costaba trabajo; ella por el contrario, parecía haber entrado en una zona de confort, inhalando y exhalando el blanco humo de cada uno de sus cigarros, que ya contaba siete sobre el cenicero, y ocho con el que aún permanecía encendido, atrapado entre sus dedos.

- En cierto modo lo fui. Comencé mi viaje sin un rumbo, sin saber a dónde o porque, pero sentía la enorme necesidad de hacerlo, no te mentiré, en ocasiones me olvidaba de ti, de lo que te había dicho, de lo que te había prometido, pero cuando te recordaba, siempre estabas tan presente, casi podía tocarte, e incluso más de una vez llegué a percibir el dolor que te había causado al mentirte, al decirte que no me iría y aun así hacerlo, eran esos días cuando más borroso e incierto veía mi camino, de por si empañado por la incertidumbre de mi andar. Al pasar algún tiempo, las cosas se fueron haciendo un poco más claras, en aquel entonces mi dolor por ti ya no era tanto, y supuse que tu recuerdo era lo que me nublaba, e intenté dejar de pensarte pero fue imposible, tarde o temprano, en algún momento, aparecías de nuevo, y cada vez dolía más que la anterior, cada vez me dolía más pensar que te había fallado.

Después de un par de años vagando, llegué a un pequeño pueblo en la sierra, un pueblo frío y solitario, donde siempre estaba nublado y húmedo, y el olor a pino llenaba el aire, las banquetas estaban conformadas por escalones, porque las calles eran todas en picada, y las casas, que eran más bien cabañas, tenían las entradas bajas, porque siempre el interior estaba por debajo del nivel exterior, las campanas de la iglesia se escuchaban por todo el lugar, no había rincón donde no hicieran eco, incluso aún en el bosque que rodeaba aquel pequeño pueblo, en realidad era bastante parecido a este, pero más gris, quizás por eso decidí quedarme ahí, porque me recordaba tanto a ti, y en ese momento lo necesitaba.

No conseguí nunca un buen trabajo, no había mucho en un lugar tan pequeño, todo el tiempo que viví ahí, trabajé en la única cantina del pueblo, haciendo el trabajo sucio, el que nadie quería hacer, no me quejo, no lo hice entonces, y no es que amara mi trabajo, pero no lo detestaba, el dueño me pagaba bien, y el ambiente dentro de aquel tugurio era perfecto para expiar mis culpas hacia contigo, nunca lo conseguí, pero puedo asegurar que lo intenté. Mi paga me daba lo suficiente para comer, vestir, calzar, darme uno que otro lujo, libros y discos sobre todo, y pagar la renta de una pequeña casa en un segundo piso, tenía dos cuartos, que nunca usé, una sala amplia y un comedor aceptable, y una cocina pequeña que se perdía fácilmente con los dos anteriores, en la sala había una pequeña puerta que daba a un pequeño cuadro que se tenía por balcón, que daba a un callejón estrecho y empedrado, que después se convirtió en parte de un recorrido turístico, pero esa parte de la historia viene más adelante; junto a uno de los cuartos, estaba el baño, y al final de la casa, sobre la pequeña cocina y el comedor, estaba mi lugar: un pequeño tapanco al que había que llegar subiendo una escalera que se encontraba parada completamente, ahí, durante la noche, cada noche, todas las noches, pensaba en ti antes de dormir.

Mis días comenzaron a pasar de manera rutinaria, uno tras otro, sin que eso me importara, me había acostumbrado tanto a despertarme solo, a comer solo, a vivir solo, y existir solo para sentir aquel dolor e incertidumbre que daba tu recuerdo. El dueño de la cantina poco a poco fue delegándome más responsabilidades, pero era muy justo, y con cada responsabilidad venía un aumento en la paga, pero el dinero ya no duraba mucho, porque el pueblo poco a poco se fue haciendo un lugar más caro, desde que alguien lo descubrió por accidente y había corrido la voz, llegaban turistas de muchas partes, y poco a poco se empezó a llenar de gente, cada vez más.

Ahí fue cuando la vi, a ella, e inmediatamente supe que estaba enamorado otra vez, entró a la cantina con algunas amigas, de las cuáles ella resaltaba bastante, siendo sincero, nunca pensé que se fijaría en alguien como yo, pero lo hizo, y por alguna extraña casualidad, me recordaba tanto a ti, en su forma de hacer las cosas, inconscientemente veía tanto de ti en ella, y nunca lo supe hasta ahora que te vuelvo a ver. No se parecían físicamente, en nada, ambas son muy bellas, pero cada una a su manera, y ella era más bien infantil, dejaba que hiciera yo más de lo que hacía ella, pero en cierto modo eso me gustaba.

No supe porque nunca se fue, la verdad ni siquiera recuerdo si alguna vez le pregunte si era turista o si era de ahí, pero sin darme cuenta estábamos viviendo juntos, y tampoco era la mejor ama de casa, pero se esforzaba bastante, nunca lo supe con exactitud, no tuve con quien compararla, pero era bastante cariñosa, y esa era una de las tantas cosas, que, a pesar de tenerla a ella a mi lado, me hacían seguir recordándote por las noches.

Pasamos así algunos años, no sé con exactitud cuánto, no contaba nada, incluso ella se volvió parte de mi rutina, y era por eso que no me preocupaba demasiado por ella, si mañana regresaba del trabajo y no la encontraba, tal vez, tal vez nada hubiera cambiado, pero a pesar de todo, la amaba, y mucho.

Tuvimos juntos un hijo, un varón, no sé si lo supiste, pero ahora lo sabes, el único hijo que tuve con ella y con quien sea, ahora debe estar rondando la mayoría de edad, pero no me preguntes como está ni nada de eso, porque no sabría que responderte, hace años que no lo veo, pues, como ahora debes imaginarte, nuestra relación no funcionó, sigo sin saber muy bien porque, solo recuerdo que algún día ella decidió irse y llevarse al niño con ella, para usarlo como pretexto para lastimarme, al principio lo logró, pero supe que debía cambiar de estrategia si no quería terminar matándome a mí mismo, y comencé a restarle importancia a sus chantajes, ahora solo hablamos por teléfono muy esporádicamente, y es solo para llevar cuentas, respecto a la manutención del niño, el niño que ya no es tan niño, pero que para mí lo seguirá siendo siempre, y conservo aún el vago recuerdo de que lo último que escuche salir de su boca, la noche antes de que se fuera, fue tu nombre, y que fue eso lo que reavivó este sentimiento incompleto hacia ti, esa cicatriz que yo creía cerrada, volvió a sangrar.

Permanecí un par de años más en el pueblo, el dueño de la cantina, en alguno de esos días, murió a causa del cáncer, no tenía nada, ni a nadie, más que a esa cantina y a mí, eso fue lo que él me dijo poco antes de morir en el único hospital del pueblo, después supe que me había heredado el lugar que durante tantos años había acercado al vicio a muchos de los pobladores de aquel, ahora, turístico pueblo. Lo llevé un tiempo para honrar la memoria de aquel viejo que durante tanto tiempo, sin decir nada al respecto sobre mi vida personal, se había convertido en una suerte de guía espiritual, luego, harto de ya no conocer las caras que entraban y salían por aquellas puertas, lo vendí por una cantidad exorbitante a un viejo empresario gringo, al que recuerdo vagamente, solo tengo muy presente que me provocaba cierto temor y asco, porque su piel parecía una tortilla de harina cruda, y tenía una actitud por demás petulante y altanera; en cuanto me dio el dinero no supe más de él.

Pasé otros dos meses después de eso en el pueblo, sin salir de mi casa más que solo para lo absolutamente necesario, y siempre, recostado en aquel tapanco, mirando el grueso techo de madera, pensaba en el daño que te había hecho, en que quería recuperarte, pero que quizás ahora, todo eso, era solo un triste recuerdo para ti, y que si así fuera, no iba a culparte de nada, después de todo, el único culpable ahí, era yo.

No tomé nada más que el dinero cuando salí de ahí, esta vez no pasó mucho tiempo antes de que llegara hasta el lugar que quería llegar, hasta mi antigua casa, hasta este viejo pueblo que me vio crecer y renegar de él, y que ahora convierto de nuevo en mi hogar. Compré la casona que tanto te encantaba y que nos deteníamos a mirar casi todos los días cuando caminábamos de regreso a casa después de la escuela, tomados de la mano, y que, en más de una ocasión me dijiste que te gustaría que, cuando nos casáramos, ese fuera nuestro hogar, que fuera el lugar donde viéramos nacer y crecer a nuestros hijos, y que, cuando viejos, nos sentáramos fuera, en la banqueta, tomados de la mano, cada uno en su silla, y nos dijéramos que a pesar de todo, tuvimos una buena vida; ahora sé que eso no pasará, yo nunca me perdonaré no haberme casado contigo y que no seas la madre de mi hijo, un hijo al que también le falle, pues nunca le di la vida que le prometí, ni le daré, y no porque no quiera, sino porque todas las culpas con las que cargo ya lo harían imposible; abrí también una tienda de libros, la que está frente al mercado, por la parte norte, donde compro, vendo y cambio, después de todo guardé tantos y tantos en todos esos años de añoranzas perdidas, que no me queda más que compartirlos, y esperar a que en alguien que haya cometido mis mismos errores, le ayuden a tiempo a enmendar su camino, que le ayuden a cerrar sus ciclos, como nunca hicieron conmigo, y es por eso que decidí verte aquí otra vez, para de una vez por todas cerrar este ciclo, que durante tanto tiempo yo dejé abierto.

No tenía idea de cuánto tiempo tenía hablando, pudieron haber sido segundos, minutos, horas, días quizá, pero caí en la percepción del tiempo cuando levanté la mirada y vi a los mismos chiquillos jugando cerca de la fuente, coloreados de naranja por los ya casi extintos rayos del sol, el cual aún no se ocultaba, pero que ya le faltaba tan poco, volví la vista a la mesa y miré el cenicero, conté las colillas, solo había fumado tres más, once en total, quise mirarla a la cara, y al principio me costó trabajo, pero cuando pude, noté que se mantenía inmutable, quizás escuchando atenta mi relato, quizás absorta en otra cosa completamente ajena, miré sus manos y el humo que jugueteaba entre los dedos de una de ella, hacía un gracioso contraste con el color moreno de su piel.

- Tienes razón, eso ya es pasado, para mí, yo ya te perdoné hace mucho tiempo, no tiene caso odiar a alguien a quien hace tiempo amé, y aun así, no es mi perdón el que necesitas, es el tuyo, porque eres tú quien no se ha permitido cerrar este círculo, de nosotros.

Vi como lentamente apagó el cigarro oprimiéndolo contra el poco espacio que quedaba en el cenicero, y después ya no encendió otro, cruzó sus dedos sobre la mesa y me miró, supe entonces que ya no había nada más que decir.

- Agradezco que te hayas tomado el tiempo de escucharme, y ahora que sabes donde puedes encontrarme, espero que algún día quieras pasar a verme – le dije.

Pedí la cuenta y pagué, me levanté lentamente de la silla con la esperanza de escuchar solo una palabra más de ella, pero no, y me fui con la sensación traicionera de que quizás algún día tocaría la puerta de aquella casona, o que la encontraría hojeando las páginas de alguno de esos libros de la tienda, y que lo usaría como pretexto para estar juntos otra vez, pero la misma conciencia que durante tantos años me mantuvo viviendo con una ilusión ya muerta, me hizo ver que eso nunca pasaría.

No miré hacia atrás, pero puedo imaginar cómo era la imagen para ella: un viejo prematuro, caminando con menos culpas que antes, dando pasos lentos y aliviados, hacia el rojo horizonte, mirándolo desaparecer lentamente junto con el último rayo de sol.