Él solo podía saber que se encontraba en una sala cálida y oscura, pero no se explicaba cómo había llegado ahí.

Miró a su alrededor, y solo le bastó dar un único paso hacia delante para que un millón de antorchan dieran luz. Le dolieron los ojos por un momento, transcurriendo unos segundos hasta que logró acostumbrarse al nuevo panorama: Una gran estancia muy ancha, pero que sin embargo de largo solo tenía desde donde había aparecido –Detrás de él, ningún agujero ni entrada más que una pared. Enfrente, una puerta–.

Antes de seguir revisando hizo una prueba; dio un paso hacia atrás, y casi de inmediato las luces se apagaron de nuevo, volviendo a arder en cuanto rectificó. Él, de algún modo, sabía que se encontraba en el lugar más preciado para esa mujer que había conocido hacia no mucho, pero que ya suponía todo un mundo para él.

Se fijó en la puerta justo delante de él, enorme y de mármol negro, rodeada por paredes de hormigón y suelos de baldosas de pizarra. Justo ahí, yacían tres o cuatro cadenas de oro muy gruesas esparcidas por el suelo, terminando en unos gruesos candados con una llave única clavada en su cerradura. Supuso que cada una de esas cadenas las habría desatado un amor distinto, que había pasado por la vida de la mujer y había entrado en esa sala, la cual la enorme puerta custodiaba para evitar la entrada de todo aquél que su amada no consintiera la entrada.

Dio otro paso, esquivando las cadenas del suelo –las cuales lucían descoloridas y oxidadas al lado de la otra que se agarraba fuertemente a la puerta–, y alzó la mano para acariciar con la yema de sus dedos su gran cerradura, sin ninguna llave que profanara su hendidura. Sorprendido, pudo contemplar cómo, al hacer eso, una aparecía colgando de su cuello desde una pequeña cadena de plata. Sin dudar la hundió en la cerradura, pero ésta se resintió asustada y no le permitió girarla. Trató de forzarla, pero ante la insistencia el candado se resistía más.

Comprendió que no podía forzar a la mujer a abrirle las puertas de su corazón, así que retiró la llave. Ese acto fue positivamente valorado, y para sorpresa del hombre la llave se vio atraída de nuevo como si se tratara de un imán.

La puerta se abrió lenta y silenciosamente tras girar sola la llave y caer pesadamente la cadena al suelo, pero quedó entrecerrada. Esperó unos largos segundos, preguntándose si tendría que hacer algo más, y finalmente concluyó que el paso lo tendría que dar él. Así lo hizo, empujando las puertas con suavidad y encontrándose seguidamente con una chocante escena:

Era una salita pequeña, oscura, y medio iluminada por lo que parecía ser un finísimo rayo de luz de luna proveniente de ninguna parte. Justo en el centro, un gancho colgaba del techo sosteniendo un trozo de piedra, y alrededor, por todo el suelo, un millar de trozos pétreos de distintos tamaños pero del mismo tipo. ¿Era ese el corazón de su amada? ¿Quién había osado hacerle tanto daño?

Quería reconstruirlo, no le importaba cómo. Buscó con desesperación una solución, y al ver su insistencia, la luz blanquecina se intensificó y le mostró aún más. En cada uno de esos pedacitos de piedra, unas fotografías de Polaroid se pegaban mostrando el rostro de cada una de las personas que, con su cariño, mantenían esos trozos intactos. Al fondo, tres grandes botes de plástico se alineaban uno tras otro, y en las etiquetas el hombre contempló unos nombres escritos a boli: Honestidad, consideración, y dedicación incondicional.

Al principio no se explicaba para qué servían, pero al fijarse más pudo apreciar cómo se mantenían en pie sobre un recipiente enorme de mineral transparente. Supuso que tenía que mezclarlos ahí para conseguir una especie de adhesivo que usar para pegar los trozos de piedra.

Amargamente, vio como había botes y recipientes como esos esparcidos por los márgenes de toda la sala, pertenecientes a las personas que, en su momento, habían supuesto todo un mundo para la dama a la cual pertenecía ese lugar.

Se puso a ello, cargando con dificultad los pesados botes y vaciándolos en el recipiente, cada uno con un contenido más espeso que el anterior, y los mezcló con las manos hasta que logró una composición rosada con reflejos dorados bastante brillante.

Estuvo ahí semanas, meses tal vez, encontrando bastantes piezas que encajaban y equivocándose con muchas otras, pegándolas con la efectiva sustancia y causando que los puntos de contacto entre trozos cicatrizaran automáticamente. Por si acaso, fue mezclando a cada minuto la cola, no fuera a ser que se secara –aunque no parecía ser necesario–, mientras unía cada vez más trozos. No sentía sueño, ni aburrimiento, ni tan siquiera hambre; ahí dentro no existían sensaciones, solo la de amar a esa mujer cada vez más, llevado por el valor en su pecho.

Al final, consiguió completarlo. Formó una figura enorme que se asemejaba a un rombo de puntas algo redondeadas, que desató en él un nerviosismo atroz al preguntarse una y otra vez si se habría equivocado. Aún sin quitarse esa duda de encima, trató de cargar el enorme corazón de piedra.

Lloró angustiado durante horas, sabiendo que no podía rendirse, pero también conocedor de su fuerza escasa para cargar con todo lo que representaba su amada. De repente, un momento de lucidez: No había vaciado todo su amor en el interior del corazón.

Se puso en pie y caminó hasta el recipiente transparente, cargándolo con dificultad e inclinándolo justo en el lugar donde debería encajar la última pieza, que colgaba demasiado alto. No sentía impaciencia debido a lo lento que entraba la mezcla dentro de la enorme figura, y en cuanto el recipiente quedó vacío, pasaron apenas tres segundos en los cuales su angustia se hizo presente al no saber si hizo lo correcto.

El gancho descendió, permitiéndole al hombre tomar el último trozo y encajarlo. Cicatrizó como todos los demás, pero esta vez el corazón entero se transformó en una figura de gomaespuma recubierta por una especie de piel plastificada del mismo color de la cola. Lo cargó con la misma facilidad con la que se carga un peluche, parecía que la mujer se lo consentía esa vez, y en cuanto lo colgó en el gancho, el corazón se le resbaló de las manos y se alzó junto con el gancho.

Fue en ese momento cuando una sonrisa se dibujó en sus labios. Sabía que ella se había entregado a él.