mine. copia, plagia, todo eso... y amanecerás bajo el agua. he dicho.

fandom. citta di placeri (supongo).

pairing. caleb jussieu + constance dupont.

music. wake me up — ed sheeran. (tal vez, tbh no se me ocurre otra).

mayday, mayday. esto es para ellie porque me lo pidió y porque al parecer sólo puedo escribir cuando se trata de cumplir caprichos.

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Despertar

( …y darme cuenta de que eres todo lo que siempre soñé. )

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Cuando los mínimos rayos de sol entran por la ventana y acarician la espalda desnuda de Caleb, él abre los ojos pesadamente, despertando. Vuelve a cerrarlos y abrirlos, parpadeando sin ganas antes de bostezar contra la misma almohada. Siempre lo hace así para procurar no despertar a… A quien al parecer ese día se cayó de la cama y el suelo terminó por tragársela. Cal frunce un poco el ceño, extrañado. No es que usualmente sea el primero en despertar, pero está más acostumbrado a hacerlo al sentir la mirada de Constance repasar su rostro, para después sonreír un poco adormilado y susurrarle «deja de mirarme así, mujer» antes de rodear su cintura para acercarla un poco más a él y besar su frente, ahorrándose el decir «buenos días». Y es que esas dos palabras siempre salen sobrando cuando la mujer de su vida despierta a su lado, con el cabello rubio desplegado sobre la almohada y esos hermosos ojos verdes asomándose por entre un par de párpados que no terminan de abrirse por completo sino hasta después de bostezar.

Se sienta en la cama, flexionando las piernas para recargar los brazos sobre las rodillas. Vuelve a fruncir el ceño mientras se pone de pie y se pone el pantalón del pijama. ¿Dónde estará Constance? Probablemente dentro del departamento, eso es seguro. Ella nunca sale sin antes avisarle o por lo menos enviarle un mensaje de texto. Revisa el teléfono. Nada. Bosteza una vez más, estirándose. Se detiene en cuanto escucha algunas articulaciones tronar y como no encuentra su playera, sale de la habitación y se dirige así a la cocina porque café. Necesita revivir y la cafeína le ayudará perfectamente a hacerlo. Siente los pies pesados y sabe que entre menos intente despertar por su cuenta, terminará arrastrándose por todo el lugar antes de lograr lo que se propone. Se pasa una mano por el rostro, estremeciéndose al sentir una corriente de aire. Las ventanas están abiertas. Frunce el ceño. ¿Por qué? Poco falta para que tropiece con la respuesta.

En efecto, sigue estando más dormido que despierto.

—¿Constance? —murmura roncamente. Se aclara la garganta con suavidad y vuelve a mirar. Sí, definitivamente es ella. Ajá, en el suelo. Y en ropa interior. Mirando fotografías. Caleb podría sentirse extrañado, pero es todo lo contrario. Incluso se sorprende a sí mismo diciéndose que esto es normal. Que esto es Constance, lo que la hace especial: ser inesperada todos los días, sin importar la hora o el lugar. Y eso está bien porque por eso está enamorado de ella. Porque sabe que es quien hace que la rutina no sea rutina, quien se encarga de romper la monotonía. Quien no permite que el Caleb aburrido arruine la felicidad de ambos. —Amor... —y como no piensa decirle algo parecido a qué se supone que estás haciendo porque es más que obvio, cambia rápidamente de idea y—: ¿No tienes frío?

Constance ríe entre dientes, alzando la mirada hacia él. Caleb se pierde en sus ojos verdes y por poco no escucha su respuesta.

—Estamos a 26°, Cal. Sólo tú podrías tener frío con este clima. Además, ¿has echado un vistazo por la ventana? ¡El día está precioso!

—Bueno, sí, pero son las... —revisa el reloj y se extraña—, las ocho en punto de la mañana.

Enarca una ceja, aún mirando las manecillas. Algo extraño está sucediendo este domingo, pero Cal aún no puede decidir qué es. Chasquea la lengua y decide dejarlo pasar porque sigue sin estar lo suficientemente despierto como para ponerse a pensar en ello y aún no ha tomado café, así que piensa retomar su camino hacia la cocina, pero una mano tirando de su pantalón lo detiene. Se vuelve y se encuentra de nuevo con Constance mirándolo desde abajo, haciendo un pequeño puchero.

—Buenos días para ti también —reprocha.

Cal sonríe de lado y se acuclilla frente a ella, colocando una mano en la lateral de su cuello para acercarla y darle el primer beso del día. Se entretiene al capturar su labio inferior, sintiendo las puntas de sus narices rozar al alzar el rostro un par de milímetros para intercambiarlo por el superior. Vuelve a sonreír al sentirla morder con suavidad el inferior, riendo bajo su aliento al separarse.

—Muy buenos —concuerda, acariciando la línea de su pómulo con la yema del pulgar al acunar su rostro con una mano, acercándose de nuevo para depositar un casto beso en su frente. Decide que el café puede esperar, ya está más que despierto. Toma asiento sobre el suelo de madera y se acomoda detrás de Constance, de manera que ella pueda recargarse sobre su pecho y Caleb también pueda ver los recortes y fotografías esparcidos por el suelo. —¿Qué es todo esto?

—Fotografías, amor. Eso es obvio.

Él rueda los ojos.

—Lo sé. Me refiero-

—Soñé con el día en que nos conocimos —lo corta, girando el rostro para mirarlo con un par de ojos que brillan llenos de ilusión. Justo como la primera vez que se vieron. Sonríe, mostrándole una fotografía con las esquinas dobladas y que tiene una mancha de... de algo en la parte posterior (¿es eso mantequilla de maní? Uhm, al parecer sí). Caleb toma la foto en su mano y sonríe como sólo puede hacerlo una persona que recuerda el momento exacto que logró capturar. Constance recarga la nuca en su hombro y comienza a señalar con el índice—. ¿Recuerdas a Charlotte y a Christine? Eran las gemelas que estaba cuidando ese día —dice, señalando a dos pequeñas de caireles castaños y enormes ojos verdes.

Cal ríe suavemente, asintiendo.

—Te llamaban mamá. Cuando traté de dibujarte a ti junto con Christine...

—Era Charlotte.

—Oh, sí. Bueno, cuando terminé de hacerlo, apareció a mi lado la otra pequeña. Creo que por poco no sufrí un infarto —vuelve a reír cuando Constance comienza a hacerlo entre dientes. Niega un poco con la cabeza—. Creo que no entendí que se trataba de un par de gemelas hasta el momento en que ambas se detuvieron frente a mí. Dios, eran idénticas —murmura.

—Creo que de no haber sido por ellas, nosotros nunca nos hubiésemos-

Pero Caleb rompe a reír una vez más, siendo él quien la interrumpe esta vez.

—Oh, no, cariño: créeme —dice, dejando la barbilla reposar sobre su hombro—. Tratándose de nosotros, tarde o temprano nos habríamos encontrado. Nápoles nunca ha sido ni será tan grande.

Constance sonríe y une la frente a su mejilla.

—¿De verdad lo crees?

—Por supuesto —afirma, también sonriendo—. Tenía que encontrar a alguien que hiciera valer la pena cada mañana y ese alguien eres tú. ¿Quién más si no?

Y cuando ella lo mira, ambos saben que, en efecto, no podría ser de ninguna otra manera.