La semana pasada, mientras caminaba por el centro comercial, algo llamó mi atención. En una tienda de curiosidades, en el estante más alejado y más cubierto de polvo, vi un enorme libro de pasta dura.

Entré a la tienda e ignoré al excesivamente servicial dependiente que hasta me bajaba la luna y las estrellas con tal de atenderme. Tomé el libro y soplé para que el polvo acumulado me permitiera ver la portada. Era una compilación de fotografías de grandes felinos alrededor del mundo. Había un majestuoso tigre en la portada, que me miraba con ojos grandes y seductores, como si supiera que llevaba un billete grande que me quemaba el bolsillo por salir y debía expulsarlo inmediatamente

Lo compré.

Aunque tenía muchas otras cosas por hacer en el centro comercial, me apresuré en llegar a mi casa, me encerré en el dormitorio y lo hojeé. Me ví sumergido en un mundo de tigres y leones, de panteras y de linces, de gatos monteses y de margayes. Tenía ilustraciones con todo detalle, fotografías de la vida salvaje de dichos animales. Me horrorizaba con la brutalidad con que la leona desgarraba las gargantas de sus presas, para después enternecerme en la siguiente página con las crías que comían la carne mientras la madre los lamía.

El libro me hipnotizaba, ya no pude pensar en nada más desde ese día; a todas horas lo tomaba y me sumergía en sus páginas, tan sólo para apreciar las vívidas imágenes una vez más. Finalmente ocurrió lo inevitable.

Desperté en la rama más alta de un árbol, con un montón de crías de guepardo mirándome curiosas desde abajo. A lo lejos, veo correr a la madre.

Se acerca. Y me ha visto ya.

* NOTA DE LA AUTORA: Poseo derechos de autor sobre este cuento. Si lo ves en otro lado firmado por alguien que no sea una de estas opciones: Renzoki, Ren3oki, Evangelina Lima Martínez, Angel Rivera o Angelina di Renzo, te agradeceré que me avises.