El perro olfateó la pared, alzó la pata y procedió a orinar. No marcaba su territorio, como pensaba la única niña que lo observaba. Sólo quería vaciar la vejiga. Llevaba un buen rato aguantándose, pues su amo le había enseñado a no hacer dentro de la casa. Estuvo casi una hora buscando en dónde hacerlo, aunque no tuviera la misma noción del tiempo que tienen los humanos. Cuando por fin encontró una pared agradable a la vista, no pudo cruzar la calle para llegar a ella. Tuvo que caminar un par de metros, correr entre los automóviles estacionados y esquivar el mar de piernas en la acera donde se encontraba la pared de sus sueños.

El perro se preguntó por qué había tantas piernas y tantas llantas quietas en un solo lugar, pero la duda le duró el tiempo que se tardaba en dar un ladrido. Era un buen perro, no lo duden. Tal vez algo travieso, un poco mordelón. Pero no se puede esperar que incluso al más afable de los perros le preocupe un niño atropellado.

El pequeño yacía a mitad de la avenida, con las piernas y los brazos extendidos en ángulos extraños y alarmantes. Su cráneo parecía una sandía aplastada por un martillo, con el relleno desperdigado por todas partes. La madre, en estado de shock, acariciaba sus inertes labios, llenos de sangre y migajas de galleta.

La desgraciada sabía que aquello era su culpa, y solo suya. * El niño se había precipitado a la calle como alma que llevaba el diablo, porque ella lo persiguió furiosa, dispuesta a darle una soberana paliza.

La paliza era el justo castigo que Kevin –tal era el nombre que el niño llevara en vida-, se había ganado por cometer el grave delito de comer un par de galletas antes de la hora de la comida.

Te harán daño, le dijo su madre una hora antes del accidente. Aquella extraña conducta por parte de la madre (pues es sumamente cruel privar a un niño de galletas, como bien sabe cualquiera con un poco de sentido común), probablemente se derivaba de un grave problema en su infancia. Su padre, un prestigioso abogado, había abandonado a su familia para convertirse en un payaso de circo. Se marchó una madrugada de enero, pues su mujer le había dado un ultimátum; o dejaba esa extraña afición a los circos, o se largaba de la casa. Dicho ultimátum brotó de los labios de la mujer cuando encontró a su marido maquillándose frente al espejo, colocándose una nariz grande y roja en el rostro, mientras ensayaba algunos chascarrillos. Ella recordaba claramente que, esa noche, antes de dormir, su padre le había prometido comprar una caja grande de galletas y llevarla al circo al día siguiente.

Aquella fijación por los payasos le trajo muchos problemas al pobre hombre; su mujer ya le había pedido en el altar de la iglesia que no volviera a mencionar nada al respecto. Tuvo que conformarse con la promesa de que no haría payasadas en público.

La mujer, que se llamaba Rosaura, no detestaba a los payasos, como se podría pensar. Les tenía un terror absoluto. Tanto, que con solo ver una pelota roja, un foco rojo o una manchita roja, cualquier cosa que asemejara a una nariz de payaso, dejaba de hacer lo que sea que estuviera haciendo, se daba la vuelta y se marchaba en dirección contraria.

Con el paso de los años, logró vivir con su miedo y solo mostraba una leve mueca de disgusto, en vez de chillar, patalear y orinarse encima como le ocurría hasta los diez años de edad. La niña ni siquiera sabía por qué tenía pesadillas donde las carpas de circo se convertían en monstruos hinchados de rayas blancas y rojas, monstruos que, alzando el borde de la lona, dejaban ver los dientes conformados por barrotes oxidados de jaulas viejas y gradas de madera astilladas, listos para desmembrarla y triturarla, convertir sus huesos, su carne, sus tendones, en un amasijo rojizo con una cara aplastada en el centro, y tiras de tela con los mismos colores y dibujos que el traje de payaso que vestía su padre esa misma mañana.

Rosaura gritó con todas sus fuerzas. Sería una imagen que le atormentaría en su subconsciente de por vida, aunque no pudiera recordarla. Y ya nunca se acercaría a un elefante ni en dibujo, aquellos animales a los que adoraba hasta el punto de escapar de casa cuando tenía dos años, porque sus padres le habían negado un elefantito bebé como regalo de cumpleaños.

Fue en ese primer día de rebelión en que la niña se hizo la cicatriz en la rodilla derecha; había caído sobre una botella rota porque un niño de su edad la empujó mientras huía de su madre.

Rosaura lloró un rato, hasta que se dio cuenta de que nadie le hacía caso; todos estaban en el centro de la calle, observando algo. Ella se dijo que también quería observar algo, solo por imitarlos, y se puso ver a un perro que alzaba la pata. Recordó lo que le había contado su padre esa mañana. Los perros hacían eso para marcar su territorio.

Pero todo eso no le importaba un comino al perro.

* NOTA DE LA AUTORA: Este texto es apenas el segundo borrador. Usualmente publico cuando ya pasé del tercero. Sus comentarios y críticas me ayudarán mucho a mejorarlo, lo cual se les agradece. Una aclaración: Aunque aún me encuentro trabajando en este texto, este segundo borrador ya ha sido publicado en la revista literaria El vagón de las letras, por lo que si lo ves en otro lado te agradeceré que me avises.